En su libro más reciente, Karine Tinat investiga de cerca el fenómeno multicausal de la anorexia y desmiente muchas de las ideas sobre el género, la clase social, la imagen y las razones para castigar al cuerpo que hemos asociado a este padecimiento. Este texto recoge algunas de sus conclusiones principales.

La desnutrición, la obesidad y el sobrepeso interesan mucho más que la anorexia. Ésta aparece como un trastorno secundario y marginado, rodeado de mitos y confusiones. Comentarios estereotípicos como: “son jóvenes berrinchudas y obsesionadas con hacerse modelos”, “es una enfermedad de niñas de la clase alta”, “eso no es cosa de hombres”,  “¡que coman y ya!”, son la norma. Así, la anorexia se vacía de su significado clínico y queda la impresión de que no representa un riesgo para la salud.

Como parte de una investigación sobre este padecimiento, me aproximé a dos instituciones médicas de la Ciudad de México (un hospital público y una clínica privada) especializadas en trastornos alimenticios. Las observé de cerca a lo largo de un año, sobre todo en las terapias individuales y colectivas, e hice entrevistas a profundidad a ocho mujeres y un hombre de entre 13 y 24 años. La primera de las conclusiones que extraje es que si bien la dimensión sexuada y genérica de la anorexia es evidente –todos los especialistas coincidimos en que la proporción suele ser de 9 mujeres afectadas por cada hombre–, éste es un trastorno que puede ser padecido por ambos sexos. La aserción de la preponderancia femenina encuentra parte de su justificación en el contexto cultural: en mucha mayor proporción que los hombres, las mujeres están presionadas por adelgazar y suelen enfocarse en su cuerpo para sentir que tienen el control de su vida. Pero estas no son las únicas explicaciones detrás del dejar de comer.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Para entender mejor la complejidad de este fenómeno, dos prismas teóricos me parecieron especialmente útiles. El primero es el concepto de “la valencia diferencial de los sexos” que viene de la disciplina antropológica y fue acuñado por Françoise Héritier, la sucesora de Claude Lévi-Strauss en el Collège de France.1 Al analizar los sistemas crow y omaha,2 pero también estudiando grandes familias africanas, Héritier se dio cuenta de que la relación de superioridad/inferioridad característica de los padres sobre los hijos y de las personas mayores sobre las menores no se cumplía cuando la persona mayor era una mujer y la persona menor un hombre, pues existía invariablemente una superioridad de los hombres sobre las mujeres. Esta reflexión de Héritier, que parte de la observación corporal y que se arraiga en las lógicas de lo social y de lo familiar, me interpeló a la hora de analizar lo que pasa en las mujeres con anorexia. El cuerpo no solamente es el foco de atención y obsesión de cada momento, sino el motor de toda la reflexión que tienen sobre ellas mismas, su vida cotidiana y sus relaciones interpersonales. Esto me permitió interpretar mejor las lógicas de poder intrafamiliares y entender cuánto se vincula el malestar anoréxico con el intento de invertir el orden jerárquico de lo masculino sobre lo femenino. Algunas de las jóvenes, desde su lugar de hermanas mayores se empeñan en luchar contra las desigualdades de género que sufren frente a sus hermanos menores, por ejemplo. La lucha se centra en la comida como elemento principal del chantaje o de la disputa.

Como especialista en género hubiera podido privilegiar una aproximación similar a la de feministas como Kim Chernin y Susie Orbach. En la década de los setenta y ochenta, estas autoras identificaron la anorexia como un acto de protesta contra la falocracia de la sociedad y denunciaron a la mujer-objeto obligada a adelgazar para dar placer al hombre. Si bien esta lectura permite reconocer histórica y socialmente las relaciones de poder que existen entre las representaciones de los géneros en cuanto a la alimentación, la “valencia diferencial de los sexos” demuestra y desmonta de manera casi matemática esos vínculos que unen representaciones corporales con las lógicas de poder en la anorexia.

El segundo prisma teórico con el cual abordo el desorden alimenticio viene de la tradición filosófica, aunque recientemente se ha apoderado de él la sociología. Se trata del concepto de “sujeto”. Planteo que la anorexia, para la persona que la sufre, es una manera de hacerse sujeto: de construir su propia existencia y dominar su experiencia. Me fundo esencialmente en la pareja dicotómica sujeto/objeto tal como la desarrolla Geneviève Fraisse y también me inspiro en reflexiones de Alain Touraine, quien después de sus primeros trabajos sobre los movimientos sociales y la sociedad de producción, se ha vuelto un defensor del sujeto individual.3 Estos dos pensadores invitan a estudiar la manera en que las posiciones de sujeto y objeto pueden mezclarse en vez de excluirse, y a ver cómo el sujeto puede ser destruido no sólo por el poder sino por sí mismo. En la anorexia, según la etapa del trastorno que atraviesan, las jóvenes muchas veces tienen la firme intención de conquistar su libertad, escapar de las garras parentales, sentirse dueñas de sus cuerpos; sin embargo, muchas veces estas luchas implican una objetivación del mismo cuerpo. Muestra de esto es que las personas que padecen anorexia evalúan la estética de su cuerpo como si éste fuera un todo fragmentado, una yuxtaposición de piezas. Otra manera de “hacerse objeto” apareció cuando estudié cómo las pacientes conciben sus relaciones sexuales: se suelen posicionar como instrumentos para satisfacer el deseo sexual de sus parejas en vez de pensar en el suyo, o hay casos en que usan su padecimiento para desviar los problemas conyugales de sus padres hacia ellas y así conseguir más atención y aparente cuidado.

Escuchando sobre todo a estas mujeres constaté que la anorexia, lejos del estigma y también de las categorías médicas, es un trastorno plurideterminado, en el que confluyen diversas influencias biológicas, psicológicas y socioculturales. Lo que llamo “reflexiones digestivas” busca sintetizar las enseñanzas de estos diálogos y reconocer la importancia de la clase social, la alimentación como acto comunicativo, los imaginarios mezclados entre flaquezas y gorduras, el ejercicio de dominación por medio de la comida y el proceso terapéutico.

Acercarse a los trastornos de alimentación requiere superar las ideas preconcebidas que los acompañan. A pesar de lo que se piensa, la clase social es una variable discutible en los trastornos alimentarios pues se manifiesta en pacientes de muy distintos contextos. En cuanto a la obsesión por la delgadez y el querer “hacerse modelo”, adelantaré que se trata más de un argumento de circunstancia que una verdadera justificación; en efecto, siempre es más fácil inculpar la tiranía de la delgadez difundida por los medios de comunicación que ahondar seriamente en las lógicas de poder imperantes. Finalmente, hay que decir que es fundamental no hacer amalgamas entre flaqueza aguda y sufrimiento anoréxico, así como no pensar que todo se puede resolver con sólo decidir volver a comer. “Comer o no comer”, tal vez no sea la cuestión mientras la persona no esté en el umbral de la muerte. El fondo del problema, inscrito en el cuerpo, encuentra sus razones en las lógicas familiares y en la sociedad mexicana en este caso, que continúa otorgando legitimidad al ideal de delgadez impuesto a las mujeres para tener éxito en su vida privada y social.

¿Por qué titular mi investigación “Las bocas útiles”? En 1945, Simone de Beauvoir publicó su única obra de teatro, titulada Las bocas inútiles. La historia se desarrolla en una ciudad en estado de sitio en el siglo xiv. El asedio condena a sus habitantes a la hambruna. Se toma una decisión terrible: hay que expulsar a las mujeres, los ancianos, los niños y los inválidos que necesitan comer pero que, al no combatir para defender la población, resultan “inútiles” para la sociedad. Los soldados pueden y deben comer para tener fuerzas físicas en el combate. Son sujetos cuando los demás no lo son. La obra de teatro de Beauvoir tiene lugar en el lapso de tiempo que va entre la toma de esta decisión y su ejecución.

Retomé esta metáfora beauvoiriana con un giro de sentido. A pesar de lo que parezca, sostengo que las bocas sí son útiles en la anorexia porque las personas que la padecen usan su boca –muchas veces cerrándola– para expresar su malestar. La oralidad es el síntoma principal del malestar. En la anorexia, consciente o inconscientemente, las personas intentan hacerse “más sujetos”, utilizan (o hacen útil) su trastorno para denunciar su existencia y conquistar un espacio en su configuración familiar y social. Las bocas inútiles de Beauvoir se publicó en pleno existencialismo; mi investigación defiende, por su parte, que una búsqueda existencialista subyace siempre al trastorno anoréxico.

 

Karine Tinat
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Autora de Las bocas útiles. Aproximaciones sociológicas y antropológicas a la anorexia (El Colegio de México, 2019).


1 Françoise Héritier, Masculino/Femenino. El pensamiento de la diferencia, Barcelona, Ariel, 2002.

2 Del nombre de poblaciones indígenas de América del Norte.

3 Geneviève Fraisse, ¿Desnuda está la filosofía?, Buenos Aires, Leviatán, 2008. Y Alain Touraine, Un nouveau paradigme. Pour comprendre le monde aujourd’hui, Paris, Fayard, 2005.