Hay teorías que pueden tener resultados nocivos. Esto lo reconoció el psicólogo James Kaufman tras haber hecho daño con la suya. Este texto recuerda el famoso “Efecto Sylvia Plath” y explora el vínculo entre la escritura y los trastornos de alimentación.

En el año 2001 el reconocido psicólogo James C. Kaufman publicó su investigación más famosa: El efecto Sylvia Plath. En ella sostiene que, de todos los artistas, sean hombres o mujeres, las poetas son las más propensas a padecer “trastornos mentales”, sobre todo trastornos alimenticios, y asevera que existe una correlación entre estos diagnósticos y la creatividad.1 Dieciséis años después, en una carta editorial publicada por el European Journal of Psychology, Kaufman se arrepintió y dijo que no es necesario sufrir para crear. Sin embargo, el daño estaba hecho: el estereotipo existía y se extendía a la obra de Virginia Wolf, Alejandra Pizarnick, Sei Shōnagon y Herta Muller, entre muchas, muchas otras.

El psicólogo utilizó la figura de Sylvia Plath, poeta estadounidense y símbolo unívoco de todos los adolescentes tristes para esbozar una teoría que no sólo era sexista, sino doblemente problemática en términos de mérito creativo. Por un lado, implicaba que si se deseaba ser poeta era preferible tener un “trastorno” ya que eso daría lugar a una mayor fertilidad creativa y, por otro lado, que la obra de estas artistas no era relevante por sí misma, sino resultado de un factor externo: como si algo ajeno a ellas hubiera escrito sus versos y rimas. El fenómeno también llegó a la cultura popular, probablemente afectando la vida de muchos jóvenes con aspiraciones artísticas.

Ilustración: Guillermo Préstegui

Pero revisiones recientes de la biografía de Plath indican que estas ideas están basadas en información imprecisa. En una entrevista con el Huffington Post, Elizabeth Winder —la única biógrafa mujer de Sylvia Plath hasta la fecha— habla del amor que la poeta sentía por la comida:

“Sylvia Plath simplemente amaba la comida del mismo modo que amaba tanto del mundo material. De sus diarios, uno puede saber que amaba comer. Escribió sobre la miel fresca del panal, el destello de azul eléctrico dentro de una ostra cruda, el deslumbrante amarillo de una yema”.2

En una carta dirigida a su madre, Plath escribe: “Si tienes oportunidad, ¿podrías enviarme mi The Joy of Cooking? ¡Es el único libro que extraño!”.3

También Virginia Woolf fue “acusada” de haber padecido anorexia por su sobrina nieta Emma Wolf. En 2012, Emma publicó An Apple a Day, un relato de su experiencia con este trastorno en el que narra el momento en que se dio cuenta de que el cuerpo de su tía, retratado en fotografías, era un “cuerpo enfermo”. Por su parte, dos de las biógrafas de Wolf, Hermione Lee y Julia Briggs, discrepan sobre esto. La primera considera que si bien se sabe que la autora no siempre quería comer, la anorexia proviene de una obsesión con el cuerpo y este no era el caso de Woolf. La segunda sostiene que existe evidencia epistolar contundente para probar la hipótesis de la sobrina: una serie de cartas en las cuales Leonard, esposo de la autora, relata que ella no comía puesto que estaba demasiado preocupada por su apariencia.4

Silvina Ocampo, Jamaica Kincaid, Rosario Castellanos, Anais Nin… —la lista  podría seguir— son tan sólo algunos ejemplos del sinnúmero de autoras a las que se les han adjudicado diagnósticos relacionados con los trastornos alimenticios. Sin embargo, incluso considerando que pasaron por momentos difíciles y que algunas de ellas tomaron la decisión de terminar con sus vidas, eso no se sigue necesariamente de que tuvieran “enfermedades mentales” (además de que para esto habría que aceptar la distinción entre “sano” y “enfermo”). Esta fue la conclusión a la que Kauffman llegó eventualmente y que hizo pública con aquella carta.

En ese conmovedor texto, el psicólogo también reflexiona sobre su larga trayectoria científica. Dice que el Kauffman del pasado había sido “joven y estúpido” al no considerar las posibles implicaciones de su teoría, al no tomar en cuenta que en muchos pensarían que todas las poetas estaban enfermas, que muchos blogs deprimentes y confesionales escribirían al respecto y que un par de canciones de rock indie llevarían como título el nombre de su investigación.5

Habla de una técnica estandarizada que se utiliza para convencer a la gente de que la creatividad está vinculada con las “enfermedades mentales”, que consiste en ofrecer una lista interminable de personalidades creativas que han sido clasificadas con diagnósticos, a menudo de manera equivocada, cuando se podría hacer lo mismo con casi cualquier otra categoría. Para probar su punto, el psicólogo cita dos listas:

Lista 1: Alejandro Magno, Gracie Allen, David Bowie, Benedict Cumberbatch, Robert Downey Jr, Pitcher Max Scherzer, Michael Flatley, Kiefer Sutherland, Christopher Walken.

Lista 2: Ray Bradbury, Joan Ganz Cooney, John Denver, Barbara Kingsolver, Lee Marvin, Art Moreno, Linda Ronstadt.

En la lista 1 aparecen personas con Heterocromia iridium (tener ojos de dos colores distintos). En la lista 2 aparecen personas asociadas con Tucson, Arizona.

“¿Hay conexión alguna? No.” escribe Kauffman. Lo que vemos es un razonamiento que se asemeja a aquel cuento de Borges (que Foucault cita en el prólogo de Las palabras y las cosas) sobre una “Enciclopedia China” que distingue entre varios tipos de animales. En la lista aparecen animales “fabulosos”, “dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello”, “que se agitan como locos” y “que de lejos parecen moscas”.6 La compulsión por la clasificación resulta no sólo peligrosa, como alcanzó a ver Kauffman, sino también absurda.

Lo anterior no significa que no haya poetas con trastornos alimenticios. Tampoco quiere decir que los trastornos alimenticios sean algo que deba tomarse a la ligera. Simplemente hace hincapié en cómo ciertas teorías psicológicas y su difusión pueden hacer daño cuando pretenden emitir verdades absolutas.

Además, en los casos donde se ha dado que personas con trastornos alimenticios sean mujeres y también poetas, no hay razón para pensar que la escritura sea parte del problema. Al contrario, la escritura puede funcionar como herramienta para lidiar con este tipo de cuestiones: al brindar un espacio de expresión sin juicio, de calma y de fertilidad creativa, un resquicio desde el cual se observe atentamente al mundo que está ahí, esperando a ser redactado.

Por eso existen obras como Hambre: Memorias de mi cuerpo, un libro en el cual la reconocida escritora y profesora Roxane Gay da cuenta de la relación directamente proporcional que existe entre su espantosa experiencia de abuso sexual y su propensión a la obesidad, y lo hace por medio de una prosa tan inquietante como avasalladora. Gay asevera: “Escribir ha sido también una manera de reafirmar el control y reasignar la narrativa que mucha gente ha puesto sobre mí con los años, asumiendo cosas sobre mí. Escribir siempre me ha salvado y me ha dado el tipo de control que no he sentido necesariamente en otros aspectos de mi vida. En la página, yo estoy a cargo”.7

Así, haciendo justicia a las propiedades sanadoras que tiene el acto de la escritura, otro ejemplo sería Going Hungry, una colección de diecinueve ensayos que explora el vínculo entre el trastorno de alimentación, el texto y la vida. Editada por la joven periodista del New York Times, Kate Taylor, la obra incluye contribuciones de Louise Glück, Lia Block, Francine du Plessix Gray, Jennifer Egan y Joyce Maynard, entre otras. Los ensayos habitan en una amplia gama de puntos de vista, una plétora de sentimientos y vivencias recopiladas en un tomo. Sin embargo, una constante en todos ellos es el amor por la comida, que aun ante la amenaza inminente de un diagnóstico, logra escapar a ella, sobrevive.

No hace falta más que leer unos cuantos versos de Elizabeth Bishop para imaginar la conexión entre  espíritu, ojo y pluma mientras escribía Un Milagro para el desayuno:

Permaneció un minuto, solo, en el balcón
mirando hacia el río por encima de nuestras cabezas.
Un sirviente le alcanzó los elementos del milagro:
una simple taza de café y un panecillo
que él se puso a desmigajar —su cabeza
literalmente entre las nubes, junto al sol.8

James C. Kauffman termina su carta diciendo que su objetivo a partir de ese momento sería explorar las formas en las cuales la creatividad puede incidir de una manera positiva en el panorama de la justicia social. Y eso fue exactamente lo que hizo. A partir del 2012, se ha dedicado al estudio de la creatividad como herramienta, medio y condición de posibilidad para la igualdad y la equidad por medio de la educación. Como profesor de psicología educativa en la Universidad de Connecticut lucha activamente por desmantelar el mito de que la psicología debe emitir clasificaciones. Además, después de tantos años, él mismo se convirtió en creador: su obra musical, Descubriendo Magenta, se estrenó en Nueva York en el año 2015 como parte del Thespis Theatre Festival. La obra se trata de un trabajador de la salud mental que apoya a los pacientes por medio del arte.

Después de todo, es de sabios cambiar de opinión.

 

Rebeca Leal Singer
Cursa la maestría en Creación Literaria en The New School en Nueva York. Ha publicado en Algebra of Owls, Eleven and a Half Journal y Revista Melodrama.


1 Deborah Smith Bailey, “Considering Creativity–The ‘Sylvia Path’ Effect”, APA, 2019.

2 Jean Fain, “Biographer Elizabeth Winder on Sylvia Plath´s food and Body Issues”, The Huffington Post, 2013.

3 Aurelia Schober Plath, ed., Letters Home, Nueva York, Harper Perennial, 1992, p.242.

4 Alison Flood, “Virginia Woolf Was Anorexic, Claims Great Niece”, The Guardian, 2013.

5 James C. Kauffman, “From the Sylvia Plath Effect to Social Justice: Moving Forward With Creativity”, Europe’s Journal of Psychology, 2012.

6 Jorge Luis Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé Editores, 1960, p. 142.

7 Martha Reilly y Gina Twardosz, “Roxane Gay Addresses Difficulty Of Writing About Trauma, Need For Inclusive Campuses”, The Observer, 2018.

8 Ulalume González de León, “Elizabeth Bishop”, Material de lectura, UNAM, 2019.