Ya existen desigualdades profundas en la esperanza de vida de ricos y pobres. Los tratamientos para prologar la vida probablemente incrementarían estas diferencias. ¿Cómo evitar esto? ¿Hay que prohibirlos? ¿O mejor distribuirlos gratis a toda la población?

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La investigación alrededor del envejecimiento biológico sugiere que los seres humanos un día podremos prolongar la juventud y posponer la muerte. Cuando ese momento llegue, la juventud extendida podría convertirse en una provincia de los ricos, sumando otra desigualdad devastadora a un mundo que ya separa a los que tienen de los que no.

Esta brecha en la esperanza de vida saludable (healthspan) ya existe dentro y entre las naciones. En Estados Unidos, la esperanza de vida entre ricos y pobres difiere por 15 años, una brecha similar a la que existe entre distritos de Londres. La diferencia en la esperanza de vida saludable que existe alrededor del mundo es aún mayor: se espera que un japonés tenga aproximadamente treinta años saludables más que una persona de Sierra Leona. Si las tecnologías que prolongan la vida llegan al mercado, es probable que las distancias mencionadas se acentúen.

La habilidad para retrasar el envejecimiento, ya demostrada en algunos animales, probablemente haya contribuido a la longevidad saludable que se presenta de manera excepcional entre los ryukyuanos [nativos de Okinawa]; una población japonesa que tiene la mayor cantidad de centenarios en el mundo. En relación a los estudios sobre otras especies, los ryukyuanos parecen mantener una estricta dieta baja en calorías, combinada con un consumo muy saludable de nutrientes. Algunos ryukyuanos analizados en el “Estudio de centenarios en Okinawa” consumía alrededor de 15% menos calorías que el estadounidense promedio en 1971.

Según un estimado extrapolando de investigaciones con ratones, la restricción calórica (RC) puede resultar en una esperanza de vida de alrededor de 100 años y una máximo de hasta 160 años. Investigaciones sobre la RC son lo suficientemente promisorias como para que la Caloric Restriction Society de Estados Unidos esté financiando a personas que se comprometen con dietas extenuantes de RC, las cuales reducen el insumo de calorías hasta en un 40%. Pero exigir que la población se involucre en este tipo de dietas difícilmente será una medida popular. En este sentido, es poco sorprendente que la investigación que está floreciendo sea la de medicamentos que tienen los mismos –o incluso mayores– efectos biológicos que la restricción calórica. Compañías como GlaxoSmithKilne y Google han invertido sumas exorbitantes en investigaciones para postergar la vejez.

Cielito lindo, Camila Jurado 2018. Fotografía cortesía de Camila Jurado Photography

Entre los medios que están cubriendo estos avances científicos de forma sensacionalista, las preguntas éticas suelen hacerse a un lado. Una de las objeciones más importantes al uso de este tipo de tecnologías (aunque definitivamente no la única), es que sólo profundizará las inequidades que ya existen entre las tasas de esperanza de vida que se corresponden a la distribución de la riqueza actual.

Incluso si las medicinas para prolongar la vida fueran relativamente baratas, es razonable pensar que los más pobres destinarán su dinero a necesidades más urgentes. Una intervención con beneficios sustanciales, pero planteados a largo plazo, es más factible que sea comercializable entre grupos acaudalados, que ya tienen una esperanza de vida mayor y más saludable. Los “ricos-con-más-esperanza-de-vida” se harán más ricos y los “pobres-con-menos-esperanza-de-vida” se quedarán pobres. Esto puede atrincherar una sociedad de dos niveles en donde los grupos más pobres no sólo sufren de la pobreza, sino de una juventud comparablemente más corta y una mayor susceptibilidad a enfermedades relacionadas con la vejez.

El bioeticista de la Universidad de Manchester, John Harris, afirma que este desenlace injusto es el “mayor problema ético con las tecnologías para prolongar la vida”.

Otros bioeticistas dicen que esto justificaría la prohibición de tecnologías para prolongar la vida, o por lo menos para no priorizar las investigaciones y tratamientos destinados a prolongar sustancialmente la esperanza de vida de los seres humanos. Pero esta medida es muy dura. Además de los problemas prácticos que implica estar vigilando las prohibiciones y prevenir el surgimiento de productos que no estén regulados, la prohibición tiene algunos inconvenientes éticos muy obvios.

En primer lugar, prohibir medicamentos para la longevidad como medida para “igualar a la baja” es cuestionable en términos éticos. Mientras que se puede decir que otras prohibiciones, como la de las drogas, “igualan a la alta” mediante la reducción de daños que causan ciertas sustancias, la prohibición a prolongar la esperanza de vida impide explícitamente que algunas personas vayan a estar demasiado acomodadas. Como señala Harris, esto es como negarse a curar el cáncer de un individuo bajo la lógica de que sería injusto con todos aquellos que no tienen cura.

Un segundo problema ético con la prohibición es que las intervenciones para prolongar la vida de hecho pueden usarse para efectos de mayor salud en varios niveles: los seres humanos y otros primates que muestran señales de envejecimiento retrasado suelen tener menos problemas cardiovasculares, diabetes o cáncer. Esto complica aún más la prohibición. Impedir la oportunidad de recibir tratamiento porque puede resultar en un incremento excesivo en la esperanza de vida es algo profundamente objetable.

La prohibición es una mala opción pero, si entre las prioridades está el evitar tasas de esperanza de vida radicalmente desiguales, ¿qué tipo de políticas públicas son las mejores para lograrlo? ¿Hay manera de incrementar el bienestar sin crear un desbalance drástico en la esperanza de vida?

Eticistas como Colin Farrelly de la Universidad Queen en Ontario o Tom Mackey del Centro de Leyes de la Universidad de Georgetown han abogado por que los servicios públicos de salud suministren medicamentos que prolonguen la vida. Dicen que esto resultaría en sociedades más igualitarias. Esto aunado a que, en términos económicos, tiene sentido promover el lento envejecimiento: combatir enfermedades relacionadas con el envejecimiento significaría ahorrarle a las personas durante una mayor parte de su vida enfermedades que son caras.

Como resultado, biodemógrafos y gerontólogos como S. Jay Olshansky de la Universidad de Illinois argumentan que tecnologías contra el envejecimiento reducirán la carga social del mismo. La posibilidad de aminorar las enfermedades relacionadas con la edad y disminuir la desigualdad explica que la previsión pública sea una prioridad importante para el mundo desarrollado. Pero, ¿las tecnologías para prolongar la vida proveerán de beneficios similares y reducirán la desigualdad en la esperanza de vida que existe entre las naciones acaudaladas y los paciones en desarrollo? En muchos casos no. Esto, porque el impacto de un medicamento que prolongue la vida depende de los factores que contribuyen a la muerte prematura. En Suazilandia, por ejemplo, las muertes prematuras están vinculadas a factores como el VIH/SIDA. Si las personas mueren antes de envejecer, abastecerlos de medicamentos que posterguen el envejecimiento no reducirá las desigualdades.

Sin embargo, incluso en los países en desarrollo los métodos que prevengan y traten las enfermedades relacionadas con el envejecimiento suelen priorizarse. Un reporte publicado en The Lancetllama la atención sobre el hecho de que las enfermedades en países con bajo y mediano ingreso están cada vez más relacionadas con la edad. Con la disminución en la mortalidad infantil, el número de personas susceptibles a padecer enfermedades relacionadas con la vejez está incrementando rápidamente. Esto quiere decir que el acceso a intervenciones que retrasen el envejecimiento biológico beneficiaría a muchas personas en los países en vías de desarrollo. Las diferencias en la esperanza de vida pueden reducirse si la frecuencia de enfermedades relacionadas con el envejecimiento se postergan y disminuyen.

Aún si las prioridades de salud varían entre las naciones, los sistemas de salud coinciden en su preocupación por el envejecimiento de la sociedad. Esto quiere decir que todos los países pueden beneficiarse de las tecnologías que retrasen el envejecimiento, sean ricos o pobres. Prohibir estas tecnologías conlleva el riesgo de perder una oportunidad para atajar a las enfermedades relacionadas con la edad e incrementar la esperanza de vida en todo el mundo.

 

Christopher Wareham. Es profesor de ética aplicada en el Centro de bioética Steve Biko en la Universidad de Witwatersrand (Johannesburg, Sudáfrica).

Traducción de Ana Sofía Rodríguez.

 

Este texto fue publicado originalmente en inglés en Aeon con el título “How can life-extending treatments be available for all?”. Disponible en: https://aeon.co/ideas/how-can-life-extending-treatments-be-available-for-all

 

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