Migrar significa arriesgarse. Arriesgarse a no volver, a nunca llegar, a fracasar en el destino o a lastimarse en el viaje. Este texto habla de la discapacidad adquirida en los trayectos de migración, en particular en el caso de La Bestia, y de lo lejos que estamos de asumir la violencia y precariedad de estos tránsitos.

“…la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante mucho después de Troya sagrada asolar; vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando de asegurar la vida y el retorno…”
—Homero,
La Odisea

Durante mi infancia en Monterrey era común escuchar relatos sobre los “hombres” de la colonia que se habían ido al “gabacho”. A mí me parecían fascinantes y captaban toda mi atención. Muy pronto se volvían legendarias y los chismes y rumores de cómo era la vida “allá; “del otro lado” las nutrían. Su heroísmo, sin embargo, radicaba sobre todo en los envíos de dinero a los familiares que se habían quedado, los delataba la construcción de las casas, del calzado y ropa, o los aparatos tecnológicos que ostentaban con orgullo. A aquellos Odiseos, astutos, sagaces, osados, los escuchábamos en sus visitas vacacionales.

Fue entre rumores e historiascontadas por mi abuela y mi mamá que conocí a mi tío Juan a quien jamás había visto pero cuya presencia se hacía notar en las cartas que le escribía a mi abuela, el dinero que le enviaba y —cuando instalaron el cableado en nuestra colonia— sus regulares llamadas telefónicas. Fue también por esos relatos que me enteré de los percances que había sufrido al cruzar. El primero de ellos cuando, al intentar subir en el ahora famoso tren llamado La Bestia, había caído lastimándose el pie. El segundo tras caer desde lo alto de un edificio en un accidente laboral. Ambos le generaron una cojera y dolores permanentes. Mi tío se jactaba de que, a diferencia de México, “allá” había recibido atención médica de calidad y oportuna. Además, en el segundo caso había sido indemnizado de forma “justa”, o al menos así nos hacía creer.

Ilustración: Patricio Betteo

Estas historias me han hecho reflexionar sobre la constante exposición de los cuerpos de las personas migrantes. La adquisición de una discapacidad es para ellos un riesgo latente durante el trayecto migratorio que tampoco desaparece al ingresar al país de llegada, pues ocupan los empleos de mayor riesgo. A diferencia de la época en la que mi tío se accidentó –finales de los ochenta, inicios de los noventa–, los migrantes en Estados Unidos cada vez se sienten más intimidados y no buscan apoyos y cuidados como la pensión por accidente laboral de ser necesarios. Exigir la indemnización puede significar el retorno a su país: existen casos en los que aquellas personas que tenían interpuesta una demanda pidiendo la aceptación de accidente laboral y se han enfrentado a operativos de deportación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante los tribunales. Inclusive existen trabajadores que, a pesar del accidente, rehúsan utilizar los servicios médicos.

A pesar de la similitud entre las travesías, a diferencia de Odiseo, una vez cumplido el objetivo de llegar al país anhelado, para los migrantes el riesgo permanece. Otra diferencia de lo que sucede hoy con respecto a mis recuerdos de infancia es la búsqueda de rutas de menor vigilancia pero de mayor riesgo, lo cual se ha potenciado también por el  endurecimiento de la política migratoria. No obstante el peligro que representa, subirse a La Bestia se ha vuelto una práctica recurrente y peligrosa. Según datos del Comité Internacional de la Cruz Roja entre 2002 y 2014 alrededor de 476 personas perdieron algún miembro debido a un accidente al subir a La Bestia. El dato es relativo ya que sólo considera a aquellas personas que se atendieron en esta institución. Además, desde el 2012 dejó de reportarse a aquellas personas que sufrieron mutilación para incluirlas bajo el rubro abstracto de “personas lesionadas o heridas”. Asimismo, omitieron reportar al tren como causante las mismas, aunque medios como Milenio, Excélsior, Telediario, La Jornada, entre otros, han llamado la atención varias veces sobre “los mutilados de La Bestia”.

Salta a la vista el candor —no sólo en los medios de comunicación sino también del personal médico— que emana del uso y reproducción del término “mutilado”,  recurrente en la historia de la discapacidad. Recordemos que los llamados “mutilados de guerra” resultaron  definitorios para  las políticas públicas modernas  de atención a la discapacidad. A mi parecer, sin embargo, este término oculta la violencia implícita en este tipo de discapacidad. La mutilación se refiere a las acciones de “cortar o cercenar una de sus partes a un cuerpo viviente”, de forma que se diferencia de la ablación en contextos médicos. En contraste con la ablación, la mutilación, se produce en lugares no controlados, no quirúrgicos, de manera inesperada y agresiva. Además, en algunos contextos la mutilación toma un carácter religioso, por ejemplo, las mutilaciones genitales a mujeres; en algunos otros se le utiliza como forma de amedrentamiento o de castigo, como las mutilaciones realizadas por carteles del narcotráfico.

En el caso de La Bestia la discapacidad puede resultar de distintos problemas: enfocadas en el deseo de subir al tren, las personas ignoran la velocidad y se caen; hay otros que, abatidos por el cansancio de los kilómetros caminados, llegan a quedarse dormidos en las vías del tren; o quienes, como señaló una persona entrevistada, se tiran del tren por no pagar la cuota exigida para viajar en los “vagones” de La Bestia: “nos dijeron [personas armadas] ‘¡se tiran o los tiramos!’ Ya habían tirado a las muchachas, no nos quedaba de otra porque nos hubiera ido peor, así que nos tuvimos que tirar”. Preservar la vida implica arriesgarse a sufrir un accidente, el menor de los males se vuelve el riesgo de caer mal. Entonces, las mutilaciones son producto un proceso traumático, doloroso e incluso solitario.

Esta intersección entre migración y discapacidad es comparable a la vivida en las plantaciones de esclavos y los campos de concentración en  los que, según Primo Levi, se formaba una zona gris cimentada por distintos tipos de terror. En esta zona se borran todas las formas de civilización. La mutilación se vuelve una forma de terror. Y, como para las personas en situación de esclavitud o aprisionamiento, para los migrantes con discapacidad adquirida en el trayecto no se han diseñado modelos de intervención que acompañen la recuperación física y psicológica. La falta de atención estatal –entre otras cosas– es generada por el mito de que representan una población pequeña (como es la lógica en general con la discapacidad). Sin embargo, en el caso de las personas migrantes, las estimaciones realizadas por María Pisani y Shaun Grech plantean que alrededor de 3.5 a 5 millones de  víctimas de desplazamiento forzado a nivel mundial pueden ser personas con discapacidad. Por su parte, Emma Pearce señala que existirían alrededor de 6.7 millones de personas migrantes con discapacidad a nivel mundial. En América Latina la mayoría de quienes se ven forzados a desplazarse debido a la violencia criminal y la pobreza son jóvenes que María Berghs considera que están en riesgo latente de adquirir  una discapacidad durante el trayecto.

Finalmente, un tercer punto de encuentro entre la discapacidad y la migración tiene lugar en el caso de personas que, antes de verse obligadas a dejar su lugar de origen, ya tienen  una discapacidad. Sin embargo, dado el capacitismo hegemónico en nuestra sociedad –reproducido tanto en los estudios de migración, como en los de discapacidad– pareciera que resulta inconcebible que una persona con discapacidad migre. Esta noción se  contrapone a la realidad. En Monterrey, nada más, un número significativo de personas en muletas, sillas de ruedas, bastones y otras formas de apoyo que han emprendido el trayecto desde su país de origen con el objetivo de llegar a Estados Unidos. También, mediante los relatos orales de la comunidad de personas ciegas, hoy sabemos de personas con ceguera que atravesaron la frontera, incluso arguyendo que no se habían percatado de la línea fronteriza.

Quisiera concluir recordando que la discapacidad, cuando está acompañada de violencia, se vuelve una política de odio, como diría Franz Fanon. La vida se transforma en una especie de muerte incompleta. Frente a este panorama pesimista, ese sufrimiento debe ser transfigurado en un movimiento crítico de la sociedad capacitista en el que se reivindiquen otras formas de ser, estar y habitar el mundo.

Esos imaginarios heroicos sobre los migrantes que poblaron mi niñez hoy contrastan con las opiniones y actitudes de los mismos regiomontanos, entre otros, con respecto a las personas centroamericanas que atraviesan México. Muy rápido olvidamos, como en el juego de serpientes y escaleras, las  situaciones que nos regresarían al inicio de este artículo. El contexto actual nos pide un mejor diseño y aplicación de programas y políticas públicas de atención a las personas migrantes pero, sobre todo, nos pide escucharles con atención para que tales medidas respondan efectivamente a sus necesidades. Ya que, como han demostrado los integrantes de la Asociación de Migrantes retornados con Discapacidad (AMIREDIS), el Tren los mutiló, pero no silenció sus voces ni paralizó su actuar político.

 

Brenda Araceli Bustos García
Doctora en Filosofía con Orientación en Trabajo Social y Políticas Comparadas de Bienestar Social, Facultad de Trabajo Social y Desarrollo Humano, UANL. Docente-investigadora A Tiempo Completo Instituto de Investigaciones Sociales, UANL. Autora de Disability in necropolitical contexts: experiences of migrants in Mexico, European Public Law Organization. (en prensa).

Bibliografía
Berghs, María (2015), “Disability and displacement in times of conflicto: rethinking migration, flows and boundaries”, Disability and the global south. Vol. 2. No 1, pp. 442-459.
Homero (s/a) La Odisea, Colección: Obras Clásicas de siempre, Biblioteca Digital ILCE. Recuperado en la Biblioteca Digital del ILCE
Levi, Primo (2015), Los hundidos y los salvados, España: Editorial Ariel.
Mbembe, Achille (2011), Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto, España: Editorial Melusina.
Migraciones Forzadas Revista. Discapacidad y desplazamiento (2010) Univ Oxford: número 35 septiembre.
ONU (2011) Informe mundial sobre la discapacidad, Malta: Organización Mundial de la Salud-Banco Mundial.
Pearce, Emma (2015) “‘Ask us what we need’: operationalizing guidance on disability inclusión in refugee anda displaced persons programs”, Disability and the global south. Vol. 2. No 1, pp.460-478.
Pisani, María; Grech, Shaun (2015), “Disability and forced migration: critical intersections”, Disability and the global south. Vol. 2. No 1, pp. 421-441.
Universidad de California (2007) Migración, salud y trabajo. Datos frente a los mitos, Editorial Universidad de California.