Una mirada clínica a la película de Todd Phillips, que habla de un personaje inadaptado y por eso subversivo, capaz de convocar una rebelión a la que todos los que marginamos la diferencia debemos atender.

“You talkin’ to me?” 
—Travis, Taxi Driver

Los seres humanos queremos vivir en la zona de confort de la normopatía: ser aceptados, pasar con poca variabilidad entre nuestros congéneres. La genialidad y su extremo, la imbecilidad, son amenazantes. La primera porque tiene premisas novedosas que al mismo tiempo cuestionan la estabilidad. La segunda porque ve las cosas de manera tan diferente que la convivencia se vuelve un lastre.

¿Por qué se ríe el Guasón sin control? ¿Tiene una enfermedad? Sí, se trata de una forma de epilepsia que se denomina gelástica, en donde las crisis, producto de lesiones en diferentes zonas del cerebro, se manifiestan como risas incontroladas y sin motivos. La estructura del cerebro en donde están estas lesiones forma parte del sistema límbico, que se relaciona con las emociones, las respuestas complejas de nuestro cerebro que producen conductas estereotipadas: el miedo, la ira, el gozo, y la risa, entre otras. Las afectaciones del lóbulo temporal también suelen manifestarse con risas gelásticas.

Ilustración: Kathia Recio

Los directores cinematográficos pueden desarrollar, sin mayor investigación, personajes o escenarios que simulen enfermedades psiquiátricas o neurológicas y dar resultados maravillosos.  Incluso si se asesoran con especialistas médicos,  en su narrativa fílmica, son ellos quienes proponen un acercamiento al diagnóstico. No se trata de crear  documentales sobre enfermedades, sino una narrativa dramática. En Inception (2010), Christopher Nolan recrea sueños que contienen otros sueños, con unas propuestas de temporalidad alterada que se vuelven sueños lúcidos. En una entrevista, afirmó que no consultó a ningún especialista en trastornos del dormir. Otro caso es el de Norman Bathes, que en Psycho era un psicótico con doble personalidad —aunque desde mi punto de vista era más bien un sociópata asesino serial— con quien Alfred Hitchcock creó un personaje profundo y complejo. En El Maquinista, de Brad Anderson, Trevor Christian Bale (antes de hacer Batman) tiene un año sin poder dormir, y sueña despierto, condición poco probable porque el máximo registrado de alguien sin poder dormir es de once días. Sin embargo, su premisa es válida para la narrativa de la película. Y como no es necesario partir de conocimientos clínicos para hacer un buen filme, tampoco es necesario para entenderlo; aunque tener idea de los diagnósticos y su manifestación sin duda permite hacer juicios más complejos.

En nuestra especie, la risa es un elemento que permite la interacción social. En la mayoría de los eventos sociales se sonríe al saludar, al conocer a una persona, al estar ante una cámara fotográfica. Esto denota un permiso de acercamiento. La risa gelástica, por su parte, es una carcajada incontrolable que se puede activar por un suceso trivial, no necesariamente cómico en el contexto que ocurre. Por ejemplo, un hostigamiento o una agresión frontal, como le sucede al Guasón. ¿Cómo pasa la risa a ser un un elemento de burla? En el cine, esta paradoja está en el centro de los llamados gags de ridiculización utilizados en el cine mudo en películas de Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel, Oliver Hardy, Harpo Marx, entre otros. La razón por la cual las caídas, pastelazos, la violencia física y visual nos hace reír es porque las vemos a través de las neuronas en espejo, que saben que esto ocurre, pero que no nos está sucediendo a nosotros.

Arthur Fleck, el Guasón, se esfuerza en ser aceptado socialmente a través de algo que a él se le da espontáneamente: reír, carcajearse. Es un ser sin malicia que, a lo largo de la narrativa se topa con una serie de mitos que van mermando cada vez más su pertenencia a los normópatas, a quienes quiere hacer reír en un esfuerzo por pertenecer. Su admirado Murray Franklin (Robert de Niro), un presentador nocturno de comedia y noticias del tipo de Stephen Colbert a quien Arthur y su madre admiran, recibe un video de una actuación fallida de Arthur, y lo ridiculiza frente a los televidentes. Arthur no es quien cuenta la broma, él mismo es objeto de una humillación colectiva. La señal de rebelión en Arthur es la destrucción de su alter ego.

Ese miedo al ridículo es otro padecimiento emocional, se llama ansiedad social. Jean Paul Sartre lo resumía bien: “El infierno son los otros”. Al respecto, Patrice Laconte hizo una película, Ridicule (1996), en donde se ve a la nobleza francesa practicar el arte de ridiculizarse entre sí. Subyacente al miedo del ridículo está el perfeccionismo social, las buenas maneras, las normas de etiqueta. Cualquier otra forma de socializar que difiera de eso lleva a la mofa justificada. Una lectura de Guasón es el ridículo perpetuo en el que se encuentra una persona enferma; que ante el nerviosismo responde riendo de forma desadaptada, provocando el malestar de quien lo rodea. Lo subversivo del filme es la rebelión que convoca: la salida de los otros payasos, seres silentes, abstencionistas, que han vivido queriendo hacer reír a los demás.

¿Por qué se margina o se teme al enfermo mental? Por desconocimiento, por ignorancia. En términos generales, los síntomas de los enfermos mentales se parecen a nuestras funciones cotidianas. Todos nos reímos, todos nos enojamos, todos desvariamos. Si creemos que nunca hemos estado psicóticos, que no sabemos lo que es perder el juicio de realidad, es que no soñamos durante las noches: cuando volamos, atravesamos paredes, conversamos con nuestros seres fallecidos. El miedo a lo diferente lleva a marginar, y no sólo en el caso del enfermo mental. El desconocimiento y los mitos estereotipados son los promotores de esos miedos. La humanidad es diversa de muchas formas, no somos la excepción al resto de las especies. Es importante que recordemos esto y que de ninguna manera nos logremos convencer de que nuestras creencias y formas de ver la vida son las verdaderas.

Dentro de la narrativa cinematográfica, el Guasón se va transformando en un “héroe de la clase trabajadora o silenciosa”, que con máscara de payaso, ha salido a las calles de ciudad Gótica para combatir al capitalismo. Para Thomas Piketty, el capitalismo produce mecánicamente desigualdades insostenibles, arbitrarias, que cuestionan de manera radical los valores meritocráticos en los que se fundamentan nuestras sociedades democráticas. Los marginados abanderan ese cuestionamiento. Un suceso catártico, como dispararles a los jóvenes en un tren urbano, es el pretexto para movilizar a los indolentes. Los payasos en las calles no tienen un motivo central de revuelta, sólo el suceso del tren a manos de un payaso, y la condición de ser diferentes.

En la mitología de héroes y villanos, la némesis de Batman es un enfermo mental que se volvió un sociópata. Se vale que sea así en el mito narrativo, aunque no sea equivalente en la realidad. La película sobre el Guasón es una obra abierta en el sentido que mencionaba Umberto Eco: permite muchas lecturas y aproximaciones. Para el espectador, subvierte el concepto del “malo innato”, y le propone sentir empatía por el villano. Cabe señalar el guiño de ojo que Todd Phillips le hace a otro director, Martin Scorsese, con la seña de los dedos a manera de pistola en el cráneo, como en Taxi Driver (1976), que dirigió nada menos que con la actuación de Robert Deniro. Travis, el protagonista de ese filme es digno de un análisis similar al del Guasón, un especie de “ángel vengador”, alucinado por las drogas y la falta de sueño, subversivo, aunque en su caso sea desde la extrema.

Fuera de la normopatía, los extremos también se unen.

 

Rafael J. Salín-Pascual
Profesor Titular del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental en la UNAM.

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