Un recorrido a través de la búsqueda de respuestas al malestar. Entre los médicos que no parecen tener tiempo para tomar una llamada, acupunturistas confiados que no cobran la consulta y un misterioso “Capitán de las galaxias”, la cura no es magia, pero tampoco está en donde suponemos.

Al menos para mí, ir al médico es una experiencia turística. Lo que pretendo a cambio del pago —siempre excesivo— no es que me revise la presión y los pulmones, sino que me acompañe en un recorrido por el país que habito para que conozca su clima y su idioma, pero sobre todo a los menesterosos que viven en las calles, la basura de las banquetas, el cielo embarrado de dióxido de carbono. Quiero que me acompañe como enfermo que siente y sufre, no como médico que diagnostica y cobra.

Me entristece cuando sustituye el paseo por una imagen que le da una captura de la realidad, una captura indiscutible, fija, una selfie que suplanta y disimula. Si mi compañero de viaje en vez de detenerse, husmear, conversar, palpar, probar y descubrir, se lleva una serie de instantáneas convencido de que ha comprendido todo, es un ingenuo. Como tantos otros, ha sucumbido al brillo de la tecnología y al poder de los fármacos.

Uno se encuentra con todo tipo de médicos, pero advierto que la humildad no es una de las cualidades características del gremio. Quizá sea necesario proyectar esa imagen de superioridad para reanimar la fe perdida por los pacientes en el peregrinaje por los consultorios, pero algunos se la creen. De mi archivo titulado “Postales”, puedo destacar la de un acupunturista tan seguro de su poder que decidió no cobrarme hasta que el dolor hubiera desaparecido. Pasaron meses sin cambios, pero como no tenía otro lugar para depositar mis esperanzas, me mantuve aferrada a la ilusión y un día pagué cada una de las sesiones; no sabía que estaba a escasas horas de la despedida. Otra postal muestra a un ortopedista, menos arriesgado que el anterior, que ofreció descolgar su título si en un mes no lograba suprimir el dolor agudo ya inherente a mi nervio ciático. A las dos semanas mandé un “SOS” desenfrenado y suplicante comunicándole que las medicinas no estaban funcionando, lo cual provocó una airada reacción (con un emoticón para ilustrar) “¿Pensabas que era magia?”. Sin duda su título se mantiene, incólume, detrás de su escritorio.

Ilustración: Jonathan Rosas

Si la pedantería me resulta intolerable, la desatención telefónica me desorganiza: estoy segura de que los médicos firmaron un pacto para no atender llamadas. No pretendo estigmatizarlos, quizás el primero de enero de algún año reciente se reunieron en una cumbre mundial para resolver, por unanimidad, que no querían ser molestados, Su trabajo consiste en revisar a los pacientes, hacer un diagnóstico y darnos instrucciones lacónicas: “Zaldiar dos veces al día. Mañana, tarde y noche” ¿Para qué sirve? ¿cuáles son los efectos secundarios? ¿se puede beber alcohol? No se molestan en brindar esos detalles. Dr. Google sí responde las veinticuatro horas del día de manera atenta y veloz.

Yo salgo de cada consulta muy contenta, pensando que el papelito blanco con la firma del médico estampada es mi pase al paraíso, pero los días transcurren y el dolor persiste; ante la desesperación aterriza en mi memoria el comentario fugaz del médico: “Si acaso no mejoras, me llamas”. Confiada, sigo uno a uno los pasos descritos por la secretaria y marco a las once, cuando está con un paciente, luego a la una y a las cinco, pero está en el hospital; en ese momento las dosis diarias de morfina pasan de dos a tres; a las seis no ha regresado y a las ocho ya se fue.

Como soy perseverante, reinicio la operación al día siguiente a las nueve de la mañana, cuando aún no ha llegado. Consciente de que se requieren estrategias refinadas para alcanzar mi objetivo le hago plática a la secretaria, le cuento mis males, intento ser graciosa y le suplico con una sonrisa que ella no ve pero debe imaginar: “no seas mala, usa tus superpoderes, si no me llama el doctor en dos horas me encontrarán muerta y ni siquiera he firmado el testamento, así que algún funcionario corrupto se quedará con mi fortuna”. Este último argumento tiene efecto en mi interlocutora que promete devolverme la llamada en cuanto llegue el médico. Durante las horas siguientes mantengo bajo vigilancia mi teléfono, el celular y también el reloj, y a las nueve de la noche descubro que sólo el último registra cambios. Empiezo a entender por qué se ha incrementado el consumo de opiáceos en el mundo.

Para mi sorpresa, a las diez y media de la noche suena el teléfono: es el doctor pidiendo información. “El dolor no ha disminuido, estoy llegando al límite”. “Aumenta la dosis de morfina”, resuelve el médico. “Ya lo hice”, respondo. “Entonces toma la vitamina B tres veces al día en vez de dos.”

¿Y si no funciona?

“Me llamas”.

***

La no-salud nos deja en condiciones de fragilidad extremas: entre más intenso sea el dolor o más grave la enfermedad, más dispuestos estamos a hacer y a creer en cualquier cosa, por extravagante que sea. Cuando el dolor nos parte en dos, liquida las resistencias construidas a lo largo de la vida. Esa anemia emocional mantiene a médicos, farmacéuticas, laboratorios, terapeutas, libros de sanación y charlatanes. Resignados a no encontrar explicaciones racionales, buscamos soluciones y mendigamos esperanzas.

Hoy acudí a mi cita con el brujo que me recomendaron. Al entrar a su casa tomé conciencia de que el sentido común me había abandonado. La escenografía, creada con veladoras, efigies e incienso reproducía decorados de películas de tercera. Lo realmente inaudito era el diploma que destacaba entre las chucherías y acreditaba al hombre a quien yo había acudido para sanarme, como “Capitán de las galaxias”. ¿Por qué estaba yo ahí? Por si acaso, por desesperación, por idiota. Podía huir sin problema, pero me quedé hasta que salió el capitán (poco glamoroso, por cierto) para conducirme al consultorio que antes debió ser una cocina.

Me senté frente a él y puse mi mano en el cuaderno profesional Scribe; él dibujó el contorno para luego poner su mano sobre mi “huella” y descubrir quién era. Empezó a hablar de mi historia —con datos bastante precisos— y expuso su diagnóstico con determinación: el origen del dolor era una mujer que me había echado el ojo veinte años atrás… cuando inició el malestar. Identifiqué (¿o inventé?) de inmediato a la mujer, aunque podría haber sido desde mi vecina hasta mi jefa. Me acercaba a descifrar el enigma y, por tanto, a la salvación. Dejé en pausa mi manía cuestionadora y acepté algo parecido a unos cantos mientras sacudía unas hierbas en mi brazo. Le pagué y él se comprometió a prender una vela por mí.

Siguiendo sus instrucciones con una sumisión en la que no me reconozco fui a la tlapalería a comprar trozos de cal y los distribuí debajo de mi cama y en cada puerta de mi casa. Dormí tranquilamente. Al despertar recordé con indulgencia mi comportamiento del día anterior y me asomé, divertida, para buscar los trozos de cal que habían cuidado mis sueños. Estaban negros. Completamente negros. Corrí a buscar los demás pedazos, pero estaban tan blancos como el día anterior.

Aterrada, con el dispositivo racional estropeado, llamé al capitán de la galaxia, quien trató de apaciguarme explicando —como si fuera un informe médico— que los espíritus malignos compartían la recámara conmigo; los delataban sus huellas. El remedio consistía en lavarme la cabeza con ciertas hierbas durante un mes.

Colgué el teléfono, recogí los pedazos de cal de cada puerta, los tiré a la basura y mandé un mensaje al grupo familiar solicitando datos de algún especialista con título universitario. Olvidé recoger mi credencial de elector en la entrada del complejo habitacional donde se ubicaba el capitán de la galaxia y no me atreví a volver por ella.

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora del Café filosófico en El Péndulo, Polanco. Su último libro es Guía para los desconcertados, será publicado en breve.