En los últimos años, varios medios de comunicación han dado la noticia de una epidemia de suicidios entre la comunidad indígena rarámuri. ¿Es así?, ¿qué la explicaría?

En enero del 2012, diversos medios de comunicación emitieron alertas sobre el aumento de suicidios dentro de la comunidad rarámuri originadas por un video que se difundió a través de redes sociales en donde un miembro del Frente Organizado de Campesinos Indígenas afirmó que más de 50 personas se habían quitado la vida por falta de alimento y condiciones indignas de vida. Habló de una “tristeza generalizada” que se venía manifestando por lo menos un año atrás: según el Norte Digital en 2011, 73 personas se habían suicidado en las mismas condiciones. La misma noticia ha regresado a los diarios varias veces en los últimos años.

Ilustración: Kathia Recio

Muy pronto la administración del entonces gobernador César Duarte desmintió el suicidio “masivo” en un comunicado, argumentando que “sólo el que no conoce la idiosincrasia de la raza tarahumara podría creer semejante versión. Su formación en la dureza de la sierra los hace hombres y mujeres con un temple a toda prueba”. El año pasado, integrantes del Consejo Ciudadano de la Comisión Estatal para los Pueblos Indígenas afirmaron que las expresiones de los medios en relación a los suicidios rarámuri eran falsas, aunque sus declaraciones hacen mención de la necesidad de visibilizar y estudiar las condiciones de marginación y exclusión que enfrenta esta comunidad, y que los vuelve particularmente vulnerables.

En la actualidad no se cuenta con datos precisos sobre el números de suicidios de indígenas rarámuri, y esto mismo ya nos habla de una problemática desatendida; por otro lado, dado que estas muertes no se registran en su especificidad, se desconocen datos relevantes sobre dichos eventos —¿en dónde ocurren los suicidios?, ¿cuándo?—. Sin embargo, podemos inferir que hay ciertas circunstancias que atraviesan de manera vertical la existencia de los indígenas y en su conjunto a la sociedad del estado de Chihuahua, que se imbrican en violencia por grupos delictivos y desatención de las autoridades. En este sentido, la referencia al rumor es muy sintomática: es mediante el rastreo de situaciones límite que podemos dar cuenta de la gravedad del contexto en el que viven los indígenas.

La población indígena rarámuri o tarahumara1 se encuentra distribuida en la Sierra Madre Occidental, sobre todo en Chihuahua, pero también en Sonora, Durango y Sinaloa. Es una zona con condiciones generalizadas de pobreza y en 14 de los 23 municipios se presentan niveles altos o muy altos de rezago social.2 Tradicionalmente, las actividades económicas y productivas de estos pueblos son la agricultura y el pastoreo. La división de su trabajo está marcada por la edad y el sexo, y su producción alimenticia se lleva a cabo de manera comunal en un acuerdo ejidal de posesión de las tierras. En el último par de décadas, sin embargo, se han enfrentado al despojo de sus recursos naturales debido a proyectos nacionales e internacionales sobre todo madereros y mineros.3 La excesiva tala de árboles que esto implica altera no sólo la captación de agua de las cuencas hidrológicas que abastecen a Chihuahua, Sinaloa y Sonora, sino también y sobre todo el contexto de estas comunidades. Basta ver las protestas de los habitantes de la comunidad Bosques de San Elias Repechique, Chihuahua, hace apenas unos meses: además de los daños materiales y al ecosistema, los manifestantes denunciaron daños inmateriales y un alto estrés emocional, consecuencia de la implementación de proyectos de gran infraestructura en sus comunidades de origen como el aeropuerto Creel o el proyecto turístico “Barrancas del Cobre”, entre otros.

Por otro lado, según habitantes de Guachochi, otro municipio chihuahuense, los extremosos climas secos de la región han empeorado los pocos cultivos que hay, por lo que en los últimos años hay desabasto de alimentos. La combinación de estas causas ha orillado a los rarámuri a buscar trabajo en la urbes del estado para poder subsistir. Este desplazamiento afecta directamente su estilo comunitario de socialización y la relación laboral entre ellos mismos; pues se “fomenta un sentido individual de la vida, del trabajo y el uso de los bienes y del dinero…”.4

El estrés de la discriminación

La vida en las urbes afecta la identidad, las costumbres y la cosmovisión de los indígenas. Cuando llegan, son ubicados en colonias periféricas, muchas veces sin servicios básicos como luz, drenaje, asfalto o agua. Su precaria condición socioeconómica los conduce a pedir kórima —que en rarámuri significa ayuda muta o reciprocidad, pero que en el contexto urbano se traduce en pedir dinero o limosna en las calles—;5 lo que a su vez resulta en una serie de prejuicios en su contra.

Experimentan la discriminación sobre todo de dos maneras. Primero, por la brecha de clase que se reproduce cuando el indígena vende su fuerza de trabajo como jornalero, ayudante e intendente de limpieza en propiedades particulares. Y segundo, por su relación con el alcohol. Directivos de los albergues construidos por empresas agropecuarias ubicadas en ciudades como Ciudad Cuauhtémoc, manifiestan que tienen problemas para contratarlos formalmente porque el alcohol “es parte de su cultura y su crianza y por consecuencia hace que sean personas inestables”. Se les cataloga como individuos con comportamientos antisociales y adicciones incontrolables.
Estas aseveraciones ideológicas de corte clasista y racista, construyen el estigma que asocia la embriaguez sólo con las clases subalternas, en este caso los indígenas; sin embargo el antropólogo Robert M. Zingg  en su estudio The Tarahumara (1935) ya argumentaba que:

… culturalmente la timidez de los tarahumaras es tal, que no es exagerado decir que una vida social normal les sería imposible si no recurren al tesgüino [bebida alcohólica a base de maíz]. Además, el alcohol constituye el único “pago” en las labores de cooperación, tanto agrícolas como de construcción; es indispensable para el curandero, y se considera el alma de las celebraciones.6

Es difícil saber la medida específica del consumo de alcohol y las causas que conllevan a los rarámuri a dicho comportamiento. Entre otros, no hay que perder de vista el cambio cultural al que se ven expuestos con su arribo a las ciudades y con las nuevas configuraciones de sentido de toda su cosmovisión. Por ejemplo, los rarámuri se casan comúnmente a los 16 años de edad. La mujer oculta su cuerpo durante toda su vida adulta y los hombres permanecen alejados de ellas; es generalmente en las fiestas donde ambos conviven con mayor proximidad, y es bajo los efectos del tesgüino cuando se dirigen más explícitamente sus sentimientos, tanto como las nuevas parejas se forman. Las “fiestas son la base para la reproducción social, la manera de mantenerse como grupo…”.7

Si sus tradiciones los orientan a un consumo de bebidas embriagantes típicas ritualistas o de otro orden, puede ser que busquen cubrir esa necesidad con otras que se ofrecen en la ciudad. En todo caso, el estrés al que se enfrentan en las ciudades, lejos de su forma de vida tradicional y padeciendo sucesivas conductas discriminatorias, puede llegar a posibilitar prácticas dañinas que no deben pasar desapercibidas, entre otras, por supuesto, el suicidio.

Al asedio del crimen

La ubicación en el “triángulo dorado” y un contexto marcado por el narcotráfico y la delincuencia organizada ha orillado a las comunidades y familias indígenas de Chihuahua a buscar lugares dónde poder refugiarse de las amenazas y la violencia, quedando desplazados por la fuerza de sus lugares de origen, de su patrimonio, de su trabajo, de sus escuelas, de sus tierras y sus recursos naturales. La violencia ejercida hacia los rarámuri por parte de las organizaciones delictivas se basa principalmente en actividades predatorias, como extorsión y reclutamiento; así como amenazas y homicidios. En ocasiones, el pauperismo los orilla a involucrarse con estas organizaciones delictivas.

La tala ilegal de árboles en la región es otro fenómeno que afecta desproporcionadamente a los indígenas. Desde el año 1980, se tiene registro de comunidades indígenas y rurales de la Sierra Tarahumara denunciando la tala masiva ilegal para la siembra de enervantes o la venta ilegal de madera. La resistencia a este tipo de acciones ha llevado a la amenaza, el secuestro, la violencia y finalmente al asesinato: en los últimos cuatro años asesinaron a 10 activistas y familiares cercanos de la comunidad rarámuri que evidenciaban la tala ilegal y los intentos de despojo de sus tierras.8

No hay registros oficiales del total de los desplazados indígenas en estos últimos 5 años, sin embargo, según testigos, en el año 2014 se desplazaron más de 60 rarámuri provenientes de varias comunidades.9 En septiembre del 2015 huyeron alrededor de 700 familias de las localidades de Milpillas y las Chinacas;  y en 2016 se desplazaron varios integrantes de familias gravemente amenazadas. En 2017 la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de Chihuahua identificó 685 casos, que equivalen a 126 familias desplazadas, víctimas de amenazas, despojo de tierras, tala ilegal o  siembra de drogas en sus terrenos.10 Y la violencia no parece tener fin anunciado. Más aun, el gobierno de Chihuahua acepta su desbordamiento y las amenazas que grupos violentos ocasionan en la región.

Suicidios en Chihuahua y el rumor rarámuri

Según cifras del INEGI, Chihuahua es actualmente el estado con la mayor tasa de suicidios en México: 11.1 por cada cien mil habitantes.11 En lo que va del 2000 al 2017 en este estado se han suicidado aproximadamente 3 mil personas.12 Si bien, las cifras oficiales no distinguen cuántos suicidios corresponden a personas indígenas, es posible afirmar que este grupo es particularmente vulnerable a las causas que llevan al suicidio. La vinculación creciente de violencia, delitos, desprendimiento de las normas sociales, con la apropiación de niveles de consumo y una vida fuera de alcance, así como la convivencia urbana, son un caldo de cultivo para el inicio o el completo desdibujamiento de la estabilidad y seguridad emocional y física de los rarámuri.

El comentario del miembro del Frente Organizado de Campesinos Indígenas en las cámaras de televisión en 2012 despliega como primer momento una mirada a la condición social que vive el indígena. El uso “político” o no del video sin duda puso en marcha la aproximación a la situación histórica real que los rarámuri experimentan. El jefe de gobierno de la ciudad de México incluso mandó despensas y toneladas de maíz, y diversos activistas se movilizaron tanto en redes sociales como directamente para ofrecer ayuda y puntualizar lo que efectivamente estaba pasando en la Sierra Tarahumara.

El rumor de suicidio generalizado puso en escena el contexto en el que se desenvuelven los indígenas: el modelo neoliberal de explotación no regulada de recursos naturales, la creciente desigualdad y pobreza en México, el incremento, especialización y expansión de los mercados ilegales y la burocratización y conversión en asociaciones de dominación de sus operarios. A ello se suma una ruptura insuperable de racismo, violencia y exclusión para los grupos más marginados e imposiciones culturales de trabajo, consumo y recreación. Estas son las consecuencias potenciales directas de una cadena histórica de violaciones a sus derechos, a su patrimonio y a su integridad física y mental. Todas condiciones sociopsicológicas deplorables que fácilmente podrían desencadenar una ola de suicidios entre diversas comunidades indígenas.

 

Ana María Chávez-Hernández.
Investigadora del Departamento de Psicología, Universidad de Guanajuato. Es miembro cofundador de la Asociación Mexicana de Suicidología.


1 Los Tarahumaras se llaman a sí mismos Rarámuri que traducen como “gente” en oposición al “mestizo”, al hombre de barba, el chabochi o yori (Pintado-Cortina, 2004); el nombre rarámuri significa “corredores a pie”, otro nombre es tarahumara o tarahumar por una deformación hispánica del nombre indígena (Gabrielová, 2007). Esta comunidad indígena es la más grande de la zona. De 120 mil habitantes, donde el 90% son de origen Rarámuri, 8% Tepehuanos, 1% Garojos y 1 % Pina.

2 Amnistía Internacional, Entre balas y olvido. Ausencia de protección a personas defensoras del territorio en la sierra tarahumara, México, Amnistía Internacional, 2019, p. 14.

3 Horacio Almanza Alcalde, “Despojo de tierras y relaciones de colonialidad en la Sierra Tarahumara”, Expedicionario. Revista de estudios en antropología, 4, 2016, p. 18.

4 Z. Gabrielová, Z. Los rarámuri: Un pueblo indígena de México (Tesis de licenciatura). Universidad de Masarykova, Facultad de artes, Republica Checa, 2007, p. 63.

5 Arturo Mario Herrera Bautista, “Representaciones sociales y discursos racistas en la ciudad de Chihuahua”, Expedicionario. Revista de estudios en antropología, 4, 2016, p. 15.

6 Citado en Laureano Reyes-Gómez, “Ingesta de alcohol entre indígenas de Chiapas. Estudio de cuatro casos”, LiminaR. Estudios sociales y humanísticos, 7, 2009, p. 178.

7 Ana Paula Pintado Cortina, Tarahumaras, México, Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, 2004, p.37.

8 Amnistía Internacional, op. cit.

9 S. Meza, “Niños, mujeres y ancianos, las «victimas desterradas»”, Noreste.com, 17 de septiembre de 2014.

10 Arredondo, op. cit.

11 Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Estadísticas de Mortalidad, 2019.

12 Instituto Belisario Domínguez, “El suicidio en México: alternativas de atención, seguimiento y prevención desde el poder legislativo”, Mirada Legislativa, 140, 2018.