Se ha extendido la idea de que en el mundo estamos cada vez peor de ánimo. Tanto, que las tasas de suicidio aumentan sin que las podamos parar. Nada parecería poner en evidencia la desesperación de los individuos como querer quitarse la vida, pero tampoco hay mejor indicador del fracaso de una sociedad que no saber contener y acompañar a sus miembros en la angustia. ¿Estamos realmente en un momento de muertes autoinfligidas sin precedentes?¿qué lo explica?

Una serie de textos y estudios recientes quieren avanzar en la comprensión de este fenómeno. Muy distintos unos de otros, sostienen la hipótesis sobre la multicausalidad del suicidio. Sin embargo, el estado de la cuestión que dibujan alberga en sí cosas insuficientes como contradictorias. Un ejemplo de esto es que los índices de depresión están aumentando —lo mismo que los índices de suicidio—, y aunque las mujeres duplican la cantidad de hombres diagnosticados, ellas se matan tres veces menos que los hombres. Y esto sucede cuando hay más medicamentos psiquiátricos que nunca. Las limitantes para hablar del suicidio ya se han discutido antes en este mismo espacio, sin embargo un repaso de los argumentos más recientes en torno a esta problemática pueden el panorama. Quizás lo que nos está previniendo de llegar a conclusiones más sintonizadas es buscar en los lugares incorrectos.

Ilustración: Kathia Recio

No es la violencia

Es obvio suponer que contextos de violencia crónica lleven a la desesperación. Un texto publicado hace poco en The Conversation recuerda la delicada situación de Ciudad Juárez, Chihuahua. En esta ciudad que se columpia entre homicidios que decrecen y vuelven a subir desde hace ocho años que inició la llamada “Guerra contra el narcotráfico”, la tasa de homicidios ha ido aumentando incluso en sus mejores momentos, lo mismo que la de suicidios. La autora, Ana Cecilia Frafán, no duda en describir lo segundo como una “crisis de salud mental” que afecta a todo el estado. En 2017, el número de suicidios en Cd. Juárez fue de 8.9 por cada 100 mil habitantes, aunque ya desde 2015, el total de suicidios en Chihuahua era de 12.3: más del doble de la media nacional.

¿Las razones? Según las fuentes que recaba la autora, entre las causas de esto, podemos suponer el miedo, la paranoia, el estrés postraumático y en general “la exposición crónica a eventos traumáticos [que] causa el tipo de sufrimiento mental que lleva a la conducta suicida”. No quiere aseverar que esto necesariamente sea producto de la violencia en la que está sumida el estado, pero dice que las cifras coinciden con lo que sabemos de otros lugares en situación de conflicto, como Colombia y Afganistán.

Pero la hipótesis no se sostiene cuando ponemos la mirada en casos tan cercanos como lo son algunos países centroamericanos. El Salvador, que en 2016 tuvo una tasa de 81 homicidios por cada 100 mil habitantes —es decir, muchísimos más que México—,  ese mismo año presentó 13.7 suicidios por cada 100 mil habitantes, según datos de la OMS. Honduras que estuvo un poco por debajo de su vecino ese año, con 59 homicidios por cada 100 mil habitantes, tuvo sólo 2.9 suicidios por cada 100 mil habitantes.

¿Qué decir de Finlandia, con un homicidio por cada 100 mil habitantes en 2016, pero cuyo índice de suicidios fue de 14.2? O de Siria, que está sumida en una auténtica guerra civil desde 2011 y su tasa de muertes autoinfligidas no pasa de 1.9. La violencia sin duda tiene efectos en las sociedades que la padecen, pero no queda claro que lleve a sus integrantes al suicidio.

No es la adolescencia

Otra de las variables que se estudia con insistencia en el suicidio —sobre todo cuando las tasas se alteran dramáticamente— es la edad. Las mediciones más recientes muestran que ésta es la segunda causa de muerte en personas entre 15 y 29 años de edad en el mundo. Aunque se reconoce que la cifra varía de cultura a cultura, y que depende en gran medida de los medios que se tenga a disposición (el método más recurrido en la India para consumar el suicidio son los pesticidas, por ejemplo, por lo que se está discutiendo abiertamente prohibirlos), se ha llegado a una suerte de consenso sobre la vulnerabilidad que implican la adolescencia y la adultez temprana. Sin embargo, cuestiones como el uso del internet, que la Universidad de Oxford concluyó en algún momento que era un aliciente para el suicidio, hoy son debatidas —resulta que la hiperexposicón a los medios no es necesariamente negativa: los jóvenes encuentran redes de apoyo entre sus contactos digitales, por ejemplo—.

No es difícil imaginar que la duda existencial y la impulsividad tan características de la adolescencia se relacionen con el suicidio. También entendemos que la angustia económica que implica la edad adulta esté detrás de la muerte autoinflingida de tantos. Pero aún no sabemos cómo explicar que el suicidio también se manifiesta en la infancia. A propósito, un cortometraje publicado en Aeon retrata este margen de lo increíble. En un pueblo cubano situado en el extremo opuesto a la Habana, un chico de 12 años que se quitó la vida parece confirmar una epidemia (y una antigua). El cineasta Jayisha Patel recorre sutilmente las historias de los habitantes de esta pequeña localidad que es todo lo contrario a lo que asociamos con el suicidio: una comunidad rural, precaria pero que lejos de la miseria, con actividades vecinales y religiosas constantes. La historia no aventura explicaciones, se limita a mostrar la imposibilidad de racionalizar un acto tan prematuro.

No es la depresión… pero tal vez sí sean los antidepresivos

Finalmente, la depresión, que se ha vuelto recurrente en nuestra discusión pública, parece la responsable ganadora. Con datos como los de un reciente reportaje de Newsweek que señalan que la depresión será “la primera causa de discapacidad en México” en dos años, no es raro que se le atribuya el aumento en las tasas de suicidio. Pero esta causalidad supone varios problemas y contradice otros intentos de explicación.

Por ejemplo, un minucioso artículo publicado en julio por el Conacyt cita “estudios realizados por investigadores de España y México [que] estiman que 80 por ciento de los suicidios consumados presenta un cuadro depresivo”, por lo que concluye que la prevención del suicidio debería de ser responsabilidad de los primeros niveles de salud, una meta que no se cumple, dicen, porque se enfrenta a incontables trabas presupuestarias. Ciertamente la angustia y el sufrimiento de las personas que se identifican con el diagnóstico de la depresión puede llevarlos a considerar el suicidio (y en muchos casos a concluirlo). Sin embargo, el problema de explicar el suicidio como una cuestión de salud pública —como la consecuencia natural de una enfermedad llamada “depresión”— le quita el foco a las condiciones sociales que el propio estudio cita: “el ritmo de vida, la presión social y la burocratización han llevado a un aumento de los trastornos de ansiedad” y no esclarece la relación entre estos contextos y las víctimas del suicidio. Tampoco se explica la diferencia brutal que existe en cómo experimentan el suicidio los géneros, o por qué en México los principales grupos demográficos afectados son la juventud temprana y la vejez. Si la depresión fuera una “enfermedad” como cualquier otra —como “el cáncer o a la diabetes” como la describe el texto de Newsweek—, entonces ¿cómo es que la muerte por depresión se manifiesta de forma tan desigual entre sus víctimas? Y si la depresión está afectando al mundo entero y a los países en vías de desarrollo aún más, ¿qué explica la tasa del 14 suicidios por cada 100 mil habitantes en Finlandia?

La relación entre lo que se describe como “depresión” y el suicidio está lejos de ser concluyente y es peligroso asociarlas a rajatabla, sobre todo cuando la investigación “de punta” alrededor de las “enfermedades mentales” está buscando genes. Va a resultar que no hay nada que la sociedad pueda hacer por aquellos dispuestos genéticamente a matarse. Pero hay algo que complejiza aún más la relación entre estas dos cosas, y es que los tratamientos para la depresión parecerían aumentar el riesgo suicida entre quienes se someten a ellos. La ironía.

Esto es lo que concluye un reciente reportaje muy extenso escrito por el periodista Robert Whitaker en la plataforma de la que es fundador, Mad in America. Suicide in the age of Prozac” se pregunta por el aumento en las tasas de suicidio en Estados Unidos en una era en la que la atención a la salud mental y la disponibilidad de los tratamientos están a la orden del día. “Quizás nuestro acercamiento social a la prevención del suicidio debe cambiar”, dice.

Revisa las cifras desde 1987, el año en que se aprobó el uso del antidepresivo más conocido: el Prozac suponiendo en que esta revolución en el mundo de la medicina tendría que haber contribuido a la reducción de muertes por suicidio, pero no ha sido así. Si bien son muchos los factores que contribuyen a la muerte autoinflingida en Estados Unidos, el primero y más reconocible está relacionado con las tasas de desempleo y el segundo con el acceso a las armas. La siguiente parada en el texto de Whitaker es, pues, en el 2000: ¿qué explica que estos factores de riesgo se hayan mantenido igual entre el 2000 y el 2016, pero la tasa de suicidio haya aumentado en un 30% durante esos años? “Es en este periodo que los programas de prevención de suicidio se empezaron a volver regulares. Estas campañas motivan a la gente a buscar tratamiento y han contribuido a que se incremente la prescripción de antidepresivos”.

Para el periodista esta no puede ser una casualidad. Su artículo abre la posibilidad de pensar al sistema de salud mental como lo conocemos hoy como un auténtico aliciente para el suicidio. De hecho, el riesgo de suicidarse que corre una persona que ha sido hospitalizada por cuestiones de salud mental es 44% mayor que el de alguien que nunca ha estado en una institución psiquiátrica. Pero no es la primera vez que los estudiosos de la salud mental se hacen estas preguntas. El autor cita otros dos estudios muy reveladores y llevados a cabo en otras latitudes. El primero fue realizado por un grupo de investigadores australianos en 2004, en el que revisaron las tasas de suicidio de cien países antes y después de la implementación de políticas públicas y legislación asociada a la salud mental y vieron una relación entre el aumento de suicidio y la expansión de este tipo de programas. Un segundo estudio, realizado en 2013 por investigadores en Dinamarca, también encontró que los países con mejores servicios psiquiátricos tienen mayores tasas de suicidio en general. Algo que por fin explicaría lo que pasa en Finlandia.

La hipótesis de Whitaker no resuelve la interrogante de si las personas que han muerto a causa del suicidio en efecto estaban “deprimidas”, según las palabras de la American Psychiatric Association. Lo que sí sugiere, es que quizás nos estemos equivocando en cómo entendemos y atajamos este estado emocional.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

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Presentamos un resumen de los hallazgos más reveladores de la Organización Mundial de la Salud en materia de políticas públicas para lidiar con los problemas de salud mental en el mundo, según están actualizados en el Altas de Salud Mental 2017 publicado hace unos días y aún no disponible en español.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de hacer públicos los resultados del Altas de Salud Mental 2017 en su versión en inglés. Es la última edición de una serie que pretende medir los avances en las políticas públicas que atañen a la salud mental, emprendidas por los países miembro de las OMS. Las anteriores se publicaron en 2005, 2011 y 2014.

La idea es que esta información vaya midiendo el cumplimiento de los países con respecto a un plan de acción global para “cambiar las actitudes que perpetúan el estigma y la discriminación que han aislado a las personas [con problemas de salud mental] desde tiempos ancestrales. Hace un llamado a expandir los servicios para promover más eficiencia en el uso de recursos”, llamado el Comprehensive Mental Health Action Plan 2013-2020.

En este sentido, el Atlas que se publicó hace un par de semanas con información recabada el año pasado, mide los avances de los países que pertenecen a la OMS (el 97% de la población mundial según la propia institución) en relación a cuatro ejes. 1. Liderazgo y gobernanza en materia de salud mental (políticas y legislaciones nacionales específicas para atajar el tema); 2. Proporcionar en el ámbito comunitario servicios de asistencia social y de salud mental completos; 3. Aplicar estrategias de promoción y prevención en materia de salud mental y 4. Reforzar los sistemas de información, los datos científicos y las investigaciones sobre salud mental.

La información contenida en esta publicación es interesante porque revela el concepto que tiene la OMS de la salud mental y lo que ésta considera que hay que priorizar en el campo a nivel mundial (uno de sus preceptos, por ejemplo, es que cada dólar invertido en mejorar los tratamientos para la ansiedad y la depresión regresan en cuatro dólares, dada “la mayor habilidad de las personas para trabajar”). El documento señala ciertos atisbos de acciones y algunos datos que sería imposible conocer de otra manera y que son muy valiosos para seguir estudiando estos temas. Esto, incluso pese a las limitantes propias de ver el panorama en términos regionales, sin consideración con las realidades locales específicas y el hecho de que no todos los países-miembro respondieran los cuestionarios. Aquí lo que nos ha parecido más interesante:

Planes y legislaciones

• El 40% de los países que respondieron el cuestionario de la OMS para el Altas ha actualizado la legislación relativa a la salud mental en los últimos cinco años, pero el mayor porcentaje de países que lo ha hecho está en Europa.

• El 17% de los países que respondieron no han incluido datos sobre la salud mental en sus reportes para la creación de políticas públicas o propósitos de planeación y administración.

• Sólo 58 países aseguran tener la información completa en cuanto a la edad, el género y el diagnóstico de quienes han ocupado camas en hospitales o pabellones psiquiátricos, lo cual, dice la OMS: “podría explicar la poca información que hay sobre cómo se relacionan los diagnósticos específicos con el uso de los servicios”.

• Sólo 35 países aseguran tener un plan o estrategia para la salud mental adolescente.

 

Derechos humanos

• Menos de la mitad de los 139 países que han creado planes y políticas de salud mental los han ajustado a las convenciones de derechos humanos que existen. En particular con lo relativo a transitar de los hospitales psiquiátricos a servicios basados en la comunidad e incluir a las personas con diagnósticos psiquiátricos en las decisiones que les conciernen.

• En comparación al estudio de 2014, se avanzó en todos los rubros relacionados con transitar hacia servicios comunitarios de salud mental: atención a los derechos humanos de las personas con enfermedades mentales, servicios y apoyos para que los pacientes vivan en la comunidad, acercamiento al cuidado de la salud mental con énfasis en la recuperación, promoción de participación de las personas en su propia salud mental. En el que menos se avanzó, sin embargo, fue en el relativo a la atención explícita a los derechos humanos de las personas con diagnósticos psiquiátricos.

• En más de ochenta países no existe (o no funciona) una autoridad dedicada o un cuerpo independiente para evaluar el cumplimiento de la legislación en materia de salud mental con los derechos humanos internacionales.

• Los países que reportan que han destinado recursos (humanos o financieros) para cumplir con sus políticas o planes para la salud mental son: un 70% de los países de ingreso alto contra un 21% de los países de ingreso bajo.

• Con respecto a 2014, en lo que menos se avanzó, es en la legislación que provee inspecciones regulares, a cargo de un independiente, al estado de los derechos humanos en las facilidades para tratar la salud mental.

• El porcentaje de admisiones involuntarias a hospitales psiquiátricos es del 40%.

 

Recursos reales

• Los niveles de gasto público para la salud mental en países de ingreso medio y bajo son muy escuetos y más del 80% de éstos se destina a hospitales psiquiátricos (y no a servicios comunitarios).

• En países de ingreso bajo, la cantidad de trabajadores de la salud mental puede ser tan baja como de 2 trabajadores por cada 100 000 habitantes.

• La fuerza laboral más grande dedicada a la salud mental en todo el mundo son las enfermeras (no los psiquiatras, médicos generales, psicólogos o terapeutas).

• Se les pidió a los países identificar si existe colaboración recurrente entre los servicios de salud del gobierno y otros departamentos, servicios y sectores (comunitarios, espirituales, religiosos, etc). El grupo que ha establecido estas colaboraciones de manera más formal ha sido el de los países de ingreso bajo-medio.

• El servicio al que menos se recurrió para colaborar formalmente fue el de “curanderos tradicionales/indígenas”, seguido de los medios, del sector de empleo y del sector de vivienda.

• La disponibilidad de servicios ambulatorios en países de ingreso alto es tres veces mayor que en países de ingreso bajo.

• La disponibilidad de apoyo social (recursos monetarios o no, para sobrellevar mejor una condición médica) que el gobierno provee a personas con diagnósticos psiquiátricos depende del nivel de ingreso. El 96% de los países de ingreso alto reciben apoyo social, contra el 14% en países de ingreso medio y bajo.
 

Ana Sofía Rodríguez Everaert

Editora de Nexos en línea.

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España acaba de celebrar por primera vez el Día del Orgullo Loco, el pasado 20 de mayo. La historia de esta movilización es larga y se ha desatado en las más distintas latitudes. Sus demandas se repiten una y otra vez. ¿Qué piden los locos?

“La primavera también se brota”, dice un cartel casero escrito con letras rojas y enmarcadas por dibujos de tréboles. Otro asevera que “La libertad es terapéutica” y uno más recuerda que “La enfermedad mental es un constructo social”. Los portadores de estos mensajes posan sonrientes junto a las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza a caballo. Esta foto fue publicada hace un par de días en la cuenta de Twitter Orgullo Loco Madrid, con el comentario: “Compartiendo protestas con Don Quijote, nuestro referente simbólico. ¡Que viva la lucha loca!”.


Ilustración: Víctor Solís

La imagen está entre cientos que se suman tras la primera celebración en España de una protesta organizada por quienes han experimentado los diagnósticos, métodos y -también- los abusos de la psiquiatría. El Día del Orgullo Loco se celebró el 20 de mayo en diversas ciudades españolas con el objetivo de visibilizar y reivindicar a este “colectivo históricamente desempoderado” con marchas, discusiones y actividades culturales. Madrid, Cataluña, Euskadi, Galicia, Valencia, Andalucía, Extremadura y Asturias, provincia en donde se reconoce que empezó el movimiento del Orgullo Loco español, festejaron la posibilidad de unión de las mentes consideradas “otras”, el rechazo a la locura como un término peyorativo y los cuestionamientos a la epistemología de la psiquiatría moderna que muy seguido navega entre la incomprensión y el abuso.

A pesar de ser un movimiento variado, con expresión en muchas latitudes que por lo tanto implican sistemas de salud distintos y con actores que incluso difieren en sus formas de definirse –se dicen consumidores [de servicios de salud mental], supervivientes [de esos mismos servicios] o sencillamente ex-pacientes–, “Mad Pride” lleva décadas en el panorama político relacionado con la salud mental.

La historia de cómo nació y se popularizó este movimiento en tantos lugares del mundo no es lineal y se parece más a una serie de brotes de descontento aquí y allá. Se asume que la primera movilización como tal tuvo lugar en Toronto en 1993, resultado de la negativa del barrio de Parkdale de darle habitación a personas que acababan de obtener el alta hospitalaria en instituciones psiquiátricas.  Uno de los participantes, Geoffrey Reaume, recuerda como una característica fundamental de esa protesta las disputas sobre cómo definirse. Terminó llamándose “Psychiatric Survivor Pride Day” porque “la palabra superviviente [demostraba] que había orgullo en nuestra historia de sobrevivir la discriminación y el abuso dentro y fuera del sistema psiquiátrico, defender nuestros derechos y logros personales y colectivos, y [hacer notar] que los supervivientes de la psiquiatría son mucho más que una etiqueta diagnóstica”.

Aunque las movilizaciones anuales se interrumpieron varias veces, desde 2002 este evento se celebra durante toda una semana en julio para coincidir con la conmemoración de la toma de la Bastilla el 14 de julio.

En la versión inglesa, los pacientes Mark Roberts, Simon Barnett, Robert Dellar y Pete Shaughnessy fueron los que definieron sus protestas como un movimiento de mad pride y más tarde vieron aparecer la denominación en Italia, Canadá, la India y Nueva Zelanda. “No era algo que controláramos, sino que construyó su propio momentum”, recuerdan en una entrevista para Vice en 2016. Dicen que el movimiento que atrajo a personas descontentas con el servicio de salud mental estuvo activo de 1999 a 2012. Sin embargo, las condiciones que según Dellar motivaron la organización, están lejos de haber sido superadas: el estigma, los prejuicios que relacionan a los diagnósticos psiquiátricos con la violencia, el poder de las farmacéuticas y un sistema que permite la coerción. Lo comprueba la existencia de Mad Pride en muchas ciudades británicas.

En la experiencia española, lo mismo que en Toronto, en Inglaterra y en otros lugares que ha reportado la prensa -desde Salvador en Brasil, hasta Moscú-, se adivina un objetivo común entre los participantes del Orgullo Loco, y es que aquellos que presentan los síntomas que la psiquiatría ha calificado como patológicos, sean los protagonistas y voceros de su propia experiencia. Nadie más. A esto se suma la decepción con los límites que impone la explicación biologicista de la mente y sobre todo la recurrencia con la que –en aras del “tratamiento” de lo que está mal– se les obliga a tomar medicamentos, se les encierra y aísla contra su voluntad. De hecho, la versión española del movimiento reconoce como detonantes de las protestas de mayo la muerte de dos personas internadas e inmovilizadas producto de sus “síntomas psiquiátricos” : una en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica del Complejo Hospitalario de A Coruña el 28 de febrero del año pasado y la otra un par de meses después, el 24 de abril, en el Hospital Central Universitario de Asturias, en Oviedo. 

En este sentido, el uso del término “locura” busca tener los mismos efectos de reapropiación identitaria que tuvo la palabra queer para el movimiento LGTB. Y, como decía el manifiesto que se leyó el 20 de mayo en Sevilla: “dignificar la locura” es un “paso previo para reivindicar un cambio en la forma en que se afronta la salud mental en España”.

Finalmente, si seguimos al académico Bradley Lewis, la articulación política de esta serie de descontentos se remonta por lo menos a la década de los setenta en Estados Unidos con inspiración en la obra de psiquiatras y psicólogos críticos (o antipsiquiatras, en algunos de los casos) como Erving Goffman, Thomas Szasz, R.D. Laing, entre otros. Personajes como Leonard Roy Frank, víctima directa de shocks de insulina y eléctricos para tratar su esquizofrenia paranoide se dedicaron a organizar grupos de concientización. El suyo, fundado en 1972, se llamó Network Against Psychiatric Assault y se mantiene activo hasta la fecha. Muy cerca de su fundación surgieron también el Insane Liberation Front de Portland (1970) y the Mental Patient’s Liberation Project en Nueva York (1971).

Este tipo de organizaciones poco a poco fueron canalizando el descontento de los pacientes en demandas de grupos de apoyo mutuo así como en su involucramiento en las decisiones de los servicios de salud. El episodio de una protesta de ayuno en 2003 en la que participaron seis personas en Pasadena, California, que se oponían a la concepción de los problemas de salud mental como un asunto biológico y por lo tanto irresoluble, parece haber quedado lejos de las preocupaciones actuales de los pacientes estadounidenses.1

Sin embargo, las ciudades españolas acaban de protestar al unísono y están buscando organizarse y definir acciones concretas. El año pasado, en Osijek, Croacia, se abrió por primera vez un asilo para que sus habitantes pudieran participar sin restricciones en la comunidad y el ejemplo de La Borde en Francia se mantiene. La reivindicación urge a seguir rastreando y anotando todas y cada una de estas victorias.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert


1 Bradley Lewis, “A mad fight: Psychiatry and Disability Activism”, The Disability Studies Reader, Nueva York, Routledge, 2017, pp. 102-118.

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Un reciente estudio publicado en The Lancet ha sido popularizado como la prueba final de que los antidepresivos sí funcionan. Sin embargo, los críticos abundan: algunos psiquiatras han salido a prevenir a la gente, pacientes recuerdan experiencias terribles asociadas al consumo de estos medicamentos y en los países nórdicos se están creando iniciativas gubernamentales para desalentar el tratamiento farmacológico… ¿En qué quedamos? Aquí algunas pistas para seguir y entender un poco más el debate.

La comunidad psiquiátrica ha estado movida en las últimas semanas. Un nuevo estudio conducido por el NIHR Oxford Health Biomedical Research Centre, y publicado en The Lancet hace un mes, concluyó que los antidepresivos son más efectivos que el placebo para “el tratamiento a corto plazo de la depresión aguda en adultos”. Y es que, aunque el lector no lo crea, el revuelo del asunto se debe a que esta es la primera vez que un estudio científico del tipo prueba que estas medicinas en efecto funcionan en el tratamiento de la depresión. Pero no todo mundo está conforme.

El estudio es un “meta-análisis”, lo que quiere decir que los investigadores responsables tomaron múltiples estudios anteriores (algunos incluso de la década de los setenta) que comparan medicamentos y placebos, así como otros concentrados en diferentes tipos de antidepresivos, para ver si quienes los consumen notan diferencias sustanciales. Los resultados fueron ampliamente retomados en los medios, sobre todo en medios anglosajones, como si resolvieran de una vez por todas el problema de la depresión; ese diagnóstico que se supone que tienen más de 300 millones de personas en el mundo.1

Los antidepresivos, y en general los psicofármacos son la respuesta privilegiada por la comunidad médica cuando se trata de atender los padecimientos del ánimo y la mente. Es difícil saber cuántas personas los consumen, pero la industria es gigante (y millonaria). En el NHS, el sistema de salud público británico, se recetaron y administraron 64.7 millones de antidepresivos en 2016, lo que representó un incremento del 108.5% con respecto al 2006 según el periódico The Guardian. En Estados Unidos la tasa de consumidores de medicinas psiquiátricas es aproximadamente de 1 por cada 6 adultos, con variaciones según género, edad y antecedentes étnicos, dice Scientific American. Y según la OCDE, el porcentaje de la población de sus países miembros que consume antidepresivos es del 6.5%.2

No es, pues, un tema irrelevante. Y si bien el acceso a tratamientos es algo que celebrar, y sobre todo a tratamientos que sirvan, también hay razones para temer el “mundo feliz” de Huxley. A continuación una serie de textos y otros recursos para acercarse con una perspectiva más crítica al tema del consumo y eficacia de los antidepresivos.

1. Algunos de los propios señalamientos del estudio indican que habríamos de tomar las conclusiones con reserva. Sin necesidad de ser experto, el lector encontrará matices importantes en el texto que publicó el instituto de Oxford para difundir su investigación, lo cual indica que la euforia quizás sea más bien producto de los medios –¿o de las farmacéuticas?– y no de los médicos responsables.

Para empezar, la doctora Andrea Cipriani, autora principal del estudio publicado en The Lancet dice que “los antidepresivos no necesariamente deberían ser la primera opción de tratamiento”. También se advierte que los datos que presentan se circunscriben a dos meses de tratamiento, por lo que las conclusiones quizás no se puedan aplicar al uso de antidepresivos durante más tiempo. Esto sorprende por lo menos por dos razones: la primera es que los psiquiatras suelen sugerir a sus pacientes unos tres meses de consumir el medicamento recetado antes de definir si les está haciendo efecto o no, y la segunda es que, en un esquema en el que la depresión se explica también por causas genéticas y aquellos que son diagnosticados tienen más de un episodio depresivo en su vida, el que la medicina que se supone que ayuda no necesariamente sirva después de dos meses es, cuando menos, un panorama  desalentador. Por otro lado, en el estudio fuero excluidos los datos sobre pacientes con depresión bipolar, síntomas de psicosis o depresión resistente al tratamiento, lo cual quiere decir que, para los individuos con estos diagnósticos, los resultados no son relevantes. Finalmente, Cipriani dice: “los antidepresivos son medicinas efectivas, pero por desgracia sabemos que una tercera parte de los pacientes no responderá”. El conjunto de estos matices habla de que no es tiempo todavía de adelantar conclusiones sobre los antidepresivos. Aunque lleven siendo recetados más de medio siglo…

2. Por estas razones, el uso de las medicinas psiquiátricas ha sido cuestionado por personas dentro del propio gremio desde hace décadas. Una explicación breve y clara de los principales argumentos fue retomada y publicada en el blog español Postpsiquiatría.

Entre las voces más representativas de la psiquiatría crítica internacional en actualidad está la de Joanna Moncreff, investigadora del University College London y cofundadora de la Critical Psychiatric Network. A propósito del estudio publicado en The Lancet, en un podcast producido por Mad in América, señala que éste sencillamente no dice nada concluyente e incluso “infla los números”. La psiquiatra explica que los investigadores definen “respuesta” [en el sentido de “responder al tratamiento”] de manera arbitraria: mientras se deberían fijar en las escalas que miden la depresión [¿el paciente se siente menos deprimido o no?], se concentran en la tasa de respuesta que presentan los distintos  antidepresivos en comparación con los placebos. El problema con esto es que la gente que participa en los ensayos clínicos sabe que se le ha suministrado  un antidepresivo y no un placebo por los efectos secundarios que provocan y, en este sentido, los ensayos no pueden ser objetivos: “Los efectos de estas sustancias son tan evidentes que quizás aquello a lo que la gente reacciona es a un estado de mente distinto, pero no necesariamente mejor en cuanto a su depresión. No sabemos lo que hacen las drogas. “Por ejemplo, ¿qué le hacen a quienes no tienen depresión?”.

Moncrieff ha dedicado años a la investigación de las medicinas psiquiátricas y es autora del libro, Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos (Herder, 2013) en el que propone la hipótesis de que los fármacos en realidad no corrigen ninguna “anormalidad en el cerebro”, sino que tienen efectos en nuestra percepción, pero que no necesariamente indican beneficio. Cuenta la historia de la farmacología psiquiátrica contemporánea, el rol de la industria farmacéutica, las formas de estudiar los distintos medicamentos, etc. Herder publicó en YouTube una conferencia asociada con su libro, que tiene traducción simultánea al español.

Otra voz importante en este sentido es la de Peter Gotzsche, cofundador de la organización internacional Cochrane Collaboration, que se dedica a recolectar y resumir los mejores resultados de investigaciones médicas, en un ánimo de que los consumidores tomen decisiones más informadas con respecto a su tratamiento. Antes de que el estudio fuera publicado, Gotzsche escribió que “ha llegado a la conclusión de que las pastillas para la depresión [las llama así porque considera que el propio término de ‘antidepresivo’ es engañoso] no tienen un efecto real en la depresión. Lo que se mide en los ensayos médicos es parcial”. Una conferencia en la que explica sus problemas con la psiquiatría contemporánea está disponible aquí.

Finalmente, para entender cómo se conducen los estudios clínicos en general, así como el problema con la publciación de los resultados, recomendamos esta TEDx, a cargo de Sine Lane, directora de la organización Sense over Science.

3. Vinculado a esto, en las discusiones sobre los fármacos psiquiátricos hay que recordar las experiencias desagradables que miles y miles de pacientes han reportado durante o después de su uso, algunas incluso peores que el malestar original que los llevó a consumirlas. Este testimonio, publicado en Vice en español explica con claridad cómo es dejar los antidepresivos; en el caso de la autora una década después de empezar a tomarlos.

Este problema volvió a cobrar relevancia en las discusiones alrededor del meta-análisis, pues David Baldwin, el director del Comité farmacológico del Royal College of Psychiatrists del Reino Unido escribió una carta a The Times diciendo que los “síntomas desagradables se suelen resolver dos semanas después de dejar los antidepresivos”. Psiquiatras, académicos y pacientes, entregaron una queja formal a la institución por la irresponsabilidad de hacer este tipo de aseveraciones. Explican que no sólo contradicen la evidencia que hay sobre el síndrome de abstinencia, sino que pueden poner a las personas en riesgo, alentándolas a consumir y dejar los medicamentos a placer.

Lo anterior también minimiza la experiencia y el trabajo de quienes llevan décadas luchando por que las medicinas psiquiátricas se receten de forma más transparente y advirtiendo sobre todos sus posibles problemas, impotencia, insomnio y agresividad, incluidos. Esfuerzos como Prescripción prudente, el podcast Let’s talk withdrawal [“Hablemos de síndrome de abstinencia”] o esta guía publicada por Mad in America Hispanohablante a finales del año pasado, “Cómo dejar los antidepresivos”, responden a experiencias de personas reales, con malestares reales y a quienes nadie advirtió lo suficiente.

4. Por otro lado, el estudio de The Lancet se publica en un contexto en el que estamos atestiguando esfuerzos concretos por atender los padecimientos de la mente de nuevas maneras. El Ministerio de Salud noruego encargó al Hospital Psiquiátrico Asgard crear la primera opción de tratamiento psiquiátrico sin necesidad de fármacos. Según lo reporta el diario ABC de España, esta zona priorizará el tratamiento que el paciente decida que le conviene más, refutando así, tanto la lógica que nos ha acostumbrado a que el especialista sea quien “sabe más” sobre lo que siente el paciente, como la priorización de los fármacos en el tratamiento, que por lo menos en alguna medida es resultado de la injerencia e intereses de los corporativos farmacéuticos.

La experiencia finlandesa que ha liderado el psicólogo Jaakko Seikkula con su Terapia de Diálogo Abierto en Laponia Occidental, también ha sentado precedente en cuanto a nuevas formas terapéuticas que incluyan las decisiones de los pacientes, que se llevan a cabo fuera de las instituciones y en muchos casos sin necesidad alguna de medicación. Ésta se ha empezado a implementar en programas del Reino Unido, Italia, Alemania y Estados Unidos. En una entrevista con El País a finales de 2016, Seikkula relata algunos detalles de cómo funciona la terapia.

5. No hay que olvidar que toda esta discusión tiene lugar en un mundo en el que auténticamente hay millones de personas sufriendo, desesperanzados y sin encontrar mucho que alivie el malestar. Se dice que están deprimidos y que ignoramos las causas concretas de ello, pero sin duda hay algo en el mundo contemporáneo que nos tiene desanimados. Un reciente libro de William Davies, La industria de la felicidad (Malpaso, 2016) revisa las tácticas mediante las cuales, los gobiernos y las empresas, han dado forma particular a nuestras emociones: una inminente felicidad de la que tenemos que ser partícipes pero que al mismo tiempo no parece estar realmente a nuestro alcance. Entre los argumentos sobre el malestar emocional que nos ha traído el capitalismo, el autor dice que ya no queda claro si las medicinas psiquiátricas se desarrollan para tratar enfermedades de la mente y la emoción, o si las segundas se definen para alimentar a esos corporativos. Es un libro muy recomendable, que mezcla historia cultural y de políticas públicas, y que nos da otros elementos para entender el estado actual de nuestro ánimo.

El estudio publicado en The Lancet el mes pasado ha abierto el panorama de discusión. Entre los datos concretos que incluye y las respuestas que ha detonado, avanza el tema de si los medicamentos son o no la mejor opción para atender nuestro malestar emocional. Nos toca mantener la guardia y no dejarnos amedrentar por el discurso médico pues no olvidemos que esto también es, entre tantas cosas, una batalla por la vocería de los síntomas y, sobre todo, por la libertad para su alivio.

 

Ana Sofía Rodríguez


1 http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/en/.

2 https://www.oecd.org/health/health-data.htm

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“She never told her love, but let concealment, like a worm ‘i th’ bud, feed on her damask cheek. She pinned in thought; and, with a green and yellow melancholy, she sat like Patience on a monument, smiling at grief. Was not this love indeed? We men may say more, swear more; but indeed our shows are more than will; for we still prove much in our vows but little in our love.”
Parlamento de Viola. Segundo acto, escena IV en William Shakespeare, Twelfth Night

La trama amorosa es fundamental en el núcleo de la identidad femenina occidental. Y en esta asociación histórica entre el ser de las mujeres y sus dramas románticos, los límites están muy bien marcados: llegado el caso en el que la pasión o la sexualidad se consideren excesivas, se tachan de irracionales y sus expresiones son castigadas. Así, mujeres recostadas con los ojos perdidos supuestamente producto de un “mal de amores” atiborraban las ilustraciones de los manicomios franceses e ingleses en el siglo XVIII, con el propósito velado de controlar la sexualidad femenina.

Hemos interiorizado a las variaciones de mujeres locamente enamoradas o seductoras hasta volverlas referentes paralizantes de lo que es ser mujer y de lo que es querer de manera apasionada. En el proceso, por supuesto, no le hacemos justicia al amor, a la sexualidad, a las experiencias mentales complejas, y mucho menos a la idea de género. En esto que se puede definir como una subordinación de la mujer en el discurso amoroso y sexual (particularmente cuando éste lo ha construido el “genio creativo” masculino), participa activamente una idea de hombre que puede ser indiferente, víctima o medio cómplice, pero es casi siempre racional.

Para conmemorar el Día del amor, presentamos una suerte de galería de imágenes que asocian al amor femenino con la falta de juicio. Pretenden ser una provocación lúdica para explorar los límites desde los cuales entendemos, no sólo lo amoroso y lo sexual, sino también lo rebelde, lo marginal: eso que da forma a la locura. La selección no es de ninguna manera exhaustiva y el criterio principal ha sido la popularidad de la que gozan estos referentes en la literatura y el cine, que se contagian constantemente unos a otros. (Advertimos que si el lector quiere evitar spoilers, entonces sólo disfrute de las ilustraciones que ofrecemos).

1. Ofelia.

Esta forma de mujer enamorada es quizás la más recurrente. se basa en el personaje de Hamlet, y su característica principal es el estado de melancolía al que queda sometida por no poder acceder al amor. En la obra de Shakespeare, cuando la doncella le confiesa su amor al príncipe de Dinamarca éste la rechaza diciéndole que lo mejor sería que se retirara a un convento. Entre el dolor y la decepción, Ofelia “pierde la razón”, lo cual se manifiesta en sus apariciones para recitar versos que no tienen sentido para sus interlocutores. Finalmente, muere ahogada en un río y en la obra todo indica que se ha suicidado. Su muerte condenada como el resultado del amor no correspondido es descrita por Laertes, su hermano, quién dice: “¡Una y mil veces sea maldito, aquel cuya acción inhumana privó a ti del más sublime entendimiento!”.


 Ophelia, John Everett Millais, Tate Britain, 1851-52.

La imagen de Ofelia es recreada muy claramente por Lars Von Trier en el personaje de Justine en Melancholia. La mujer que vemos también es lánguida y falta de energía, rodeada de una tristeza que se describe con los mismos elementos: recostada en un río, con un vestido nupcial y nenúfares que acompañan el movimiento de su cuerpo a la deriva. La imagen depresiva que representa también está asociada a la incapacidad de acceder al sentimiento del amor, aunque en este caso sea ella la que aparentemente lo rechaza. Justine es tan increíblemente melancólica, que es la única tranquila con el hecho de que un planeta homónimo amenaza con estrellarse con la Tierra; en suma, está completamente loca.


Melancholia dirigida por Lars Von Trier.

 

Años antes de Melancholia, Kirsten Dunst ya había representado un papel con componentes de esta misma imaginería: Luz en la película Vírgenes suicidas dirigida por Sofía Coppola y  basada en la novela homónima de Jeffery Eugenides publicada en 1993. Tras la muerte de Cecilia, las hermanas Lisbon se ven envueltas por una seductiva aureola de misterio, ensueño y melancolía que las guía hacia el amor y la muerte. Los esfuerzos de Luz por romper con el impulso que la llama al mismo destino de su hermana la llevan a trasgreder la condición de virginidad impuesta por su madre. Sin embargo, este acto resulta en el encierro de las hermanas Lisbon que terminan por rebelarse contra la vida en un imprevisto acto suicida. Como comenta uno de sus confesados admiradores hacia el final de la historia: “…they had killed themselves over the failure to find a love none of us could ever be. In the end, the tortures tearing the Lisbon girls pointed to a simple reasoned refusal to accept the world as it was handed down to them, so full of flaws”.


Imagen de Vírgenes Suicidas dirigida por Sofía Coppola

Esta forma de melancolía femenina ligada a una falta de adecuación (la pérdida del principio de realidad) o de desilusión ante la realidad, se disfraza a menudo de un discreto estado de ensueño y pesadumbre. Como escribió Anna Freud en El yo y los mecanismos de defensa sobre una de sus pacientes: “Aunque el mundo externo no la consideraba enferma ella padecía agudamente”. (1953). Esto nos hace pensar en otra de las características de estas mujeres que es el silencio que guardan sobre la causa de su sufrimiento, que según Freud, se compensa en ocasiones con una actitud de extrema devoción al prójimo. En este caso, esta actitud sacrificial es explicada como la inversión defensiva del deseo reprimido de asesinar a su madre por no haberle dado un pene como a sus hermanos.

Dentro de esta suerte de rebeldía implosiva, habría que agregar las malentendidas tendencias al ayuno y a las relaciones compulsivas. En este mismo trabajo, Anna Freud recoge el caso de otra paciente cuyo intenso deseo de castrar a su padre con sus dientes se transforma en una evasión completa de la comida. En esta interpretación (poco feminista y contextualizada) de la situación y los miedos femeninos nuevamente encontramos el sacrificio propio como una salida de los impulsos. De aquí que comentarios como “los hombres prefieren a las mujeres con carne” -además de que validan dinámicas machistas- premien en los juicios que los hombres hacen de aquellas que puedan estar pasando por un trastorno de alimentación sin considerar que se pueda tratar de una rebeldía en contra todo aquello asociado a lo femenino.

2. La vampira.

Esta es la mujer que necesita ser amada, y es tan demandante, que en el proceso le quita la energía a quienes están atados a ella. La locura no está asociada a sus palabras o a su falta de ellas, sino que se refleja en una vulnerabilidad que es evidente incluso físicamente. aunque no está exenta de poder seductivo. Es una mujer frágil, enferma, y uno de sus síntomas son los movimientos corporales involuntarios.

El personaje que tomamos como el mejor ejemplo de esta imagen es Madeleine del cuento “La caída de Casa Usher” (1839), de Edgar Allan Poe. Aunque es a Roderick, su hermano, al que lo azora una tristeza infranqueable que se manifesta en su salud, le relata al narrador que “podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra”. Más tarde se revela que Madeleine, la presencia espectral y cataléptica que arruinaba el ambiente de la casa, ha sido enterrada en vida. Cuando logra salir de la tumba mata a su hermano –aunque queda la duda de si no es que ambos habían estado muertos durante todo ese tiempo–.  El cuento “Berenice” (1835) del mismo autor, lleva al extremo varias de estas imágenes.


Ilustración de La caída de la casa de Usher por Aubrey Beardsley, 1894.

 

En un ambiente parecido, espectral y descompuesto, aparece otra relación caracterizada por la demanda de cuidado y cariño de parte de la mujer: la de Mr. Rochester y Bertha Mason, una de las mujeres más aterradoras de la historia de la literatura, creada por Charlotte Bronte en su novela Jane Eyre (1847). Cuando ya nos ha conquistado, el dueño de Thornfield Hall le pide matrimonio a Jane sin poder cumplir con su promesa porque se revela que está atado de por vida a la loca Bertha Mason. Odiamos a Bertha porque, aún encerrada, su condición vulnerable impide el amor verdadero que sí representan Jane y Edward. Los extremos de su locura la hacen responsable del incendio de Thornfield Hall y de la ceguera de Mr. Richmond. Bertha se suicida, pero se lleva a todos con ella y así se consolida la idea de sufrimiento injusto que acompaña a la imagen de la vampira.

Bertha Mason in the foreground, ilustración de F. H. Townsend para la segunda edición de Jane Eyre 1847.

 

Esta forma de la mujer enferma que drena al hombre que la ama, o al que obliga a permanecer a su lado, ha inspirado múltiples personajes femeninos en los que la constante es que deberían estar encerradas. Uno de los ejemplos más recientes e impresionantes es la mujer de la película de Von Trier, Antichristo (2009), que tras la muerte de su hijo pierde la cabeza y se dedica a culparse y a maltratar a su esposo a extremos inimaginables. Mientras tanto, él es quien ha tomado en sus manos la tarea de cuidarla y sanarla psicológicamente. Finalmente, en estas imágenes de lo femenino no es claro quién juega el papel de la víctima y el victimario.


 Imagen de la película Anticristo.

 

Los dibujos animados y en el animé no son la excepción al momento de reproducir el prejuicio de la loca que conduce a sus presas a la miseria. Entre múltiples representaciones, encontramos por ejemplo la novia cadáver de Tim Burton, que fuerza a su contraparte a comprometerse con ella y lo lleva a la Tierra de los Muertos, o a Palm Siberia del animé Hunter X Hunter cuya obsesión por ser amada se traduce en constantes amenazas, acosos clarividentes y un aura negro aterrorizante (que recuerda a la imagen de Samara en El Aro)que paralizan sus habilidades como cazadora.


 Corpse Bride dirigida por Tim Burton.

 

3. Femme Fatale.

La femme fatale es una seductora conocida que aparentemente rechaza al amor al tiempo que pone en riesgo inminente a los hombres que se involucran con ella. En este sentido se parecería a la vampira y, de hecho, se considera que la primera aparición de este arquetipo está un poema que se titula justamente así: “The Vampire” (1897)de Rudyard Kipling. El poema describe a un hombre que venera tontamente a una mujer a “la que no le importa”:

The fool was stripped to his foolish hide,
(Even as you or I!)
Which she might have seen when she threw him aside—
(But it isn’t on record the lady tried)
So some of him lived but the most of him died—
(Even as you or I!)

Si bien la femme fatale parecería ser una mujer que no necesita de sus pasiones, el poder que ejerce frente a los hombres está asociado a su belleza y seducción, a la posibilidad de romance que representa para sus víctimas. Su locura, por otro lado, recae en el abuso psicológico y la manipulación de la que es capaz, aunque siempre ejercida de manera sutil, sin muchas palabras y entre humo de cigarro. Esta imagen empieza a protagonizar las representaciones de mujeres locas hacia el final del siglo XIX “bajo la forma de una sexualidad físicamente agresiva que amenaza las posiciones de autoridad masculina”.1

En la cultura popular, los ejemplos de estas mujeres son muchos y van desde el personaje de Gilda, con Rita Hayworth en la película homónima de 1946, o Ava Gardner en The Killers, otra de las clásicas del film noir del mismo año; dicho sea de paso que este cuento no tiene personajes femeninos, por lo que Kitty está hecha sólo para consumo de la pantalla grande. A estas mujeres las caracteriza una forma de ser aparentemente desentendida, pero calculada al extremo para conseguir fines que sólo las benefician a ellas. Así mienten, matan, roban, torturan y de paso le rompen el corazón a todo mundo. Salvo algunas excepciones que se tocan un poco el corazón como Madeleine/Judy en Vértigo (1958) de Hitchcock.


 Rita Hayworth en Gilda.

 


Kim Novak en Vértigo

Personajes tan distintos como Mia Wallace de Pulp Fiction (1994), Marla Singer de Fight club, o Faye Valentine de Cowboy Bebop (1998) –que seduce para cautivar a sus presas– también pertenecen a esta categoría. Otras elementos que comparten, además del desinterés en líos amorosos y una lógica implacable de que el fin justifica los medios, es el desarraigo (casi siempre se trata de mujeres extranjeras), las mentiras, las burlas y el cigarro –las “antorchas de libertad” que tanto promovieron los publicistas americanos en los años veintes como símbolos de la emancipación femenina–.

Por su recurrencia, es fundamental repensar a la femme fatal como símbolo de libertad pues a pesar de que su conducta deliberadamente “mala” y la indumentaria que la acompaña da ideas de que está complacida consigo misma, su rango de acción es limitado: es evidente que su protesta y rebeldía nuevamente se reducen a lo irracional. Con  la femme fatal parecería que la violencia femenina no se puede entender bajo términos que sean ajenos a su sexualidad, una sexualidad aberrante aunque seductora. La narrativa obscurece cualquier motivación o posibilidad política detrás de esta violencia y en su lugar asigna motivaciones que nacen de la locura y de una sexualidad desmedida.


Uma Thurman en Pulp Fiction.

 

4. Ninfa, ninfómana y nínfula.

Dentro de este espectro de misterio y deseo se encuentra obviamente la ninfa, en sus distintos grados y variantes. Esta mujer también es una seductora, sin embargo y a diferencia de la femme fatale, el fin de su coqueteo es solamente cumplir con el deseo propio. Su figura es el centro de una serie de ideas asociadas a la desviación sexual femenina, que ha servido para patologizar a las mujeres desde la Antigüedad, tanto por excesos de sexo como por falta del mismo. El sanador de la mitología griega, Melampo, por ejemplo, describió la locura de las hijas de Preto como producto de su negativa a gozar de los placeres sexuales y aparentemente tomó en sus manos resolverla en el caso de Lísipe.2 Por su parte, Freud denominó ninfomanía a la respuesta patológica de mujeres incapaces de alcanzar el orgasmo como producto de una inmadurez sexual.3 La llamada “hipersexualidad” sigue siendo uno de los síntomas más reconocibles para algunos “trastornos del ánimo o de la personalidad”, y aparece en el consultorio psiquiátrico actual de maneras muy viciadas y llenas de culpabilización. (Es también el caso de internet, como demuestra este artículo sobre las 7 señales de que tu pareja es ninfómana).

Estas mujeres que juegan con su sensualidad y escapan al control reciben su nombre de las ninfas, también conocidas como las nereidas, de la mitología antigüa, y cuyo nombre significa núbil (mujer joven y sexualmente atractiva). En la mitología griega y romana las ninfas aparecen en un juego de seducción constante con hombres y mujeres por igual, en donde el atractivo y la posibilidad de fertilidad son los principales atributos. Una de las más conocidas es Salmacis, la ninfa que trata de enamorar nada menos que a Hermafrodito, según relata Ovidio en sus Metamorfosis y que da lugar a los “medios varones”:

Salmacis no pudo reprimir más sus ansias; se sumergió y abrazó a Hermafrodito, a pesar de la resistencia del muchacho. Mientras él trataba de escapar de su abrazo, la ninfa se enlazó a su cuerpo como lo hace la hiedra que se enrosca al poderoso tronco de un árbol. Luchó el joven para librarse del abrazo y estaba a punto de hacerlo cuando Salmacis suplicó así a los dioses: “haced que no llegue nunca el día en que se separen nuestros cuerpos”.


 Louis Finson, Hermaphroditus and Salmacis, circa 1600.

La caracterización ha mutado a mujeres cuya conducta compulsiva no tiene límites. Otra vez aparece Lars Von Trier aquí, con su película en dos entregas, Nymphomaniac (2013). En esta historia Joe, declarada ninfómana, en un impulso confesional, revela su pasado sexual a Seligman, un hombre mayor, culto, pero sin experiencias sexuales previas. En esta suerte de confesionario, Joe se presenta como un “mal ser humano”, declaración de la que será juez Seligman, quien se rehusa a creerle. Mientras Joe cuenta a detalle sus más reveladoras, íntimas y transgresoras experiencias sexuales, Seligman hace digresiones con las cuales pretende racionalizar los actos de Joe. Como si quisiera justificarla, Seligman reduce la sexualidad “femenina” al relacionar sus relatos con los grandes hitos y “misterios” de la cultura Occidental como la secuencia de Fibonacci, la polifonía en Bach, el Gran Cisma, Cristo en el Monte de los Olivos, las grandes ninfómanas de la historia de Occidente. Frente a estas ajenas, forzadas y –por lo mismo muchas veces divertidas– interpretaciones, Joe le reclama que no la toma en serio:

“I’m sorry, but it seems as if you’re not taking this very seriously. I’m telling you about the worst thing that’s happened to me, that I, at that point within seconds, lost all sexual sensation. My cunt simply went numb! And immediately we have to hear about this ridiculous mathematical problem. In fact, I’m in doubt whether you’re even listening….What kind of a person are you actually?(…)Why didn’t I get that earlier? The fact you don’t get excited over my dirty stories is because you can’t relate to them”.

 

Si la intención de Von Trier era mostrar la patética intención masculina por darle voz a la sexualidad femenina y encontrar el “hilo negro” que la atraviesa” –-hipótesis que puede sostenerse con el violento final–  el resultado de la película es fantástico.

Otras ninfómanas famosas que habría que mencionar aquí son la indomable señorita Julie de Strindberg; Mimi de Luna amarga (1992), quien en una serie de juegos sadomasoquistas termina por paralizar a su amante; Juliette (1796), la hermana de la desafortunada Justine de la novela del Marqués de Sade; y evidentemente, Lolita de Nabokov (1955), con quien se inaugura el término nínfula: la niña que resulta atractiva, pero que no ha alcanzado la edad de consentimiento sexual. A pesar de que muchas de las historias enfatizan el sufrimiento de las protagonistas –o cuando menos su falta de estabilidad psíquica- muchas de las mujeres que presentan este “síntoma” lo relacionan con experiencias y sensaciones agradables (lo cual es transgresor en el mundo de la locura si se considera la disfunción sexual que tienden a ocasionar los fármacos psiquiátricos).

Vale la pena mencionar que la industria farmacéutica incluso ha bautizado a un fármaco para el control de hormonas durante la menopausia “Clímene”, nombre otra de las ninfas en la mitología de la antigüedad.

5. La autónoma.

Esta forma de mujer loca se caracteriza por una manera de amar “egoista”. Es la mujer que se enoja con las reglas sociales y encuentra la liberación en el aislamiento y el abandono. Por eso se asume que se ama más a sí misma que a todo lo demás: marido, amante e hijos incluidos.

El primer ejemplo que se viene a la cabeza es, por supuesto, el de Anna Karenina, el personaje principal de la novela de León Tolstoi escrita entre 1873-1877. Conocemos la trama: Anna se enamora de Alexei Wronsky cuando está casada con un hombre ejemplar y consuma el amorío dejando a su esposo, Alexei Karenin, y a su hijo Seryozha atrás, para irse con su amante y la hija que ha tenido con él. Sin embargo, la relación con Wronsky poco a poco se vuelve insoportable para Anna, pues lo ve moverse con toda libertad en la sociedad rusa, seduciendo a otras mujeres, incluso, mientras ella es presa de cotilleo que la tacha de adúltera. Finalmente, en lo que parece un acto de desesperación, pero sobre todo de rechazo a las reglas sociales, Anna se suicida aventándose a un tren: “allí, en medio, él será castigado y yo libre de todos y de mí misma”.

Aunque sin llegar a los mismos extremos, el rechazo de Anna Karenina se parece mucho al de Nora Helmer, de la obra de Ibsen Casa de Muñecas (1879), quien deja su casa, a su marido Torvaldo y a sus hijos, porque no se le ha cumplido “el milagro” de que éste cambiara. Como Anna Karenina, la irracionalidad está en abandonar a un hombre que en apariencia la quería intensamente y la mimaba con palabras que no eran sino expresiones de domesticación: “mi ardilla”, “mi alondra”, le repite. Y también como Anna Karenina, lo que extraña Nora es la libertad, y no duda en llegar al extremo de renunciar a todo para encontrarla.

Otros ejemplos de estos tipos de mujeres que se relacionan de manera problemática con lo que es considerado correcto son Marcela, la campesina del Quijote (1605), que se rebela retirándose a las montañas, Hedda Gabler, también un personaje de Ibsen (1891) que, aunque bastante más problemático, comparte la salida del suicidio cuando nota el poder que el Juez Barack tiene sobre ella. Los parecidos con la realidad de Sylvia Plath o Virgina Wolf quizás no sean pura coincidencia.

6. La vengadora.

Por otra parte tenemos a la mujer vengadora. A diferencia de la femme fatal, que se supone que es agresiva por falta o por rebeldía frente al amor, pues considera que hay fines ulteriores, la vengadora comete los peores abusos justamente en nombre del amor. En esta línea pensamos en personajes como Martha de la obra de teatro Who’s afraid of Virginia Woolf? (1962) de Edward Albee. La locura que la caracteriza a ella y, en menor medida a Honey –la mujer matrimonio joven que Martha y George han invitado a cenar–, gira en torno a sus intentos fallidos por ser madres. Sin embargo, mientras que en Honey esto se traduce en un embarazo fantasma, la presión de ser madre lleva a Martha a inventar un hijo cuya ausencia siempre justifica en un entramado ficticio que va revelándose a lo largo de la obra. Parte fundamental de la historia de Martha es culpar a su marido de la ausencia de su hijo, por lo que se venga psicológicamente una y otra vez.


Elizabeth Taylor como Martha en Who’s afraid of Virginia Woolf?

 

En esta misma línea tenemos a un personaje muy distinto, pero que es retratada como loca siguiendo los mismos parámetros: la enfermera/asesina Annie Wilkes en la novela Misery (1987) de Stephen King quien, al leer la muerte de su personaje ficticio favorito, Misery Chastain, obliga al autor Paul Sheldon –a quien discretamente secuestró después de un accidente automovilístico– a reescribir la novela salvando a Misery. Para lograr esto no sólo quema la última obra de Paul, sino que lo tortura para motivarlo en el proceso. Para Annie la tortura de Paul es un pequeño sacrificio (como “el de los mineros de diamantes”) por la vida de Misery; así celebra: “MISERY IS ALIVE, MISERY IS ALIVE! OH, This whole house is going to be full of romance, OOOH, I AM GOING TO PUT ON MY LIBERACE RECORDS!”

La literatura y el cine se encuentran plagados de ejemplos como los anteriores, en los que las villanas se tornan violentas tras una pérdida dolorosa. Entre algunos que podemos mencionar está “la novia” de Kill Bill (2003), Medea, e incluso la Hidra Venenosa en Batman, que no escapan de la misma trama familiar-amorosa. Es curioso cómo a pesar de que Hidra Venenosa está evidentemente filiada con el mundo vegetal, su lucha sí pareciera enmarcarse en un marco familiar concreto: “Your man Bruce was supposed to better care for the Green. All he’s done is remodeled the concrete jungles Gotham and Metropolis. Where I sit, there’s not much difference between him and Superman.”

 

7. Mujer paranormal.

Finalmente, un último tipo de mujer enloquecida cuya característica principal es la desconfianza sistemática que genera. No importa si dice la verdad o cuántos esfuerzos haga por convencer, nadie cree nunca en lo que dice. Dada esta aparente falta de racionalidad al momento de juzgarla, cuando por lo demás se presenta como una mujer perfectamente común, es que la denominamos paranormal. El mejor ejemplo de esta narrativa femenina es Casandra de Troya, la hija del rey Príamo, que rechazó los intentos de seducción de Apolo y éste la sometió a las consecuencias de un castigo eterno: los troyanos descreerían por siempre de sus augurios. Su don de adivina se vuelve entonces inútil y sus intervenciones para prevenir la guerra que sabía que amenazaba a Troya quedaron en el plano de la total alucinación.

Muy distinta en sus intenciones, pero que comparte el juicio ajeno y la paranoia definitoria de este tipo de mujer es Blanche DuBois, el personaje de Tennessee Williams en A streetcar named desire (1947) que irrumpe en la casa del matrimonio Kowalski en Nueva Orleans. Blanche se presenta en unas condiciones que en efecto son raras: sin anunciarse, sin dinero y habiendo dejado su vida de maestra atrás. Crea tensiones en el matrimonio de su hermana, pero cuando su cuñado abusa sexualmente de ella y lo cuenta, nadie le cree, destinándola por siempre a la soledad y la vergüenza. A lo largo de la obra Blanche había mentido con algunas cosas, pero son sus alucinaciones musicalizadas con una polka vienesa las que la hacen sujeto de absoluta desconfianza. Como en el caso de Casandra, su estado es resultado de un amor frustrado, aunque para Blanche el sujeto en cuestión era su marido, al cual había sorprendido teniendo relaciones con otro hombre y del que después presenció su suicidio.

Estas características vuelven a ser recurrentes en relatos de madres dolidas por problemas con sus hijos ya las que nadie les cree. Dos ejemplos populares son Christie Collins, representada por Angelina Jolie en la película The Changeling (2008) o el el personaje de Jodie Foster en Flightplan (2005). En el primer caso, la mujer sabe con certeza que el niño que se está haciendo pasar por su hijo no lo es, mientras que en el segundo, la historia se concentra en si la hija de Foster efectivamente ha abordado el avión o no aunque ella asegura que sí. En el proceso ambas pierden la cabeza tratando de convencer a sus audiencias. Podríamos decir que amor maternal es de hecho el epítome de estas narrativas, pues en él cristaliza la paradoja del amor irracional: ¿quién ama más que una madre? y por eso, ¿quién corre más riesgos de que las pasiones le impidan ver la verdad que una madre? No olvidemos que Rosemary de la película Rosemay’s baby (1968) termina por amar al hijo de satanás que la viola y aceptar el engaño de las brujas.


Blanche Du Bois de A streetcar named desire.

Rosemary’s baby

Acompañando a todas estas imágenes de mujeres locas está como música de fondo la famosa histeria. Descrita por Galeno en el siglo II como una enfermedad de aquellas que habían sido privadas de la reproducción, el rol femenino por definición –como las sacerdotisas o viudas, por ejemplo–, siglos después fue asumida por Freud como una enfermedad causada por el mal funcionamiento de la líbido que les imposibilitaba a las mujeres tener relaciones maduras.4 La histeria es una especie de “umbrella term” que se popularizó como una patología a finales del siglo XVIII y principios del  XIX, pero manteniendo la necesidad de discernimiento y control moral para las mujeres. Usando incluso instrumentos, entre los cuales está nada menos que el vibrador. 

En este sentido, la histérica es el personaje principal de esta galería, y no por nada es también el concepto que tenemos más a la mano para describir a las mujeres que nos parecen problemáticas.

Por otro lado, con todo esto ciertamente no queremos insinuar que los hombres no amen con locura. Hay ideas y personajes en Lope de Vega, Cervantes o Shakespeare que son capaces de llegar a la muerte sólo por amor; y los Romeos se repiten una y otra vez desde entonces. Sin embargo, éstos antes son descritos como soñadores o héroes, que como locos sin reparo. Intuimos que la diferencia entre estas apreciaciones tiene que ver con que el romance en las mujeres se asume como una parte fundamental de la vida cotidiana, mientras que para los hombres se reduce a ser un cálculo de posesión o conquista, pues su vida cotidiana trata de otras cosas. No por nada las imágenes más recurrentes son de enamorados necios, que quieren poseer: desde el sátiro y Orión, hasta el villano que les corta el pelo a las Charlie’s Angels.

Pero si de lo que se trata es de desmontar prejuicios y de cacharnos en nuestros atajos imaginarios, son muchas las representaciones de la sexualidad que quedan por explorarse. Sobre todo nos queda una deuda con aquellas que reflejan otras formas de vivir el género.

 

Mónica Cerda
Cursa la maestría en Historia del Arte en la UNAM.

Ana Sofía Rodríguez.
Editora de nexos en línea.


1 Jane E. Kromm, “The feminization of Madness”, Feminist Studies Vol. 20, No. 3 (Otoño, 1994), pp. 507-535.

2 Maria Papachristos, “Melanto”, Mitti e Legende dell’Antica Grecia (vol. 5), Edizzioni R.E.I., p. 95 y 96.

3 Kim McBride, “Nymphomania”, Sex and Society (vol.2), Nueva York, Marshall Cavendish, p.577.

4 Cecilia Tasca et al. “Women And Hysteria In The History Of Mental Health”, Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 2012, pp.110–119.

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Un grupo de organizaciones e individuos preocupados por los derechos humanos publicó un comunicado para detener la Ley Nacional de Salud Mental y la Ley General del Sistema Nacional contra las Adicciones actualmente en discusión en la Cámara de Diputados. Aquí los problemas que presentan ambas iniciativas.

Nadie negará que aquel que manifiesta niveles de angustia insoportables, que se siente incómodo e incomprendido por vivir experiencias inusuales, o que está poniendo en riesgo su salud con el consumo problemático de sustancias, ha de obtener ayuda si así lo desea. Coincidimos también en que Estado tiene la obligación de garantizar los servicios que provean de esta ayuda y vigilar a los terceros que colaboren. Pero cómo, cuándo y en dónde acceder a los esquemas de asistencia para la salud mental y el consumo de sustancias –además de las formas que tengan los mismos– es un tema que sí está a discusión. En la Cámara de Diputados parecen seguir creyendo en medidas coercitivas y en modelos de atención patologizantes que llevan siendo problematizados durante décadas.

Leticia Amparano Gámez, del PAN, propuso hace casi un año una iniciativa de Ley Nacional para la Salud Mental en donde se habla de la importancia del derecho a la salud mental para todos, se reconoce la disparidad que existe entre las necesidades y los servicios en nuestro país y la tara que representa el estigma para lograr atender estos temas amplia y correctamente. También habla de la necesidad de una “atención comunitaria, descentralizada, participativa, integral, continua y preventiva”, de crear un Consejo Nacional de Salud Mental, avanzar hacia la desinstitucionalización, ubicar “los grupos en situación vulnerable como los niños, adolescentes, mujeres, adultos mayores, indígenas y personas en situación de pobreza”, entre otras cosas que suenan sensatas.

Sin embargo, la ley propuesta en abril de 2017 tenía varios problemas. El primero, que una ley nacional para atender a la salud mental de toda la población se centraba en las personas con “trastornos mentales y adicciones”, señalando y estigmatizando a un grupo en particular. Después, y obviamente, el describir a las personas con diagnósticos psiquiátricos, con discapacidad psicosocial o con un consumo problemático de sustancias, como “personas con trastornos” o “mentalmente enfermos”. En ese mismo sentido, la ley propuesta favorecía el paradigma médico, el tratamiento a base de psicofármacos, además de permitir el ingreso involuntario u obligatorio a unidades de internamiento, para los cuales dice explícitamente que “no será necesario el consentimiento informado” de la persona en cuestión. Todo ello es una afrenta a lo estipulado en la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad (CDPD) que la ley cita en un principio, así como a las recomendaciones que la Convención le hizo específicamente a México en 2014.

En respuesta, la organización Human Right’s Watch le dirigió una carta a la presidencia de la Comisión de Salud Mental y Drogas en octubre, en la que señalaba algunas de estas cuestiones. Además, llamaba la atención sobre el riesgo de “medicalizar a las familias y los ambientes escolares, así como desencadenar inspecciones de las personas que puedan tener estilos de vida poco ortodoxos que podrían considerarse señales de ‘trastornos mentales’” con estas políticas. La organización sugería que se desarrollaran una serie de consultas con organizaciones de personas con discapacidad y expertos en los derechos de las mismas para evitar los abusos que la ley sugería. 

Para entonces, la iniciativa parecía ya haber mutado en dos distintas: una para salud mental y otra concentrada en el uso de drogas. A pesar de los cambios de enfoque que son evidentes en cada una de ellas, a los ojos de la sociedad civil y de organizaciones expertas en estos temas, siguen sin ser suficientes como para considerar que nos llevarán por un mejor camino. Ayer, una serie de organizaciones publicaron un comunicado que se opone a ambas iniciativas. Como se puede leer aquí, éste reúne más de cincuenta firmas, entre organizaciones e individuos que tienen conocimiento de causa sobre los derechos de las personas con discapacidad y con respecto al uso problemático de sustancias.

En la conferencia de prensa para presentar este comunicado, Víctor Lizama, miembro de Documenta A.C. y que se describe a sí mismo como una persona con discapacidad psicosocial, dijo que la ley de salud mental, incluso en su segunda versión, mantiene a los pacientes en una situación total de incertidumbre y no problematiza el paradigma que permite un “sistema que castiga y vulnera a las personas con discapacidad psicosocial”, que de por sí son un colectivo que suele ser maltratado en nuestra sociedad.  

En su nueva versión, la Ley de Salud Mental sigue enfocada sólo en el las personas con “trastornos mentales”, los sigue nombrando así y aún considera el internamiento involuntario. La diferencia está en que se basa en el Modelo Nacional Miguel Hidalgo de Atención a la Salud Mental, que se supone que es una alternativa a la hospitalización en tanto promueve que los servicios se den más bien a través de Centros Integrales de Salud Mental y Villas de Transición Hospitalaria. Pero como explica Diana Sheinbaum, también de Documenta: a pesar de que de este modelo haya sido implementado en la ciudad, no se tienen datos de cómo ha funcionado. Por otro lado, “las villas son instituciones más pequeñas, pero instituciones al fin, que se prestan a abusos. Y la ley no crea instancias de monitoreo o salvaguarda”.

Es el mismo caso para la Ley General del Sistema Nacional contra las Adicciones. Ésta reconoce la ineficiencia del enfoque criminalizador  y dice que “aún estamos lejos de un auténtico sistema de salud contra la adicción”. Sin embargo, para atender el problema propone inducir a los consumidores a tratamientos sin diagnóstico previo y bajo un sistema que considera que puede privarlos de sus derechos, lo cual a su vez, “inhibe la búsqueda de ayuda”, como señaló Víctor Gutiérrez de México Unido contra la Delincuencia. Este es un problema que ya existe hoy, pues los centros para el tratamiento de uso problemático de sustancias se prestan a los más diversos abusos (a modo de ilustración, esta crónica sobre un “Anexo”). Finalmente, en la ley expuesta también se prioriza el uso de tratamientos farmacológicos.

El problema con todo esto es, pues, que se sigue entendiendo a los consumidores como presas de patologías y no considerando los matices de cada persona, como explica Zara Snapp, consultora en temas de política de drogas. Ella considera que “lo mejor que puede hacer el Estado es acercarnos la información, estrategias de reducción y mitigación de daños y no decir que todo consumo esta ligado al tema de salud mental”. Añade que esta ley no es un caso aislado: “Vemos una tendencia de ligar todo consumo con abuso en otras iniciativas, como la expansión de las cortes de drogas (antes Tribunales de Tratamiento de Adicciones y ahora con el nombre Programa de Justicia Terapéutica)”.

Por todas estas razones, el colectivo de organizaciones e individuos abajo-firmantes está seguro de que implementar estas leyes impedirá “la creación de un modelo adecuado y con enfoque de derechos humanos acorde con los estándares internacionales”. En el caso de los derechos de las personas con discapacidad, éstos fueron ratificados hace ya una década y los avances son contados. (Acá un reportaje sobre algunas de las prácticas de los políticos para atender las necesidades de este colectivo).

El trabajo relacionado con los derechos de las PcD y las experiencias en otros lugares nos han dado los suficientes insumos para saber que estos temas pueden y deben atenderse desde ópticas más respetuosas. Eso sí: para asumirlas, el cambio ha de ser de paradigma. Como dice la carta de HRW mencionada más arriba: “México necesita superar el enfoque paternalista hacia la salud mental y construir alternativas que enfaticen el derecho de las personas a elegir y gobernar sus propias vidas como un elemento central”.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

 

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“Si hablas con Dios, estás rezando; si Dios te habla, entonces tienes esquizofrenia. Si los muertos te hablan, eres espiritista; si le hablas a los muertos, eres un esquizofrénico”
—Thomas Szasz, 1973

 

Los conceptos con los que se define a la “enfermedad mental” pueden volverse realidades inescapables para quienes reciben el diagnóstico. El caso más representativo de esto quizás sea la esquizofrenia, que se asume como una enfermedad biológica, sin cura. Pacientes, familiares y psiquiatras en todo el mundo consideran que es momento de abandonar este término. A continuación una revisión de los argumentos.

Circula en la plataforma de Change.org una petición promovida por el doctor Brian Koehler para que la American Psychiatric Association (APA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminen de su vocabulario el concepto de “esquizofrenia” de una vez por todas. No es una moción descontextualizada y las razones que presenta Koehel son diversas, aunque se enfocan sobre todo en la manera en la que el mundo médico describe a la esquizofrenia como una enfermedad hereditaria que no tiene cura y es sinónimo de peligrosidad: una idea que se ha extendido durante décadas de manera irresponsable (la traducción íntegra de la carta está al final de este texto).

No es raro que este pronóstico sea duro de sobrellevar para quien es diagnosticado. En lugar de dar respuestas, suele contribuir a que “la sensación de estar dañado, de aislarse socialmente, de ser temido y rechazado entre otras cosas, aumente”, explica el psiquiatra dos veces director del capítulo estadunidense de la Sociedad Internacional por el Acercamiento Psicológico y Social a la Psicosis (ISPS) en un artículo publicado el domingo en Mad in América.

El término “esquizofrenia” fue acuñado en 1910 por el psiquiatra suizo Paul E. Bleuler para describir mejor la disociación de emociones y pensamientos que identificaba en sus pacientes. Viene de la conjunción de los conceptos en griego: schizo (“escisión”) y phrenos (“mente”), y su intención era sustituir el diagnóstico menos exacto de “demencia precoz” usado en la época. Desde entonces, la esquizofrenia ha sido considerada como una patología que se caracteriza por presentar formas de psicosis, alucinaciones, habla desordenada y una dificultad evidente para expresar emociones. Como todas las llamadas “enfermedades mentales”, su apreciación y la explicación de lo que la detona es absolutamente histórica. A propósito, Nexos publicó en su edición de diciembre una revisión de cómo se diagnostican los comportamientos que consideramos patológicos hoy en día.

En la década de 1970, la esquizofrenia se empezó a explicar como un desorden neurodegenerativo gracias a un famoso estudio publicado en la revista Lancet que señalaba el crecimiento anormal de los ventrículos en el cerebro de personas que compartían la definición de “esquizofrénicos”. Desde entonces, y con el boom en los estudios sobre el cerebro, se ha multiplicado la obsesión por encontrar la explicación neurológica de la esquizofrenia, su origen exacto en el cerebro y también su dimensión genética. Sin embargo, los resultados de estos estudios están lejos de justificar que la esquizofrenia sea descrita como una condición cerebral degenerativa. De hecho, el que quizás sea el artículo más famoso en el proceso de desmitificar la dimensión biológica de este padecimiento, “The Myth of Schizophrenia as a Progressive Brain Disease” publicado en 2013 en Schizophrenia Bulletin, explica que las resonancias magnéticas que muestran anormalidades sutiles en el desarrollo del cerebro y en la pérdida de tejido cerebral en pacientes con tan poco optimista diagnóstico, son más bien producto del abuso de sustancias y –lo que es dramático– del uso de antipsicóticos.

Uno de los autores de este artículo es Robin Murray, quien publicó hace poco menos de un año una larga e interesante reflexión titulada “Los errores que he cometido en mi carrera de investigación”. Este renombrado psiquiatra británico ha dedicado su vida a indagar sobre las causas de la esquizofrenia y hoy reconoce que la explicación neurodesarrollista ha sido el producto de una lectura exagerada de la evidencia existente. Confiesa que él mismo se pasó la década de los setenta “investigando lo que causaba los cambios en el cerebro” y “tristemente, no me di cuenta de los efectos que factores de riesgo como las adversidades obstétricas podían tener en la estructura y función cerebral”. Como muchos otros profesionales de la psiquiatría, Murray considera cada vez más la influencia de factores externos en los principios de la psicosis, la característica básica de la esquizofrenia.

Murray es uno de los autores citados por Koehler para sostener su caso, pues considerando lo anterior, el británico dice francamente que el concepto de esquizofrenia hoy es obsoleto. El otro es el psiquiatra holandés Jim van Os, quien también ha escrito largamente sobre esta “enfermedad” y propone que la psicosis es en realidad un fenómeno humano que se manifiesta en distintos grados en todas las personas. Se trata del proceso de darle un hipersignificado a la realidad que también está presenta en niveles que pueden considerarse “patológicos” en la depresión y la ansiedad. Incluso plantea que el trauma puede “programar nuestro pensamiento y formar síntomas psicóticos”, lo que nos hace susceptibles a todos.

La relevancia del argumento de Van Os reside en que definir y tratar una “enfermedad” con base en lo que no son más que sus síntomas es poco explicativo. Es como si al paciente en cuestión le dijeran que padece del “mal de estómago” y eso se sabe… porque le duele el estómago; y la solución está en tomar ibuprofeno sin importar si el origen del dolor es una infección, gastritis o una reacción nerviosa previa a abordar un avión. Esto, con el agregado de que una psicosis puede tomar las formas más variadas entre quienes la presentan.

Finalmente, los estudios genéticos sobre la esquizofrenia parecen señalar que, si bien existen algunas asociaciones genéticas en quienes presentan los síntomas, lo que sabemos es muy poco concluyente. Los genes importan “pero su rol no es ni tan dominante o específico como suele retratar”, dice Van Os en otra conferencia. Koehler retoma el argumento de que son miles los genes en cuestión y que su modificación parecería tener más que ver con el ambiente que con alteraciones en la secuencia del ADN.

El año pasado, Van Os presentó una conferencia enfocada en las preconcepciones que acompañan a la esquizofrenia y los retos en su tratamiento en el marco de las Jornadas de la Asociación Madrileña de Salud Mental, disponible en YouTube. Como se puede ver en el video del evento, la única respuesta negativa a la pregunta de si abandonar o no el término entre sus colegas la obtuvo del doctor Álvaro Muzquiz, quien argumentó que mantenerlo quizás ayudaba a evitar a que se medique en exceso de la población, como ha pasado tras la generalización de la depresión. Además de que, de llevarse a cabo el cambio, se necesitaría de un reemplazo efectivo.

Como se adelantaba, la discusión pública sobre qué hacer con un concepto que tiene más de un siglo en uso corriente sin mucho que lo sostenga, no es nueva.  En su carta, Koehler cita los casos de Japón, Corea del sur, Hong Kong y Taiwan, en donde el concepto ya ha sido oficialmente sustituido. En Japón el cambio tuvo lugar en 2002 después de un largo movimiento emprendido por una asociación de familiares de personas diagnosticadas con esquizofrenia que creían que el término era ambiguo, daba muy mala imagen, era una carga para toda la vida y estaba asociado al trato inhumano que históricamente habían recibido los pacientes con sintomatología psicótica. El término que lo sustituyó fue el de “desorden de integración”, basado en el modelo de diátesis-estrés, que explica el padecimiento como resultado de “vulnerabilidades biológicas” con malas reacciones al estrés natural de la vida. En este sentido, quizás la propuesta japonesa no represente el cambio más radical, sin embargo, los pacientes y sus familiares parecen conformes con él, según dice Koheler. Y si todo esto tiene sentido, es sólo en la medida en que el cambio abra la puerta a un mayor bienestar para los consumidores de los servicios de salud mental no sólo en términos identitarios y de autoestima, sino porque la investigación psi que se alienta es aquella que parte de las preguntas correctas.

Las dos instituciones aludidas en la carta de Koehler –la APA y la OMS– son las principales promotoras de la forma actual de entender y actuar sobre la salud mental: la primera publica el famoso Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM por sus siglas en inglés) y la segunda es la voz institucional con mayor legitimidad al momento de medir los problemas de salud en el globo y hacer recomendaciones de política pública, además de la responsable de la Clasificación Internacional de Enfermedades. Su poder para cambiar el paradigma no es menor y, si las voces que están reaccionando a sus categorías no son pocas y ahora son las de los propios profesionales, harían bien en tomarse en serio. Los pacientes tienen una historia mucho más larga con respecto a los conceptos que les son atribuidos, que será tratada en otro texto. Sin embargo, coinciden con estos psiquiatras en que lo importante es detenerse en la persona que presenta la psicosis, no el juicio de quien la observa.

 

APA, abandona el término de “esquizofrenia”
Brian Koehler

El término “esquizofrenia” se ha vuelto sinónimo de peligrosidad, aún cuando sólo una pequeña minoría de las personas con este diagnóstico lastima a los otros, lo cual se explica mejor si se consideran otros factores como: el género masculino, [la edad] ser adultos jóvenes, el abuso de sustancias, la situación de calle, haber estado expuestos a la violencia, a un sentido de impotencia, de abandono, estigma, etc. El término también está asociado a la no-recuperación. De hecho, la peligrosidad y la idea de que es imposible recuperarse parecen inherentes al diagnóstico.

El término abarca grupos heterogéneos de personas que presentan síntomas, etiologías, caminos y resultados variados. Es un término estático, traumático y estigmatizante para quienes les es atribuido. Suele erradicar la esperanza y el sentido de agencia porque a los pacientes diagnosticados se les dice que tienen una enfermedad del cerebro que es genética. Por otro lado, la esperanza, el apoyo social y de pares, y un sentido de agencia y de autoeficacia son necesarios para facilitar la recuperación.

Nueve estudios realizados a nivel mundial y aquellos que ha llevado a cabo la OMS sobre la “esquizofrenia” demuestran recuperaciones sustanciales. Las personas tienen mejores posibilidades si se les provee de buen cuidado. Quizás, muchos de los resultados neurobiológicos en la “esquizofrenia”, que suelen ser poco específicos y no se pueden usar para diagnosticar, encontrarían una mejor explicación al ser resultado del estrés crónico y relacional, o de traumas sociales, aislamiento/exclusión, derrota social, adversidades económicas, baja autoestima, estigma, estrés prenatal, migración (sobre todo de ambientes no blancos, a ambientes blancos), vida/nacimiento en las urbes, polimorfismo de nucleótido único y variación en el número de copias, modificaciones epigenéticas y expresión de genes, los efectos de los antipsicóticos de primera y segunda generación (por ejemplo, Estudio Longitudinal Iowa), etc. Los afroamericanos son aproximadamente tres veces más propensos a ser diagnosticados con “esquizofrenia”. La adversidad social puede volverse una cuestión biológica y resultar en modificaciones epigenéticas en la expresión de genes, lo cual es potencialmente transmisible entre generaciones.

Japón (desorden de integración), Hong Kong y Taiwan (disfunción cognitivo-perceptual) y Corea del Sur (desorden de afinación) han removido el término “esquizofrenia” de su nosología psiquiátrica. Encuestas en Japón han demostrado que usuarios y profesionales por igual están satisfechos con la idea del cambio.  Psiquiatras prominentes como Robin Murray en el Reino Unido y Jim van Os en Holanda han presentado argumentos fuertes y convincentes sobre por qué se habría de abandonar este término. El editor de la prestigiosa publicación Schizophrenia Bulletin recientemente se preguntó si el término tendría que ser reemplazado. Considero que es momento de abandonar este término estigmatizante, poco esperanzador y científicamente controvertido, que está saturado de mitos sobre la imposibilidad de la recuperación y la peligrosidad.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

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Se cumplen cien años de la muerte de Émile Durkheim y 120 de la publicación de El suicidio, el libro que le mereciera el mote de “padre de la sociología” y el primer estudio sobre el fenómeno que no atribuye sus causas al enajenamiento individual. El siguiente ejercicio recoge las observaciones de Durkheim que hacen eco en lo que hoy sabemos sobre el suicidio.

“La sociedad puede generalizar sin sofismas, expresar su estado de salud y enfermedad”
—Emile Durkheim

Hace 120 años, Émile Durkheim publicó el que sería el primer libro de análisis sociológico sobre el suicidio. Su interés por el tema probablemente venía de la incomprensión de la muerte autoinflingida, en 1886, de uno de sus amigos más cercanos en la École Normale Supérieure, Victor Hommay, con quien recordaba haber construido una amistad íntima, de días enteros compartidos. Pero el suicidio también tenía para Durkheim un atractivo metodológico: se trataba de un objeto de estudio “preciso y delimitado”, ideal para la óptica sociológica que defendía. Bajo ese principio, durante siete años se dedicó a construir una investigación para descubrir las causas de la muerte por suicidio en Europa, una tarea que se asomaba poco probable.

A un siglo de la muerte del sociólogo, las razones que informan al suicidio siguen siendo en buena medida un misterio. Los organismos internacionales de salud reconocen que el mejor indicador de que se está en riesgo suicida es haber intentado quitarse la vida antes, una asociación clara pero que explica poco. Por otro lado, la relación que existe entre el suicidio y los “padecimientos de salud mental” —probablemente la explicación más recurrente— es tan poco discernible hoy como lo era en tiempos de Durkheim. Estas cuestiones siguen haciendo a El suicidio del sociólogo francés una obra increíblemente lúcida, a más de cien años de su publicación. De hecho, una lectura curiosa y juguetona de este libro (obviamente insostenible en términos metodológicos) todavía encuentra paralelismos entre las conclusiones a las que llegó Durkheim en su momento y lo que arrojan los datos actuales —más sistematizados, aunque aún problemáticos— sobre el fenómeno suicida.

La noción de quitarse la propia vida ha sido motivo de preocupación ontológica, moral, religiosa y psicológica a lo largo de la historia del pensamiento occidental y hasta nuestros días. Durkheim fue quien dio el primer paso a pensar que éste no era un hecho puramente personal, en el que el individuo decidía acabar sin más con su existencia por razones que sólo él podía conocer. Los datos de los suicidios en distintas poblaciones y lugares en Europa que revisó mostraban patrones de manifestación y aumento particulares (en Francia, por ejemplo, identifica un aumento del 50% en la tasa de suicidios en menos de treinta años y en Sajonia uno del 100%). Para él, la sociología, preocupada por aquello que regula la unión de los hombres en comunidad, era la mejor opción para afrontar el fenómeno y dar con sus causas.

Con ayuda de su sobrino Marcel Mauss, otro personaje fundamental en la historia de la disciplina, Durkheim le dedicó años a la recolección de datos para escribir El suicidio. En la obra cita cifras antes publicadas por Adolph Wagner, Henry Morselli, Louis-Adolphe Bertillon, entre otros, que en conjunto se ocupan de aproximadamente treinta años de tendencias suicidas en distintas localidades de Europa. Empieza por contrastarlas con las hipótesis generalizadas en su época y así las desmiente una a una. Niega que el suicidio sea producto de estados psicopatológicos y descarta la explicación que le atribuye a la raza la variación en las tasas del mismo. Sobre lo que llama las “causas cósmicas”, el clima y las estaciones, revisa las cifras en distintos lugares del continente europeo y concluye que la mayoría de los suicidios se cometen en buen tiempo, y “no hay un país que sea la excepción a esta regla”. Por otro lado, el autor reconoce que esta hipótesis recaería en que el suicidio es un acto violento, producto de la energía acumulada en los meses calurosos, cuando también existe el suicidio melancólico: “no es posible que el calor sea causa de ambos”. Esta es una muestra perfecta de la forma de argumentar de Durkheim, que permite sus explicaciones sociales y que, dicho sea de pasó, fue lo que le garantizó múltiples críticas conforme avanzaba el uso de la estadística en el tiempo.

A partir de revisar cómo se relacionan las tasas de suicidio con el estado de “los medios sociales”  (“la religión, la familia, la sociedad y los grupos profesionales”), es que Durkheim introduce la idea de la muerte autoinflingida como el síntoma de una sociedad enferma.

“Toda ruptura de equilibrio lleva al suicidio”. En este sentido, distintos tipos de “desregulación” social causarían distintos tipos de suicidio. En su clasificación etiológica Durkheim describe cuatro causas de suicidio. Primero, el egoísta, resultado de haber perdido la razón de vivir porque los vínculos sociales no son lo suficientemente fuertes para que el hombre salga de su individualismo (es aquí en donde compara las bajas tasas de suicidio entre católicos con aquellas de los protestantes). Segunda, el suicidio altruista, en el que el hombre ve “la razón de vivir fuera de la vida misma” (mucho más recurrente en los “pueblos primitivos” como son la India y Japón en los que la vigilancia colectiva se lleva a cabo en todo momento). Tercera, el suicidio anómico que surge porque la actividad social se desorganiza ya sea en lo político o en lo económico —para bien o para mal—, de tal manera que es incapaz de contener a las pasiones individuales (esta forma de suicidio lleva a que existan diferencias en las tasas según profesión). Finalmente estaría el suicidio heroico, al que no le dedica mucho tiempo, y es aquél que se comete por motivos religiosos, como “que un habitante de las islas Canarias se precipite a una mina para honrar a su dios”. Más allá de esta esquemática clasificación, Durkheim reconoce que las causas suelen combinarse entre sí y que rara vez aparecen en forma pura.

Conforme describe cada una de las manifestaciones del suicidio, va explicando aquello que se puede extraer de los cientos de tablas y mapas que incluye en sus páginas. ¿Qué nos resuena hoy de sus hallazgos? Lo primero, sin duda, es que seguimos observando las mismas variables en espera de encontrar la respuesta detrás de estas muertes prematuras. Lo segundo es que no hemos llegado a conclusiones que nos den ni la mínima sensación de certeza que le dio Durkheim su propio análisis.

¿Quién se suicida? ¿Los “enfermos mentales”?

Las cifras de ayer y hoy indican que el suicidio afecta en primer lugar a los hombres, entre quienes es mucho más común morir a mano propia que en las mujeres. Para Durkheim este es, de hecho, el argumento que le permite rechazar la fácil asociación que se hace entre el suicidio y las cuestiones psicopatológicas. Si bien la locura puede llevar al suicidio, ésta no sería su causa, pues mientras que son muchas más las mujeres “locas” o “enajenadas”, la mayoría de los suicidios sería de hombres: "Por una mujer que se mata, se mueren en promedio cuatro hombres", explica Durkheim.

En la actualidad, y según se mide la prevalencia de los diagnósticos psiquiátricos en relación al género, se sigue asumiendo que la “enfermedad mental” afecta en su mayor parte a las mujeres, sobre todo en los países de ingreso alto. A su vez, es en estos países en los que los hombre se suicidan hasta tres veces más que las mujeres (aquí algunos datos). Por otro lado, mientras que se asume que el comportamiento suicida es en efecto muestra de tristeza y desesperación, la Organización Mundial de la Salud  considera un “mito” la relación directa e invariable que se asume que existe entre la “enfermedad mental” y la realización suicida.

Las edades del suicidio… y el estado civil

Uno de los aspectos más impresionantes en las cifras del suicidio en la actualidad es que es la segunda causa de muerte en quienes tienen entre 15 y  29 años en el mundo. Es la juventud la que está acabando con su vida, cuando en general habían sido los adultos mayores los más proclives a ello. En México la tendencia se revirtió apenas en 2011 tal como muestran los datos recabados en este texto.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando Durkheim observaba los suicidios de España a Prusia, la mayoría de éstos correspondían al grupo de adultos de más de sesenta años para quienes “la fuerza colectiva que impele al hombre a matarse había calado en [ellos] poco a poco”, aunque observa variaciones según estado civil y género. A partir de lo que dedujo de las cifras del Ducado de Oldemburgo, el único en registrar el estado civil de los fallecidos por suicidio en el periodo estudiado, los “matrimonios precoces son un riesgo nocivo". Por su parte, los viudos se mataban más que los casados, pero menos que los solteros, y “el porcentaje de suicidios que aportan las mujeres es mayor entre la población casada que la soltera”, dada “la acción funesta que ejerce el matrimonio sobre la constitución moral de la esposa”.

Tendrá razón el lector al que le parezcan poco científicas estas conclusiones. En efecto, ponen de manifiesto lo que Halbwachs le reclamó a Durkheim en su obra Las causas del suicidio publicada en 1930: no se sabe si lo convincente son las cifras o el argumento dialéctico. Aunque Durkheim reconoce que el matrimonio es distinto en cada sociedad, y que la familia varía según se consideren sus elementos, lo cierto es que en este tema sus conclusiones son poco discernibles. Considera fundamentales hechos tales como: “si el viudo [en cuestión] sufre más, también está mejor preparado para aguantar el sufrimiento dadas las saludables influencias que ha recibido [de la esposa perdida]”.

Sin embargo, la insistencia en encontrar el efecto de la vida conyugal, o su ausencia, en la predisposición suicida se mantiene en investigaciones actuales; por ejemplo, ésta que busca la relación entre estado civil y el suicidio de veteranos de guerra estadunidenses.

El contagio

A propósito de la muerte por suicidio entre combatientes de guerra o ex combatientes —que de hecho hoy sigue siendo común— Durkheim dice que hay algo en los regimientos y prisiones que parece tender a este tipo de muerte. En el caso de los soldados, lo explica como una “predisposición general a estimar la vida en poco”, que los llevaría a matarse por “los motivos más fútiles […] incluso, sencillamente, porque otros se han suicidado ante su vista o su conocimiento”. Pensando en esto, el sociólogo se pregunta por otra de las permanencias en la reflexión sobre el suicidio: la idea de su contagio.

Durkheim recuerda una anécdota de 1772 en la que "quince inválidos" se ahorcaron en la misma percha, y también una garita en Boulogne en la que, a partir del suicidio de un soldado, le siguieron muchos más. En ambos casos, los suicidios se detuvieron una vez que el sitio específico, la percha y la garita, fueron removidos. Explica que, si bien la gente no se suicida únicamente por contagio sino que las causas sociales subyacentes serían mucho más poderosas, sí se generan contextos de comunidad en los que esto sucede. Hoy, si atendemos a las recomendaciones de la OMS para la prevención del suicidio, aquello que se le pide a los medios de comunicación que eviten hacer al momento de reportar el tema surge efectivamente del mismo temor al contagio: no repetir las historias innecesariamente, no usar lenguaje que normalice al suicidio, no describir explícitamente el método usado, no dar detalles del lugar…

No se sabe todavía cuánto contribuye realmente en la ideación suicida el saber que otros se han suicidado antes y sus formas de hacerlo. Sin embargo, el hecho de que ciertas políticas públicas se implementen en los lugares tradicionalmente asociados al suicidio para contribuir a la reducción, algo revela. Es el caso del puente Golden Gate y la barda que está en construcción —la cual se basa en estudios que indican que un 90% de las personas a las que se les impidió saltar de una u otra manera, no lo hicieron después—, o las luces azules en el metro de Tokyo instaladas hace ya varios años para calmar a los pasajeros que piensan en matarse.

Durkheim propuso que el paso de la sociedad feudal a la moderna acabó con la cohesión que garantizaban la religión, la familia, los empleos asociados al campo y a la manufactura. La inestabilidad por la que atravesaba Europa a mediados del siglo XIX se manifestaba sobre todo en las ciudades industrializadas, que era en donde el número de suicidios sorprendía a nuestro autor. Ya decíamos que el uso que hizo de las estadísticas disponibles en su momento muy pronto fue sujeto a críticas, sobre todo de generalización estadística (la llamada falacia ecológica). Pero releerlo hoy teniendo en mente a las ochocientas mil personas que se suicidan anualmente no deja de ser provocador. Estos suicidios, ¿son la última y más libre decisión que pudieron tomar los individuos que los cometieron? A ello le sigue preguntarse: ¿son entonces mera responsabilidad individual?

Revisar los datos que existen sobre el fenómeno actualmente lleva a pensar que no. El 78% de estos suicidios en 2015 tuvieron lugar en países de ingres bajo y medio y, en México, el principal grupo de ocupación entre los muertos por suicidio fue “sin trabajo”. Incluso considerando todo lo que aún ignoramos sobre el tema, estos datos difícilmente parecen ser casualidad. Leer con resonancia a Durkheim hoy también nos da la sensación de estar todavía muy lejos de la respuesta sobre el suicidio, pero todo indica que la fuerza coercitiva que puede ser la sociedad tendrá que ser parte de ella.  

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.


Bibliografía

—-“Émile Durkheim”. The Ethics of suicide digital archive. Oxford University Press y J. Willard Marriott Library. Disponible en: http://bit.ly/2hA3MTR

—- Preventing suicide. A resource for media professionals, Geneva, World Health Organization/International Association for Suicide Prevention, 2017. Disponible en: http://bit.ly/2hAA0yg

Cholbi, Michael. “Suicide”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Edward N. Zalta (ed.), 2017. Disponible en: http://stanford.io/2z38Jfn

Durkheim, Emile. El suicidio, traducción de Sandra Chaparro Martínez. Versión electrónica disponible en: http://bit.ly/2z1q4oR

Douglas, Jack D. Social Meanings of Suicide, Princeton, Princeton University Press, 1970.

Lukes, Steven. Emile Durkheim, His Life and Work: A Historical and Critical Study, Stanford, Stanford University Press, 1973.

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Hay cuerpos y mentes que hemos relegado al último recoveco de lo ajeno. Que ponen en entredicho las prioridades y el funcionamiento de nuestras sociedades obsesionadas con la eficiencia y la productividad. Según las cifras sobre las enfermedades crónico-degenerativas o la depresión, éstos empiezan a ser nuestros cuerpos y mentes. La discapacidad es un tema cada vez más presente y más común y, si no había quedado claro: es urgente hablar de ella.

A más de diez años de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, la hora de discutir a la discapacidad con la intención explícita de hacerle justicia está más que atrasada. Las personas con discapacidad siguen siendo excluidas de los espacios familiares, urbanos, educativos, laborales, políticos y recreativos; siguen siendo sujetos de abuso y negligencia. Y con todo, en Estados Unidos un movimiento de personas con discapacidad está dando la batalla más arriesgada y efectiva contra la derogación de Medicaid y en Bolivia, otro, cruzó los Andes con el propósito de exigirle una pensión al gobierno central y fue recibido con violencia por parte de la policía de La Paz.1 Este espacio que inaugura Nexos busca contribuir a enmendar el silencio que rodea a estas realidades y a su complejidad.

Pero si a esta reflexión tan postergada la ha de justificar no solo la preocupación por el prójimo, sino también la angustia individual, lo menos que se puede pedir de ella es que sea una reflexión histórica, epistemológica y verdaderamente incluyente. En su definición normativa actual –aunque aún sujeta a muchas discusiones–, la discapacidad se explica como el impedimento o dificultad para realizar las actividades básicas de la vida,2 que resultan de “las deficiencias propias y de las restricciones que genera el contexto” para los individuos que las presentan.3 La vejez, la enfermedad, los accidentes y la violencia, son todas causas de discapacidad en tanto tienen afectaciones físicas, intelectuales y psicosociales (de salud mental), que pueden disminuir nuestras posibilidades de participar activamente en la comunidad. Así, la discapacidad afecta al 15% de la población mundial, y todos somos propensos a ella sin importar nuestras condiciones de nacimiento.4

En México, su principal detonante son las enfermedades, mismas que explican el 41% de las mismas. A ellas les sigue la edad avanzada que es responsable del 33%.5 Si los mexicanos mueren sobre todo de enfermedades del corazón, diabetes y cáncer, no es descabellado concluir que efectivamente todos tenemos una alta probabilidad de desarrollar alguna discapacidad en determinado momento de nuestras vidas. Por otro lado, se pronostica que la cantidad de personas en el mundo mayor de ochenta años, particularmente susceptible a enfermarse y a necesitar de cuidados constantes, alcanzará los 395 millones en menos de cuarenta años.6 Sobra decir que en un país en el que la mayor parte de la población vive debajo de la línea de pobreza, con salarios estancados y un crecimiento económico que es insuficiente, la preocupación de cómo nos enfrentaremos a esto no es para menos. Además de que nos ha llegado muy tarde.

Para empezar a imaginar respuestas distintas, necesitamos revisar seriamente los datos de la discapacidad, las investigaciones asociadas a sus causas y la pertinencia de los enfoques, la políticas públicas y las instituciones encargadas de su prevención y tratamiento. Pero, para hacernos de un criterio que atienda al tema como merece, ésta no puede ser vista solamente como un problema de salud pública. Se trata de un asunto de organización social en general.

Históricamente, la discapacidad ha representado un reto para las sociedades. Basta con ver las formas que hemos desarrollado en el tiempo para lidiar con los cuerpos y mentes que nos resultan disímiles, los conceptos asociados a ellos y su regulación, para entender que la discapacidad representa, ante todo, un reto filosófico. Detrás de nuestras ideas sobre la discapacidad hay una explicación sobre la diferencia y lo que la genera, sobre la libertad y la autonomía, la vida en común, la responsabilidad y las lógicas que acompañan al cuidado del otro. En suma, la discapacidad es un perfecto lugar de entrada al cuestionamiento crítico sobre eso que creemos normal en nuestro orden social.7

Por eso, definir cómo hablar de la discapacidad no es menos importante. Si la perspectiva es honesta, esto implicará, en primer lugar, escuchar a las voces que la experimentan. También tendrá que reconocer que la discapacidad es un universo de multiplicidades, que lo que existen quizás son discapacidades y, dentro de ellas, rangos e intensidades variables. Hoy hablar de discapacidad tampoco puede dejar de lado otras identidades: de edad, género, clase, etnia, raza y territorialidad –es imposible sostener que una mujer indígena en un poblado rural experimenta lo mismo que una mujer de la colonia San Miguel Chapultepec de la Ciudad de México, sin importar que compartan el mismo diagnóstico de parálisis cerebral, de autismo, de esquizofrenia.  

México no sólo tiene que asumir la labor de hablar de esto, sino de gritar y de polemizar: el marco conceptual de la discapacidad es prominentemente occidental y en el campo de su estudio hay una creciente preocupación por retratarla desde las periferias.8 Aceptemos el reto.

De los siete millones de habitantes con alguna discapacidad que había en México en 2014, ninguno puede seguir siendo sujeto de caridad. No son patologías andantes, no le pertenecen a los hospitales y tienen el derecho a trabajar en ambientes que no sean hostiles, a disfrutar de los parques, a no ser esterilizados y a decidir cómo medicarse. Llevamos mucho tiempo describiendo como “inspiradora” la supervivencia de las personas con discapacidad en circunstancias adversas, toca preguntarnos por nuestra complicidad en ellas.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.


1 El primero es el movimiento de ADAPT-Free our people!: “Save Medicaid coverage”, http://bit.ly/2lZxLpi. El segundo es el movimiento liderado por Rose Mery Guarita, del cual The Guardian  hizo el documental “The Fight” que publicó en mayo de este año. http://bit.ly/2jbB2Rn.

2 Según el Grupo Washington (GW) de la ONU, que busca recaudar cifras para poder comparar la situación de la discapacidad en distintos países  o culturas estas son: ver, escuchar, caminar, aprender/recordar/concentrarse, cuidarse (bañarse/comer/vestirse), hablar o comunicarse. “Washington Group conceptual framework”, recuperado de: http://bit.ly/2zrsx97. En el informe “Las personas con discapacidad en México, datos al 2014” publicado en 2016 por el INEGI, se incluye a los “problemas emocionales o mentales” como otro de los medidores. Recuperado de: http://bit.ly/2hdiRXg

3 Esta definición se conoce como el modelo social de la discapacidad y está establecido en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

4 World Health Organization/The World Bank (2011), “World Report on Disability” , recuperado de: http://bit.ly/2m4nAjy

5 INEGI, 2016.

6 UN Department of Economic and Social Affairs. Population Division (2002), “World Population Ageing 1950-2050”, recuperado de: http://bit.ly/2Aj8BEJ. Una ficha teórica publicada en el portal de la Organización Mundial de la Salud en septiembre de 2015 pronostica 424 millones de adultos mayores de 80 años en el mundo, de los cuales la mayoría vivirá en países de ingreso medio y bajo.

7 A propósito de la relación entre la discapacidad y el concepto de “lo normal”, ver: Lennard J. Davis (2017),  “Introduction: Disability, Normality and Power”, The disability studies reader. Nueva York: Routledge.

8 Esta preocupación es la que ha llevado, entre otras cosas, a la fundación de la revista académica, Disability and the Global South en 2013.

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