¿Por qué los médicos insisten en “medir” el dolor? Un texto sobre la frustración ante la experiencia inconmensurable del dolor, y un intento de aliviarlo con acupuntura.

He escuchado tantas veces esa pregunta que ya debería haber elegido un número, cualquiera, que permita a los médicos seguir alegremente con su cuestionario, que sólo mide el dolor en rebanadas. En vez de eso, respondo con un tímido: “Depende de la hora, del día… no siempre es igual”. Como insisten en capturar lo intangible con un signo absoluto, las diferencias suelen zanjarse con un siete o un ocho.

¿Cómo se mide el dolor? ¿Cuáles son los criterios? A veces varía en intensidad, otras veces cambia de expresión y de lugar, o se manifiesta en varios puntos del cuerpo en forma simultánea. Quien piense que es una especie de muletilla que se repite infinitamente con la misma entonación, ¡nunca ha sentido un dolor continuo y permanente. ¿Pica, quema, produce comezón?, ¿es una sensación de adormecimiento? Lo único que puedo responder es “todo”: hay mañanas soleadas en las que el dolor es una marca de agua y tardes en las que parece una tormenta eléctrica. Tan efímero como un piquete de abeja y tan permanente como una cicatriz. Y sin embargo, los médicos no escuchan nuestros temores, asociaciones, deseos o expectativas: quieren asir una experiencia subjetiva y petrificarla en un valor que les ayude a elaborar un diagnóstico y definir el tratamiento. Suena lógico, pero el abismo entre el que siente y el que receta es inmenso.

Ilustración: Kathia Recio

“¿El dolor le impide hacer su vida diaria?”. Otra pregunta de rutina que muestra lo ajenos que son los médicos a las experiencias de sus pacientes: el dolor coloniza en su totalidad mi territorio mental y tengo que tomar decisiones con las sobras. Nunca está en la cabeza ni en el estómago: es un filtro que deforma percepciones, ideas, deseos y planes. Pregúntenle a un hombre con dolor de muelas qué es lo que más desea en la vida: “¿Éxito, fama, dinero?”. No: desaparecer esa maldita punzada que monopoliza su atención. Si un dolor de muelas no impidiera funcionar como de costumbre, ninguna persona sensata se sentaría voluntariamente en la silla eléctrica para someterse a las torturas del dentista.

Durante la noche recorro todos los números y todos los verbos; si yo misma no puedo aprehender mis sensaciones, ¿cómo podría comunicarlas? ¿Cómo explicar que un dolor de cabeza me vuelve servil, odiosa o inútil y cancela mis (pocas) cualidades? Algún día los científicos descubrirán que el dolor flota en el torrente sanguíneo o entra con el aire en el aparato respiratorio, así que da igual si uno lo siente en el dedo del pie o en el pulmón: ahí está, lanzando piedras con su resortera. No sabemos con qué fuerza viene la siguiente pedrada, ni nos acordamos del impacto de la última. Y el médico vuelve a preguntar: ¿Del uno al 10…?

Pensándolo bien —y con ganas de echar pleito—, ¿por qué esos genios de la Real Academia de la Lengua no demuelen los límites del lenguaje para describir el dolor? ¿A ellos también les piden los médicos que lo describan del uno al 10? Es el momento de diseñar matices e inventar neologismos, quizás alguna metáfora que transparente la diferencia entre el dolor que empapa sin dejar una guía de manejo, el dolor repentino de reacción inmediata, el dolor triste que se compadece a sí mismo y el dolor como venganza por ignorar las demandas del cuerpo. Los médicos preguntarían entonces: ¿le duele como un atardecer nublado o como una cruda después de una borrachera? ¿Lo vive como un enfrenón o como un terremoto en un noveno piso? ¿Como la noche anterior a la entrega de un proyecto o como encontrar al amigo al que traicionamos? ¿El fuego de una velita de cumpleaños o de un incendio en la ciudad? ¿Desenredarse el cabello o unos zapatos apretados?

Propongo a todos los dolientes, adoloridos y enfermos una guerra a la simplificación: que no nos midan con números, sino con figuras literarias. Que algún escritor de buen corazón fabrique bellas alegorías, hipérboles creativas y expresiones irónicas para poner en palabras lo indescriptible.

Un punto sin retorno

Toqué el timbre que correspondía a Dr. E. Fue una decisión difícil, tuve que poner en una balanza las opiniones mis hermanos (en cuyo juicio no confío) que me prevenían contra esos estafadores que no llegan a médicos, y mis amigas (en cuyo juicio tampoco confío) que me aseguraban que sólo los acupunturistas alivian el dolor pues llevan miles de años perfeccionando el método. Cuando llegué a ese punto sin retorno en el que ya no tengo nada que perder, cedí ante las que consideraba mis amigas. “Te va doler”, me advirtieron, pero después de lo recorrido, ¿qué pueden unas agujitas contra mi fuerza de voluntad? Al entrar, me sentí auténtica y heroica, no cualquiera se anima.

Me sorprendí hablándole al médico como si fuéramos amigos de toda la vida, como si compartiéramos un tesoro vedado a los demás: la cura. Él habrá agradecido mi optimismo, pues aprovechó para darme un consejo: cancelar las medicinas que me habían recetado, “son veneno puro”. Me pidió confianza y se la otorgué de inmediato. Mientras me desvestía frente a un jardín zen en miniatura, pensaba lo que les contaría a mis amigas: “Entré a un consultorio muy original, con una pequeña fuente, música clásica, té y manzanas en la sala de espera…”. Al acostarme, pude sentir la energía que emanaba de las piedras de colores distribuidas debajo de la mesa de exploración y los prismas de espejos que colgaban de un rectángulo formado por tubos de cobre. Una lámpara de rayos infrarrojos calentaba mi piel. Me sentía en un spa. Tomé nota de cada detalle de la escenografía para construir un relato que me garantizara la sorpresa e incluso la admiración de mis conocidos “¡Qué valiente!”, diría alguno.

La valentía se acabó ante el primer ataque estratégico de una aguja —de 15 centímetros de largo— en mi cuerpo indefenso. No puedo asegurar si me perforó el hígado, el páncreas o el intestino pero, a juzgar por el sufrimiento, debe haberme agujereado el alma. Por supuesto, no escatimé en gritos, pero el médico, tranquilo, familiarizado en el tormento a seres humanos, aclaró: “tengo que llegar al nervio”. Entonces entendí la fórmula de la acupuntura: el dolor se acobarda ante un dolor mayor. ¿Quién va a pensar en la ciática cuando a uno le están desgarrando las entrañas?

Cuando me dejó sola, con un timbre en la mano por si moría –era importante avisar a tiempo– puse en práctica todas mis habilidades de sobrevivencia y terminé escudriñando las láminas que colgaban de las paredes: en 20 minutos memoricé todos los puntos de la acupuntura, desde el B6 hasta el V60. Sin embargo, cuando vino el médico con su sonrisa serena y me dijo que en dos semanas disminuiría el dolor, le tomé la palabra. La teoría de la “crisis curativa” —un proceso de sanación que restaura el equilibrio del cuerpo, pero intensifica los síntomas— me retuvo por otra semana. Al final, incapaz de resistir un calambre más, con otro fracaso sobre mis hombros, abandoné el spa… y la esperanza.

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora del Café filosófico en El Péndulo, Polanco. Su último libro es Guía para los desconcertados será publicado en breve.

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Un recorrido a través de la búsqueda de respuestas al malestar. Entre los médicos que no parecen tener tiempo para tomar una llamada, acupunturistas confiados que no cobran la consulta y un misterioso “Capitán de las galaxias”, la cura no es magia, pero tampoco está en donde suponemos.

Al menos para mí, ir al médico es una experiencia turística. Lo que pretendo a cambio del pago —siempre excesivo— no es que me revise la presión y los pulmones, sino que me acompañe en un recorrido por el país que habito para que conozca su clima y su idioma, pero sobre todo a los menesterosos que viven en las calles, la basura de las banquetas, el cielo embarrado de dióxido de carbono. Quiero que me acompañe como enfermo que siente y sufre, no como médico que diagnostica y cobra.

Me entristece cuando sustituye el paseo por una imagen que le da una captura de la realidad, una captura indiscutible, fija, una selfie que suplanta y disimula. Si mi compañero de viaje en vez de detenerse, husmear, conversar, palpar, probar y descubrir, se lleva una serie de instantáneas convencido de que ha comprendido todo, es un ingenuo. Como tantos otros, ha sucumbido al brillo de la tecnología y al poder de los fármacos.

Uno se encuentra con todo tipo de médicos, pero advierto que la humildad no es una de las cualidades características del gremio. Quizá sea necesario proyectar esa imagen de superioridad para reanimar la fe perdida por los pacientes en el peregrinaje por los consultorios, pero algunos se la creen. De mi archivo titulado “Postales”, puedo destacar la de un acupunturista tan seguro de su poder que decidió no cobrarme hasta que el dolor hubiera desaparecido. Pasaron meses sin cambios, pero como no tenía otro lugar para depositar mis esperanzas, me mantuve aferrada a la ilusión y un día pagué cada una de las sesiones; no sabía que estaba a escasas horas de la despedida. Otra postal muestra a un ortopedista, menos arriesgado que el anterior, que ofreció descolgar su título si en un mes no lograba suprimir el dolor agudo ya inherente a mi nervio ciático. A las dos semanas mandé un “SOS” desenfrenado y suplicante comunicándole que las medicinas no estaban funcionando, lo cual provocó una airada reacción (con un emoticón para ilustrar) “¿Pensabas que era magia?”. Sin duda su título se mantiene, incólume, detrás de su escritorio.

Ilustración: Jonathan Rosas

Si la pedantería me resulta intolerable, la desatención telefónica me desorganiza: estoy segura de que los médicos firmaron un pacto para no atender llamadas. No pretendo estigmatizarlos, quizás el primero de enero de algún año reciente se reunieron en una cumbre mundial para resolver, por unanimidad, que no querían ser molestados, Su trabajo consiste en revisar a los pacientes, hacer un diagnóstico y darnos instrucciones lacónicas: “Zaldiar dos veces al día. Mañana, tarde y noche” ¿Para qué sirve? ¿cuáles son los efectos secundarios? ¿se puede beber alcohol? No se molestan en brindar esos detalles. Dr. Google sí responde las veinticuatro horas del día de manera atenta y veloz.

Yo salgo de cada consulta muy contenta, pensando que el papelito blanco con la firma del médico estampada es mi pase al paraíso, pero los días transcurren y el dolor persiste; ante la desesperación aterriza en mi memoria el comentario fugaz del médico: “Si acaso no mejoras, me llamas”. Confiada, sigo uno a uno los pasos descritos por la secretaria y marco a las once, cuando está con un paciente, luego a la una y a las cinco, pero está en el hospital; en ese momento las dosis diarias de morfina pasan de dos a tres; a las seis no ha regresado y a las ocho ya se fue.

Como soy perseverante, reinicio la operación al día siguiente a las nueve de la mañana, cuando aún no ha llegado. Consciente de que se requieren estrategias refinadas para alcanzar mi objetivo le hago plática a la secretaria, le cuento mis males, intento ser graciosa y le suplico con una sonrisa que ella no ve pero debe imaginar: “no seas mala, usa tus superpoderes, si no me llama el doctor en dos horas me encontrarán muerta y ni siquiera he firmado el testamento, así que algún funcionario corrupto se quedará con mi fortuna”. Este último argumento tiene efecto en mi interlocutora que promete devolverme la llamada en cuanto llegue el médico. Durante las horas siguientes mantengo bajo vigilancia mi teléfono, el celular y también el reloj, y a las nueve de la noche descubro que sólo el último registra cambios. Empiezo a entender por qué se ha incrementado el consumo de opiáceos en el mundo.

Para mi sorpresa, a las diez y media de la noche suena el teléfono: es el doctor pidiendo información. “El dolor no ha disminuido, estoy llegando al límite”. “Aumenta la dosis de morfina”, resuelve el médico. “Ya lo hice”, respondo. “Entonces toma la vitamina B tres veces al día en vez de dos.”

¿Y si no funciona?

“Me llamas”.

***

La no-salud nos deja en condiciones de fragilidad extremas: entre más intenso sea el dolor o más grave la enfermedad, más dispuestos estamos a hacer y a creer en cualquier cosa, por extravagante que sea. Cuando el dolor nos parte en dos, liquida las resistencias construidas a lo largo de la vida. Esa anemia emocional mantiene a médicos, farmacéuticas, laboratorios, terapeutas, libros de sanación y charlatanes. Resignados a no encontrar explicaciones racionales, buscamos soluciones y mendigamos esperanzas.

Hoy acudí a mi cita con el brujo que me recomendaron. Al entrar a su casa tomé conciencia de que el sentido común me había abandonado. La escenografía, creada con veladoras, efigies e incienso reproducía decorados de películas de tercera. Lo realmente inaudito era el diploma que destacaba entre las chucherías y acreditaba al hombre a quien yo había acudido para sanarme, como “Capitán de las galaxias”. ¿Por qué estaba yo ahí? Por si acaso, por desesperación, por idiota. Podía huir sin problema, pero me quedé hasta que salió el capitán (poco glamoroso, por cierto) para conducirme al consultorio que antes debió ser una cocina.

Me senté frente a él y puse mi mano en el cuaderno profesional Scribe; él dibujó el contorno para luego poner su mano sobre mi “huella” y descubrir quién era. Empezó a hablar de mi historia —con datos bastante precisos— y expuso su diagnóstico con determinación: el origen del dolor era una mujer que me había echado el ojo veinte años atrás… cuando inició el malestar. Identifiqué (¿o inventé?) de inmediato a la mujer, aunque podría haber sido desde mi vecina hasta mi jefa. Me acercaba a descifrar el enigma y, por tanto, a la salvación. Dejé en pausa mi manía cuestionadora y acepté algo parecido a unos cantos mientras sacudía unas hierbas en mi brazo. Le pagué y él se comprometió a prender una vela por mí.

Siguiendo sus instrucciones con una sumisión en la que no me reconozco fui a la tlapalería a comprar trozos de cal y los distribuí debajo de mi cama y en cada puerta de mi casa. Dormí tranquilamente. Al despertar recordé con indulgencia mi comportamiento del día anterior y me asomé, divertida, para buscar los trozos de cal que habían cuidado mis sueños. Estaban negros. Completamente negros. Corrí a buscar los demás pedazos, pero estaban tan blancos como el día anterior.

Aterrada, con el dispositivo racional estropeado, llamé al capitán de la galaxia, quien trató de apaciguarme explicando —como si fuera un informe médico— que los espíritus malignos compartían la recámara conmigo; los delataban sus huellas. El remedio consistía en lavarme la cabeza con ciertas hierbas durante un mes.

Colgué el teléfono, recogí los pedazos de cal de cada puerta, los tiré a la basura y mandé un mensaje al grupo familiar solicitando datos de algún especialista con título universitario. Olvidé recoger mi credencial de elector en la entrada del complejo habitacional donde se ubicaba el capitán de la galaxia y no me atreví a volver por ella.

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora del Café filosófico en El Péndulo, Polanco. Su último libro es Guía para los desconcertados, será publicado en breve.

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A la enfermedad la escoltan un millar de dudas: qué contar, cómo dejarse acompañar por los amigos, decidir si probar un nuevo remedio herbario o hablar con el brujo que recomendó la vecina. Todas tienen en el fondo una más grande e incómoda: en quién recae la cura.

Cierro los ojos para descansar un poco del dolor; la sabiduría popular me ha convencido de que con los ojos cerrados se sufre menos. Cierro los ojos cuando voy al dentista, cuando me inyectan o me extraen sangre… para no hablar de cuando me someto a estudios con descargas eléctricas y agujas: en ese caso, los clausuro.

Cierro los ojos y de inmediato aparecen unos albañiles en la sala de mi casa construyendo una torre: hay una escalera, unas bolsas de cemento. Por más que agudizo la vista, —si así puedo llamar ese ver-con-los-ojos-cerrados- para rectificar mi apreciación, no hay duda: están en mi casa. ¿Por qué querría yo una torre en mi casa? Qué extraño (¿será la torre de Babel?); quiero que se vayan y la única forma de lograrlo es abrir los ojos para conjurar el efecto de la morfina, pero me aferro a la idea de seguir durmiendo o dizque durmiendo; no quiero ocuparme del dolor porque ya tomé las medicinas y no tengo más recursos para enfrentarlo. La torre crece, los albañiles hacen ruido y me urge dispar el encantamiento. Babel no es para mí: soy demasiado racional, sólo tolero la incertidumbre cuando sé cómo escapar de ella. Hago trampas, lo sé, pero si la vida no quiere que le tienda trampas, tendría que cooperar un poco.

Abro los ojos y todo desaparece, menos el dolor que a cada oportunidad vuelve y se instala a sus anchas. Después de un rato, de manera disimulada y a un ritmo análogo al cardiaco —cuando está a segundos de un paro—, los voy cerrando hasta que me veo acostada en el asiento de atrás de un taxi tapada con una tela de peluche café. ¿Por qué acostada? ¿Cómo aterrizó en mis piernas esa cobija espantosa? ¿Qué diría Dr. Freud al respecto? ¿El universo me envía un mensaje que no sé descifrar? ¿Serán mis prejuicios de clase, como suele decir Sergio, que me llevan a asociar los taxis con lo kitsch? (En ese caso, estoy dispuesta a defender mi postura con pruebas irrefutables).

Para bajar del taxi y huir del peluche tengo que abrir los ojos. Intento una nueva treta: abrirlos rápidamente y cerrarlos a la misma velocidad con la esperanza de recuperar mi casi siesta. La estrategia funciona de una manera inesperada: me veo a mí misma como una mascada que va cayendo suavemente junto al sofá, planeando sin prisa, de izquierda a derecha, hasta depositarse en el suelo. Abro los ojos: la planta del pie me avisa que el efecto benéfico de la morfina terminó.

Ilustración: Kathia Recio

***

La dinámica social de la enfermedad es muy peculiar. Cuando los demás se enteran de nuestro padecimiento, la primera pregunta es “¿Qué te pasa?”. Ante esa expresión espontánea de solidaridad y calidez acostumbro a ofrecer un rápido esbozo para informar sin afectar, pero rara vez paso de la ubicación geográfica: “Es la espalda…” o “Mi cabeza…”. Una sola palabra activa la respuesta que el interlocutor trae preparada meses atrás para cuando se presente la ocasión: “Tengo un médico que no falla”, “Conozco a un acupunturista chino recién desembarcado”, “Mi cuñada tenía lo mismo que tú: un quiropráctico la salvó”, “Hazte un bloqueo”, “Que te cambien la sangre” (sí, aunque no lo crean). Ante mi gesto de retirada los apóstoles de la salud pueden perder la mesura y sustituir las sugerencias por exhortaciones: “¡Tienes que verlo!” “No pierdes nada, haz una cita” “Te paso el contacto, lo vas a necesitar”. Poco a poco, la oferta médica se ha instalado en mi celular como una Guía Roji de médicos para el dolor. Y así como en los ochenta giraba una y otra vez la guía de tapa roja tratando de adivinar hacia qué lado debía caminar, hoy reviso la lista de especialistas en la pantalla vertical, la giro para verla en horizontal y la fijo en versión apaisada en mi desesperado intento por acertar.

La segunda parte de la conversación se introduce de manera subrepticia: “¿Te duele la pierna? Fíjate que, yo, desde que me caí, no puedo caminar bien…”. Sin siquiera responder quedo atrapada en un aluvión de palabras, lamentos, esperanzas, acusaciones y diagnósticos de cada uno de los bienintencionados que se acercan a preguntar cómo me siento. A la fecha, cuento con el historial médico de decenas de jóvenes y viejos que clasifiqué en tres categorías. Los que se curaron, pero necesitan seguir hablando de sus experiencias, expectativas y exámenes el resto de sus vidas para ayudar a otros y quizá para no olvidar. Los que siguen sufriendo y constituyen una amenaza para la humanidad por ser la prueba fehaciente de que la ciencia tiene límites, de que los médicos no saben, de que, como el célebre Dr. House, sólo tratan de atinarle a la causa —o al remedio— de la enfermedad. La tercera categoría reúne a saludables, rehabilitados y otro tipo de enfermos: son los paganos, que rechazan la idea de un dios único y se burlan de nuestra creencia fanática en la ciencia. Están convencidos de que los hospitales, seguros médicos, laboratorios, farmacias, seguro social, son parte de un cártel mafioso que pretende acabar con la humanidad a través de las drogas legales. Su apuesta es por lo alternativo: homeopatía, acupuntura, osteopatía, pero también reiki, qigong…

No estoy en condiciones de juzgar, cada uno se cura como puede. A mí me acaba de avisar la vecina que no hay lugar para estacionarse porque vino un brujo y hay filas esperando para verlo. Estoy tratando de conseguir el teléfono.

***

Ahora que estoy enferma, mi familia y amigos cercanos traducen su cariño en llamadas diarias para preguntarme cómo estoy. Algunos incluso vienen a visitarme, me traen chocolates y chismes. Yo lo agradezco, pero, por culpa de Descartes, me pregunto si vienen a acompañarme para aliviar mi dolor —tarea imposible— o para entretenerme un rato y conjurar la amenaza de que los 125 mg diarios de Lyrica despierten en mí pensamientos suicidas como advierte la página del laboratorio. Otra hipótesis es que algunos me visitan porque no tienen nada que hacer. O nada mejor que hacer. Con ellos me siento más a gusto, pues me gustan las negociaciones de ganar-ganar; con los demás me tortura la idea de robarles su valioso tiempo.

Una de tantas noches de insomnio me permitió urdir un plan: aprovechando la tecnología de punta —aunque sorprenda, muchos de mi generación incluimos el WhatsApp en esta categoría— todas las mañanas podría mandar un parte médico a los interesados en mi salud documentando mi estado: algo así como “Éste es un buen día, los dolores aún no han despertado”. O “Mal día, todos nos despertamos juntos”. Cuando la jornada sea completamente indolora puedo poner una carita feliz seguida de un sol y de una luna para transmitir que el bienestar se sostuvo estoicamente durante el día.

Esta estrategia simplificadora conlleva un riesgo: enterados de mi estado, nadie se preocuparía por llamarme y el silencio, a veces tan consolador, podría dejar que se filtrara ese temor atávico que he tratado de mantener a raya toda mi vida y que Cri Cri plasmó magistralmente en la canción de la muñeca fea: la posibilidad de que nadie me quiera. Como mi interlocutor permanente en estos días es Dr. Web con sus innumerables propuestas, le pregunté cuáles pueden ser los efectos de este síndrome. La respuesta fue descorazonadora: la soledad no tiene efectos negativos, pero el sentimiento de abandono acerca a la depresión y al suicidio —otra vez—, así que decidí cancelar la estrategia que hubiera aliviado a mi gente de la llamada diaria y las visitas amistosas.

Buscaré otra manera de organizar los saludos matutinos y vespertinos que suelen seguir el mismo guion: ¿cómo pasaste la noche?, cómo desperté, si me duele poco o mucho —aunque nadie sepa cuánto es poco ni mucho, ni siquiera yo—, qué dijo el doctor en la llamada de ayer, si sugirió otro estudio, una nueva esperanza. Por extraño que parezca, nunca falta la pregunta “¿Qué vas a hacer hoy?” Pregunta extraña tomando en cuenta que los mareos y el dolor han vetado mis salidas. No sé si la curiosidad esté encaminada hacia los libros que voy a leer o, más bien, a qué páginas en específico. Todos los días leo los mismos tres libros: Judas, Verano y De animales a dioses, bestseller nacional e internacional, según la página de Gandhi. Tal vez quieren saber si esta mañana también estuve coloreando mandalas mientras escuchaba a Carmen Aristegui. O qué serie de Netflix estoy viendo. O quizá simplemente quieren confirmar que sigo viva y en pleno uso de mis facultades mentales. ¿Cómo no agradecerlo?

***

Cuando vi a la vecina acercarse a mi puerta para ver qué me traían de la farmacia me puse en guardia. Me asustan las conversaciones que inician con “¿Qué medicina estás tomando?”, por temor a revelar el arsenal que oculto en casa y a que me tachen de obsesiva. Pero no se enfrenta el apocalipsis —y sus tráileres— con una receta surtida en el súper. Ignoramos cuánto dure la batalla, cuál será la intensidad y cuáles las armas pertinentes. Para no sufrir desabasto —no soy ninguna principiante— organicé las mías por departamentos:

Estrategias no invasivas: A falta de una cobija como la de Linus, yo deposito mi fe en cojines para recibir un poco de calor. Tengo tres cojines de semillas que, después de pasar un minuto en el microondas tienen un efecto analgésico, desinflamante y apapachador. Son ergonómicos y se adaptan a cualquier sufrimiento. También cuento con una compresa de gel bipolar: se enfría en el congelador y se calienta en el microondas… uno elige dependiendo de la posición del enemigo. Las armas de este departamento son tan amigables que he llegado a utilizarlas todas simultáneamente. Las más inofensivas son los aparatos de masaje —rústicos, fabricados en serie o con diseño hípster— que he ido acumulando a lo largo de décadas; también unas pelotas de tenis y otros objetos que, por pudor, voy a omitir.

Armas eléctricas de contacto: La más utilizada de esta categoría es el cojín que con sólo enchufarse extiende calor a lo largo de 150 centímetros cuadrados y neutraliza el malestar de amplias superficies del cuerpo. El inconveniente es un pequeño botón que permite elegir la temperatura, pues durante la batalla uno se concentra en aniquilar al otro, no en tantear, medir, comparar, probar. Cuando logre la temperatura exacta el enemigo ya me estará embistiendo. En un arrebato de credulidad intenté reemplazarlo por un asiento masajeador dotado de seis motores de vibración —que resultó totalmente inocuo— y un electroestimulador cuyas descargas me recuerdan de quién es el cuerpo; al adversario sólo lo distraen.

Armas de destrucción masiva: Fármacos para el dolor, para el sistema nervioso, para la inflamación, para la gastritis: morfina, cortisona y paracetamol se codean con bacilos lácticos, antiácido, pomada de marihuana, gotitas homeopáticas, melatonina, boswellia… Pueden producir los más extraños efectos, desde mareos hasta cara de luna —una manera poética de nombrar la hinchazón del rostro— o cambios en la personalidad. Se requiere mucha prudencia al ingerirlos, pues uno se acuesta seducido por una migraña y despierta con una emergencia entre los brazos.
 
Por mucha fe que tenga en la ciencia —en realidad no la tengo, sólo finjo para no provocar su ira—, cada enfermedad me demuestra que tanto el diagnóstico como la cura son meras coincidencias: no sé si el dolor inicia la retirada por efecto de la medicina o si la diarrea lo está opacando. Como realicé mi entrenamiento militar en Wikipedia, no podría determinar con precisión los efectos de cada medicamento, pero doy fe de su pericia para manejar el factor sorpresa. Mi estrategia defensiva ante una posible emboscada es un post-it amarillo en la cabecera con el teléfono de la ambulancia.

***

Freud ni siquiera lo pensó: diseminó palabras y expresiones por el mundo y se despidió con una sonrisa, ignorando —quiero creer— el daño que nos causarían ideas como la de las enfermedades psicosomáticas. Antes pescabas una pulmonía y la gente te compadecía, rezaba, te atendía para que no te levantaras de la cama. Hoy cualquier hijo de vecino te pregunta los motivos profundos que te llevan a huir del mundo, con qué asocias la respiración o qué representan los pulmones en tu iconografía emocional. La enfermedad no importa: tuberculosis, colitis o un hombro dislocado generan la misma reacción: consulta a tus fantasmas.

A más de uno le emociona que la causa de la enfermedad esté dentro y no fuera, como si tuviéramos una fachada, cuartos interiores y una puerta que conectara ambas realidades. Me gusta la imagen: cuando me fastidie lo que pasa en el exterior —en el cuerpo— puedo ingresar a la sala de máquinas —la psique— y descubrir que la causa de que las paredes estén descarapeladas o de que se haya oxidado la herrería son los conflictos internos entre los motores.

¿Pero qué pasa si un vecino malévolo echó ácido clorhídrico en la puerta? ¿Y si unos niños aburridos levantaron la pintura con una navaja? ¿Podemos atribuirlo a un deseo interno de la casa de ser agredida? Porque los adeptos de la autoculpa pretenden responsabilizarnos de una fractura de rodilla, aunque hayamos caído en una coladera: “por algo te atrajo el hoyo…”. Esas frases inocentes que generosamente apuntan a que recuperemos la salud, tienen como efecto perverso atizar el dolor con la culpa, por medio de un argumento muy simple: dado que el origen de la patología está en mí, curarme depende de mi voluntad: si no me alivio es porque no quiero. Segunda conclusión: merezco el dolor.

No necesito un posgrado para darme cuenta de que esta hipótesis es prima hermana de la que apuntala los libros de autoayuda: si quieres, puedes; nada escapa a tu voluntad. Y aquí estamos nosotros, convenciéndonos de que si cambiamos de actitud desaparecerán el cáncer y la urticaria. El problema es que, aunque la actitud está en la sala de máquinas, no podemos ir al tianguis a cambiarla por otra. Esta psicología subterránea e inmoral será la culpable de que mi nombre —y reputación— lleguen al buró de crédito: para hablar con alguien que me crea y esté dispuesto a escuchar mis quejas, voy a consulta con varios especialistas y deposito ahí el dinero reservado al seguro médico (que nunca utilizo porque no puedo pagar el deducible). Vale la pena la inversión con tal de ver un gesto de interés y tres o cuatro preguntas encaminadas a entender mi enfermedad, no a imputarme el delito.

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora del Café filosófico en El Péndulo, Polanco. Su último libro es Guía para los desconcertados será publicado en breve.

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