El orgullo loco ha llegado a México. Usuarios, exusuarios y sobrevivientes de la psiquiatría invitan a escuchar y celebrar sus experiencias con la locura.

Para una aficionada a los postulados de la psiquiatría crítica y la antipsiquiatría, saber del paso por México en la década de 1970 de algunos de sus mayores exponentes fue una muy emocionante sorpresa historiográfica. Frente a países hispanohablantes como España, Chile o Argentina, México se ha tardado mucho ver surgir un movimiento de usuarios y partícipes de la psiquiatría que cuestione los principios, prácticas y abusos de la disciplina. ¿De verdad desaprovechamos flagrantemente haber reunido a Franco y Franca Basaglia, a David Cooper, Thomas Szasz, Marie Langer y Félix Guattari en distintas conferencias sobre la locura y el futuro de la psiquiatría?

Según recoge Francisco Dosil de los conversatorios sostenidos entonces, las ideas debatidas tuvieron algunas consecuencias inmediatas en México: la creación de centros comunitarios de atención, el establecimiento de un Red de Apoyo a la Crisis, y la traducción y publicación de textos fundantes sobre la dificultad de asir la locura.1 Entre quienes convocaron a estos personajes estaban Iván Ilich y la socióloga Sylvia Marcos, participante del Centro Intercultural de Documentación en Cuernavaca fundado por el austriaco (y cuyo trabajo urge que revisitemos). El tema en México agarró cierto vuelo; la prueba está en que en octubre de 1981 tuvo lugar el Primer Encuentro Latinoamericano y el Quinto Mundial de la Red Alternativas a la Psiquiatría en este país. Sin embargo, como bien dice Dosil, no pasó de ser un “movimiento minoritario”. Nunca acabó de hacer primavera, ni dejó escuela.

Ilustración: Alberto Caudillo

Cuarenta años después, sin embargo, una de las inspiraciones de ese breve episodio antipsiquiátrico —el cierre y demolición del mítico manicomio de La Castañeda—, resurgió en la convocatoria del grupo Sin Colectivo a la primera marcha por el orgullo loco en México el próximo 27 de julio. Una marcha para “reivindicar y celebrar nuestra locura, además de manifestar nuestro posicionamiento sobre el estado actual de los sectores de la población y del Estado que se ven vinculados por algún motivo al fenómeno de la locura en México”.

Con esto, la Ciudad de México se suma a la larga lista de lugares que desde hace décadas celebran el Mad Pride, un movimiento muy variado cuyo eje está en que los pacientes, usuarios, sobrevivientes y combatientes sean quienes tengan tienen la última palabra sobre los usos y abusos del sistema psiquiátrico. Como dice Víctor Lizama, activista de los derechos de las personas con discapacidad psicosocial y el responsable de haber reunido al resto del grupo que hace apenas unos meses se estrenó con el nombre de Sin Colectivo: “los expertos por experiencia”.

La primera de estas movilizaciones suele ubicarse en Toronto en 1993, cuando exinternos psiquiátricos se organizaron porque las autoridades del barrio de Parkdale se negaban a darles habitación. Como recojo en este texto sobre la primera marcha del tipo en España el año pasado, una de las batallas que se repite es la del concepto a elegir para darle identidad al movimiento. El de Toronto terminó llamándose “Psychiatric Survivor Pride Day”. Al “Orgullo loco” en español, los convocantes mexicanos suman la “cultura loca”.

¿Usuarios, diagnosticados o sobrevivientes?

Los integrantes de Sin Colectivo reconocen tener relaciones muy diversas con la psiquiatría y el paradigma biomédico en el que se sostiene. A pesar de que en conjunto desaprueban la medicación y el internamiento forzado y las violaciones a derechos humanos que se cometen en hospitales, clínicas y centros de atención a la salud mental (porque esto sí sucede, queridos lectores), también se pronuncian contra el “Nulo acceso y calidad de tratamientos con psicofármacos”. Entonces, en el colectivo hay quienes se medican, quienes se medicarían de ser necesario y quienes no quieren volver a saber de fármacos jamás. Están los que se explican la enfermedad mental de forma biologicista y los que creen que el foco está en los factores ambientales y sociales. Los que son “usuarios”, los que tienen una “discapacidad psicosocial” y los que son “sobrevivientes”. Todos, eso sí, encuentran algún eco en lo que engloba la “locura” y suscriben las ganas de combatir el estigma, la discriminación y la violencia que la ha rodeado históricamente.

“No estamos haciendo pruebas de funcionalidad”, me dicen. Lo que hacen como grupo es acompañarse y aprender de las experiencias del otro. Recogen las prácticas de los grupo de apoyo mutuo, que son un elemento cada vez más central en las iniciativas y experimentos por crear un sistema de salud mental basado en la comunidad y no en la hospitalización.

Además de la marcha, organizaron el Primer Foro Mexicano de Personas Expertas por Experiencia en Salud Mental —que tendrá lugar el 26 de julio en la Biblioteca de México— y están buscando otras maneras de intervenir en la conversación pública sobre la salud mental. Un espacio de encuentro para algunos de ellos ha sido, por ejemplo, Radio Abierta, una radio realizada por personas con experiencias psiquiátricas con más de diez años al aire.

Otro ejemplo es lo que ha hecho Trini Ibarra, miembro del colectivo y artista visual interesada en “utilizar el arte como herramienta de inclusión y también de sanación” entre quienes tienen un diagnóstico psiquiátrico (algunos de sus proyectos en este sentido están disponibles en YouTube, no dejen de ver Luz de las seis). Iván Maceida, que es dentista, quiere que el colectivo logre hablar de “derechos, diversidad y dinámicas familiares” —recuerda la historia de una amiga suya que se tardó mucho tiempo en encontrar apoyo dentro de su familia cuando empezó a tener síntomas psiquiátricos— y a Maricela Labrada le interesa traer a la luz la violencia que ha vivido durante sus internamientos.

Quizás difieran en los métodos y el alcance de este nuevo movimiento. Mientras algunos de sus integrantes participan de redes internacionales como la Red Latinoamericana y del Caribe de Derechos Humanos y Salud Mental, y la RedEsfera Latinoamericana de la Diversidad Psicosocial, hay quien no se ha sentido cómodo en estos espacios. Trini Ibarra explica que los lazos con otros contextos culturales son fundamentales para hacerse preguntas y aprender de otras experiencias, pero cualquier red necesita de “puntos básicos de anclaje para crear comunidad: el diálogo constante, la escucha, el respeto, el compromiso por un bien común, por nombrar sólo algunas cosas”.

La variedad de experiencias que resultan de la locura son difíciles de agrupar y priorizar, y los aliados tampoco vienen naturalmente. Para esta primera marcha se llama a todos aquellos que se reconozcan con “condiciones mentales distintas” y sean usuarias de los distintos servicios asociados. También llama a amigos, familiares, compañeros y cuidadores; colectivas feministas; usuarios de drogas; integrantes de la comunidad LGTBIQ; integrantes de comunidades indígenas; activistas y público en general. Y es que la historia de los movimientos por la reivindicación de la locura está llena de partidarios que combinan demandas de formas potentes; la teoría feminista, por ejemplo, sostiene que el sistema psiquiátrico es mucho más estricto con las mujeres o de plano patriarcal en su conjunto (Bonnie Burstow dixit) y aporta elementos para su completa abolición.

Urge discutir la locura, los discursos y los sistemas de los que es parte, pero sobre todo urge hablar de sus actores: hay mucho que destejer y volver a tejer en nuestra idea de lo distinto. Empecemos por escuchar lo que los locos orgullosos tienen que decir.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.


1 Francisco Javier Dosil Mancilla, “La locura como acción política. El movimiento antipsiquiátrico en México”, Revista Electrónica de Psicología Iztacala, (22)1, marzo 2018, pp. 628-645.