Estamos casi seguros de que existe una relación entre nuestro sistema digestivo y el ánimo. Esto ha llevado a algunos estudiosos a investigar los beneficios que existen detrás de cierto tipo de dietas, sugiriendo que el salmón o la dieta mediterránea nos pueden salvar de la depresión, por ejemplo. A continuación, lo que sabemos y lo que no de la relación entre nuestro estado anímico y lo que nos servimos en el plato.

Hace unos días, a mi mamá le diagnosticaron una infección en el sistema digestivo. Después de varias semanas de malestares y de diversos diagnósticos desatinados, un tercer médico tuvo un momento de lucidez. “Tienes amibiasis”, le dijo. Los estudios pertinentes mostraron que efectivamente alojaba en sus intestinos a estos protistas. Una vez comenzado el tratamiento, durante una sobremesa casual me explicó que había visto en internet que las personas con amibiasis pueden llegar a experimentar depresión. “No lo sé”, le contesté, “pero no me parece descabellado”.

El conocimiento popular nos ha enseñado que existe una relación entre nuestro estado de ánimo y lo que ocurre en el sistema digestivo. El estrés se puede convertir en una, varias o hasta ninguna visita diaria al baño para desahogar los intestinos. El enojo nos provoca un nudo en el estómago, el enamoramiento nos lo llena de mariposas y los nervios nos atacan con calambres en la zona abdominal. Estas situaciones han hecho que los investigadores exploren seriamente si en efecto hay una conexión entre el sistema digestivo y la mente.


Ilustración: Guillermo Préstegui

Virus y bacterias en el ánimo

Una posible línea explicativa es la que compromete a la microbiota, un concepto que implica al conjunto de microorganismos (virus, bacterias y hongos) que habitan en nuestro cuerpo, específicamente las partes que están en contacto directo con el aire: la piel, los órganos reproductivos, el sistema respiratorio y el sistema digestivo. De forma reciente, la microbiota ha comenzado a ganar terreno causal al momento de discernir entre la digestión de un bebé que nació por canal vaginal y uno por cesárea; también entre el perfil inmune de una persona con que tiene una microbiota característica de las ciudades, en comparación de una que vive en el campo. Incluso se manifiesta en la distinción entre personas sanas versus las que tienen cáncer, diabetes, obesidad o un trastorno mental.

Tal como lo dijo mi mamá, la depresión sí ha sido asociada con lo que ocurre en el sistema digestivo. Al menos entre ratones se ha visto que cuando están limpios de microbios, presentan cambios cerebrales idénticos a los que están asociados con la depresión. Pero también se ve lo contrario: una desregulación en la ecología de la microbiota —conocida como disbiosis intestinal— podría provocar el el trastorno de ánimo. Por ejemplo, la concentración elevada de un grupo de proteínas que promueven la inflamación y que son típicas en en el trastorno depresivo mayor podría ser resultado de las interacciones con una microbiota fuera de balance. Aparte de la depresión, varios trabajos que retoma un artículo publicado por distintos investigadores irlandeses en el 2016 han demostrado que la microbiota también tiene implicaciones en la esquizofrenia y autismo.

La duda, sin embargo, es si el desequilibrio de la microbiota causa el trastorno, o si el trastorno provoca desarreglos en la ecología de los microorganismos. La respuesta parece apuntar a que se trata de un sistema que se retroalimenta: una variable causa y fomenta a la otra. Sin embargo, muchos de los trabajos en este tema se han desarrollado en modelos animales -sobre todo por las implicaciones éticas-, y son contados los trabajos con metodologías robustas en humanos.

Otra rama de estudios que ha establecido una probable conexión entre la salud mental y nuestro sistema digestivo tiene que ver con la alimentación. Aunque en su gran mayoría la evidencia científica también se sostiene a través de estudios en animales no humanos, la generalidad demuestra que una dieta rica en alimentos vegetales y frutales, así como leguminosas, granos integrales y proteína magra (como la soya o el pescado) está asociada con un menor riesgo a desarrollar depresión. Por otro lado, la ingesta de comida procesada y de productos azucarados pueden aumentar la probabilidad de padecer este trastorno del ánimo. Incluso se ha visto que el hábito alimenticio y su relación con la depresión son independientes de la situación socioeconómica o el nivel educativo de la persona que la experimenta —un rasgo importante a considerar pues lo intuitivo sería pensar que a mayor grado académico o mejor poder adquisitivo, los individuos aseguran una mejor alimentación—.

Dieta: ¿mejor tratamiento que la terapia?

Partiendo de esta evidencia alimentaria podríamos cuestionar si una modificación en la dieta de pacientes diagnosticados con depresión tiene efectos terapéuticos. Lamentablemente, la cantidad de información al respecto con la que contamos hasta ahora es insuficiente para responder esta pregunta. Por eso, en un intento por engrosar la literatura, un grupo de investigadores australianos contestó literalmente la pregunta de “Si mejoro mi alimentación, ¿mi salud mental se restablecerá?”. Su hipótesis consistió en que un apoyo alimenticio estructurado, con base en el modelo de la dieta mediterránea, podría ser más efectivo en la reducción de la severidad de la sintomatología depresiva que un grupo de apoyo social.

Para esto, pusieron en marcha el primer ensayo controlado y aleatorizado en el tema de la alimentación y los trastornos mentales. Esto significa que los investigadores reunieron a un grupo de personas diagnosticadas con depresión y azarosamente las colocaron en dos grupos distintos: las que durante 12 semanas recibieron asesoría alimenticia y las que en el mismo periodo obtuvieron apoyo social —es decir, los participantes hablaban con un especialista sobre temas como deportes, música o noticias—. Si los pacientes no querían charlar, en su lugar realizaban juegos de mesa. El propósito era mantenerlos entretenidos y positivos.

Para evitar el efecto placebo y cualquier posible sesgo, los participantes desconocieron durante el estudio el tipo de terapia que recibieron los demás. También fueron parcialmente informados sobre la hipótesis del estudio, se les pidió que solamente tuvieran contacto directo con sus nutriólogos o acompañantes de la actividad social, y todas las sesiones de absolutamente todos los participantes tuvieron la misma duración. Fue sólo hasta el final del experimento, 12 semanas después, que a todos los participantes se les ofreció el apoyo nutricional.

Al final del trabajo sólo 56 personas completaron la actividad, a pesar de que se reclutaron a 166. Un dato revelador es que quienes estuvieron bajo la dieta fueron los que más lo terminaron. El análisis de los resultados demostró que el grupo con el apoyo dietario tuvo una mejoría a comparación del equipo que recibió la intervención social, de acuerdo con lo mostrado por la escala de MADRS (Montgomery-Åsberg Depression Rating Scale, un cuestionario utilizado para medir la severidad de un episodio depresivo), así como la del Hospital Anxiety and Depression Scale.

Sin embargo, los resultados deben tomarse con cuidado, porque cuando se comparó a los dos grupos en los criterios de bienestar y de autoeficacia (entendida como la confianza personal para completar objetivos planteados), que propone la escala de Profile of Mood States, POMS, los resultados mostraron que no existía distinción entre ambos.

Asimismo, se observó que el grupo con apoyo alimenticio mejoró su ingesta de granos integrales, de fruta, aceite de oliva, lácteos, legumbres y pescado. Por otro lado, el grupo de apoyo social no presentó cambio alguno en su alimentación. Ninguno de los dos presentó cambios en su índice de masa corporal ni en su actividad física, pues la dieta consistía en el cambio hacia la ingesta ad libitum de alimentos saludables, y no en una restricción calórica.

El trabajo, publicado a principios de 2017, muestra evidencia preliminar de que este tipo de estrategias pueden ser eficaces para el tratamiento de episodios depresivos mayores. Además, como argumentan los autores, puede ser una estrategia accesible y fructífera en otros sentidos, porque mientras que una dieta poco saludable tiene un costo semanal de 138 dólares australianos (recordemos que el estudio se hizo en ese país), una alimentación balanceada puede tener un costo de 112 dólares.

En general, este es un estudio que suma a la evidencia científica al desarrollo de estrategias contra la depresión. No obstante, su validez debe evaluarse a la luz de varios puntos. Uno, como ya se dijo, es que en algunas escalas se detectaron diferencias en el ánimo de los grupos en cuestión, pero para otras esto no fue así. También, los autores reconocen que trabajaron con un grupo pequeño de personas lo cual limita las conclusiones dada la poca representatividad. Además, existen muchos otros factores biológicos asociados con la depresión que entrarían en juego: la ya mencionada microbiota, el estrés oxidativo —entendido como la relación que existe entre la producción de moléculas llamadas especie reactiva de oxígeno, causantes de daño celular, y la capacidad del organismo para reparar el deterioro causado por éstas—, la inflamación tisular y la plasticidad cerebral.

Más aún, este trabajo se realizó únicamente con población australiana, un factor que suma a la poca representatividad de la muestra: se necesitaría replicar el estudio en otras partes del mundo, con otras poblaciones, otras dietas, y otros presupuestos. Por ejemplo, los autores mencionan que sólo el 5.6% de la población adulta de Australia come una proporción saludable de frutas y verduras, una proporción que debe ser distinta en personas que habitan otras regiones del planeta. ¿Será que una población con una dieta saludable tiene un índice más bajo del trastorno depresivo? ¿Qué pasa, en términos de trastorno depresivo cuando hay desnutrición y obesidad?

Es claro que un buen estudio es aquel que, además de la evidencia que pueda arrojar, abre la posibilidad de más preguntas. Sin embargo, este es un tema que debe ser tratado con cautela: una búsqueda en Google con noticias que indiquen la relación entre la dieta y la depresión arroja notas en donde se tratan como concluyentes algunos datos —como que la dieta mediterránea es la mejor para todos los seres humanos, o como que la dieta por sí sola puede ser suficiente para el tratamiento de la depresión— que necesitan ser considerados a profundidad y enriquecidos con mayor evidencia científica. Mientras más trabajos se realicen a un mayor número de personas de distintas coordenadas del planeta estaremos más cerca de concretar tratamientos médicos. Sin duda, este es un gran avance pues se trata de un estudio que analiza humanos y lo hace a través de una estrategia realista: la alimentación saludable.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

Referencias:

Jacka, F. N. et al (2017) A randomised controlled trial of dietary improvement for adults with major depression (the “SMILES” trial). BMC Medicine. 15:23.

Rogers, G. B. et al (2016) From gut dysbiosis to altered brain function and mental illness: mechanisms and pathways. Molecular psychiatry. 21(6): 738-748.

Sherwin, E. et al (2016) May the force be with you: the light and dark side of the microbiota-gut-brain axis in neuropsychiatry. CNS drugs. 30(11): 1019-1041.

Tello, M (2018) “Diet and depression”. Harvard Health Publishing. En línea. (Revisado el 11 de mayo de 2018).

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La sinestesia permite percibir la realidad de formas inimaginadas. Diferentes sentidos se conjuntan en un mismo acto perceptivo, dando lugar a experiencias muy variadas. Este texto nos explica qué es la sinestesia, cómo funciona y lo que se sabe de ella hasta ahora en términos neurológicos e incluso genéticos.

Hay personas que cuando leen la primera línea de Lolita de Vladimir Nabokov en una edición cualquiera, la ven en colores. El escritor Daniel Tammet, por ejemplo, percibe las palabras que empiezan con “L” de color azul: “Lolita, love of my life…”.

Tammet también tiene la capacidad para memorizar 20,000 cifras de pi. Pero más que una simple asimilación del orden de cada uno de los números que lo componen, los recuerda por el color, la forma y la textura dentro de la secuencia natural que ocupan. Sólo para tener una equivalencia, este texto contiene casi 6,500 caracteres, incluyendo los espacios —sólo un tercio de la combinación numérica que él se sabe—.

Además de Tammet, hay personas caminando en este planeta que ven la multiplicación de 5×2 de un color que asocian con el 7. Algunos leen a Antón Chéjov de color morado y otros para quienes los días de mayo son naranjas. También están los que ven a su pareja en verde, a Tchaikovsky lo escuchan en azul y el pollo de las enchiladas de mole poblano les parece rugoso.


Vassily Kandinsky, Composición 6, 1916.

 

Estas son situaciones que describen lo que viven las llamadas “personas sinestésicas”. Un atributo neurológico particular, les permite desencadenar experiencias secundaria de un estímulo sensorial inicial, como lo puede ser escuchar un sonido, detectar una forma o leer un número. El primer registro aceptado entre la comunidad científica de un caso sinestésico se remonta a 1812, cuando Georg Sachs describió su propia sinestesia en su tesis para obtener el título académico en medicina: en ella daba constancia de casos en los que percibía números y letras de colores. Sin embargo, las características generales de esta condición fueron descritas con detalle hace unos 100 años. Desde entonces se ha trabajado para discernir aquellos procesos perceptivos que podrían estar considerados dentro del espectro sinestésico.

Nabokov mismo era sinestésico y su percepción única del mundo se reflejó en su trabajo literario. Veía las letras en colores, lo que le hizo generar un arcoíris con sus obras: de hecho inventó la palabra kzspygv, que para él significaba justamente “arcoíris”, pues la podía ver en el espectro que va del rojo al violeta. Le gustaba especialmente el escritor Nikolái Gogol, pues consideraba que era el primer autor ruso que valoraba el color amarillo y violeta en su escritura.

Otro personaje sinestésico cuya condición impactó fuertemente en su trabajo fue Richard Feynman, físico reconocido por su investigación en electrodinámica cuántica, que veía las fórmulas matemáticas de colores. No lo sabemos, pero probablemente esta capacidad perceptiva, que le llevaba a preguntarse cómo era que sus alumnos veían las matemáticas de la física si no era a través de los colores, le ayudara de alguna manera a ser merecedor del premio Nobel en 1965.

Para los que no somos sinestésicos, comprender esta condición resulta complicado. El profesor de neurociencia de la Universidad de Sussex, Jamie Ward, nos propone un ejercicio: si vemos un número 5 de color verde, no podemos “apagar” ese color o cambiarlo por un rosa, por ejemplo. Pero en nuestra imaginación el número 5 podría tomar cualquier color posible. A quienes la presentan, la sinestesia les da la posibilidad de adquirir información de la naturaleza sin tener que hacer ese ejercicio activo de imaginación: las situaciones simplemente son así, la respuesta sensorial involucra dos sentidos pero sin que uno sustituya al otro —razón por la cual sabemos que la percepción de los sinestésicos no es una alucinación ni una ilusión—.

Al contrario de lo que quizás imaginaríamos, Tammet explica que esta condición no le es en lo absoluto incómoda sino que le permite acercarse al mundo más allá de su simple reconocimiento. Está convencido de que “diferentes formas de percibir crean diferentes formas de saber y de comprender”. Además, agrega, “nuestras percepciones personales son el corazón de cómo adquirimos conocimiento. Los juicios estéticos, en vez del razonamiento abstracto, guían y moldean el proceso por el cual llegamos a conocer lo que conocemos”.

Esta idea coincide con lo que discute el doctor Ward, quien considera que la sinestesia nos invita a reconsiderar el concepto de lo “normal”. Sin importar si se nació con la sinestesia, si se desarrolló a lo largo de la vida –a causa de un accidente, por ejemplo-, o si se carece de esta situación perceptiva secundaria, cada una de nuestras experiencias tienen un impacto cognitivo único. Hay estudiosos que incluso se aventuran a asegurar que todos los humanos nacemos con cierto grado de sinestesia, pero que vamos perdiendo conforme nuestro cerebro se desarrolla. En este sentido, los sinestésicos tienen el valor agregado —es decir, además de la condición perceptiva— de que su capacidad puede ser un modelo para la comprensión neurológica y fenomenológica.

Se ha buscado dar constancia de las causas de la sinestesia en términos neurológicos. La imagenología de cerebros sinestésicos ha mostrado diferencias estructurales y funcionales con respecto al de las personas que no presentan la condición, lo que podría dar evidencia de la existencia de más conexiones neuronales. Aunque dichas diferencias ocurren en regiones cerebrales que no procesan la información sensorial, sí están cerca de aquellas que efectivamente se encargan de la vista o del olfato, por ejemplo. Incluso hay quienes apoyan la hipótesis de que los cerebros sinestésicos carecen de una delimitación entre los distintos sentidos: de ahí que una palabra tenga un color, por ejemplo. Ante esta situación, el tema de las conexiones neuronales y su relación con la percepción está enmarcado en un debate que merece más evidencia.

Recientemente, también se han hecho estudios para comprender a la sinestesia desde la biología molecular, pues hasta ahora los mecanismos a este nivel son muy poco conocidos. En un intento por comenzar a llenar este vacío, un grupo de investigadores europeos trabajó con tres familias que cuentan con varios miembros sinestésicos y publicaron sus resultados a inicios de este año en la prestigiosa revista arbitrada de Proceedings of the National Academy of Sciences. Tan sólo en dos de ellas, la abuela, la madre y las tres hijas presentaban la condición. Esto es interesante porque, a grandes rasgos, se calcula que en el mundo hay 5 mujeres sinestésicas por cada hombre con la característica. De las familias analizadas en este estudio, todos los sinestésicos tienen la que se refiere al sonido-color, en donde un estímulo auditivo desencadena una percepción cromática.

El material genético de los integrantes de las familias fue secuenciado, con el propósito de hallar diferencias a este nivel. Concretamente, se analizó el exoma, que son los mensajes moleculares producidos a partir de la información contenida en el ADN. De esta manera, los científicos conocen las partes del material genético que tienen actividad y, por tanto, relevancia para las células.

Aunque los autores del trabajo mencionan que, por la heterogeneidad de la sinestesia, es difícil atribuir su causa a una sola región en el material genético, lograron identificar seis genes que podrían ser importantes para los sinestésicos de sonido-color. Cada uno de estos está implicado en la axogénesis: el proceso fisiológico por el cual las neuronas generan estructuras para conectarse entre sí e integrar distintas zonas del cerebro. Este resultado es interesante, porque provee de sustento molecular a la conexión neuronal pronunciada que vemos en el cerebro de los sinestésicos.

Otro resultado interesante es que los investigadores no encontraron convergencia entre sus datos genéticos y lo que hay reportado para personas con autismo también a nivel molecular. Esto es importante porque esta condición es, ocasionalmente, asociada con condiciones en el espectro autista, como el Síndrome de Asperger. El mismo Tammet se describe como “savant autista de alto rendimiento, con autoconciencia y dominio del lenguaje”. Sin embargo, los autores del estudio concluyen que cuando una persona presenta ambas condiciones, debe ser más una coincidencia biológica que una similitud de causas genéticas. También concluyen que las asociaciones experimentadas por estas personas son más consistentes durante la infancia, por lo que aquellas variantes genéticas causantes de su condición actúan en concierto con sus vivencias tempranas.

Finalmente, los autores del reciente estudio sostienen que la sinestesia, al ser una “anomalía no patológica de la integración sensorial”, es improbable que reduzca la supervivencia y reproducción de las personas que poseen esta habilidad. De hecho, la describen incluso como una “variación saludable en la integración sensorial”.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

Referencias:

Holabird, J. (2006) Vladimir Nabokov, alphabet in color. Ginko Press.

TED Talks (2011) Daniel Tammet: different ways of knowing. (Revisado el 21 de marzo de 2018).

Tilot, A. et al (2018) Rare variants in axonogenesis genes connect three families with sound-color synesthesia. PNAS

Ward, J. (2013) Synesthesia. Annual Review of Psychology. 64:49-75

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Los talentos excepcionales han sido siempre motivo de intriga y estudio, de envidia y juicio. Como exponentes de aquello que está entre lo valioso y lo anormal, aquellos que tienen capacidades pasmosas para apreciar y generar sonidos ocupan un lugar especial. Desde ver colores en la música hasta calcular frecuencias en aleteos de insectos, este texto recuerda el trabajo del neurólogo Oliver Sacks alrededor de la musicofilia en un esfuerzo por expandir nuestro concepto de normalidad.

En la escena aparece su padre al piano, interpretando una pieza musical. El señor Samuel Sacks se entregaba a la música con los ojos cerrados, mientras en su rostro se dibujaba una expresión soñadora. “Siempre decía que oía mejor la música cuando tenía los ojos cerrados”, cuenta su hijo, pues sólo bloqueando las sensaciones visuales era capaz zambullirse en el mundo auditivo.

Oliver Sacks (1933-2015), aclamado neurólogo inglés, recuerda esta escena de su infancia y se plantea la siguiente cuestión: si los niños que crecen en un ambiente lingüístico pobre, tienden a presentar problemas del habla, ¿será que aquellos que crecen rodeados de música pueden desarrollar un talento especial en relación a su capacidad de percibirla y reproducirla? La respuesta está en su libro Musicofilia (Anagrama, 2009), y se construye con el estudio de casos de personas que tienen “capacidades especiales” asociadas a la música.

“La propensión a la música, esta ‘musicofilia’, surge en nuestra infancia, se manifiesta y es fundamental en todas las culturas, […] probablemente se remonta a nuestros comienzos como especie”, dice Sacks en su prólogo. El propósito de la música para la especie humana es claro: el baile, los rituales, el entretenimiento y la cohesión social. Pero la música, para Sacks, trasciende a la evolución humana y en realidad es palpable en las historias de vida de cada uno de los humanos de este planeta: en los sonidos que percibimos cuando estuvimos dentro del cuerpo de nuestras madres y que comenzaron a formar nuestra capacidad auditiva, o en aquella música que, por su tono o ritmo, asociamos con un poder terapéutico o de relajación. La música es relevante incluso por su ausencia, como es el caso de personas con sordera y los procesos que desata: la capacidad para transformar las vibraciones en texturas, por ejemplo.

En Musicofilia, el neurólogo narra las historias de personas que se le cruzaron en el camino y que le permitieron construir su concepto de sobre la musicalidad y las manifestaciones “excepcionales” que puede tener: desde sus padres –ambos amantes de la música–, hasta los pacientes que lo buscaron para tratar variadas condiciones auditivas anormales. Los recuerdos de su infancia son el hilo conductor de la obra, que se mezcla transversalmente con la evidencia científica disponible hasta la primera década del siglo XXI sobre las distintas capacidades de percepción musical. Se trata de un ejercicio sobre cómo podemos entender las habilidades diferentes tanto de manera individual como socialmente. Más allá de la ciencia y su comunicación efectiva, Sacks se preocupa por considerar las particularidades en aquello que consideramos fuera de lo común.

La variedad de condiciones es inmensa: hay individuos que no atendió pero que estudia indirectamente, como el compositor estadounidense Michael Torke, quien es lo que se denomina un “cinestésico” y que puede, literalmente, “ver las piezas musicales de color azul”; o sus pacientes como Samuel S. que sufría de afasia –la incapacidad o dificultad para comunicarse a través del habla– pero que era capaz de expresarse cantando; George, al que describe con “un impulso, energía, dedicación, un amor apasionado por la música, pero carece de una competencia neurológica básica: su ‘oído’ es deficiente”; Cordelia, que tiene un oído perfecto, pero que “nunca podrá distinguir la música buena de la mala, porque sufre de una profunda deficiencia (aunque no se dé cuenta) en su sensibilidad y gusto musical”; y finalmente Jon S., quien escuchaba melodías en el momento exacto en que sufría ataques convulsivos.

La relevancia de la música es la vida del ser humano se revela increíble. Cuántos dedos necesitaremos para contar a los humanos que se han despertado con una melodía en la punta de la lengua sin tener claro de dónde vino (si no, pregúntenle a Paul McCartney, quien cuenta que recibió a Yesterday producto de una epifanía según cuenta Sacks, entre otras anécdotas). Se antoja hacer un banco de datos de todos los niños prodigio que, más que una torta bajo el brazo, vienen con una batuta; de pedirle a Pantone Inc. que publique un catálogo de colores nuevos inventados por los cinestésicos estudiados cada año. Y quizás organizar una reunión internacional en la que los chefs más famosos del mundo se congreguen para acercarse a los sabores que percibe alguien al interpretar el Adagio en sol menor de Albinoni. Incluso podríamos echar mano de la ayuda de algún entomólogo, como Olavi Sotavalta, experto en los sonidos de los insectos en el vuelo y que tenía la capacidad inaudita de calcular la frecuencia exacta de sus aleteos con sólo escucharlos.

Además de describir a un grupo de personas con una afinidad musical pasmosa, el libro de Sacks navega por la intriga y la sorpresa del supuesto de que los humanos seamos una especie tanto lingüística como musical. Destaca que la complejidad en la generación y percepción de la música existe prácticamente en todos nosotros, sobre quienes la música “ejerce un enorme poder, lo pretendamos o no, y nos consideremos o no personas especialmente ‘musicales’”, dice Sacks. Nuestra especie tiene más de una región cerebral asociada a la musicalidad, lo que ha permitido que nuestro gusto por los sonidos melódicos se derive de conductas más bien “primitivas”: como que nuestra madre nos arrulle de bebés.

Las experiencias de sus pacientes y la evidencia científica son una muestra: ya sea resultado del proceso evolutivo o porque nuestro cerebro es particular. Sobre el primer caso, Sacks explica que “incluso las personas que padecen sordera profunda podrían tener una musicalidad innata. Los sordos a menudo aman la música, y son muy sensibles al ritmo, que sienten en forma de vibraciones, no de sonidos”. En el segundo caso, el psiquiatra y neurólogo menciona que se ha visto que el cuerpo calloso, “la gran comisura que conecta a los dos hemisferios cerebrales, es más grande en los músicos profesionales, y que una parte del córtex auditivo, el plano temporal, posee un ensanchamiento asimétrico en los músicos que tienen tono absoluto”.

Sabemos que se ha descrito como prodigios a aquellos con capacidades extraordinarias para la interpretación musical y a quienes el adiestramiento en la música les ha dado habilidades insólitas. Pero Saks nos recuerda que las capacidades musicales poco comunes también han estado asociadas a juicios sobre la inferioridad que en la actualidad hemos comenzado a repensar. Es el caso de los denominados savant.

Sacks sostiene que desde 1887 este nombre ha categorizado a personas consideradas “débiles mentales [pero] que poseían ‘facultades’ especiales y a veces extraordinarias” entre las que se incluye el cálculo, la mecánica, la composición, interpretación y capacidad para recordar la música. Sacks dice que se ha demostrado que más del 10% de las personas con autismo poseen talentos de savant. Fue en 1999 cuando Allan Snyder y D. J. Mitchell, dos estudiosos de la mente, en lugar de cuestionar cuál era la razón detrás de los talentos savant, preguntaron por qué no todos desarrollamos sus habilidades musicales. Junto con varios psiquiatras, tomaron esta pregunta –un poco tautológica: si son poco comunes es justamente porque no todos los tienen–, como base para distintos trabajos de investigación. Aunque sus resultados son modestos, han logrado demostrar que “quizá un 30% de los adultos ‘normales’ poseerían potenciales de savant latentes o reprimidos, que podrían liberarse en mayor o menor medida con técnicas especializadas”, como menciona Sacks.

Las habilidades de los savant se desarrollan sólo gracias a un trabajo constante, “a veces estimulados por el placer de ejercitar un talento especial”, dice Sacks. Son capaces de crear con aquello que les queda al alcance. Es el caso de los ciegos, que crean el mundo a través del tacto y el sonido, tal como lo hizo Maria Theresia von Paradis: compositora ciega, amiga de Mozart, el cual incluso le dedicó un concierto como reconocimiento a sus habilidades. A los 18 años, María logró recobrar un poco la visión gracias a un tratamiento médico, pero parece ser que esto redujo su capacidad musical. La interrupción del tratamiento significó perder la poca capacidad visual que había adquirido pero también recuperar sus habilidades melódicas.

Una de las lecciones del libro de Musicofilia es que da nombre a personas con las que convivimos todos los días. Probablemente no los reconozcamos, porque en muchas ocasiones ellos tampoco se reconocen. Sacks cuenta, por ejemplo, que sus personajes a veces reconocían sus capacidades musicales sólo hasta que pisaban el consultorio o cuando alguien más se las señalaba. Otros llegan a acostumbrarse a tener musicofilias repentinas, como quienes escuchan música durante un ataque convulsivo. Unos más, como los savants, logran sacar el mayor provecho de sus talentos en las condiciones correctas. Pero en todos los casos están ahí retando a los límites de lo que consideramos típico o normal.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

 

Referencias:

Montagu, J. (2017) How music and instruments began: a brief overview of the origin and entire development of music, from its earliest stages. En Frontiers in Sociology, Evolutionary sociology and biosociology. Consultado el 14 de noviembre de 2017. 

Sacks, O. (2015) Musicofilia. Barcelona. Editorial Anagrama.

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Un estudio reciente sugiere que los individuos que han sido diagnosticados con esquizofrenia tienen una percepción del tiempo y de los procesos temporales que es distinta a la común.

La primera descripción que se hizo de aquellas personas que presentaban distorsiones en la percepción del paso del tiempo vino de un estudioso de la Tierra, no de un psiquiatra. Fue a finales del siglo XIX cuando el geólogo Albert Heim describió que casi la totalidad de los alpinistas suizos a los que había entrevistado para un estudio, le reportaron experimentar una alteración del tiempo durante las caídas accidentales.

En una publicación de 1892, Heim contaba que, al caer, los alpinistas experimentaban “una rapidez mental dominante y una sensación de seguridad. La actividad mental se volvió formidable. […]. No hubo confusión. El tiempo se expandió enormemente”. Además de describir que sus pensamientos se volvían más rápidos y su atención más aguda, éstos recordaban percatarse de que el tiempo externo se dilataba; contaban que éste se hacía más lento.

Ilustración: Patricio Betteo

Ilustración: Patricio Betteo

Es claro que los procesos biológicos que gobiernan el comportamiento de los organismos están controlados por el tiempo; sólo hay que ver el hibernar de un oso o el fenómeno de migración de las mariposas monarcas. El concepto del reloj biológico incluso le mereció el Premio Nobel de Medicina o Fisiología 2017 a tres investigadores que demostraron las bases moleculares en la relación fiosológica-temporal. Las explicaciones de estas conductas hablan de un control interno basado en el tiempo, que determina los procesos naturales de las células de los organismos.

En el caso de los humanos, este reloj interior ––además de estar estrechamente relacionado con los cambios en el ambiente, como sucede con todos los organismos–, también se asocia a los procesos cognitivos. La razón por la que los humanos podemos experimentar una disparidad en la percepción del tiempo es, sin duda, resultado de la compleja red neuronal en nuestro cerebro. Pero también se debe a que somos seres que sienten, que tienen memoria y que se enferman: todos estos eventos regulan la manera en que comprendemos el “paso del tiempo”. Este se refiere a los juicios que hacemos sobre la duración de intervalos de tiempo determinados, así como del procesamiento que significa nuestra forma de comprender lo temporal (por ejemplo, el juicio que hacemos de manera inconsciente al acomodar los sucesos que han pasado cronológicamente).

En general, se ha recurrido reiteradamente a la adrenalina que secretamos en situaciones de estrés como una de las explicaciones causales del cambio en nuestra noción del tiempo. Es verdad que el rápido latir de nuestro corazón y un estado de alerta son resultados directos de la acción de esta hormona. Otra hipótesis que intenta dar cuenta de lo que ocurre en nuestro cuerpo ante experiencias que nos hacen ver el paso del tiempo más lentamente, se divide en dos partes. En la primera se dice que los procesos cognitivos “aumentan” u operan de forma más evidente ante la existencia de situaciones aterradoras. Aquí la actividad del locus cerúleo, encargado de la regulación del estrés y del pánico incrementa. La segunda parte del postulado se basa en la premisa de que tenemos un sentido del paso normal del tiempo que depende de la relación que hay entre nuestras acciones y los eventos externos. Es así que, al estar más alerta de lo normal y tomar decisiones rápidas, nuestro cerebro se da cuenta de que la relación entre lo que hay dentro y lo que hay fuera de nosotros ha cambiado. Como consecuencia nos parece que el tiempo se hace más lento.

Desde esa primera descripción hecha por Heim, el tema de la percepción del tiempo ha mantenido ocupados a los expertos. Por otro lado, dado el abordaje tradicional en el estudio de “lo humano”, las enfermedades suelen ser un buen punto de partida para la investigación, pues permiten discernir entre lo que categorizamos como normal y lo que nos parece anormal y sus manifestaciones. El caso del estudio de la mente y de la percepción del paso del tiempo no es la excepción: hay una buena cantidad de trabajos que se han centrado en estudiar la manera en que este fenómeno se presenta en personas que tienen trastornos como la esquizofrenia, el Parkinson, o la depresión.

Los resultados de estas investigaciones suelen ser contradictorios por lo que, este año, Sven Thoenes y Daniel Oberfeld, investigadores de dos universidades alemanas, se dieron a la tarea de revisar los estudios científicos de los últimos 65 años en los que se discute la percepción del tiempo en pacientes diagnosticados con esquizofrenia.

De la comparación de estudios que en principio parecen contradictorios y del análisis de aquellos que tuvieran un mayor poder explicativo, estos dos investigadores concluyen que las personas con esquizofrenia perciben el tiempo y procesan las secuencias temporales de forma distinta a como lo hacen las personas sin este diagnóstico psiquiátrico. El juicio y procesamiento de los pacientes a los que se refiere el análisis es menos preciso y más variable: tienden a percibir el tiempo pasar más rápido, y a veces la duración de los intervalos suele ser errática. Por ejemplo, cuando en uno de los estudios analizados por Thoenes y Oberfeld se les pidió que estimaran el tiempo durante el cual habían observado un cuadro en una pantalla, los pacientes presentaron más disparidad en sus cálculos a comparación de las “personas control”.

También fue clara una distinción en cuanto a las funciones cerebrales. Las personas diagnosticadas con esquizofrenia exhiben una actividad más baja en zonas como el cuerpo estriado, la corteza motora, y la ínsula, mismas que se relacionan con nuestra capacidad de juzgar la duración de los eventos. De hecho, de la revisión de trabajos que analizan la actividad cerebral se desprende la hipótesis de que existen distintos mecanismos neuronales relacionados a la medición de la duración de los eventos, aunque éstos todavía no se describen en su totalidad.

Otros estudios han abordado ya a las estructuras neuronales responsables de la percepción del paso del tiempo como los ganglios basales, el lóbulo parietal, el cerebelo, y el hipocampo. Al funcionamiento coordinado de todas estas partes del cerebro habría que agregar aquellas encargadas del procesamiento de la memoria, la atención, y los estados emocionales para darnos una mejor idea de la intrincada complejidad que implica la percepción del tiempo a nivel nervioso. La explicación que dan Thoenes y Oberfeld para la distorsión del tiempo en el caso de la esquizofrenia es que el reloj interno de las personas con este diagnóstico “no trabaja de forma constante”. Así, de la revisión de los trabajos surgieron dos hipótesis: ya sea que el reloj interno de quienes han sido diagnosticados con esquizofrenia trabaja de forma acelerada, o que tienen una representación alterada de la duración de los sucesos en su memoria a largo plazo.

Otra suposición que se desprendió involucra a los medicamentos. Del análisis de los trabajos publicados en los últimos 65 años, los autores detectaron que algunos estudios que revisan el uso de fármacos en el tratamiento de la esquizofrenia destacan que éstos podrían tener como valor agregado la reducción en la percepción dispar del tiempo. Sin embargo, los autores reconocen que este rubro carece de evidencia robusta y se necesitan más trabajos en el tema para llegar a cualquier conclusión.

Finalmente, otras investigaciones revisadas por los alemanes han propuesto que las personas que tienen una percepción temporal distinta es porque en realidad carecen de las estructuras biológicas que transportan la información relevante sobre el paso del tiempo. Por ejemplo, a nivel de los canales celulares que están presentes en la membrana y se encargan de transportar moléculas del exterior al interior ––o viceversa– para lograr el paso de impulsos eléctricos de una neurona a otra. Sin embargo, los estudiosos aún no han podido asegurar qué grado de responsabilidad tienen las propias células nerviosas en la manifestación de estos fenómenos.

La esquizofrenia no es el único trastorno psiquiátrico asociado con la disparidad en la percepción del tiempo. Se ha visto que la depresión y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad también presentan este fenómeno. Pero como ya lo describió Heim hace poco más de cien años, no es preciso padecer un “trastorno mental” para detectar la disparidad del tiempo. De ser así, muchos no entenderíamos la analogía que utilizó Albert Einstein para explicar la relatividad: “pon tu mano sobre una estufa caliente por un minuto y te parecerá una hora. Siéntate con una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto”. Lo que hace relevante el estudio de la percepción del transcurso del tiempo en las personas con diagnósticos psiquiátricos es la comprensión que puede derivarse de ella, que nos acerca a la empatía y aleja de los estigmas.

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.


Referencias

Arstila, V. (2012) Time slows down during accidents. Frontiers in Psychology, 3:196.  10.3389/fpsyg.2012.00196

Fontes, R. et al (2016) Time perception mechanisms at central nervous system. Neurology International, 8(1), 5939.

Thoenes, S. & Oberfeld, D. (2017) Meta-analysis of time perception and temporal processing in schizophrenia: differential effects on precision and accuracy. Clinical Psychology Review, 54, 44-64.

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