Los procesos de tránsito tienen muchos efectos en la vida de quienes los emprenden. Entre sus manifestaciones más complejas está la salud mental, afectada por las razones de huida, el miedo y la incertidumbre del tránsito, y la vulnerabilidad en el destino. Cualquier reflexión sobre la migración tiene que considerarlos.

En pleno siglo XXI vivimos uno de los periodos con mayor movimiento poblacional en el mundo, comparable a los ocasionados por la Segunda Guerra Mundial. La violencia y precariedad que hacen arder a tantos lugares, han orillado a millones de personas a desplazarse, a huir. Una línea delgada separa a los migrantes –aquellos que han residido en un país extranjero durante más de un año– de quienes buscan refugio del conflicto armado o la persecución: en uno y otro caso no queda duda de la dificultad de abandonar el lugar de origen. Las cifras nos escandalizan: según el informe de migraciones publicado este año por la IOM, en 2015 había alrededor de 244 millones de migrantes internacionales en todo el mundo. No hay que perder de vista las necesidades que tienen los sujetos migrantes, y esto lleva a preguntarnos por los efectos y políticas concretas que acompañan a estas personas en su tránsito, más allá de las fronteras y las lógicas del Estado-nación.

En los últimos años, la urgencia por atender los padecimientos o afectaciones psicológicas de esta población se ha hecho cada vez más evidente, pues los expertos señalan que estas comunidades son más propensas a manifestar diversos trastornos mentales. Las investigaciones para entender mejor este fenómeno se llevan a cabo en alguna de las etapas del proceso migratorio: en el lugar de origen y por lo tanto el punto de huida, en los lugares de paso —ya sean ciudades o campos de refugiados—, o en los destinos finales. A la luz de la caravana migrante que atiborra nuestras  notas periodísticas, las redes sociales y discusiones, vale la pena ponerle atención a los efectos ocultos en el transitar.

Ilustración: David Peón

Huir del origen

La premisa para pensar en la salud mental de las personas desplazadas de su lugar de origen a causa de la violencia —sobre todo si provienen de Latinoamérica, África y Medio Oriente— es que ésta no sólo causa heridas físicas, sino también psicológicas.

A propósito de la caravana que hace unos días entró a territorio mexicano y con el propósito de explicar las razones de huida, Médicos Sin Fronteras (MSF) publicó un artículo titulado “Un viaje desesperado: huir de guerras invisibles en Centroamérica”, el cual ahonda y recoge testimonios de la situación en el Triángulo Norte de Centroamérica —Honduras, el Salvador y Guatemala—, donde la profunda desigualdad, la inestabilidad política y el conflicto han desatado una escalada violencia sin precedentes.

Sobre Honduras, el artículo pone de manifiesto un contexto en el que la violencia no es una posibilidad, sino un hecho en la vida de las personas. Uno de los psicólogos entrevistados asegura que las personas presentan “situaciones similares a los que se desplazan en contextos de guerra como Siria o Yemen”. Por su parte, la psicóloga Ámbar Assaf, señala que la mayoría de sus pacientes son mujeres de entre 15 y 35 años de edad, muchas de ellas sufren depresión a causa de violencia física, psicológica y/o sexual, la cual tiende a normalizarse como mecanismo de defensa. Así, desde un principio resulta evidente la necesidad de atención integral y especializada para las personas que han estado expuestas a violencia extrema como tortura, secuestro, violación y abuso psicológico, y que quieren huir de éste.

Por otro lado, una veta de investigación cada vez más explorada es la que estudia grupos vulnerables forzados a migrar, como las minorías LGBT. Sobre estos casos ahonda el artículo de la American Psychological Association “When LGBT People Face Forced Migration or Torture, What is the Role of Psychology? What psychologists should know about the global climate for LGBT people and provements in public policy”. El texto señala que la legitimación de derechos humanos para la comunidad LGBT por parte de las Naciones Unidas desató la reacción de ciertas naciones que insisten en la prevalencia de los “valores tradicionales”, incrementando la vulnerabilidad y persecución de las minorías LGBT.. Bajo tales condiciones, las personas LGBT se ven forzadas a huir de sus hogares, comunidades e incluso su país. Países como Bélgica y Noruega han dado preferencia de asilo a la comunidad LGBT.

Sin embargo, el texto complejiza el asunto. Dado que la sexualidad y el género se consideran “asuntos personales”, los psicólogos señalan que, en un contexto de represión, ciertos individuos pueden tener una experiencia limitada no sólo en la expresión de su orientación sexual o identidad de género, sino incluso en la experimentación de ésta. La mezcla de los factores políticos y culturales ponen un reto mayor a los psicólogos, quienes deben estar preparados para atender a la comunidad LGBT que proviene de tales contextos de persecución. En este sentido, un reportaje titulado “The plight of LGBTI asylum seekers, refugees” enfatiza que para apoyar a las personas LGBTI cuando migran, su pertenencia a alguna de estas minorías debe ser explicitada y se requiere “sensibilidad y comprensión de las identidades que evolucionan, marcos legales y potencial programático.” Entender y buscar atender los distintos traumas de origen, es fundamental en la reflexión sobre la recepción e incorporación de los migrantes.

El limbo: ruta de migración y campos de refugiados

Pero dejar atrás el lugar de origen es tan sólo el inicio. La experiencia a lo largo de la ruta de migración es clave, pues las personas se enfrentan a todo tipo de dificultades. En el caso de los migrantes centroamericanos que se dirigen al norte, el artículo de Médicos Sin Fronteras citado anteriormente señala que la violencia psicológica a lo largo de la ruta hacia Estados Unidos se ha recrudecido, pues los migrantes están expuestos a la tortura psicológica por parte de los grupos criminales. No sólo hay secuestros, extorsiones y reclutamiento forzado de nuevos pandilleros, sino que, según un testimonio: “Antes, en el viaje, te golpeaban o te violaban. Pero ahora no sólo te golpean, te hacen ver cómo se hace con otras personas. O te hacen matar a alguien o cortar partes del cuerpo humano”.

También se ha estudiado lo que sucede en los lugares de paso aparentemente más seguros, como el caso del campo de refugiados Calais, al norte de Francia; “La Jungla” desde la cual los migrantes provenientes sobre todo de África y Medio Oriente intentaban cruzar al Reino Unido. En su estudio de 2017 “Mental health and psycholsocial support in Calais: a reflection on research in a challenging enviornment”, Amy Darwin subraya la necesidad de personal capacitado en temas de salud mental dadas las condiciones de los refugiados. La autora entrevistó a los proveedores de servicios, a profesionales voluntarios, psiquiatras, enfermeras y doctores para descubrir a “una población de refugiados estresada y frustrada, cuya salud mental parecía empeorar mientras más tiempo permanecían en el campo.”

Si bien la investigación hecha por Amy Darwin llama la atención sobre las condiciones alarmantemente precarias de “La Jungla” —a la cual se describe más como una favela que como un campo de refugiados—, el énfasis está puesto en la falta de atención especializada a la salud mental de los refugiados. La situación permanente de incertidumbre y estrés resulta en signos de psicosis, ansiedad y pena, exacerbados por la lejanía de sus redes de apoyo. El artículo señala la falta de canales oficiales o un sistema establecido para garantizar el acceso a la salud pues, a pesar de contar con voluntarios, no tenían experiencia para proporcionar servicios psiquiátricos requeridos o eran incapaces de ofrecer el tipo de cuidados a los que estaban acostumbrados debido a la falta de recursos. Finalmente, Darwin señala que quienes tenían una relación más estrecha con los refugiados eran aquellos con menos entrenamiento psicológico, mientras que, quienes estaban capacitados para proveerlo no podían ofrecer una relación terapéutica por la imposibilidad de comprometerse a ver con regularidad a los refugiados.

Las recomendaciones de la difícil experiencia de Calais apuntan a que los proveedores de servicios deben empoderar a las comunidades de desplazados, construir relaciones de confianza con los refugiados y, de ser posible, entrenar a los voluntarios en el apoyo psicológico de los refugiados.

¿La llegada al paraíso? Estudios de casos europeos

La llegada a los países destino no es sencilla y los migrantes se enfrentan a detonadores diversos de problemas de salud mental: condiciones de vida por debajo del nivel de subsistencia, inestabilidad y aún más incertidumbre. Combinados resultan en un aumento en la tendencia de desórdenes psicológicos e intentos de suicidios.

Según un estudio de la Cruz Roja Sueca, uno de cada tres refugiados sirios sufre de depresión, ansiedad y síntomas de desorden de estrés postraumático. De hecho, algunos estudios apuntan que los niveles de depresión, ansiedad y un bienestar precario son tres veces más altos entre refugiados que entre la población en general. Esto puede ser producto de la guerra de la que huyen, pero el artículo afirma que dichos desórdenes tienen a aumentar con el tiempo y que la mala salud mental se asocia con condiciones como el aislamiento social y el desempleo en el lugar de destino.

En este sentido, entre las recomendaciones para proveer una atención médica mental adecuada emitidas por la Organización Mundial de la Salud en Europa destacan la integración, la expansión de servicios, la información sobre los derechos de atención y servicios disponibles, y el entrenamiento de profesionales de la salud para que estén abiertos a recibir grupos de migrantes con la conciencia de las barreras que pueden tener.

Sin embargo, este proceso no es automático. En un artículo escrito por Alison Abbot publicado por la famosa revista Nature hace un par de años y titulado “The mental-health crisis among migrants” se señala la importancia de considerar la salud mental para la formulación de políticas públicas adecuadas. Pone como ejemplo el caso de Alemania, que ha recibido un número importante de migrantes bajo una política de integración, en donde más de la mitad de las personas que arribaron en los últimos años muestran signos de desórdenes mentales y una cuarta parte sufre de un desorden de estrés post traumático (PTSD por sus siglas en inglés), ansiedad o depresión que no pueden mejorar sin ayuda. Dadas estas dificultades, el del psicólogo clínico Thomas Elbert afirma que “Si queremos una rápida integración, necesitamos de un plan inmediato para la salud mental.”

Los estudios indican que mientras más vulnerable sea una persona —por edad, género, o si pertenece a una comunidad comúnmente discriminada—, su probabilidad de desarrollar alguna enfermedad mental aumenta. Abbot  cita estudios realizados en el norte de Europa que demostraron que la primera y la segunda generación de migrantes tenían un mayor riesgo de padecimientos mentales graves que los no migrantes. Esto se corresponde con un estudio sueco publicado en 2011 en el que demostraba que los refugiados tenían el triple de incidencia a desórdenes psiquiátricos frente a los suecos nativos —aunque hay que decir que éste es relativamente bajo, del 2 al 3%.

Andreas Meyer-Lindenberg ya había afirmado que los cerebros de los migrantes son ultra sensibles al estrés social como la corriente de retroalimentación negativa, y en este sentido, Jean-Paul Selten, un psiquiatra de los Países Bajos propone que las presiones tales como la exclusión social aumentan el riesgo de psicosis.

El artículo publicado por Nature señala que la última etapa que podíamos denominar “post migración” cada vez tiene un peso mayor en los sujetos migrantes. Éstos de pronto se dan cuenta de que lo han perdido todo. No tienen control sobre muchos aspectos de su nueva vida, ni el estatus social que los ayude. Ante el innegable número de migrantes que existe en todo el mundo, ya se perfilan algunas soluciones para atender las consecuencias psicológicas de la huida, el tránsito y la llegada a tierras ajenas. Urge poner a la salud mental al centro de las exigencias por el respeto al derecho legal y humano de quienes migran.

 

Cecilia Burgos
Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Realiza investigación independiente.

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