Muchas lecciones pueden obtenerse de la pandemia, pero una de las más importantes quizá sea el recordatorio de que el futuro es incierto. ¿Cómo podemos asumir esta incertidumbre de manera ética? La respuesta está en el cuidado.
Un punto de partida interesante para hablar de los efectos de la pandemia es la entrevista al pensador esloveno Slavoj Žižek publicada en El País el 25 de enero de 2021. En ella, el filósofo toca un punto esencial para sobrevivir la catástrofe con algo de humanidad: la ética de la gente corriente, entendida como un despertar de solidaridad que responde a las necesidades de los otros. Ante la incertidumbre, la incompetencia de los sectores públicos y privados, las instituciones sociales y el renovado debate sobre la desigualdad y el privilegio, lo único que nos queda es la capacidad del cuidado mutuo. Esto recuerda a la libertad última de la que hablaba Viktor Frankl: la libertad de decidir la actitud con la que enfrentamos las circunstancias.

La necesidad de darle un sentido a la existencia es parte fundamental de las dimensiones de una persona. Sin sentido sólo nos queda el absurdo de Camus: “la confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”. Lo que, en otras palabras, es el vacío insalvable que existe entre nuestra necesidad de certidumbre y la indiferencia de un mundo que no comprendemos. El virus es el virus, no obedece ninguna finalidad, al menos no humana. El virus, como fuerza de la naturaleza, responde a sus propias razones, sin que las personas entremos a cuento. Con lo que no contamos (y quizá nunca lo hicimos) es con certezas. Certeza de que todo esto pueda ser parte de un futuro posible, de que el día de mañana la guerra no estará en nuestra casa. La vida sigue, ¿seguiremos nosotros?
Incluso en las peores circunstancias, las personas no estamos desprovistas del todo. Tenemos historia y comunidad; contamos con sueños, deseos, aspiraciones, necesidades, inconformidades, lealtades, justicias e injusticias. Frente a ese universo ajeno, desconocido y aterrorizador quedamos nosotros, nuestras relaciones, quedan los vínculos con otras personas, con otros seres sufrientes y dolientes. Queda el ejercicio de un sentimiento que se menciona mucho y se practica poco: nos queda la empatía y nuestra capacidad emocional, social, intelectual y espiritual de intentar comprender la situación de un otro, de otra persona, de otro ser que también vive y también sufre.
Además, también nos queda la relación con nosotros mismos, nos queda el ejercicio del cuidado y de la búsqueda de un sentido que no nos será dado, sino que nos toca construir. El cuidado puede expandirse del ámbito privado al que ha sido tradicionalmente relegado y crecer hacia el ámbito público y comunitario en el sentido en que genera “vínculos que sostienen allá donde todo parece desmoronarse”. Según Teresa Wiseman, uno de los requisitos principales para desarrollar la empatía es la capacidad de identificación con el otro. Este proceso ocurre cuando las partes encuentran un elemento de sí mismas que se asemeja a lo que ambas han vivido. Es gracias al poder de la empatía que, a pesar de que nadie ha vivido lo mismo que alguien más en un sentido literal y encarnado, somos capaces de hacer un esfuerzo imaginativo por comprenderlo. La imaginación ética es, pues, algo que podemos desarrollar con la finalidad de pensar en futuros mejores y en mejores versiones de nosotros mismos. Lo importante no es que la experiencia concreta sea idéntica, sino que el sentimiento sea similar. A decir de Byung-Chul Han, un sentimiento, a diferencia de una emoción, es un sentir que puede compartirse a partir de una colectividad y que no es reactivo sino reflexivo. Este es el punto de partida en el que el proceso de identificación se lleva a cabo para crear vínculos generados por la sensación de saberse escuchado y acogido por el otro.
Después de dos años de pandemia, deberíamos ser expertos en el desarrollo e implementación de la empatía como una herramienta para fortalecer vínculos y subjetividades. ¿Por qué no ha sido así? Lamentablemente, encontramos más razones para diferenciarnos que para unirnos. Pero hemos recordado que la enfermedad y la muerte están ahí, acechándonos a todos. Y reconocerse vulnerable es quizá uno de los mayores retos de una sociedad que valora al éxito, la positividad y la producción.
La empatía necesita de esa vulnerabilidad. Una fibra íntima de nosotros, en ocasiones un sentimiento negativo, debe conectar el sentir con el otro: compartir el sufrimiento, el dolor, la alegría y la esperanza. Esta fue la lección que nos dejó la pandemia. Sin importar lo desmoralizante que puede llegar a ser el panorama colectivo, es importante recordar lo que sí podemos hacer. Podemos cuidar de nosotros, en lo público y en lo privado. Encontrar las semejanzas que trascienden a diferencias. Extender la mano en la oscuridad para alcanzar a otra persona.
Akim Erives
Psicólogo. Maestro en Ciencias Sociales y Humanidades por la UAM. Doctorando investigador en temas de psicología moral, ética y educación para la paz.
Referencias:
Albert Camus, El mito de Sísifo, Madrid, Alianza Editorial, 2015, p. 44.
Elizabeth López Canelas y Cristina Cielo, “El agua, el cuidado y lo comunitario en la Amazonía boliviana y ecuatoriana” en Cristina Vega Solís y otros. Cuidado, comunidad y común. Extracciones, apropiaciones y sostenimientos de la vida, Madrid, Traficantes de sueños, 2018, p. 25
Teresa Wiseman, “A concept analysis of empathy”, Journal of Advanced Nursing, 1996.
Dora Elvira García, “Una aproximación al ideal de la paz desde la imaginación ética”, Signos filosóficos, 2014, pp. 104-124.
Byung-Chul Han, Psicopolítica, Madrid, Herder, 2020.
Byung-Chul Han, Topología de la violencia, Madrid, Herder, 2019.
Akim Erives: Muy interesante tu artículo y la pregunta más ¿Cómo podemos asumir esta incertidumbre (la cual es cruel, según una vieja canción), de manera ética? Porque según hemos leído por ahí… La historia de la ética es un triste retrato de ideales maravillosos que nadie cumple. Un abraso, dese Ciudad Juárez, Chihuahua, México.