A los millenials se les bombardea con mensajes sobre cómo lograr la realización individual a costa del cuidado de otros. Las ideas de paternidad están en jaque y con ellas todos los beneficios sociales, pero también neurológicos, de cuidar de nuestra especie.

Un amigo que trabaja en el área de mercadotecnia de una empresa trasnacional me dijo en una conversación casual: “Todos somos blanco de algún mensaje, si me dices qué papel de baño usas, puedo decirte infinidad de cosas sobre tu personalidad”. Estas palabras me escandalizaron: con más de 10 años en psicoanálisis y experiencia clínica como psicoterapeuta sé que la personalidad es más compleja que eso. Sin embargo, seguimos con la broma y mi amigo efectivamente pudo decir un par de cosas, si no de las personalidades de quienes estábamos ahí, sí de algunos de nuestros hábitos. Su afirmación quizás tenía algo de verdad.

La experiencia me llevó a pensar en los mensajes sociales de los que somos blanco quienes pertenecemos a la generación millenial. En particular aquellos sobre cómo relacionarnos amistosamente, con nuestras parejas y a las ideas que nos aquejan cuando hablamos de paternidad o maternidad. La noción del “Single or double-income, no kids” (“soltero o con un doble ingreso, sin hijos”) ha permeado de forma irrefutable en nuestro pensamiento, con consecuencias sobre nuestras responsabilidades de cuidado.

Una colega me hizo ver que, dentro de esta serie de mensajes está oculto, para empezar, un franco desprecio hacia las y los niños. Pensamos que no queremos tener hijos por las características que consideramos inherentes a ellos: que son latosos, que nos quitarán el dinero, que generan sobrepoblación y explotación de recursos naturales, que nos impiden viajar… Mejor sustituirlos con perros o gatos. Y aunque soy amante de éstos últimos, no puedo dejar de notar que se está promoviendo una idea falsa acerca de la niñez, sus necesidades y comportamientos, al mismo tiempo que no hay información sobre qué significa hoy ser padres o madres y, en general, sobre cuidar de alguien más.

Me reconozco como blanco de este bombardeo de mensajes, pero sé que nuestra incomodidad no debería recaer en los niños, sino en las condiciones para su cuidado. Cuando entran a algún avión o a la sala de un cine se genera tal estrés colectivo ha incluso habido intentos por prohibirles la entrada a estos lugares para generar espacios exclusivos para adultos. Me pregunto qué pasaría si se intentara excluir a otro sector de la sociedad, si se considerara no permitirles la entrada a mujeres, indígenas o miembros de la comunidad LGBTTI. A mi parecer, el problema es tan inconsciente que cuando vemos la leyenda “sin niños” ni siquiera cuestionamos que esta es una forma de discriminación. La respuesta está, más bien, en generar condiciones más propicias para la inclusión de los niños: podría haber lugares más amplios y coloridos con juguetes dentro de los aviones. Si se otorga más espacio a pasajeros de primera clase, bien podría adaptarse un espacio favorable que atienda las necesidades de los niños pequeños y sus padres.

El problema está en nuestra educación cívica colectiva, que ha dejado de promover la empatía y el cuidarnos. Toca poner atención en la manera en que nos cuidamos a nosotros mismos y a los demás y los recursos con los que lo hacemos.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Los efectos positivos del cuidado

En primera instancia, el cuidado se suele definir como la acción de ser diligente, poner atención y solicitud en la ejecución de algo. La segunda definición es “asistir, guardar, conservar” y es la definición en la que me quiero enfocar, porque el cuidado no es sólo una acción.

Jaak Panksepp, quien acuñó el término “neurociencia afectiva” (el estudio de los mecanismos cerebrales de la emoción), define al cuidado como uno de los siete sistemas emocionales primarios positivos. Se ha comprobado que los mamíferos somos seres con una orientación hacia lo social y nuestras emociones están al servicio de ello. Específicamente, el sistema de cuidado consiste en la motivación de nutrir/criar a nuestra progenie para preservar su integridad física, cosa que nos sirve en términos evolutivos porque si la supervivencia depende de la alimentación a través de otro cuerpo, es necesario que se desarrolle un sistema de unión que evite la separación. Aunque se activa principalmente en madres, puede ponerse en acción en cualquiera que ejerza una conducta de cuidado. El propio Panksepp ha comprobado que, mientras ponemos en marcha estas conductas con la pareja, las mascotas y los hijos, se activan neuromoduladores (oxitocina, prolactina, dopamina y opioides), que generan una sensación de bienestar.

Por su parte, Naomi Eisenberger, quien ha estudiado la neurobiología y el comportamiento de personas que brindan apoyo a sus seres queridos mientras están en el hospital ha encontrado que brindar apoyo tiene efectos de recompensa y de reducción de dolor físico y emocional, tanto a nivel cerebral como conductual. Estas investigaciones muestran que la importancia del cuidado es un hecho científico. Entonces, ¿por qué no le prestamos la atención debida al tema? Me parece que la respuesta tiene que ver con que esta evidencia científica no es del dominio público, se trata de un trabajo desvalorizado que suele confundirse con servidumbre, y se asume que la tarea concierne únicamente a las mujeres.

En un texto sobre la aparición de Yalitza Aparicio en la portada de VOGUE, Ignacio Lanzagorta dice de Roma: “Y al final de la película, borrachos de nostalgia y cariño, no son capaces de ver que siguen sin saber mucho de Cleo: de qué pueblo viene, si tiene hermanos o no, cómo es la relación con su madre, cómo fue que llegó a la Ciudad de México. Ciegos ante lo expuesto, la quieren exactamente igual que como el personaje de la familia la quiere: ‘gracias por salvarnos, ¿me traes un licuado?’ ¿Podrán ver que ésta es precisamente la denuncia más valiosa que tiene la cinta?”.  Lanzagorta tiene razón en que pareciera que la madre interpretada por Marina de Tavira no “sabe mucho de Libo/Cleo”. Sin embargo, quienes piden el licuado en la escena aludida son los niños, acostumbrados a que les sirvan, sí, pero también como una petición de cuidado.  Lo sintomático es que los niños no le pidan el licuado a su mamá, papá o abuela, lo que sirve para distinguir entre servir, cuidar o  intentar cuidar fallidamente a través de otro. Hay que tener clara la labor, y quién la lleva a cabo, para poder reconocer y valorar el cuidado.

Conversando sobre la posibilidad de tener hijos, le dije a mi esposo que para mí sería muy complicado cuidar a un bebé mientras estoy terminando un doctorado, con proyectos de emprendimiento social y un trabajo de 9 a 7.  Él contestó: “Creo que es difícil, pero alguien tendrá que sacrificarse”. Mi esposo se refería a que el sacrificio era no cuidar al bebé, pero yo inmediatamente asumí que el sacrificio sería mi carrera profesional. En el afán de perseguir y alcanzar el sueño del desarrollo profesional, las mujeres de clase media y media alta nos vemos rodeadas de mensajes relacionados con despreciar acciones de cuidado.  

La lucha cotidiana en el ámbito profesional nos ha dejado la sensación de que debemos ganarnos el lugar de éxito profesional que nos fue arrebatado por generaciones. Sin embargo, esta sobrevaloración del trabajo persigue un modelo capitalista masculino mientras que, como sociedad, nos está haciendo mucha más falta cuidarnos y hacer algunos licuados de vez en cuando. La idealización del éxito profesional, una vida con más dinero, tiempo, viajes y aparentemente menos preocupación a costa de nuestra paternidad es, por lo menos, cuestionable. Podríamos también plantearnos que ser padres y madres no significa necesariamente un obstáculo para la realización.

Los hombres tienen mucho que recorrer en el camino de liberar sus conductas de cuidado. Cuando un niño trae una muñeca o juega en una cocina tiene la oportunidad de desarrollar habilidades de este tipo y activar uno de sus sistemas emocionales positivos. Ejercer el cuidado entre nosotros es relevante para experimentar bienestar. Por supuesto que cada quien debemos elegir qué queremos para nuestra vida, pero mirando hacia adentro, en dirección a nuestras propias historias personales, analizando cómo fuimos cuidados, si fuimos descuidados, si tenemos miedo de repetir lo que nos pasó a nosotros y sin culpar a los niños y sus características, hay que dar dos pasos lejos de los mensajes que recibimos constantemente: es muy probable que no sean la solución para curar nuestras insatisfacciones.

 

Carla Márquez Muñoz
Maestra en Psicología del Desarrollo desde perspectiva neurocientífica y psicoanalítica por University College London, Yale University y Anna Freud Centre. Investigadora en parentalidad, desarrollo, apego, neurociencias y autismo.

Bibliografía

Davis, K., Montag, C., “Selected principles of Pankseppian Affective Neuroscience”, Frontiers
in Neuroscience,  12 (1025), 2019, p.1-11.

Eisenberger, N.I., “Social ties and health: A social neuroscience perspective”, Current Opinion
in Neurobiology, 232013, p. 407-413.