La prevalencia de ciertas enfermedades en México encontraría en las bases de datos con información genética un aliado fundamental. Para el cáncer en concreto, hasta hace muy poco la información sobre los diagnósticos, los tratamientos y las supervivencias de los mexicanos no estaba concentrada. Este texto apunta el camino que el conocimiento científico sobre las enfermedades habría de seguir en nuestro país.

Que al día de hoy yo siga sin dar a luz, que nunca haya consumido pastillas anticonceptivas durante cinco años ininterrumpidos o que no fume, son algo más que decisiones de vida: es la noción de que estos factores determinarán mi probabilidad de desarrollar cáncer de mama u ovario —el tipo de cáncer más común entre la población femenina de México—.

A la ecuación tengo que agregar algunos factores biológicos, como el haber nacido con ovarios, la edad a la que tuve mi primer periodo menstrual, que no haya sido diagnosticada con padecimientos como esterilidad o endometriosis, incluso el hecho de que mis padres viven, aunque el cáncer esté presente en mi árbol genealógico. A esto, se añade el material genético que me ha sido heredado. Hay dos genes en particular, el BRCA1 y el BRCA2 que, de estar mutados, podrían desarrollar el cáncer de mama u ovario.

La aritmética de los dos párrafos anteriores aplica para mí y para todos los seres humanos. En los hombres, que también pueden padecer cáncer de mama, una mutación en los genes mencionados desencadena cáncer de próstata. La prevención, el diagnóstico y el tratamiento adecuado, además de recaer en nuestra responsabilidad como pacientes, está sobre todo en las políticas públicas de nuestros países. Esta obviedad se torna interesante cuando dichas decisiones retoman y se construyen con evidencia científica.

Ilustración: Kathia Recio

Tomemos el ejemplo del Reino Unido. En una guía del 2002 publicada por el Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) sobre servicios y recomendaciones para el tratamiento del cáncer se recaudó evidencia trabajada durante dos décadas por distintas organizaciones como el Department of Health, la British Association of Surgical Oncology, o el British Breast Group, por mencionar algunos. También el National Institute for Health and Care Excellence (NICE) ha desarrollado, desde 2003 y gracias al trabajo de profesionales de la salud, pacientes y familiares, distintas guías de procedimientos para varias enfermedades, entre las que está el cáncer de mama.

Diez años después, el NHS Foundation Trustpublicó una guía retomando la evidencia genética que hay de este padecimiento. A beginner’s guide to BRCA1 and BRCA2 detalla el significado de presentar una mutación genética, los procedimientos clínicos para prevenir el desarrollo de cáncer, así como el diagnóstico y los tratamientos disponibles. De manera más relevante, explica cómo se debe lidiar con los pacientes y sus familias, incluso si hay un menor de edad involucrado. Ese mismo año, 2013, el NHS recomendó el uso de dos medicamentos para el tratamiento del cáncer, el tamoxifeno o raloxifeno, para un grupo específico de mujeres que presentan riesgo de cáncer de mama con el propósito de reducir alrededor de 488 mil casos nuevos de aquellas de 35 años o más.

Esta suma de esfuerzos por parte de distintas organizaciones que de manera constante revisan la evidencia científica permite realizar acciones muy valiosas, como la estratificación de la población con base en riesgos de desarrollo de ciertos padecimientos —cáncer en este caso—, pero también de probabilidades de efectividad de los tratamientos.

Un ejemplo del uso de la evidencia científica relevante para la toma de decisiones es un estudio publicado en 2017 que retomó justamente la información de bases de datos de países como Reino Unido, los Países Bajos o Francia, que contienen información sobre pacientes con mutaciones en BRCA1 y BRCA2. Ello permitió estimar el riesgo de que las poblaciones de estos países padecieran dichas enfermedades.

Uno de los datos arrojados mostró, por ejemplo, que la incidencia del padecimiento es un factor predictivo relevante. Se pudo conocer que el pico de incidencia de cáncer en aquellas pacientes que portan alguna mutación en el gen BRCA1 está entre los 40 y 50 años, mientras que para las personas con una variante en el gen BRCA2 el valor máximo se encuentra entre los 51 y 60 años. Esto significa que, en caso de que yo tuviera una variante en uno u otro gen, la preventiva tendría que adaptarse a mi edad.

En el mismo estudio se robusteció la evidencia de que la historia familiar sea un factor de riesgo, en el caso del cáncer de mama, por ejemplo, se comprobó que el riesgo es mayor cuando la paciente tiene algún pariente en primer o segundo grado con un diagnóstico similar.

Partiendo de este ejemplo científico y regresando al sistema de salud británico: actualmente los médicos del NHS ya informan a los pacientes sobre la posibilidad de recibir un estudio y acompañamiento genético como parte de los programas de prevención y el diagnóstico del cáncer. Este es sólo un botón de muestra de cómo en menos de 30 años, el sistema de salud pública puede retomar la evidencia científica como parte de sus políticas.

En México, a pesar de que contamos con una Secretaría de Salud que es casi igual de longeva que el Servicio de Salud Nacional del Reino Unido —la segunda gana por cinco años—, el panorama para el tratamiento del cáncer es muy distinto. El Registro Nacional de Cáncer, una base de datos que contendría información de incidencias o tipos de cánceres apenas fue aprobado por la Cámara de Senadores en 2017. Es decir que antes de esta fecha la información sobre los diagnósticos, los tratamientos y las supervivencias de los mexicanos con cáncer no estaba concentrada, lo que significa que estamos lejos de poder precisar las características que adquiere el cáncer en México.

Datos que podrían parecer triviales como el lado del cuerpo en el que apareció el tumor, o si el cáncer diagnosticado es el primero y único, o es producto de una metástasis, se revelan cada vez más importantes para tener un panorama del comportamiento de las enfermedades que aquejan a una población. En México, el sistema de salud sería el responsable de contar con información detallada de los factores asociados al desarrollo del cáncer y de otros padecimientos clínicos relevantes para la población, como son la diabetes, la obesidad y los problemas salud mental. Es sólo a través de la información recabada en las bases de datos, junto con el manejo especializado de la evidencia científica, que es posible tomar decisiones justas y suficientes para la implementación de procedimientos a la medida de la población en cuestión.

En un plano ambicioso y necesario, pero aún lejano para la capacidad científica y tecnológica de México, está el manejo de información genómica. Sobre todo Estados Unidos y países europeos han realizado estudios de esta área entre sus poblaciones. En este sentido, es un hecho que los bancos de datos internacionales están repletos de contenido caucásico, con una representación mínima y pobre de poblaciones sudamericanas, asiáticas y africanas, lo que hace difícil la extrapolación de esos datos para éstos últimos grupos poblacionales. Por eso es fundamental que empecemos a producir los nuestros.

Finalmente, el que yo haga ejercicio dinámico por un mínimo de 150 minutos a la semana, que mi índice de masa corporal está dentro de lo considerado saludable, o que beba alcohol de forma ocasional y nunca pase un día sin haber comido tres verduras son puras ventajas de mi condición y fortuna personal. El que mi riesgo calculado de desarrollar cáncer de mama u ovario sea medio lo debo en gran medida a mi formación científica. Nada de esto es, sin embargo, resultado de políticas públicas generadas por México.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

 

Referencias

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