Presentamos un resumen de los hallazgos más reveladores de la Organización Mundial de la Salud en materia de políticas públicas para lidiar con los problemas de salud mental en el mundo, según están actualizados en el Altas de Salud Mental 2017 publicado hace unos días y aún no disponible en español.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de hacer públicos los resultados del Altas de Salud Mental 2017 en su versión en inglés. Es la última edición de una serie que pretende medir los avances en las políticas públicas que atañen a la salud mental, emprendidas por los países miembro de las OMS. Las anteriores se publicaron en 2005, 2011 y 2014.

La idea es que esta información vaya midiendo el cumplimiento de los países con respecto a un plan de acción global para “cambiar las actitudes que perpetúan el estigma y la discriminación que han aislado a las personas [con problemas de salud mental] desde tiempos ancestrales. Hace un llamado a expandir los servicios para promover más eficiencia en el uso de recursos”, llamado el Comprehensive Mental Health Action Plan 2013-2020.

En este sentido, el Atlas que se publicó hace un par de semanas con información recabada el año pasado, mide los avances de los países que pertenecen a la OMS (el 97% de la población mundial según la propia institución) en relación a cuatro ejes. 1. Liderazgo y gobernanza en materia de salud mental (políticas y legislaciones nacionales específicas para atajar el tema); 2. Proporcionar en el ámbito comunitario servicios de asistencia social y de salud mental completos; 3. Aplicar estrategias de promoción y prevención en materia de salud mental y 4. Reforzar los sistemas de información, los datos científicos y las investigaciones sobre salud mental.

La información contenida en esta publicación es interesante porque revela el concepto que tiene la OMS de la salud mental y lo que ésta considera que hay que priorizar en el campo a nivel mundial (uno de sus preceptos, por ejemplo, es que cada dólar invertido en mejorar los tratamientos para la ansiedad y la depresión regresan en cuatro dólares, dada “la mayor habilidad de las personas para trabajar”). El documento señala ciertos atisbos de acciones y algunos datos que sería imposible conocer de otra manera y que son muy valiosos para seguir estudiando estos temas. Esto, incluso pese a las limitantes propias de ver el panorama en términos regionales, sin consideración con las realidades locales específicas y el hecho de que no todos los países-miembro respondieran los cuestionarios. Aquí lo que nos ha parecido más interesante:

Planes y legislaciones

• El 40% de los países que respondieron el cuestionario de la OMS para el Altas ha actualizado la legislación relativa a la salud mental en los últimos cinco años, pero el mayor porcentaje de países que lo ha hecho está en Europa.

• El 17% de los países que respondieron no han incluido datos sobre la salud mental en sus reportes para la creación de políticas públicas o propósitos de planeación y administración.

• Sólo 58 países aseguran tener la información completa en cuanto a la edad, el género y el diagnóstico de quienes han ocupado camas en hospitales o pabellones psiquiátricos, lo cual, dice la OMS: “podría explicar la poca información que hay sobre cómo se relacionan los diagnósticos específicos con el uso de los servicios”.

• Sólo 35 países aseguran tener un plan o estrategia para la salud mental adolescente.

 

Derechos humanos

• Menos de la mitad de los 139 países que han creado planes y políticas de salud mental los han ajustado a las convenciones de derechos humanos que existen. En particular con lo relativo a transitar de los hospitales psiquiátricos a servicios basados en la comunidad e incluir a las personas con diagnósticos psiquiátricos en las decisiones que les conciernen.

• En comparación al estudio de 2014, se avanzó en todos los rubros relacionados con transitar hacia servicios comunitarios de salud mental: atención a los derechos humanos de las personas con enfermedades mentales, servicios y apoyos para que los pacientes vivan en la comunidad, acercamiento al cuidado de la salud mental con énfasis en la recuperación, promoción de participación de las personas en su propia salud mental. En el que menos se avanzó, sin embargo, fue en el relativo a la atención explícita a los derechos humanos de las personas con diagnósticos psiquiátricos.

• En más de ochenta países no existe (o no funciona) una autoridad dedicada o un cuerpo independiente para evaluar el cumplimiento de la legislación en materia de salud mental con los derechos humanos internacionales.

• Los países que reportan que han destinado recursos (humanos o financieros) para cumplir con sus políticas o planes para la salud mental son: un 70% de los países de ingreso alto contra un 21% de los países de ingreso bajo.

• Con respecto a 2014, en lo que menos se avanzó, es en la legislación que provee inspecciones regulares, a cargo de un independiente, al estado de los derechos humanos en las facilidades para tratar la salud mental.

• El porcentaje de admisiones involuntarias a hospitales psiquiátricos es del 40%.

 

Recursos reales

• Los niveles de gasto público para la salud mental en países de ingreso medio y bajo son muy escuetos y más del 80% de éstos se destina a hospitales psiquiátricos (y no a servicios comunitarios).

• En países de ingreso bajo, la cantidad de trabajadores de la salud mental puede ser tan baja como de 2 trabajadores por cada 100 000 habitantes.

• La fuerza laboral más grande dedicada a la salud mental en todo el mundo son las enfermeras (no los psiquiatras, médicos generales, psicólogos o terapeutas).

• Se les pidió a los países identificar si existe colaboración recurrente entre los servicios de salud del gobierno y otros departamentos, servicios y sectores (comunitarios, espirituales, religiosos, etc). El grupo que ha establecido estas colaboraciones de manera más formal ha sido el de los países de ingreso bajo-medio.

• El servicio al que menos se recurrió para colaborar formalmente fue el de “curanderos tradicionales/indígenas”, seguido de los medios, del sector de empleo y del sector de vivienda.

• La disponibilidad de servicios ambulatorios en países de ingreso alto es tres veces mayor que en países de ingreso bajo.

• La disponibilidad de apoyo social (recursos monetarios o no, para sobrellevar mejor una condición médica) que el gobierno provee a personas con diagnósticos psiquiátricos depende del nivel de ingreso. El 96% de los países de ingreso alto reciben apoyo social, contra el 14% en países de ingreso medio y bajo.
 

Ana Sofía Rodríguez Everaert

Editora de Nexos en línea.

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España acaba de celebrar por primera vez el Día del Orgullo Loco, el pasado 20 de mayo. La historia de esta movilización es larga y se ha desatado en las más distintas latitudes. Sus demandas se repiten una y otra vez. ¿Qué piden los locos?

“La primavera también se brota”, dice un cartel casero escrito con letras rojas y enmarcadas por dibujos de tréboles. Otro asevera que “La libertad es terapéutica” y uno más recuerda que “La enfermedad mental es un constructo social”. Los portadores de estos mensajes posan sonrientes junto a las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza a caballo. Esta foto fue publicada hace un par de días en la cuenta de Twitter Orgullo Loco Madrid, con el comentario: “Compartiendo protestas con Don Quijote, nuestro referente simbólico. ¡Que viva la lucha loca!”.


Ilustración: Víctor Solís

La imagen está entre cientos que se suman tras la primera celebración en España de una protesta organizada por quienes han experimentado los diagnósticos, métodos y -también- los abusos de la psiquiatría. El Día del Orgullo Loco se celebró el 20 de mayo en diversas ciudades españolas con el objetivo de visibilizar y reivindicar a este “colectivo históricamente desempoderado” con marchas, discusiones y actividades culturales. Madrid, Cataluña, Euskadi, Galicia, Valencia, Andalucía, Extremadura y Asturias, provincia en donde se reconoce que empezó el movimiento del Orgullo Loco español, festejaron la posibilidad de unión de las mentes consideradas “otras”, el rechazo a la locura como un término peyorativo y los cuestionamientos a la epistemología de la psiquiatría moderna que muy seguido navega entre la incomprensión y el abuso.

A pesar de ser un movimiento variado, con expresión en muchas latitudes que por lo tanto implican sistemas de salud distintos y con actores que incluso difieren en sus formas de definirse –se dicen consumidores [de servicios de salud mental], supervivientes [de esos mismos servicios] o sencillamente ex-pacientes–, “Mad Pride” lleva décadas en el panorama político relacionado con la salud mental.

La historia de cómo nació y se popularizó este movimiento en tantos lugares del mundo no es lineal y se parece más a una serie de brotes de descontento aquí y allá. Se asume que la primera movilización como tal tuvo lugar en Toronto en 1993, resultado de la negativa del barrio de Parkdale de darle habitación a personas que acababan de obtener el alta hospitalaria en instituciones psiquiátricas.  Uno de los participantes, Geoffrey Reaume, recuerda como una característica fundamental de esa protesta las disputas sobre cómo definirse. Terminó llamándose “Psychiatric Survivor Pride Day” porque “la palabra superviviente [demostraba] que había orgullo en nuestra historia de sobrevivir la discriminación y el abuso dentro y fuera del sistema psiquiátrico, defender nuestros derechos y logros personales y colectivos, y [hacer notar] que los supervivientes de la psiquiatría son mucho más que una etiqueta diagnóstica”.

Aunque las movilizaciones anuales se interrumpieron varias veces, desde 2002 este evento se celebra durante toda una semana en julio para coincidir con la conmemoración de la toma de la Bastilla el 14 de julio.

En la versión inglesa, los pacientes Mark Roberts, Simon Barnett, Robert Dellar y Pete Shaughnessy fueron los que definieron sus protestas como un movimiento de mad pride y más tarde vieron aparecer la denominación en Italia, Canadá, la India y Nueva Zelanda. “No era algo que controláramos, sino que construyó su propio momentum”, recuerdan en una entrevista para Vice en 2016. Dicen que el movimiento que atrajo a personas descontentas con el servicio de salud mental estuvo activo de 1999 a 2012. Sin embargo, las condiciones que según Dellar motivaron la organización, están lejos de haber sido superadas: el estigma, los prejuicios que relacionan a los diagnósticos psiquiátricos con la violencia, el poder de las farmacéuticas y un sistema que permite la coerción. Lo comprueba la existencia de Mad Pride en muchas ciudades británicas.

En la experiencia española, lo mismo que en Toronto, en Inglaterra y en otros lugares que ha reportado la prensa -desde Salvador en Brasil, hasta Moscú-, se adivina un objetivo común entre los participantes del Orgullo Loco, y es que aquellos que presentan los síntomas que la psiquiatría ha calificado como patológicos, sean los protagonistas y voceros de su propia experiencia. Nadie más. A esto se suma la decepción con los límites que impone la explicación biologicista de la mente y sobre todo la recurrencia con la que –en aras del “tratamiento” de lo que está mal– se les obliga a tomar medicamentos, se les encierra y aísla contra su voluntad. De hecho, la versión española del movimiento reconoce como detonantes de las protestas de mayo la muerte de dos personas internadas e inmovilizadas producto de sus “síntomas psiquiátricos” : una en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica del Complejo Hospitalario de A Coruña el 28 de febrero del año pasado y la otra un par de meses después, el 24 de abril, en el Hospital Central Universitario de Asturias, en Oviedo. 

En este sentido, el uso del término “locura” busca tener los mismos efectos de reapropiación identitaria que tuvo la palabra queer para el movimiento LGTB. Y, como decía el manifiesto que se leyó el 20 de mayo en Sevilla: “dignificar la locura” es un “paso previo para reivindicar un cambio en la forma en que se afronta la salud mental en España”.

Finalmente, si seguimos al académico Bradley Lewis, la articulación política de esta serie de descontentos se remonta por lo menos a la década de los setenta en Estados Unidos con inspiración en la obra de psiquiatras y psicólogos críticos (o antipsiquiatras, en algunos de los casos) como Erving Goffman, Thomas Szasz, R.D. Laing, entre otros. Personajes como Leonard Roy Frank, víctima directa de shocks de insulina y eléctricos para tratar su esquizofrenia paranoide se dedicaron a organizar grupos de concientización. El suyo, fundado en 1972, se llamó Network Against Psychiatric Assault y se mantiene activo hasta la fecha. Muy cerca de su fundación surgieron también el Insane Liberation Front de Portland (1970) y the Mental Patient’s Liberation Project en Nueva York (1971).

Este tipo de organizaciones poco a poco fueron canalizando el descontento de los pacientes en demandas de grupos de apoyo mutuo así como en su involucramiento en las decisiones de los servicios de salud. El episodio de una protesta de ayuno en 2003 en la que participaron seis personas en Pasadena, California, que se oponían a la concepción de los problemas de salud mental como un asunto biológico y por lo tanto irresoluble, parece haber quedado lejos de las preocupaciones actuales de los pacientes estadounidenses.1

Sin embargo, las ciudades españolas acaban de protestar al unísono y están buscando organizarse y definir acciones concretas. El año pasado, en Osijek, Croacia, se abrió por primera vez un asilo para que sus habitantes pudieran participar sin restricciones en la comunidad y el ejemplo de La Borde en Francia se mantiene. La reivindicación urge a seguir rastreando y anotando todas y cada una de estas victorias.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert


1 Bradley Lewis, “A mad fight: Psychiatry and Disability Activism”, The Disability Studies Reader, Nueva York, Routledge, 2017, pp. 102-118.

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Un reciente estudio publicado en The Lancet ha sido popularizado como la prueba final de que los antidepresivos sí funcionan. Sin embargo, los críticos abundan: algunos psiquiatras han salido a prevenir a la gente, pacientes recuerdan experiencias terribles asociadas al consumo de estos medicamentos y en los países nórdicos se están creando iniciativas gubernamentales para desalentar el tratamiento farmacológico… ¿En qué quedamos? Aquí algunas pistas para seguir y entender un poco más el debate.

La comunidad psiquiátrica ha estado movida en las últimas semanas. Un nuevo estudio conducido por el NIHR Oxford Health Biomedical Research Centre, y publicado en The Lancet hace un mes, concluyó que los antidepresivos son más efectivos que el placebo para “el tratamiento a corto plazo de la depresión aguda en adultos”. Y es que, aunque el lector no lo crea, el revuelo del asunto se debe a que esta es la primera vez que un estudio científico del tipo prueba que estas medicinas en efecto funcionan en el tratamiento de la depresión. Pero no todo mundo está conforme.

El estudio es un “meta-análisis”, lo que quiere decir que los investigadores responsables tomaron múltiples estudios anteriores (algunos incluso de la década de los setenta) que comparan medicamentos y placebos, así como otros concentrados en diferentes tipos de antidepresivos, para ver si quienes los consumen notan diferencias sustanciales. Los resultados fueron ampliamente retomados en los medios, sobre todo en medios anglosajones, como si resolvieran de una vez por todas el problema de la depresión; ese diagnóstico que se supone que tienen más de 300 millones de personas en el mundo.1

Los antidepresivos, y en general los psicofármacos son la respuesta privilegiada por la comunidad médica cuando se trata de atender los padecimientos del ánimo y la mente. Es difícil saber cuántas personas los consumen, pero la industria es gigante (y millonaria). En el NHS, el sistema de salud público británico, se recetaron y administraron 64.7 millones de antidepresivos en 2016, lo que representó un incremento del 108.5% con respecto al 2006 según el periódico The Guardian. En Estados Unidos la tasa de consumidores de medicinas psiquiátricas es aproximadamente de 1 por cada 6 adultos, con variaciones según género, edad y antecedentes étnicos, dice Scientific American. Y según la OCDE, el porcentaje de la población de sus países miembros que consume antidepresivos es del 6.5%.2

No es, pues, un tema irrelevante. Y si bien el acceso a tratamientos es algo que celebrar, y sobre todo a tratamientos que sirvan, también hay razones para temer el “mundo feliz” de Huxley. A continuación una serie de textos y otros recursos para acercarse con una perspectiva más crítica al tema del consumo y eficacia de los antidepresivos.

1. Algunos de los propios señalamientos del estudio indican que habríamos de tomar las conclusiones con reserva. Sin necesidad de ser experto, el lector encontrará matices importantes en el texto que publicó el instituto de Oxford para difundir su investigación, lo cual indica que la euforia quizás sea más bien producto de los medios –¿o de las farmacéuticas?– y no de los médicos responsables.

Para empezar, la doctora Andrea Cipriani, autora principal del estudio publicado en The Lancet dice que “los antidepresivos no necesariamente deberían ser la primera opción de tratamiento”. También se advierte que los datos que presentan se circunscriben a dos meses de tratamiento, por lo que las conclusiones quizás no se puedan aplicar al uso de antidepresivos durante más tiempo. Esto sorprende por lo menos por dos razones: la primera es que los psiquiatras suelen sugerir a sus pacientes unos tres meses de consumir el medicamento recetado antes de definir si les está haciendo efecto o no, y la segunda es que, en un esquema en el que la depresión se explica también por causas genéticas y aquellos que son diagnosticados tienen más de un episodio depresivo en su vida, el que la medicina que se supone que ayuda no necesariamente sirva después de dos meses es, cuando menos, un panorama  desalentador. Por otro lado, en el estudio fuero excluidos los datos sobre pacientes con depresión bipolar, síntomas de psicosis o depresión resistente al tratamiento, lo cual quiere decir que, para los individuos con estos diagnósticos, los resultados no son relevantes. Finalmente, Cipriani dice: “los antidepresivos son medicinas efectivas, pero por desgracia sabemos que una tercera parte de los pacientes no responderá”. El conjunto de estos matices habla de que no es tiempo todavía de adelantar conclusiones sobre los antidepresivos. Aunque lleven siendo recetados más de medio siglo…

2. Por estas razones, el uso de las medicinas psiquiátricas ha sido cuestionado por personas dentro del propio gremio desde hace décadas. Una explicación breve y clara de los principales argumentos fue retomada y publicada en el blog español Postpsiquiatría.

Entre las voces más representativas de la psiquiatría crítica internacional en actualidad está la de Joanna Moncreff, investigadora del University College London y cofundadora de la Critical Psychiatric Network. A propósito del estudio publicado en The Lancet, en un podcast producido por Mad in América, señala que éste sencillamente no dice nada concluyente e incluso “infla los números”. La psiquiatra explica que los investigadores definen “respuesta” [en el sentido de “responder al tratamiento”] de manera arbitraria: mientras se deberían fijar en las escalas que miden la depresión [¿el paciente se siente menos deprimido o no?], se concentran en la tasa de respuesta que presentan los distintos  antidepresivos en comparación con los placebos. El problema con esto es que la gente que participa en los ensayos clínicos sabe que se le ha suministrado  un antidepresivo y no un placebo por los efectos secundarios que provocan y, en este sentido, los ensayos no pueden ser objetivos: “Los efectos de estas sustancias son tan evidentes que quizás aquello a lo que la gente reacciona es a un estado de mente distinto, pero no necesariamente mejor en cuanto a su depresión. No sabemos lo que hacen las drogas. “Por ejemplo, ¿qué le hacen a quienes no tienen depresión?”.

Moncrieff ha dedicado años a la investigación de las medicinas psiquiátricas y es autora del libro, Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos (Herder, 2013) en el que propone la hipótesis de que los fármacos en realidad no corrigen ninguna “anormalidad en el cerebro”, sino que tienen efectos en nuestra percepción, pero que no necesariamente indican beneficio. Cuenta la historia de la farmacología psiquiátrica contemporánea, el rol de la industria farmacéutica, las formas de estudiar los distintos medicamentos, etc. Herder publicó en YouTube una conferencia asociada con su libro, que tiene traducción simultánea al español.

Otra voz importante en este sentido es la de Peter Gotzsche, cofundador de la organización internacional Cochrane Collaboration, que se dedica a recolectar y resumir los mejores resultados de investigaciones médicas, en un ánimo de que los consumidores tomen decisiones más informadas con respecto a su tratamiento. Antes de que el estudio fuera publicado, Gotzsche escribió que “ha llegado a la conclusión de que las pastillas para la depresión [las llama así porque considera que el propio término de ‘antidepresivo’ es engañoso] no tienen un efecto real en la depresión. Lo que se mide en los ensayos médicos es parcial”. Una conferencia en la que explica sus problemas con la psiquiatría contemporánea está disponible aquí.

Finalmente, para entender cómo se conducen los estudios clínicos en general, así como el problema con la publciación de los resultados, recomendamos esta TEDx, a cargo de Sine Lane, directora de la organización Sense over Science.

3. Vinculado a esto, en las discusiones sobre los fármacos psiquiátricos hay que recordar las experiencias desagradables que miles y miles de pacientes han reportado durante o después de su uso, algunas incluso peores que el malestar original que los llevó a consumirlas. Este testimonio, publicado en Vice en español explica con claridad cómo es dejar los antidepresivos; en el caso de la autora una década después de empezar a tomarlos.

Este problema volvió a cobrar relevancia en las discusiones alrededor del meta-análisis, pues David Baldwin, el director del Comité farmacológico del Royal College of Psychiatrists del Reino Unido escribió una carta a The Times diciendo que los “síntomas desagradables se suelen resolver dos semanas después de dejar los antidepresivos”. Psiquiatras, académicos y pacientes, entregaron una queja formal a la institución por la irresponsabilidad de hacer este tipo de aseveraciones. Explican que no sólo contradicen la evidencia que hay sobre el síndrome de abstinencia, sino que pueden poner a las personas en riesgo, alentándolas a consumir y dejar los medicamentos a placer.

Lo anterior también minimiza la experiencia y el trabajo de quienes llevan décadas luchando por que las medicinas psiquiátricas se receten de forma más transparente y advirtiendo sobre todos sus posibles problemas, impotencia, insomnio y agresividad, incluidos. Esfuerzos como Prescripción prudente, el podcast Let’s talk withdrawal [“Hablemos de síndrome de abstinencia”] o esta guía publicada por Mad in America Hispanohablante a finales del año pasado, “Cómo dejar los antidepresivos”, responden a experiencias de personas reales, con malestares reales y a quienes nadie advirtió lo suficiente.

4. Por otro lado, el estudio de The Lancet se publica en un contexto en el que estamos atestiguando esfuerzos concretos por atender los padecimientos de la mente de nuevas maneras. El Ministerio de Salud noruego encargó al Hospital Psiquiátrico Asgard crear la primera opción de tratamiento psiquiátrico sin necesidad de fármacos. Según lo reporta el diario ABC de España, esta zona priorizará el tratamiento que el paciente decida que le conviene más, refutando así, tanto la lógica que nos ha acostumbrado a que el especialista sea quien “sabe más” sobre lo que siente el paciente, como la priorización de los fármacos en el tratamiento, que por lo menos en alguna medida es resultado de la injerencia e intereses de los corporativos farmacéuticos.

La experiencia finlandesa que ha liderado el psicólogo Jaakko Seikkula con su Terapia de Diálogo Abierto en Laponia Occidental, también ha sentado precedente en cuanto a nuevas formas terapéuticas que incluyan las decisiones de los pacientes, que se llevan a cabo fuera de las instituciones y en muchos casos sin necesidad alguna de medicación. Ésta se ha empezado a implementar en programas del Reino Unido, Italia, Alemania y Estados Unidos. En una entrevista con El País a finales de 2016, Seikkula relata algunos detalles de cómo funciona la terapia.

5. No hay que olvidar que toda esta discusión tiene lugar en un mundo en el que auténticamente hay millones de personas sufriendo, desesperanzados y sin encontrar mucho que alivie el malestar. Se dice que están deprimidos y que ignoramos las causas concretas de ello, pero sin duda hay algo en el mundo contemporáneo que nos tiene desanimados. Un reciente libro de William Davies, La industria de la felicidad (Malpaso, 2016) revisa las tácticas mediante las cuales, los gobiernos y las empresas, han dado forma particular a nuestras emociones: una inminente felicidad de la que tenemos que ser partícipes pero que al mismo tiempo no parece estar realmente a nuestro alcance. Entre los argumentos sobre el malestar emocional que nos ha traído el capitalismo, el autor dice que ya no queda claro si las medicinas psiquiátricas se desarrollan para tratar enfermedades de la mente y la emoción, o si las segundas se definen para alimentar a esos corporativos. Es un libro muy recomendable, que mezcla historia cultural y de políticas públicas, y que nos da otros elementos para entender el estado actual de nuestro ánimo.

El estudio publicado en The Lancet el mes pasado ha abierto el panorama de discusión. Entre los datos concretos que incluye y las respuestas que ha detonado, avanza el tema de si los medicamentos son o no la mejor opción para atender nuestro malestar emocional. Nos toca mantener la guardia y no dejarnos amedrentar por el discurso médico pues no olvidemos que esto también es, entre tantas cosas, una batalla por la vocería de los síntomas y, sobre todo, por la libertad para su alivio.

 

Ana Sofía Rodríguez


1 http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs369/en/.

2 https://www.oecd.org/health/health-data.htm

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“She never told her love, but let concealment, like a worm ‘i th’ bud, feed on her damask cheek. She pinned in thought; and, with a green and yellow melancholy, she sat like Patience on a monument, smiling at grief. Was not this love indeed? We men may say more, swear more; but indeed our shows are more than will; for we still prove much in our vows but little in our love.”
Parlamento de Viola. Segundo acto, escena IV en William Shakespeare, Twelfth Night

La trama amorosa es fundamental en el núcleo de la identidad femenina occidental. Y en esta asociación histórica entre el ser de las mujeres y sus dramas románticos, los límites están muy bien marcados: llegado el caso en el que la pasión o la sexualidad se consideren excesivas, se tachan de irracionales y sus expresiones son castigadas. Así, mujeres recostadas con los ojos perdidos supuestamente producto de un “mal de amores” atiborraban las ilustraciones de los manicomios franceses e ingleses en el siglo XVIII, con el propósito velado de controlar la sexualidad femenina.

Hemos interiorizado a las variaciones de mujeres locamente enamoradas o seductoras hasta volverlas referentes paralizantes de lo que es ser mujer y de lo que es querer de manera apasionada. En el proceso, por supuesto, no le hacemos justicia al amor, a la sexualidad, a las experiencias mentales complejas, y mucho menos a la idea de género. En esto que se puede definir como una subordinación de la mujer en el discurso amoroso y sexual (particularmente cuando éste lo ha construido el “genio creativo” masculino), participa activamente una idea de hombre que puede ser indiferente, víctima o medio cómplice, pero es casi siempre racional.

Para conmemorar el Día del amor, presentamos una suerte de galería de imágenes que asocian al amor femenino con la falta de juicio. Pretenden ser una provocación lúdica para explorar los límites desde los cuales entendemos, no sólo lo amoroso y lo sexual, sino también lo rebelde, lo marginal: eso que da forma a la locura. La selección no es de ninguna manera exhaustiva y el criterio principal ha sido la popularidad de la que gozan estos referentes en la literatura y el cine, que se contagian constantemente unos a otros. (Advertimos que si el lector quiere evitar spoilers, entonces sólo disfrute de las ilustraciones que ofrecemos).

1. Ofelia.

Esta forma de mujer enamorada es quizás la más recurrente. se basa en el personaje de Hamlet, y su característica principal es el estado de melancolía al que queda sometida por no poder acceder al amor. En la obra de Shakespeare, cuando la doncella le confiesa su amor al príncipe de Dinamarca éste la rechaza diciéndole que lo mejor sería que se retirara a un convento. Entre el dolor y la decepción, Ofelia “pierde la razón”, lo cual se manifiesta en sus apariciones para recitar versos que no tienen sentido para sus interlocutores. Finalmente, muere ahogada en un río y en la obra todo indica que se ha suicidado. Su muerte condenada como el resultado del amor no correspondido es descrita por Laertes, su hermano, quién dice: “¡Una y mil veces sea maldito, aquel cuya acción inhumana privó a ti del más sublime entendimiento!”.


 Ophelia, John Everett Millais, Tate Britain, 1851-52.

La imagen de Ofelia es recreada muy claramente por Lars Von Trier en el personaje de Justine en Melancholia. La mujer que vemos también es lánguida y falta de energía, rodeada de una tristeza que se describe con los mismos elementos: recostada en un río, con un vestido nupcial y nenúfares que acompañan el movimiento de su cuerpo a la deriva. La imagen depresiva que representa también está asociada a la incapacidad de acceder al sentimiento del amor, aunque en este caso sea ella la que aparentemente lo rechaza. Justine es tan increíblemente melancólica, que es la única tranquila con el hecho de que un planeta homónimo amenaza con estrellarse con la Tierra; en suma, está completamente loca.


Melancholia dirigida por Lars Von Trier.

 

Años antes de Melancholia, Kirsten Dunst ya había representado un papel con componentes de esta misma imaginería: Luz en la película Vírgenes suicidas dirigida por Sofía Coppola y  basada en la novela homónima de Jeffery Eugenides publicada en 1993. Tras la muerte de Cecilia, las hermanas Lisbon se ven envueltas por una seductiva aureola de misterio, ensueño y melancolía que las guía hacia el amor y la muerte. Los esfuerzos de Luz por romper con el impulso que la llama al mismo destino de su hermana la llevan a trasgreder la condición de virginidad impuesta por su madre. Sin embargo, este acto resulta en el encierro de las hermanas Lisbon que terminan por rebelarse contra la vida en un imprevisto acto suicida. Como comenta uno de sus confesados admiradores hacia el final de la historia: “…they had killed themselves over the failure to find a love none of us could ever be. In the end, the tortures tearing the Lisbon girls pointed to a simple reasoned refusal to accept the world as it was handed down to them, so full of flaws”.


Imagen de Vírgenes Suicidas dirigida por Sofía Coppola

Esta forma de melancolía femenina ligada a una falta de adecuación (la pérdida del principio de realidad) o de desilusión ante la realidad, se disfraza a menudo de un discreto estado de ensueño y pesadumbre. Como escribió Anna Freud en El yo y los mecanismos de defensa sobre una de sus pacientes: “Aunque el mundo externo no la consideraba enferma ella padecía agudamente”. (1953). Esto nos hace pensar en otra de las características de estas mujeres que es el silencio que guardan sobre la causa de su sufrimiento, que según Freud, se compensa en ocasiones con una actitud de extrema devoción al prójimo. En este caso, esta actitud sacrificial es explicada como la inversión defensiva del deseo reprimido de asesinar a su madre por no haberle dado un pene como a sus hermanos.

Dentro de esta suerte de rebeldía implosiva, habría que agregar las malentendidas tendencias al ayuno y a las relaciones compulsivas. En este mismo trabajo, Anna Freud recoge el caso de otra paciente cuyo intenso deseo de castrar a su padre con sus dientes se transforma en una evasión completa de la comida. En esta interpretación (poco feminista y contextualizada) de la situación y los miedos femeninos nuevamente encontramos el sacrificio propio como una salida de los impulsos. De aquí que comentarios como “los hombres prefieren a las mujeres con carne” -además de que validan dinámicas machistas- premien en los juicios que los hombres hacen de aquellas que puedan estar pasando por un trastorno de alimentación sin considerar que se pueda tratar de una rebeldía en contra todo aquello asociado a lo femenino.

2. La vampira.

Esta es la mujer que necesita ser amada, y es tan demandante, que en el proceso le quita la energía a quienes están atados a ella. La locura no está asociada a sus palabras o a su falta de ellas, sino que se refleja en una vulnerabilidad que es evidente incluso físicamente. aunque no está exenta de poder seductivo. Es una mujer frágil, enferma, y uno de sus síntomas son los movimientos corporales involuntarios.

El personaje que tomamos como el mejor ejemplo de esta imagen es Madeleine del cuento “La caída de Casa Usher” (1839), de Edgar Allan Poe. Aunque es a Roderick, su hermano, al que lo azora una tristeza infranqueable que se manifesta en su salud, le relata al narrador que “podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra”. Más tarde se revela que Madeleine, la presencia espectral y cataléptica que arruinaba el ambiente de la casa, ha sido enterrada en vida. Cuando logra salir de la tumba mata a su hermano –aunque queda la duda de si no es que ambos habían estado muertos durante todo ese tiempo–.  El cuento “Berenice” (1835) del mismo autor, lleva al extremo varias de estas imágenes.


Ilustración de La caída de la casa de Usher por Aubrey Beardsley, 1894.

 

En un ambiente parecido, espectral y descompuesto, aparece otra relación caracterizada por la demanda de cuidado y cariño de parte de la mujer: la de Mr. Rochester y Bertha Mason, una de las mujeres más aterradoras de la historia de la literatura, creada por Charlotte Bronte en su novela Jane Eyre (1847). Cuando ya nos ha conquistado, el dueño de Thornfield Hall le pide matrimonio a Jane sin poder cumplir con su promesa porque se revela que está atado de por vida a la loca Bertha Mason. Odiamos a Bertha porque, aún encerrada, su condición vulnerable impide el amor verdadero que sí representan Jane y Edward. Los extremos de su locura la hacen responsable del incendio de Thornfield Hall y de la ceguera de Mr. Richmond. Bertha se suicida, pero se lleva a todos con ella y así se consolida la idea de sufrimiento injusto que acompaña a la imagen de la vampira.

Bertha Mason in the foreground, ilustración de F. H. Townsend para la segunda edición de Jane Eyre 1847.

 

Esta forma de la mujer enferma que drena al hombre que la ama, o al que obliga a permanecer a su lado, ha inspirado múltiples personajes femeninos en los que la constante es que deberían estar encerradas. Uno de los ejemplos más recientes e impresionantes es la mujer de la película de Von Trier, Antichristo (2009), que tras la muerte de su hijo pierde la cabeza y se dedica a culparse y a maltratar a su esposo a extremos inimaginables. Mientras tanto, él es quien ha tomado en sus manos la tarea de cuidarla y sanarla psicológicamente. Finalmente, en estas imágenes de lo femenino no es claro quién juega el papel de la víctima y el victimario.


 Imagen de la película Anticristo.

 

Los dibujos animados y en el animé no son la excepción al momento de reproducir el prejuicio de la loca que conduce a sus presas a la miseria. Entre múltiples representaciones, encontramos por ejemplo la novia cadáver de Tim Burton, que fuerza a su contraparte a comprometerse con ella y lo lleva a la Tierra de los Muertos, o a Palm Siberia del animé Hunter X Hunter cuya obsesión por ser amada se traduce en constantes amenazas, acosos clarividentes y un aura negro aterrorizante (que recuerda a la imagen de Samara en El Aro)que paralizan sus habilidades como cazadora.


 Corpse Bride dirigida por Tim Burton.

 

3. Femme Fatale.

La femme fatale es una seductora conocida que aparentemente rechaza al amor al tiempo que pone en riesgo inminente a los hombres que se involucran con ella. En este sentido se parecería a la vampira y, de hecho, se considera que la primera aparición de este arquetipo está un poema que se titula justamente así: “The Vampire” (1897)de Rudyard Kipling. El poema describe a un hombre que venera tontamente a una mujer a “la que no le importa”:

The fool was stripped to his foolish hide,
(Even as you or I!)
Which she might have seen when she threw him aside—
(But it isn’t on record the lady tried)
So some of him lived but the most of him died—
(Even as you or I!)

Si bien la femme fatale parecería ser una mujer que no necesita de sus pasiones, el poder que ejerce frente a los hombres está asociado a su belleza y seducción, a la posibilidad de romance que representa para sus víctimas. Su locura, por otro lado, recae en el abuso psicológico y la manipulación de la que es capaz, aunque siempre ejercida de manera sutil, sin muchas palabras y entre humo de cigarro. Esta imagen empieza a protagonizar las representaciones de mujeres locas hacia el final del siglo XIX “bajo la forma de una sexualidad físicamente agresiva que amenaza las posiciones de autoridad masculina”.1

En la cultura popular, los ejemplos de estas mujeres son muchos y van desde el personaje de Gilda, con Rita Hayworth en la película homónima de 1946, o Ava Gardner en The Killers, otra de las clásicas del film noir del mismo año; dicho sea de paso que este cuento no tiene personajes femeninos, por lo que Kitty está hecha sólo para consumo de la pantalla grande. A estas mujeres las caracteriza una forma de ser aparentemente desentendida, pero calculada al extremo para conseguir fines que sólo las benefician a ellas. Así mienten, matan, roban, torturan y de paso le rompen el corazón a todo mundo. Salvo algunas excepciones que se tocan un poco el corazón como Madeleine/Judy en Vértigo (1958) de Hitchcock.


 Rita Hayworth en Gilda.

 


Kim Novak en Vértigo

Personajes tan distintos como Mia Wallace de Pulp Fiction (1994), Marla Singer de Fight club, o Faye Valentine de Cowboy Bebop (1998) –que seduce para cautivar a sus presas– también pertenecen a esta categoría. Otras elementos que comparten, además del desinterés en líos amorosos y una lógica implacable de que el fin justifica los medios, es el desarraigo (casi siempre se trata de mujeres extranjeras), las mentiras, las burlas y el cigarro –las “antorchas de libertad” que tanto promovieron los publicistas americanos en los años veintes como símbolos de la emancipación femenina–.

Por su recurrencia, es fundamental repensar a la femme fatal como símbolo de libertad pues a pesar de que su conducta deliberadamente “mala” y la indumentaria que la acompaña da ideas de que está complacida consigo misma, su rango de acción es limitado: es evidente que su protesta y rebeldía nuevamente se reducen a lo irracional. Con  la femme fatal parecería que la violencia femenina no se puede entender bajo términos que sean ajenos a su sexualidad, una sexualidad aberrante aunque seductora. La narrativa obscurece cualquier motivación o posibilidad política detrás de esta violencia y en su lugar asigna motivaciones que nacen de la locura y de una sexualidad desmedida.


Uma Thurman en Pulp Fiction.

 

4. Ninfa, ninfómana y nínfula.

Dentro de este espectro de misterio y deseo se encuentra obviamente la ninfa, en sus distintos grados y variantes. Esta mujer también es una seductora, sin embargo y a diferencia de la femme fatale, el fin de su coqueteo es solamente cumplir con el deseo propio. Su figura es el centro de una serie de ideas asociadas a la desviación sexual femenina, que ha servido para patologizar a las mujeres desde la Antigüedad, tanto por excesos de sexo como por falta del mismo. El sanador de la mitología griega, Melampo, por ejemplo, describió la locura de las hijas de Preto como producto de su negativa a gozar de los placeres sexuales y aparentemente tomó en sus manos resolverla en el caso de Lísipe.2 Por su parte, Freud denominó ninfomanía a la respuesta patológica de mujeres incapaces de alcanzar el orgasmo como producto de una inmadurez sexual.3 La llamada “hipersexualidad” sigue siendo uno de los síntomas más reconocibles para algunos “trastornos del ánimo o de la personalidad”, y aparece en el consultorio psiquiátrico actual de maneras muy viciadas y llenas de culpabilización. (Es también el caso de internet, como demuestra este artículo sobre las 7 señales de que tu pareja es ninfómana).

Estas mujeres que juegan con su sensualidad y escapan al control reciben su nombre de las ninfas, también conocidas como las nereidas, de la mitología antigüa, y cuyo nombre significa núbil (mujer joven y sexualmente atractiva). En la mitología griega y romana las ninfas aparecen en un juego de seducción constante con hombres y mujeres por igual, en donde el atractivo y la posibilidad de fertilidad son los principales atributos. Una de las más conocidas es Salmacis, la ninfa que trata de enamorar nada menos que a Hermafrodito, según relata Ovidio en sus Metamorfosis y que da lugar a los “medios varones”:

Salmacis no pudo reprimir más sus ansias; se sumergió y abrazó a Hermafrodito, a pesar de la resistencia del muchacho. Mientras él trataba de escapar de su abrazo, la ninfa se enlazó a su cuerpo como lo hace la hiedra que se enrosca al poderoso tronco de un árbol. Luchó el joven para librarse del abrazo y estaba a punto de hacerlo cuando Salmacis suplicó así a los dioses: “haced que no llegue nunca el día en que se separen nuestros cuerpos”.


 Louis Finson, Hermaphroditus and Salmacis, circa 1600.

La caracterización ha mutado a mujeres cuya conducta compulsiva no tiene límites. Otra vez aparece Lars Von Trier aquí, con su película en dos entregas, Nymphomaniac (2013). En esta historia Joe, declarada ninfómana, en un impulso confesional, revela su pasado sexual a Seligman, un hombre mayor, culto, pero sin experiencias sexuales previas. En esta suerte de confesionario, Joe se presenta como un “mal ser humano”, declaración de la que será juez Seligman, quien se rehusa a creerle. Mientras Joe cuenta a detalle sus más reveladoras, íntimas y transgresoras experiencias sexuales, Seligman hace digresiones con las cuales pretende racionalizar los actos de Joe. Como si quisiera justificarla, Seligman reduce la sexualidad “femenina” al relacionar sus relatos con los grandes hitos y “misterios” de la cultura Occidental como la secuencia de Fibonacci, la polifonía en Bach, el Gran Cisma, Cristo en el Monte de los Olivos, las grandes ninfómanas de la historia de Occidente. Frente a estas ajenas, forzadas y –por lo mismo muchas veces divertidas– interpretaciones, Joe le reclama que no la toma en serio:

“I’m sorry, but it seems as if you’re not taking this very seriously. I’m telling you about the worst thing that’s happened to me, that I, at that point within seconds, lost all sexual sensation. My cunt simply went numb! And immediately we have to hear about this ridiculous mathematical problem. In fact, I’m in doubt whether you’re even listening….What kind of a person are you actually?(…)Why didn’t I get that earlier? The fact you don’t get excited over my dirty stories is because you can’t relate to them”.

 

Si la intención de Von Trier era mostrar la patética intención masculina por darle voz a la sexualidad femenina y encontrar el “hilo negro” que la atraviesa” –-hipótesis que puede sostenerse con el violento final–  el resultado de la película es fantástico.

Otras ninfómanas famosas que habría que mencionar aquí son la indomable señorita Julie de Strindberg; Mimi de Luna amarga (1992), quien en una serie de juegos sadomasoquistas termina por paralizar a su amante; Juliette (1796), la hermana de la desafortunada Justine de la novela del Marqués de Sade; y evidentemente, Lolita de Nabokov (1955), con quien se inaugura el término nínfula: la niña que resulta atractiva, pero que no ha alcanzado la edad de consentimiento sexual. A pesar de que muchas de las historias enfatizan el sufrimiento de las protagonistas –o cuando menos su falta de estabilidad psíquica- muchas de las mujeres que presentan este “síntoma” lo relacionan con experiencias y sensaciones agradables (lo cual es transgresor en el mundo de la locura si se considera la disfunción sexual que tienden a ocasionar los fármacos psiquiátricos).

Vale la pena mencionar que la industria farmacéutica incluso ha bautizado a un fármaco para el control de hormonas durante la menopausia “Clímene”, nombre otra de las ninfas en la mitología de la antigüedad.

5. La autónoma.

Esta forma de mujer loca se caracteriza por una manera de amar “egoista”. Es la mujer que se enoja con las reglas sociales y encuentra la liberación en el aislamiento y el abandono. Por eso se asume que se ama más a sí misma que a todo lo demás: marido, amante e hijos incluidos.

El primer ejemplo que se viene a la cabeza es, por supuesto, el de Anna Karenina, el personaje principal de la novela de León Tolstoi escrita entre 1873-1877. Conocemos la trama: Anna se enamora de Alexei Wronsky cuando está casada con un hombre ejemplar y consuma el amorío dejando a su esposo, Alexei Karenin, y a su hijo Seryozha atrás, para irse con su amante y la hija que ha tenido con él. Sin embargo, la relación con Wronsky poco a poco se vuelve insoportable para Anna, pues lo ve moverse con toda libertad en la sociedad rusa, seduciendo a otras mujeres, incluso, mientras ella es presa de cotilleo que la tacha de adúltera. Finalmente, en lo que parece un acto de desesperación, pero sobre todo de rechazo a las reglas sociales, Anna se suicida aventándose a un tren: “allí, en medio, él será castigado y yo libre de todos y de mí misma”.

Aunque sin llegar a los mismos extremos, el rechazo de Anna Karenina se parece mucho al de Nora Helmer, de la obra de Ibsen Casa de Muñecas (1879), quien deja su casa, a su marido Torvaldo y a sus hijos, porque no se le ha cumplido “el milagro” de que éste cambiara. Como Anna Karenina, la irracionalidad está en abandonar a un hombre que en apariencia la quería intensamente y la mimaba con palabras que no eran sino expresiones de domesticación: “mi ardilla”, “mi alondra”, le repite. Y también como Anna Karenina, lo que extraña Nora es la libertad, y no duda en llegar al extremo de renunciar a todo para encontrarla.

Otros ejemplos de estos tipos de mujeres que se relacionan de manera problemática con lo que es considerado correcto son Marcela, la campesina del Quijote (1605), que se rebela retirándose a las montañas, Hedda Gabler, también un personaje de Ibsen (1891) que, aunque bastante más problemático, comparte la salida del suicidio cuando nota el poder que el Juez Barack tiene sobre ella. Los parecidos con la realidad de Sylvia Plath o Virgina Wolf quizás no sean pura coincidencia.

6. La vengadora.

Por otra parte tenemos a la mujer vengadora. A diferencia de la femme fatal, que se supone que es agresiva por falta o por rebeldía frente al amor, pues considera que hay fines ulteriores, la vengadora comete los peores abusos justamente en nombre del amor. En esta línea pensamos en personajes como Martha de la obra de teatro Who’s afraid of Virginia Woolf? (1962) de Edward Albee. La locura que la caracteriza a ella y, en menor medida a Honey –la mujer matrimonio joven que Martha y George han invitado a cenar–, gira en torno a sus intentos fallidos por ser madres. Sin embargo, mientras que en Honey esto se traduce en un embarazo fantasma, la presión de ser madre lleva a Martha a inventar un hijo cuya ausencia siempre justifica en un entramado ficticio que va revelándose a lo largo de la obra. Parte fundamental de la historia de Martha es culpar a su marido de la ausencia de su hijo, por lo que se venga psicológicamente una y otra vez.


Elizabeth Taylor como Martha en Who’s afraid of Virginia Woolf?

 

En esta misma línea tenemos a un personaje muy distinto, pero que es retratada como loca siguiendo los mismos parámetros: la enfermera/asesina Annie Wilkes en la novela Misery (1987) de Stephen King quien, al leer la muerte de su personaje ficticio favorito, Misery Chastain, obliga al autor Paul Sheldon –a quien discretamente secuestró después de un accidente automovilístico– a reescribir la novela salvando a Misery. Para lograr esto no sólo quema la última obra de Paul, sino que lo tortura para motivarlo en el proceso. Para Annie la tortura de Paul es un pequeño sacrificio (como “el de los mineros de diamantes”) por la vida de Misery; así celebra: “MISERY IS ALIVE, MISERY IS ALIVE! OH, This whole house is going to be full of romance, OOOH, I AM GOING TO PUT ON MY LIBERACE RECORDS!”

La literatura y el cine se encuentran plagados de ejemplos como los anteriores, en los que las villanas se tornan violentas tras una pérdida dolorosa. Entre algunos que podemos mencionar está “la novia” de Kill Bill (2003), Medea, e incluso la Hidra Venenosa en Batman, que no escapan de la misma trama familiar-amorosa. Es curioso cómo a pesar de que Hidra Venenosa está evidentemente filiada con el mundo vegetal, su lucha sí pareciera enmarcarse en un marco familiar concreto: “Your man Bruce was supposed to better care for the Green. All he’s done is remodeled the concrete jungles Gotham and Metropolis. Where I sit, there’s not much difference between him and Superman.”

 

7. Mujer paranormal.

Finalmente, un último tipo de mujer enloquecida cuya característica principal es la desconfianza sistemática que genera. No importa si dice la verdad o cuántos esfuerzos haga por convencer, nadie cree nunca en lo que dice. Dada esta aparente falta de racionalidad al momento de juzgarla, cuando por lo demás se presenta como una mujer perfectamente común, es que la denominamos paranormal. El mejor ejemplo de esta narrativa femenina es Casandra de Troya, la hija del rey Príamo, que rechazó los intentos de seducción de Apolo y éste la sometió a las consecuencias de un castigo eterno: los troyanos descreerían por siempre de sus augurios. Su don de adivina se vuelve entonces inútil y sus intervenciones para prevenir la guerra que sabía que amenazaba a Troya quedaron en el plano de la total alucinación.

Muy distinta en sus intenciones, pero que comparte el juicio ajeno y la paranoia definitoria de este tipo de mujer es Blanche DuBois, el personaje de Tennessee Williams en A streetcar named desire (1947) que irrumpe en la casa del matrimonio Kowalski en Nueva Orleans. Blanche se presenta en unas condiciones que en efecto son raras: sin anunciarse, sin dinero y habiendo dejado su vida de maestra atrás. Crea tensiones en el matrimonio de su hermana, pero cuando su cuñado abusa sexualmente de ella y lo cuenta, nadie le cree, destinándola por siempre a la soledad y la vergüenza. A lo largo de la obra Blanche había mentido con algunas cosas, pero son sus alucinaciones musicalizadas con una polka vienesa las que la hacen sujeto de absoluta desconfianza. Como en el caso de Casandra, su estado es resultado de un amor frustrado, aunque para Blanche el sujeto en cuestión era su marido, al cual había sorprendido teniendo relaciones con otro hombre y del que después presenció su suicidio.

Estas características vuelven a ser recurrentes en relatos de madres dolidas por problemas con sus hijos ya las que nadie les cree. Dos ejemplos populares son Christie Collins, representada por Angelina Jolie en la película The Changeling (2008) o el el personaje de Jodie Foster en Flightplan (2005). En el primer caso, la mujer sabe con certeza que el niño que se está haciendo pasar por su hijo no lo es, mientras que en el segundo, la historia se concentra en si la hija de Foster efectivamente ha abordado el avión o no aunque ella asegura que sí. En el proceso ambas pierden la cabeza tratando de convencer a sus audiencias. Podríamos decir que amor maternal es de hecho el epítome de estas narrativas, pues en él cristaliza la paradoja del amor irracional: ¿quién ama más que una madre? y por eso, ¿quién corre más riesgos de que las pasiones le impidan ver la verdad que una madre? No olvidemos que Rosemary de la película Rosemay’s baby (1968) termina por amar al hijo de satanás que la viola y aceptar el engaño de las brujas.


Blanche Du Bois de A streetcar named desire.

Rosemary’s baby

Acompañando a todas estas imágenes de mujeres locas está como música de fondo la famosa histeria. Descrita por Galeno en el siglo II como una enfermedad de aquellas que habían sido privadas de la reproducción, el rol femenino por definición –como las sacerdotisas o viudas, por ejemplo–, siglos después fue asumida por Freud como una enfermedad causada por el mal funcionamiento de la líbido que les imposibilitaba a las mujeres tener relaciones maduras.4 La histeria es una especie de “umbrella term” que se popularizó como una patología a finales del siglo XVIII y principios del  XIX, pero manteniendo la necesidad de discernimiento y control moral para las mujeres. Usando incluso instrumentos, entre los cuales está nada menos que el vibrador. 

En este sentido, la histérica es el personaje principal de esta galería, y no por nada es también el concepto que tenemos más a la mano para describir a las mujeres que nos parecen problemáticas.

Por otro lado, con todo esto ciertamente no queremos insinuar que los hombres no amen con locura. Hay ideas y personajes en Lope de Vega, Cervantes o Shakespeare que son capaces de llegar a la muerte sólo por amor; y los Romeos se repiten una y otra vez desde entonces. Sin embargo, éstos antes son descritos como soñadores o héroes, que como locos sin reparo. Intuimos que la diferencia entre estas apreciaciones tiene que ver con que el romance en las mujeres se asume como una parte fundamental de la vida cotidiana, mientras que para los hombres se reduce a ser un cálculo de posesión o conquista, pues su vida cotidiana trata de otras cosas. No por nada las imágenes más recurrentes son de enamorados necios, que quieren poseer: desde el sátiro y Orión, hasta el villano que les corta el pelo a las Charlie’s Angels.

Pero si de lo que se trata es de desmontar prejuicios y de cacharnos en nuestros atajos imaginarios, son muchas las representaciones de la sexualidad que quedan por explorarse. Sobre todo nos queda una deuda con aquellas que reflejan otras formas de vivir el género.

 

Mónica Cerda
Cursa la maestría en Historia del Arte en la UNAM.

Ana Sofía Rodríguez.
Editora de nexos en línea.


1 Jane E. Kromm, “The feminization of Madness”, Feminist Studies Vol. 20, No. 3 (Otoño, 1994), pp. 507-535.

2 Maria Papachristos, “Melanto”, Mitti e Legende dell’Antica Grecia (vol. 5), Edizzioni R.E.I., p. 95 y 96.

3 Kim McBride, “Nymphomania”, Sex and Society (vol.2), Nueva York, Marshall Cavendish, p.577.

4 Cecilia Tasca et al. “Women And Hysteria In The History Of Mental Health”, Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 2012, pp.110–119.

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Un grupo de organizaciones e individuos preocupados por los derechos humanos publicó un comunicado para detener la Ley Nacional de Salud Mental y la Ley General del Sistema Nacional contra las Adicciones actualmente en discusión en la Cámara de Diputados. Aquí los problemas que presentan ambas iniciativas.

Nadie negará que aquel que manifiesta niveles de angustia insoportables, que se siente incómodo e incomprendido por vivir experiencias inusuales, o que está poniendo en riesgo su salud con el consumo problemático de sustancias, ha de obtener ayuda si así lo desea. Coincidimos también en que Estado tiene la obligación de garantizar los servicios que provean de esta ayuda y vigilar a los terceros que colaboren. Pero cómo, cuándo y en dónde acceder a los esquemas de asistencia para la salud mental y el consumo de sustancias –además de las formas que tengan los mismos– es un tema que sí está a discusión. En la Cámara de Diputados parecen seguir creyendo en medidas coercitivas y en modelos de atención patologizantes que llevan siendo problematizados durante décadas.

Leticia Amparano Gámez, del PAN, propuso hace casi un año una iniciativa de Ley Nacional para la Salud Mental en donde se habla de la importancia del derecho a la salud mental para todos, se reconoce la disparidad que existe entre las necesidades y los servicios en nuestro país y la tara que representa el estigma para lograr atender estos temas amplia y correctamente. También habla de la necesidad de una “atención comunitaria, descentralizada, participativa, integral, continua y preventiva”, de crear un Consejo Nacional de Salud Mental, avanzar hacia la desinstitucionalización, ubicar “los grupos en situación vulnerable como los niños, adolescentes, mujeres, adultos mayores, indígenas y personas en situación de pobreza”, entre otras cosas que suenan sensatas.

Sin embargo, la ley propuesta en abril de 2017 tenía varios problemas. El primero, que una ley nacional para atender a la salud mental de toda la población se centraba en las personas con “trastornos mentales y adicciones”, señalando y estigmatizando a un grupo en particular. Después, y obviamente, el describir a las personas con diagnósticos psiquiátricos, con discapacidad psicosocial o con un consumo problemático de sustancias, como “personas con trastornos” o “mentalmente enfermos”. En ese mismo sentido, la ley propuesta favorecía el paradigma médico, el tratamiento a base de psicofármacos, además de permitir el ingreso involuntario u obligatorio a unidades de internamiento, para los cuales dice explícitamente que “no será necesario el consentimiento informado” de la persona en cuestión. Todo ello es una afrenta a lo estipulado en la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad (CDPD) que la ley cita en un principio, así como a las recomendaciones que la Convención le hizo específicamente a México en 2014.

En respuesta, la organización Human Right’s Watch le dirigió una carta a la presidencia de la Comisión de Salud Mental y Drogas en octubre, en la que señalaba algunas de estas cuestiones. Además, llamaba la atención sobre el riesgo de “medicalizar a las familias y los ambientes escolares, así como desencadenar inspecciones de las personas que puedan tener estilos de vida poco ortodoxos que podrían considerarse señales de ‘trastornos mentales’” con estas políticas. La organización sugería que se desarrollaran una serie de consultas con organizaciones de personas con discapacidad y expertos en los derechos de las mismas para evitar los abusos que la ley sugería. 

Para entonces, la iniciativa parecía ya haber mutado en dos distintas: una para salud mental y otra concentrada en el uso de drogas. A pesar de los cambios de enfoque que son evidentes en cada una de ellas, a los ojos de la sociedad civil y de organizaciones expertas en estos temas, siguen sin ser suficientes como para considerar que nos llevarán por un mejor camino. Ayer, una serie de organizaciones publicaron un comunicado que se opone a ambas iniciativas. Como se puede leer aquí, éste reúne más de cincuenta firmas, entre organizaciones e individuos que tienen conocimiento de causa sobre los derechos de las personas con discapacidad y con respecto al uso problemático de sustancias.

En la conferencia de prensa para presentar este comunicado, Víctor Lizama, miembro de Documenta A.C. y que se describe a sí mismo como una persona con discapacidad psicosocial, dijo que la ley de salud mental, incluso en su segunda versión, mantiene a los pacientes en una situación total de incertidumbre y no problematiza el paradigma que permite un “sistema que castiga y vulnera a las personas con discapacidad psicosocial”, que de por sí son un colectivo que suele ser maltratado en nuestra sociedad.  

En su nueva versión, la Ley de Salud Mental sigue enfocada sólo en el las personas con “trastornos mentales”, los sigue nombrando así y aún considera el internamiento involuntario. La diferencia está en que se basa en el Modelo Nacional Miguel Hidalgo de Atención a la Salud Mental, que se supone que es una alternativa a la hospitalización en tanto promueve que los servicios se den más bien a través de Centros Integrales de Salud Mental y Villas de Transición Hospitalaria. Pero como explica Diana Sheinbaum, también de Documenta: a pesar de que de este modelo haya sido implementado en la ciudad, no se tienen datos de cómo ha funcionado. Por otro lado, “las villas son instituciones más pequeñas, pero instituciones al fin, que se prestan a abusos. Y la ley no crea instancias de monitoreo o salvaguarda”.

Es el mismo caso para la Ley General del Sistema Nacional contra las Adicciones. Ésta reconoce la ineficiencia del enfoque criminalizador  y dice que “aún estamos lejos de un auténtico sistema de salud contra la adicción”. Sin embargo, para atender el problema propone inducir a los consumidores a tratamientos sin diagnóstico previo y bajo un sistema que considera que puede privarlos de sus derechos, lo cual a su vez, “inhibe la búsqueda de ayuda”, como señaló Víctor Gutiérrez de México Unido contra la Delincuencia. Este es un problema que ya existe hoy, pues los centros para el tratamiento de uso problemático de sustancias se prestan a los más diversos abusos (a modo de ilustración, esta crónica sobre un “Anexo”). Finalmente, en la ley expuesta también se prioriza el uso de tratamientos farmacológicos.

El problema con todo esto es, pues, que se sigue entendiendo a los consumidores como presas de patologías y no considerando los matices de cada persona, como explica Zara Snapp, consultora en temas de política de drogas. Ella considera que “lo mejor que puede hacer el Estado es acercarnos la información, estrategias de reducción y mitigación de daños y no decir que todo consumo esta ligado al tema de salud mental”. Añade que esta ley no es un caso aislado: “Vemos una tendencia de ligar todo consumo con abuso en otras iniciativas, como la expansión de las cortes de drogas (antes Tribunales de Tratamiento de Adicciones y ahora con el nombre Programa de Justicia Terapéutica)”.

Por todas estas razones, el colectivo de organizaciones e individuos abajo-firmantes está seguro de que implementar estas leyes impedirá “la creación de un modelo adecuado y con enfoque de derechos humanos acorde con los estándares internacionales”. En el caso de los derechos de las personas con discapacidad, éstos fueron ratificados hace ya una década y los avances son contados. (Acá un reportaje sobre algunas de las prácticas de los políticos para atender las necesidades de este colectivo).

El trabajo relacionado con los derechos de las PcD y las experiencias en otros lugares nos han dado los suficientes insumos para saber que estos temas pueden y deben atenderse desde ópticas más respetuosas. Eso sí: para asumirlas, el cambio ha de ser de paradigma. Como dice la carta de HRW mencionada más arriba: “México necesita superar el enfoque paternalista hacia la salud mental y construir alternativas que enfaticen el derecho de las personas a elegir y gobernar sus propias vidas como un elemento central”.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

 

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