Las reflexiones de Roxane Gay, autora del best-seller Bad Feminist, sobre su experiencia con el trauma y las repercusiones en su cuerpo nos llevan a pensar en las posibilidades y límites de ser en nuestra piel. Desde el feminismo, ¿debemos hacer del cuerpo una armadura?

Cuando Maya Angelou tomó su pluma y le declaró al viento:

Las mujeres hermosas se preguntan dónde radica mi secreto.
No soy linda o nacida para vestir una talla de modelo.
Mas cuando empiezo a decirlo,
Todos piensan que miento.
Y digo,
Está en el largo de mis brazos,
En el espacio de mis caderas,
En la cadencia de mi paso,
En la curva de mis labios.
Soy una mujer
Fenomenalmente.
Mujer fenomenal,
Esa soy yo.1

Probablemente no pensó que estas palabras sobre apreciar y sentirse bien con el cuerpo de una misma, sin importar si éste se ajusta a los ideales de belleza canónicos o no, resonarían durante décadas. Pero sin duda lo hicieron.

Es lindo (no confundir con comprobable) pensar que la extraordinaria intelectual Naomi Wolf tuvo en cuenta este poema mientras escribía El Mito de la Belleza (1991), aquella obra en la que plasma su gran contribución a la teoría feminista: la idea de que todos los parámetros de belleza impuestos a las mujeres funcionan como una dominación y que el sometimiento a los regímenes alimenticios es un sedante político, por ejemplo.2

También es lindo (y seguramente comprobable) pensar que la adorada escritora estadounidense, Roxane Gay, leyó el poema de Angelou y el libro de Wolf y los tomó en cuenta cuando escribió Hambre: Memorias de (mi) cuerpo (2017), un texto en el que investiga su proceso y manera de estar en el mundo contemporáneo en tanto que mujer obesa.

En este libro, Gay cuenta cómo un incidente traumático fue lo que la llevó a subir de peso irremediablemente. Cuando tenía 12 años, una persona que consideraba un amigo cercano la engañó y la llevó a una cabaña no muy lejos del suburbio donde vivían. Una vez dentro, él y varios amigos suyos abusaron sexualmente de ella. A partir de entonces, Gay decidió convertir su cuerpo en una armadura: “Comí y comí y comí con la esperanza de que si me hacía más grande, mi cuerpo estaría a salvo.”3

Ilustración: Patricio Betteo

Lo hizo hasta que su cuerpo “dejara de ser atractivo para los hombres”. Sin embargo, esta solución resultó ser un arma de doble filo: logró el cometido de sentirse protegida dentro de su nuevo cuerpo, pero el cambio físico también provocó que la sociedad la rechazara y le recriminara, no sólo que no se ajustara a los “estándares de belleza”, sino algo tan absurdo como que ocupara demasiado espacio por metro cuadrado.

En Hambre, Gay da cuenta de la profunda discriminación que las mujeres de cierta talla sufren en situaciones cotidianas. Desde ser obligada a comprar dos asientos de avión y caminar pegada a los edificios para no estorbar en las calles, hasta soportar que los extraños saquen productos de su carrito en el supermercado, Gay ha sido víctima de todo tipo de hostilidades cuyo único objetivo es invisibilizarla: “Esto es lo que la mayoría de las niñas aprenden: que debemos ser pequeñas y delgadas. No debemos ocupar espacio. Debemos ser vistas y no oídas, y si somos vistas, debemos ser agradables para los hombres, aceptables para la sociedad”.4

Por eso es que esta obra es tan dura. Lo que describe es desgarrador: vivencias plagadas de un maltrato generalizado, infligido, desafortunadamente, tanto por ella misma, como por el resto del mundo.

Sin embargo, como si fuera un farol descompuesto que alumbra intermitentemente un callejón oscuro y peligroso, algo ilumina las páginas de Hambre. La luz de lo que podríamos describir como la resistencia. Cada vez que Gay habla de amar y aceptar su cuerpo, la luz se hace presente; cada vez que se rebela en contra de lo que describe, muy en la línea de Wolf, como una “economía de la delgadez” —un sistema en el cual el único “valor” que las mujeres pueden poseer realmente es el de la belleza—. Gay declara: “Estoy trabajando hacia abandonar el daño infligido por los mensajes culturales que me dicen que mi ‘valor’ se encuentra estrictamente atado a mi cuerpo”. Su novela, An Untamed State (2014), sigue con estas reflexiones por medio de la historia de una mujer que se reconcilia con su cuerpo después de ser secuestrada y violada.

Por otro lado, en su colección de ensayos, Mala Feminista (2014) que fue un New York Times best-seller, Gay explora sus propias experiencias con la cultura del consumo de la que también somos presas las mujeres (una buena introducción de sus ideas está en esta TED Talk). Y lo que promueve es una experiencia en la que exista una mayor crítica al sistema y un menor juicio a una misma por escuchar rap con letras denigrantes, por disfrutar de revistas de moda, por pagar para ver comedias románticas e historias de amor en donde la mujer nunca está empoderada.

En uno de sus proyectos más recientes, la esperanza de la resistencia corporal se muestra más clara que en ninguno. El año pasado, lanzó la revista digital Unruly Bodies(cuerpos indisciplinados) que busca explorar la relación que tenemos con nuestros cuerpos cambiantes, desde múltiples aristas. Junto con otras 24 autoras entre las que se encuentran, por ejemplo, Carmen Maria Machado, la autora del best-seller Su cuerpo y otras fiestas (2018) y la joven artista plástica Larissa Pham, se dispuso a responder a la pregunta: “¿qué significa vivir en un cuerpo indisciplinado?”. Al terminar este proyecto, la conclusión de la propia Gay no fue que se deba optar por la obesidad como alternativa al imperativo de la belleza, pero tampoco seguir el camino de movimientos como #BodyPositive que tienden a caer en la superficialidad y fomentan el consumo de otros productos e ideas, y en particular su reciente acercamiento a la delgadez. Lo que Gay sugiere es un proceso continuo de autoaceptación, de crítica y de mantenerse positiva con una misma para intentar vivir una vida autónoma y libre.

Después de años dedicados a estos temas, Roxane Gay no piensa que su pasado trágico se haya quedado del todo atrás. Sigue considerándose atormentada, sigue sin querer que la toquen los extraños, sigue sospechando de ciertos grupos de hombres y teniendo pesadillas.

También sigue considerando que su cuerpo es, en efecto, una fortaleza que la protegerá del resto del mundo, pero que es tiempo de derribar algunos muros para poder dejar que ciertas cosas, y sobre todo ciertas personas, entren en ella. A esta acción la ha denominado una “des-destrucción de ella misma”. Reclamar su espacio y darle lugar a la curvatura de su espalda, al sol de su sonrisa, al porte de sus pechos, a la gracia de su estilo. Roxane Gay leyó a Maya Angelou, no hace falta comprobarlo. Ahora nos toca leer a Gay.

 

Rebeca Leal Singer
Cursa la maestría en Creación Literaria en The New School en Nueva York. Ha publicado en Algebra of Owls, Eleven and a Half Journal y Revista Melodrama.


1  Maya Angelou, Aún así me levanto, Nueva York, Penguin Random House, 1978.

2 Naomi Wolf,El mito de la belleza, Nueva York, William Morraw and Co., 1991. Traducción: Cristina Reynoso para la revista Debate Feminista

3 Roxane Gay, Hunger: A Memoir of (My) body, Londres, Corsair, 2017, p.11. La traducción es mía.

4 Ibid.

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Hay teorías que pueden tener resultados nocivos. Esto lo reconoció el psicólogo James Kaufman tras haber hecho daño con la suya. Este texto recuerda el famoso “Efecto Sylvia Plath” y explora el vínculo entre la escritura y los trastornos de alimentación.

En el año 2001 el reconocido psicólogo James C. Kaufman publicó su investigación más famosa: El efecto Sylvia Plath. En ella sostiene que, de todos los artistas, sean hombres o mujeres, las poetas son las más propensas a padecer “trastornos mentales”, sobre todo trastornos alimenticios, y asevera que existe una correlación entre estos diagnósticos y la creatividad.1 Dieciséis años después, en una carta editorial publicada por el European Journal of Psychology, Kaufman se arrepintió y dijo que no es necesario sufrir para crear. Sin embargo, el daño estaba hecho: el estereotipo existía y se extendía a la obra de Virginia Wolf, Alejandra Pizarnick, Sei Shōnagon y Herta Muller, entre muchas, muchas otras.

El psicólogo utilizó la figura de Sylvia Plath, poeta estadounidense y símbolo unívoco de todos los adolescentes tristes para esbozar una teoría que no sólo era sexista, sino doblemente problemática en términos de mérito creativo. Por un lado, implicaba que si se deseaba ser poeta era preferible tener un “trastorno” ya que eso daría lugar a una mayor fertilidad creativa y, por otro lado, que la obra de estas artistas no era relevante por sí misma, sino resultado de un factor externo: como si algo ajeno a ellas hubiera escrito sus versos y rimas. El fenómeno también llegó a la cultura popular, probablemente afectando la vida de muchos jóvenes con aspiraciones artísticas.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Pero revisiones recientes de la biografía de Plath indican que estas ideas están basadas en información imprecisa. En una entrevista con el Huffington Post, Elizabeth Winder —la única biógrafa mujer de Sylvia Plath hasta la fecha— habla del amor que la poeta sentía por la comida:

“Sylvia Plath simplemente amaba la comida del mismo modo que amaba tanto del mundo material. De sus diarios, uno puede saber que amaba comer. Escribió sobre la miel fresca del panal, el destello de azul eléctrico dentro de una ostra cruda, el deslumbrante amarillo de una yema”.2

En una carta dirigida a su madre, Plath escribe: “Si tienes oportunidad, ¿podrías enviarme mi The Joy of Cooking? ¡Es el único libro que extraño!”.3

También Virginia Woolf fue “acusada” de haber padecido anorexia por su sobrina nieta Emma Wolf. En 2012, Emma publicó An Apple a Day, un relato de su experiencia con este trastorno en el que narra el momento en que se dio cuenta de que el cuerpo de su tía, retratado en fotografías, era un “cuerpo enfermo”. Por su parte, dos de las biógrafas de Wolf, Hermione Lee y Julia Briggs, discrepan sobre esto. La primera considera que si bien se sabe que la autora no siempre quería comer, la anorexia proviene de una obsesión con el cuerpo y este no era el caso de Woolf. La segunda sostiene que existe evidencia epistolar contundente para probar la hipótesis de la sobrina: una serie de cartas en las cuales Leonard, esposo de la autora, relata que ella no comía puesto que estaba demasiado preocupada por su apariencia.4

Silvina Ocampo, Jamaica Kincaid, Rosario Castellanos, Anais Nin… —la lista  podría seguir— son tan sólo algunos ejemplos del sinnúmero de autoras a las que se les han adjudicado diagnósticos relacionados con los trastornos alimenticios. Sin embargo, incluso considerando que pasaron por momentos difíciles y que algunas de ellas tomaron la decisión de terminar con sus vidas, eso no se sigue necesariamente de que tuvieran “enfermedades mentales” (además de que para esto habría que aceptar la distinción entre “sano” y “enfermo”). Esta fue la conclusión a la que Kauffman llegó eventualmente y que hizo pública con aquella carta.

En ese conmovedor texto, el psicólogo también reflexiona sobre su larga trayectoria científica. Dice que el Kauffman del pasado había sido “joven y estúpido” al no considerar las posibles implicaciones de su teoría, al no tomar en cuenta que en muchos pensarían que todas las poetas estaban enfermas, que muchos blogs deprimentes y confesionales escribirían al respecto y que un par de canciones de rock indie llevarían como título el nombre de su investigación.5

Habla de una técnica estandarizada que se utiliza para convencer a la gente de que la creatividad está vinculada con las “enfermedades mentales”, que consiste en ofrecer una lista interminable de personalidades creativas que han sido clasificadas con diagnósticos, a menudo de manera equivocada, cuando se podría hacer lo mismo con casi cualquier otra categoría. Para probar su punto, el psicólogo cita dos listas:

Lista 1: Alejandro Magno, Gracie Allen, David Bowie, Benedict Cumberbatch, Robert Downey Jr, Pitcher Max Scherzer, Michael Flatley, Kiefer Sutherland, Christopher Walken.

Lista 2: Ray Bradbury, Joan Ganz Cooney, John Denver, Barbara Kingsolver, Lee Marvin, Art Moreno, Linda Ronstadt.

En la lista 1 aparecen personas con Heterocromia iridium (tener ojos de dos colores distintos). En la lista 2 aparecen personas asociadas con Tucson, Arizona.

“¿Hay conexión alguna? No.” escribe Kauffman. Lo que vemos es un razonamiento que se asemeja a aquel cuento de Borges (que Foucault cita en el prólogo de Las palabras y las cosas) sobre una “Enciclopedia China” que distingue entre varios tipos de animales. En la lista aparecen animales “fabulosos”, “dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello”, “que se agitan como locos” y “que de lejos parecen moscas”.6 La compulsión por la clasificación resulta no sólo peligrosa, como alcanzó a ver Kauffman, sino también absurda.

Lo anterior no significa que no haya poetas con trastornos alimenticios. Tampoco quiere decir que los trastornos alimenticios sean algo que deba tomarse a la ligera. Simplemente hace hincapié en cómo ciertas teorías psicológicas y su difusión pueden hacer daño cuando pretenden emitir verdades absolutas.

Además, en los casos donde se ha dado que personas con trastornos alimenticios sean mujeres y también poetas, no hay razón para pensar que la escritura sea parte del problema. Al contrario, la escritura puede funcionar como herramienta para lidiar con este tipo de cuestiones: al brindar un espacio de expresión sin juicio, de calma y de fertilidad creativa, un resquicio desde el cual se observe atentamente al mundo que está ahí, esperando a ser redactado.

Por eso existen obras como Hambre: Memorias de mi cuerpo, un libro en el cual la reconocida escritora y profesora Roxane Gay da cuenta de la relación directamente proporcional que existe entre su espantosa experiencia de abuso sexual y su propensión a la obesidad, y lo hace por medio de una prosa tan inquietante como avasalladora. Gay asevera: “Escribir ha sido también una manera de reafirmar el control y reasignar la narrativa que mucha gente ha puesto sobre mí con los años, asumiendo cosas sobre mí. Escribir siempre me ha salvado y me ha dado el tipo de control que no he sentido necesariamente en otros aspectos de mi vida. En la página, yo estoy a cargo”.7

Así, haciendo justicia a las propiedades sanadoras que tiene el acto de la escritura, otro ejemplo sería Going Hungry, una colección de diecinueve ensayos que explora el vínculo entre el trastorno de alimentación, el texto y la vida. Editada por la joven periodista del New York Times, Kate Taylor, la obra incluye contribuciones de Louise Glück, Lia Block, Francine du Plessix Gray, Jennifer Egan y Joyce Maynard, entre otras. Los ensayos habitan en una amplia gama de puntos de vista, una plétora de sentimientos y vivencias recopiladas en un tomo. Sin embargo, una constante en todos ellos es el amor por la comida, que aun ante la amenaza inminente de un diagnóstico, logra escapar a ella, sobrevive.

No hace falta más que leer unos cuantos versos de Elizabeth Bishop para imaginar la conexión entre  espíritu, ojo y pluma mientras escribía Un Milagro para el desayuno:

Permaneció un minuto, solo, en el balcón
mirando hacia el río por encima de nuestras cabezas.
Un sirviente le alcanzó los elementos del milagro:
una simple taza de café y un panecillo
que él se puso a desmigajar —su cabeza
literalmente entre las nubes, junto al sol.8

James C. Kauffman termina su carta diciendo que su objetivo a partir de ese momento sería explorar las formas en las cuales la creatividad puede incidir de una manera positiva en el panorama de la justicia social. Y eso fue exactamente lo que hizo. A partir del 2012, se ha dedicado al estudio de la creatividad como herramienta, medio y condición de posibilidad para la igualdad y la equidad por medio de la educación. Como profesor de psicología educativa en la Universidad de Connecticut lucha activamente por desmantelar el mito de que la psicología debe emitir clasificaciones. Además, después de tantos años, él mismo se convirtió en creador: su obra musical, Descubriendo Magenta, se estrenó en Nueva York en el año 2015 como parte del Thespis Theatre Festival. La obra se trata de un trabajador de la salud mental que apoya a los pacientes por medio del arte.

Después de todo, es de sabios cambiar de opinión.

 

Rebeca Leal Singer
Cursa la maestría en Creación Literaria en The New School en Nueva York. Ha publicado en Algebra of Owls, Eleven and a Half Journal y Revista Melodrama.


1 Deborah Smith Bailey, “Considering Creativity–The ‘Sylvia Path’ Effect”, APA, 2019.

2 Jean Fain, “Biographer Elizabeth Winder on Sylvia Plath´s food and Body Issues”, The Huffington Post, 2013.

3 Aurelia Schober Plath, ed., Letters Home, Nueva York, Harper Perennial, 1992, p.242.

4 Alison Flood, “Virginia Woolf Was Anorexic, Claims Great Niece”, The Guardian, 2013.

5 James C. Kauffman, “From the Sylvia Plath Effect to Social Justice: Moving Forward With Creativity”, Europe’s Journal of Psychology, 2012.

6 Jorge Luis Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé Editores, 1960, p. 142.

7 Martha Reilly y Gina Twardosz, “Roxane Gay Addresses Difficulty Of Writing About Trauma, Need For Inclusive Campuses”, The Observer, 2018.

8 Ulalume González de León, “Elizabeth Bishop”, Material de lectura, UNAM, 2019.

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Escuchar el delirio sin juicio y con seriedad. Este texto habla de la experiencia de acompañar a pacientes psiquiátricos que, entre pasillos desiertos y maltratos sistemáticos, encuentra respuestas en la poesía.

Cuando comencé la formación para convertirme en acompañante terapéutico tenía un sólo objetivo en mente: reducir la violencia contra los pacientes psiquiátricos. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, yo misma me convertí en agresora. Sentada en mi escritorio, criticaba las conductas de aquellos que encerraban a otros pero cuando traía la bata puesta e ignoraba a los pacientes —describiendo su discurso como un “delirio” — no hacía más que reproducirlas. Afortunadamente, una aliada me indicó el camino correcto: la poesía.

Ilustración: Alberto Caudillo

El acompañamiento terapéutico (AT) es un oficio relativamente nuevo que surge principalmente de la teoría psicoanalítica. Un acompañante facilita el paso a través de las distintas etapas de un tratamiento específico. Su objetivo es crear un vínculo que reproduzca la relación que existe entre el mundo sociosimbólico y la persona diagnosticada. Se distingue de otras profesiones como las llamadas “sombras” porque no tiene un carácter policiaco. El acompañante no cuida a nadie ni mantiene ningún orden, simplemente hace eso: acompaña a otra persona.

Decidí convertirme en AT precisamente porque creí que si alguien necesitaba ser acompañado, yo podría ser una buena compañía. En aquel entonces me encontraba escribiendo una tesis de filosofía cuyo tema era “el delirio”. Aunque hablar de este tema poco explorado en el ambiente académico era una forma de crear conciencia sobre los diagnósticos psiquiátricos, llegó un momento en el que la teoría dejó de ser suficiente. Si realmente quería que algo cambiara iba a tener que pararme de mi escritorio.

Me contactaron con una analista y profesora muy brillante que supervisaba a los alumnos de psicología de una universidad privada que hacían acompañamiento en un hospital psiquiátrico, también privado, al sur de la Ciudad de México. La profesora accedió a dejarme hacer las prácticas con el grupo con la condición de que fuera seria, que mi motivación fuera una verdadera inquietud intelectual y social (y no una morbosa) y que, pasara lo que pasara, jamás me atreviera a usar el verbo ayudar en el proceso. No había razón para ser condescendientes.

La formación fue dura y esencialmente práctica: se aprende a ser acompañante terapéutico siendo acompañante terapéutico. La casuística es una de las premisas fundamentales. Cada paciente es distinto y por lo tanto requiere de atención personalizada. Otra de las grandes premisas es la prueba y error: particularmente en este oficio, la herramienta principal es la experiencia.

Así, poco a poco fui descubriendo que algunos aspectos del acompañamiento terapéutico se me facilitaban y que otros me resultaban placenteros. Pese al sórdido escenario, adoraba saludar por la mañana a los pacientes que habían pasado muchas horas en soledad y nos recibían con entusiasmo. Sentía una gran satisfacción al término de las actividades en grupo, cuando el salón multiusos se llenaba de sonrisas. Me complacía infinitamente saber que el día les parecería más corto gracias a nuestra visita y que al menos por unas tres o cuatro horas, su monótona rutina, que consistía fundamentalmente en dormir, fumar y merodear sin rumbo por las instalaciones, se volvía un poco más tolerable.

Alguna vez sentí temor: si alguien gritaba muy fuerte o tenía una reacción violenta, por ejemplo. Aunque sabía que estas actitudes probablemente habían sido catalizadas por la brutalidad y el maltrato: regaños injustificados, ataduras a camas, terapias eletroconvulsivas e incluso lobotomías –todas eran prácticas que prevalecían en este sitio– a veces no podía evitar construir juicios negativos y sentir miedo de estar cerca. Lo peor de fue cuando la novedad se desvaneció eventualmente y con ella mi energía inicial. Las tareas que alguna vez desempeñé con gran entusiasmo comenzaron a parecerme monótonas.  

En una ocasión, un acompañado se acercó a mí corriendo, embarrado de lodo y pidiéndome ayuda. Me aseguraba que había luchado en la guerrilla en Nicaragua y que yo debía ayudarlo a regresar. Faltaba poco para mi hora de salida y hacía calor, entonces solamente le dije que se tranquilizara. “¡No me crees!”, gritó desesperado y antes de darse la vuelta me escupió en la cara.

Otro día llegó al hospital una chica a la que yo ya conocía. Había sido mi compañera en la primaria. Ella también me reconoció a mí y se acercó a contarme su historia. Ningún manual pudo prepararme para eso. Algunas partes de su narración me parecían inverosímiles: no encontraba una lógica entre lo que ella me decía y la información que yo tenía de antes. Al darse cuenta de mi incredulidad, se ofendió profundamente. Creo que nunca olvidaré la expresión de rabia en su rostro.

En ambos casos incurrí en el típico error que los adultos suelen cometer con los niños: creer que, por ser niños, no saben de qué están hablando y por lo tanto sus palabras no deben ser tomadas en cuenta. En mi caso, lo único que estos pacientes realmente pedían era que tomara en serio su discurso. Y en lugar de eso los ignoraba con un desdeñoso: “¿Ah sí? Que bien…” o un “¿Ah sí? No me digas…”. Pero mientras tanto, pensaba: “Lo que está diciendo esta persona no tiene sentido, será mejor darle por su lado”.

Sin querer, estaba aislándolos aún más todavía. Si ya estaban encerrados en un edificio frío y descuidado, con más colillas en las macetas que flores, custodiados por cuidadores violentos cuya mayor característica era la indiferencia, ahora yo los aislaba simbólicamente: privándolos de la mínima dignidad que implica emitir un enunciado y que éste sea tomado en serio. No me atrevía a reconocerlo, pero tenía en mente esa brutal palabra que sirve para clasificar mucho de lo que no puede ser clasificado, una palabra inherentemente violenta y que se suponía que yo estaba buscando desarticular: delirio. ¿Que me distinguía a mí de las autoridades que tanto criticaba?

Afortunadamente, me crucé con una autora que cambió por completo mi práctica como acompañante terapéutico: María Zambrano. En su libro Filosofía y Poesía (1939), la filósofa española afirma: “El logos, —palabra y razón— se escinde por la poesía, que es la palabra, sí, pero irracional”.1 En otras palabras, la poesía mantiene una relación directa con lo irracional y esa misma irracionalidad es la que divide al logos en dos cosas, por un lado, la palabra y, por el otro lado, la razón. La poesía es irracional porque no se suscribe a una lógica cerrada. Esto me hizo pensar en la acción misma de leer un poema.

Pensé que cuando leía poesía tenía la mente abierta. Sé que, como mi interpretación, puede haber muchas otras y todas válidas. También sé que jamás he desechado un poema por no seguir las “reglas” del lenguaje. Por lo menos jamás uno bueno. Recordé a mi mamá y a mí misma leyendo a Gorostiza. “No es agua ni arena la orilla del mar…”, seguido de un diálogo en el que me preguntaba a qué creía yo que se refería el autor. “No estoy segura, pero suena bonito”.

Entonces empecé a leer el discurso de los acompañados como si se tratara de un poema. No era que sus palabras no fueran “verdaderas” o que no tuvieran “lógica”, sino que pertenecían a su propia verdad y a su propia lógica. Más que no tener sentido tenían una multiplicidad de sentidos.

Había llegado al hospital buscando un cambio en mi concepción teórica del delirio. La encontré en el diálogo entre mundos: la filosofía y el arte, el arte y la palabra, la palabra y la disidencia. El movimiento antipsiquiátrico italiano de Franco Basaglia, o el inglés de David Cooper y R. D. Laing dedicaron sus vidas a la lucha por el trato digno a los pacientes psiquiátricos sin necesariamente responder a la pregunta por el delirio. Tal vez nunca terminemos de comprender el fenómeno, pero no por ello hay que descartarlo.

No sólo comencé a escuchar su discurso con la misma apertura con la que leía poemas, sino que también leí poemas con ellos, hablábamos juntos de poesía. Como ola, la razón poética mojó todo nuestro mundo. Ellos parecían sentirse más cómodos: como quitarse un zapato apretado después de un largo día. Y yo, por un instante, descubría mi consciencia descansar.

 

Rebeca Leal Singer
Cursa la maestría en Creación Literaria en The New School en Nueva York. Ha publicado en Algebra of Owls, Eleven and a Half Journal y Revista Melodrama.


1 Maria Zambrano, Filosofía y Poesía. (Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993), 33.

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