Presentamos dos documentales sobre la ceguera, de los cineastas Krysztof Kielowski y Werner Herzog, que coincidieron en su aparición en 1971. Reflexionan sobre los mundos sin colores ni formas, la marginación y las muchas formas de comunicación que existen.

En 1971 el director polaco Krysztof Kieslowski dedicó un documental en blanco y negro de 16 minutos a excombatientes que perdieron la vista durante la Segunda Guerra Mundial titulado Yo era un soldado. En ese mismo año, el director alemán Werner Herzog dio a conocer Tierra de silencio y oscuridad, un documental que habla de la vida de Fini Straubinger, una mujer sordociega de 56 años. Aunque no podría decirse que la obra de estos directores guarde mucha relación entre sí, me gustaría creer que la coincidencia tiene algún sentido. Algunas afinidades podrían explicar el interés de ambos por el tema de la ceguera; para empezar, una profesión que recae principalmente en la vista, medita sobre la vida de aquellos que no pueden ver y cuenta una historia para entenderlo.

Pero quizá el vínculo más claro entre estos directores sea la curiosidad por el mundo que les rodea. Constantemente buscan saber cómo funcionan las cosas, cómo funciona la sociedad. Su gusto por los documentales viene de esa capacidad por preguntarse sobre temas que desconocen e interesarse en el trabajo de médicos, trabajadores de fábrica, maquinistas, enfermos de hospital, soldados. Kieslowski desarrolló una tesis en la universidad en la que criticaba el uso de las tramas como artificios innecesarios: todo lo que existe en la realidad es lo suficientemente dramático para usarse en el cine. No es necesario inventar guiones, sólo encontrar las historias en la vida diaria. Por su parte, Herzog dice que su relación con el cine es casi física, espontánea, si algo llama su atención vale la pena grabarlo. La historia de cómo llegó a Fini es producto de esa curiosidad. Se encontraba en un evento sobre discapacidad en el que habló el presidente de la entonces Alemania Occidental, Gustav Heinneman, y mientras escuchaba su discurso vio a un hombre golpeando y presionando ligeramente los dedos de una mujer, comunicándose en leguaje táctil.1 Eso llamó su atención y simplemente giró su cámara para grabarla, más tarde se acercó para conocer la historia de Fini Straubinger.

Ilustración: Raquel Moreno

A los nueve años Fini cayó por las escaleras y se lastimó severamente la espalda, cuello y cabeza. De ese día en adelante vivió con dolor en el cuerpo; los doctores le explicaron que estaba en proceso de crecimiento y le dijeron que el dolor pasaría gradualmente, sólo un médico lo atribuyó al golpe de las escaleras. Un día, en la escuela, una maestra le pidió que escribiera dentro de las líneas, ella asintió sin comprender muy bien la instrucción y más tarde se dio cuenta que no las veía, para ella el papel era totalmente blanco. Fue a cursos de bordado, pero la enviaron de vuelta a casa porque los ojos le fallaban. Su vista fue deteriorándose en cuestión de semanas. Recuerda la fecha exacta en que quedó ciega: quince años, nueve meses. A los dieciocho comenzaron los problemas de oído, primero el derecho, luego el izquierdo hasta quedar totalmente sorda. “Encontré refugio en la religión, me dio fuerzas, pero esta terrible soledad se mantuvo. Las personas prometían visitarme y no lo hacían, y cuando sí lo hacían hablaban con mi madre y yo estaba recluida en mi mundo de silencio. Cuando hablaban, mamá me golpeaba ligeramente y me decía que después me contaría de qué se trataba todo. Yo sólo quería participar”.

https://www.youtube.com/watch?v=U68tMGEqL5o

Los soldados de Kieslowski experimentaron esa misma devastación. Uno de ellos relata: “Quería dejar de existir. Especialmente en tierra extranjera sin nadie con quien hablar, nadie que me guiara”. Otro: “Más que nada temía ser abandonado a mi suerte. Temía que nadie quisiera comprender mi situación, abrazarme o cuidarme”. Se trata del terror a depender de otros. Otros que no quieran cuidar de uno. Es el miedo expresado por Thomas Bernhard, eterno enfermo de pulmón, sobre nuestra relación con la enfermedad: “El sano, si es sincero, no quiere tener nada que ver con el enfermo, no quiere que le recuerden la enfermedad y con ello, como es natural y lógicamente, la muerte”.2 Pero los “otros” desempeñaron un papel fundamental en los ciegos de Kieslowski, pues a la pregunta de qué era lo que permitió que continuaran viviendo respondían que el trabajo y la familia, la posibilidad de ser útiles y de sentirse amados.

“Incluso si sales de la guerra en una sola pieza, has sufrido una gran pérdida”.  “Las guerras nunca traen nada bueno, sólo destrucción, discapacidad y todas esas cosas”, dicen los soldados. Una pérdida compartida por Kieslowski. Su padre contrajo tuberculosis en el frente y murió doce años después, cuando el director era un muchacho de dieciséis. Pasó una infancia itinerante entre hospitales y sanatorios mientras crecía en ciudades que habían sido bombardeadas. La reconstrucción fue parcial, quedaba un paisaje destartalado, la guerra permeaba en la vida de todos y se mantenía como una presencia latente que dejaba heridas: cuerpos mutilados, familias separadas, enfermedades incurables. Yo era un soldado es un documental antibélico. Como es recurrente en su filmografía, Kieslowski muestra claramente las consecuencias todavía visibles y palpables de una guerra que había sucedido hace más de un cuarto de siglo.

https://www.youtube.com/watch?v=GM0ohrGNQ34

En esto se diferencia Yo soy un soldado de Tierra de silencio y oscuridad. Mientras que el primero narra la ceguera como un despojo a causa de la guerra, el segundo la identifica como un padecimiento azaroso originado por múltiples causas: accidentes, enfermedades genéticas, algunos casos del documental ni siquiera cuentan con explicaciones médicas. Para Herzog, el tema de su documental siempre fue la comunicación, las dificultades de hacerse entender por otros. Tierra de silencio y oscuridad se asocia profundamente con El enigma de Kaspar Hauser (1974), otra película cuyo protagonista es aparentemente incapaz de comunicarse con el mundo. Para Herzog, hay ciertos personajes que viven en los márgenes de la sociedad: “rebeldes solitarios”. Le parecía necesario cuestionar en sus historias esa marginación impuesta por los otros.

Fini Straubinger me hizo reflexionar sobre la soledad como nunca lo había hecho antes.  En su caso, la soledad se extiende a límites inimaginables y tengo la impresión de que cualquiera que vea este documental se preguntará: ¿Qué sería de mi vida si me quedara ciego o sordo? ¿Cómo podría superar la soledad, hacerme entender por los demás? Y las preguntas sobre cómo aprendemos conceptos, idiomas, cómo aprendemos a comunicarnos también están ahí.3

Fini aprendió el lenguaje táctil, un sistema de líneas y puntos que se trazan en la mano de un sordociego, representando letras, con el fin de deletrear palabras. Pasó treinta años en cama hasta que pudo volver a caminar, y desde ese momento se dedicó a pasar tiempo con otras personas en su condición. Viajaba constantemente para visitar asilos, casas de ciegos, o simplemente conocer familias que tuvieran casos similares. En el documental, Herzog incluye casos de niños que nacieron sordociegos, una situación mucho más complicada pues la comunicación se reduce a las cosas más elementales:

Nunca sabremos qué piensan estos otros niños sobre el mundo que los rodea, ya que simplemente no hay manera de comunicarse con ellos, y el contacto rara vez supera lo esencial: Este es un libro. Esto es calor. ¿Necesitas comida? Hay algunos casos famosos, como la estadounidense Helen Keller, que nació sorda y ciega y que realmente estudió filosofía. Su caso plantea muchas preguntas sobre lo que piensan estos niños sobre conceptos abstractos, por no hablar de emociones humanas innatas. Es seguro que sienten y entienden emociones como la ira y el miedo, como cualquier otra persona, pero no es posible que sepamos con certeza cómo enfrentan los temores anónimos que están dentro de ellos y que el mundo exterior nunca puede explicar.4

Y uno mira impresionado el lenguaje táctil que permite a Fini comunicarse con los demás y hasta qué punto el traductor se convierte en el único puente con el mundo. En un momento particularmente conmovedor del documental, Juliet, una asistente a la fiesta de cumpleaños de Fini recita un poema y dice que hablará lento pues no hay nada peor para los sordociegos que sentirse fuera de la conversación.

Al inicio del documental de Herzog se escucha la voz de Fini mientras habla sobre una serie de imágenes que vienen a su mente de vez en cuando: un camino que cruza los campos desiertos y nubes flotando en el cielo. Se proyectan las imágenes. Después, relata la vista de un concurso de esquí en su infancia y cómo podía ver a los hombres saltando por la nieve en sus esquíes. La combinación produce una sensación poderosa. En el libro, Herzog confiesa que eso nunca sucedió, fue un texto que él escribió y le pidió a Fini memorizarse para leerlo en voz alta. Es decir, aunque se trate de un documental, el cineasta crea un artificio para conmover al público. Hace trampa.

En ese mismo sentido, el cineasta alemán recuerda que algunas de las reseñas sobre el documental lo acusaron de explotación. Esto lleva a una reflexión más amplia sobre la representación de la discapacidad: ¿qué se vale y qué no? Herzog, sin embargo, se defiende, y es difícil no estar de acuerdo con él, la relación que estableció con Fini mostraba interés genuino. “Fini me permitió hacer la película porque entendió que no sería sólo sobre ella, sino que sería importante para todos nosotros que estamos en búsqueda de formas más claras de comunicación con otros”.5

 

María Guillén
Cuenta con estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM y El Colegio de México. Ha colaborado con textos sobre seguridad y prevención del delito en Animal Político y El Universal. Además, ha publicado en Etcétera, Cinematógrafo y Ágora.

Referencias
Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, Barcelona, Anagrama, 1999, p.74.
Danusia Stok (ed.), Kieslowski on Kieslowski, Londres, Faber y Faber, 1993.
Paul Cronin (ed.), Herzog on Herzog, Londres, Faber y Faber, 2003.


1 Paul Cronin (ed.), Herzog on Herzog, Londres, Faber y Faber, 2003, p. 73.

2 Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, Barcelona, Anagrama, 1999, p.74.

3 Ibid., p.76.

4 Paul Cronin, op.cit. p. 75.

5 Ibid., p.77.

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