Han proliferado en Netflix las series o películas originales que abordan de una u otra manera a la “enfermedad mental” y otros diagnósticos: Atypical, Midhunter, Bojack Horseman, 13 reasons why, Unbreakable Kimmy Schmidt, son algunos ejemplos de esto. Para las campañas que están a favor de discutir la experiencia de recibir un diagnóstico psiquiátrico, o en aras de combatir el estigma, esto parecería algo positivo. Pero, ¿lo es realmente?

Los diagnósticos psiquiátricos han aumentado de forma drástica en todo el mundo. Los índices de depresión, ansiedad y suicidio se disparan y la Organización Mundial de la Salud ha declarado un estado de alarma por la tasa de discapacidad que estos  padecimientos generan. Cada vez escuchamos hablar más de ellos y el contenido que se remite a la salud mental, proveniente de distintos medios, empieza a ser recurrente.

En Locura y Sociedad, Michel Foucault planteó que el concepto de “locura” está definido a partir de aquello que un determinado sistema de valores rechaza.1 Existen múltiples retratos de lo que ahora definimos como la “discapacidad, trastorno o padecimiento mental”, pero todas tienen en común el ser categorías que siguen operando bajo los mecanismos que el filosofo francés identificó hace más de medio siglo.

Si bien la preocupación por la salud mental actualmente apunta hacia la comprensión, la asimilación y el proceso de readaptación, surge la duda de qué podría estar motivando este interés. El sociólogo y economista político William Davies argumenta en su libro, The Happiness Industry, que la instrumentalización de las emociones —sobre todo de lo que conocemos como la “felicidad”—, está siendo explotado por el sistema político y económico vigente para potenciar ganancias y reducir pérdidas económicas.2

Davies también nos recuerda que la felicidad es excelente para los negocios, lo que ha degenerado en una ciencia de los sentimientos humanos: una que vigila, maneja y gobierna las emociones. Lo que parece importar en la nueva subjetividad neoliberal no es lo que se piensa sino lo que se siente y lo que sentimos está completamente exento de todo debate o crítica “objetiva”. Sentirnos bien o ser “felices”, señala Davies, debería ser un fin en sí mismo y no un medio para alcanzar poder, riqueza y estatus. Así, una enfermedad social se ha convertido en una auténtica pandemia mental, una que aniquila el control de nuestras emociones.

Netflix y lo psi

Netflix es probablemente la plataforma digital más poderosa en la actualidad y el principal proveedor de contenidos para millones de personas en el mundo. En tiempos recientes mucho de su contenido original se ha avocado a representar las discapacidades o los “padecimientos mentales” desde diferentes perspectivas y enfoques.

Como todo negocio, Netflix se alinea a las necesidades del mercado y la impronta es ganar suscriptores o consumidores, lo que también es decir: personas funcionales, socialmente adaptadas que puedan cubrir su cuota mensual y disfrutar plácidamente del contenido disponible. La plataforma se demarca de aquellos “inadaptados” que son, visto de otro modo, una potencial fuente de entretenimiento, y por lo tanto, de negocios. ¿Qué postura toma el gigante mediático en su programación original sobre los padecimientos mentales?

Pretender entender la complejidad de una condición mental o ser capaz de diagnosticarla gracias a una tarde de binge watching es risible, sin embargo, la curiosidad que pueden despertar estas series idealmente llevaría a un proceso de investigación y documentación más profundo. Salvo excepciones como Atypical o Bojack Horseman, en su programación con esta temática Netflix suele tomar una postura que puede describirse como sensacionalista. Constantemente corre el riesgo de presentar a la “enfermedad mental” en cuestión como una fuente de entretenimiento, más que procurar ser una herramienta de comprensión o “reeducación” para las audiencias –aunque lo cierto sea que para eso existen métodos y herramientas más adecuados–.

El interés reciente de Netflix por lo que se consideran otras manera mentales de ser responde principalmente al morbo y a la curiosidad, y quizás lo mismo se podría decir de otros ámbitos culturales que también las retoman. Existe en los espectadores una curiosa fascinación por lo mórbido, lo extraño o lo inusual que se agudizada en los padecimientos mentales dada su “invisibilidad”. “Se ven tan normales” dice uno de los policías en la serie Mindhunter al referirse a un joven cuya apariencia denota fragilidad y vulnerabilidad pero que alberga en su mente fantasías e impulsos de abrumadora agresividad.

 

Qué ver y qué no ver

La necesidad voraz de contenidos y de retención de audiencias ha llevado a las producciones de Netflix a la tendencia natural de explorar justamente estos temas mórbidos. Si nos enfocamos en su contenido, se distinguen tres vertientes que podríamos describir como: la didáctica, la sardónica y la oportunista. Estas tres se presentarán solas o combinadas, pero siempre existen elementos que nos permiten distinguir y caracterizar la manera en la que este canal está abordando la “enfermedad mental”.

La vertiente didáctica es la que pretende educar sobre un padecimiento mostrando, de manera ilustrativa y decorosa, los síntomas que lo acompañan y armando alrededor de el mismo una narrativa lo suficientemente atractiva para enganchar a los espectadores.

Atypical, creada por Robia Rashid tiene como protagonista a Sam, un joven de 18 años con autismo cuya meta es poder tener un relación de pareja. Este es el ejemplo más claro de la primera vertiente y el retrato más sensible de un trastorno que no pone a su protagonista como un agente de esa otredad, sino que hace que el resto de los personajes descubran en ellos esa característica, sin atisbo de morbo o arribismo.

Por otro lado, Atypical ilustra con agudeza las dinámicas familiares, tanto a nivel individual como sistémico, que un padecimiento como el autismo puede generar y es aún más efectiva por el impecable desempeño actoral de su cuadro principal de actores conformado por Keir Gilchrist, Brigitte Lundy Paine, Michael Rapaport, Amy Okuda y la brillante Jennifer Jason Leigh como la madre de Sam. Esta es una serie que no usa el morbo ni  abusa de la solemnidad para poder hablar de un padecimiento que presenta uno de cada 160 niños de la población mundial.3

En la vertiente sardónica tenemos a las series que usan el padecimiento mental como fuente de ironía, de un oscuro y ácido sentido del humor, y que hacen observaciones punzantes y filosas sobre lo que suponen que es experimentar un trastorno mental. Aquí encontramos tres series que usan formatos distintos pero que comparten un distintivo sentido del humor para hablar sobre la  depresión, la bipolaridad y la ansiedad por estrés postraumático.

A lo largo de cuatro temporadas,laserie animada Bojack Horseman, creada por Raphael-Bob Waksberg, ha construido un vasto mosaico del abismal hoyo negro que la conducta autodestructiva ha dejado en Bojack (Will Arnett). Este otrora famoso actor de una serie de TV familiar del estilo noventero de Full House acaba con las pocas relaciones interpersonales que tiene, producto de la depresión y el alcoholismo. Balanceando humor absurdista y surreal con una audaz percepción de la oscuridad humana, Bojack es la depresión hecha hombre, o más bien, caballo que galopa sin control hacia un rumbo que desconoce, tumbando tanto a enemigos como aliados.

Si Bojack Horseman es un vivido retrato de la oscuridad depresiva, Lady Dynamite, creada por Pam Brady y Mitchell Hurwitz, representa la más grotesca mueca de la manía. Aquí la protagonista es la comediante de stand up Maria Bamford, que después de recuperarse de su estancia en una clínica psiquiátrica por trastorno bipolar, regresa a Los Ángeles para tratar de recuperar su lucrativo estilo de vida antes de la crisis. Bamford hace una escatología de si misma con un sentido del humor hilarante  y profundamente incómodo que evoca a la escalofriante manía de Gena Rowlands en Love Streams (1984) de Casavettes. Bamford se compromete a fondo interpretando una versión de sí misma y lleva la bipolaridad a extremos que hacen explotar cualquier clasificación diagnóstica.

La última representante de esta vertiente se emparenta con ambas series, tanto por su inteligente representación de problemáticas dinámicas personales, como por su locuacidad y elaborada verborrea. Kimmy Schmidt (extraordinaria Ellie Kemper), es la protagonista de la serie Unbreakable Kimmy Schmidt, creada por Tina Fey y Robert Carlock: un dechado de optimismo e ingenuidad que no es más que una colorida máscara que oculta la profunda ansiedad que padece después de haber estado secuestrada por el estrafalario líder de un culto (Jon Hamm) durante más de 10 años. Tras la amarga experiencia, que entre otras secuelas le dejo un pánico al velcro, busca adaptarse y comenzar de nuevo en Nueva York. Kimmy canaliza su ansiedad hacia un exacerbado entusiasmo y la convicción de que nada puede vencerla ni destruirla cuando en realidad cada momento lejos del búnker en el que estuvo secuestrada, la hace sentir más frágil.

Finalmente, en la vertiente oportunista que sólo se preocupa por la inclinación que la audiencia tiene por la “locura”, o por lo “inexplicable” de la mente tenemos, por un lado, 13 reasons why, uno de los éxitos más sonados de Netflix del 2017 en el que el joven Clay Jensen busca investigar por qué la joven Hannah Baker ha decidido suicidarse usando como principal recurso una serie de casetes en los que detalla sus razones y, por el otro, To the bone, película sobre una joven con anorexia nerviosa (Lilly Collins) y su recuperación.

Con el revanchismo y el contexto juvenil como atractivo, la serie 13 reasons why no es particularmente hábil o sutil para hablar o sensibilizar sobre el tema del suicidio. Este evidentemente no es el propósito de ninguna serie de Netflix, pero sí se podría decir que 13 reasons why alcanzó una gran popularidad en buena medida gracias a la preocupación que existe entorno a la problemática del suicidio. Aprovecha el impulso suicida que está latente en gran parte de la población adolescente: su éxito es un reflejo de las fantasías más peligrosas de la juventud actual.

Por su parte, combinando lo didáctico con lo oportunista, To the bone, presenta la experiencia de Ellen  y su proceso de rehabilitación dentro de una clínica dirigida por un terapeuta poco ortodoxo (Keanu Reeves). La película se centra en las dinámicas recurrentes en este cuadro clínico de la anorexia, particularmente la distorsión de la imagen corporal a grados severos (dismorfia), la conducta compulsiva después de haber ingerido alimento (purga, conteo de calorías) y la dificultad para entablar relaciones interpersonales.

El gancho de la película fue desde luego la transformación física de Lilly Collins, quien perdió mucho peso para poder interpretar a Ellen. Aunque la película es lo suficientemente sensible para matizar la intención de cada uno de los personajes, no acusando ni demonizando a nadie sino mostrando el ángulo multifactorial de un desorden psíquico, su resolución no es del todo satisfactoria o coherente.

Por último, vale la pena mencionar la serie Mindhunter, creada por Joe Penhall. Esta es quizá, al mismo tiempo la más didáctica y la más oportunista de las series y películas originales que están en el catalogo de Netflix. Presenta la creación y ascenso de la división de ciencias de la conducta del FBI a manos de dos psicólogos (Jonathan Groff y Holt McCallany) a los que se les une una brillante psicóloga (Anna Torv), y que entrevistan a varios asesinos seriales para lograr crear un mapa transparente de la psicosis perversa más aguda: la que se esconde en los rincones “más oscuros” de la mente y tiene las peores consecuencias.

De un sensacionalismo muy sofisticado, Mindhunter es particularmente aguda al escenificar la delgada línea que divide a los interrogadores de los interrogados y la necesidad de alcanzar un balance entre las partes luminosas y oscuras de la psique para poder controlar los brotes más inusuales de la mente: el impulso asesino, el fetichismo, las desviaciones sexuales, la mutilación y la ultraviolencia. Más cerebral que sensible, la serie muestra que todos corremos el riesgo de caer en abismos de la mente inexplorados que nos asustan pero que es indispensable conocer.

En un principio, la preocupación de Netflix por temas asociados a padecimientos mentales pareciera apuntar a ofrecer un espejo de identificación y concientización para los casi 94 millones de suscriptores con los que actualmente cuenta la plataforma,4 entre los cuales el sector más prominente es de jóvenes de entre 18 y 35 años. Sector que a su vez tiene una tendencia a la alza en la tasa de suicidios y sentimientos de depresión tanto en México5 como en el mundo.6 Abordar y, de cierta manera, “normalizar” los padecimientos mentales es efectivamente un tema urgente de las agendas de inclusión.

Sin embargo, la prioridad de Netflix es entretener y la demanda de contenido busca la alteridad descrita por Foucault sin crítica ni conciencia. Los protagonistas de las series que mencionamos tienen como rasgo distintivo a la patología y a la reinserción como meta principal: ser normal, o en su defecto, ayudar a restaurar la normalidad.

En este sentido, la  aparente preocupación de la plataforma digital por presentar contenidos asociados a la “enfermedad mental” bien podría responder a una necesidad parecida a la de los gobiernos y las organizaciones de salud a nivel mundial: engrosar las filas de personas funcionales y productivas. Las mismas que son potenciales consumidores de servicios y plataformas como Netflix.

Jorge Javier Negrete. Psicólogo clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca Ancha, Cine Premiere, Forbes México, The Huffington Post México y Correspondencias.


1 Foucault, M. “La locura y la sociedad”, en Obras esenciales. Trad. Amorrortu. 2009

2 Davies, W. The Happiness Industry. Ed. Verso. 2015

3Trastornos del espectro autista”, Organización Mundial de la Salud.

4Netflix alcanzó los 93,8 millones de usuarios: superó a las suscripciones de las compañías de cable en EEUU”, Infobae.

5Salud mental”, INEGI.

6Trastornos mentales”, Organización Mundial de la Salud.

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