Es cierto que la biología determina la prevalencia y síntomas de ciertos padecimientos, pero los prejuicios que acompañan los ensayos clínicos, diagnósticos e incluso los tratamientos, afectan para mal la salud de las mujeres.

En uno de los capítulos de su libro Packing for Mars (2010), Mary Roach explica la razón detrás de la bajísima proporción de mujeres que han ido al espacio. La respuesta está apuntalada sobre dos situaciones fisiológicas y fisonómicas: la forma de orinar y la menstruación.

Es verdad que las soluciones para el manejo de las excreciones humanas espaciales han sido mejor resueltas en lo que se refiere a los hombres que a las mujeres, tanto por el sexismo imperante como porque los residuos femeninos en efecto dificultan los procedimientos tradicionales. Para decirlo rápido: los cuerpos masculinos han resultado más prácticos en muchos sentidos.

Esta idea sobre la “funcionalidad masculina” versus la “complejidad femenina” se refleja en muchos ámbitos. El más lamentable es el del cuidado de la salud humana que, sin embargo, tiene muchas aristas. Si seguimos hablando de orina, por ejemplo, se cree que el hecho de que las mujeres seamos más susceptibles y prevalentes a las infecciones urinarias que los hombres se debe a nuestras diferencias anatómicas y a las del sexo biológico. Culpemos a la longitud de nuestras uretras pero agradezcamos a nuestras hormonas. Se ha visto que las pacientes femeninas postmenopáusicas a las que se les proporciona un tratamiento tópico con estrógenos de hecho tienen menos incidencia en infecciones urinarias. Aunque el número de éstas es casi similar entre hombres y mujeres entre la población geriátrica, las proporciones se separan pronunciadamente en adultos no geriátricos con niveles hormonales altos. Es así que a pesar de que la anatomía femenina nos hace propensas a padecer infecciones urinarias, la evidencia apunta a que nuestras hormonas podrían dotarnos de protección contra éstas.

Ilustración: Patricio Betteo

De seguir las recomendaciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA por sus siglas en inglés) en su guía para estudios humanos de 1977 que sugiere excluir a las mujeres en edad reproductiva de los exámenes clínicos por el ruido que introducimos con nuestras fluctuaciones hormonales, las discrepancias en la incidencia de infecciones urinarias entre sexo femenino y masculino continuaría siendo atribuido únicamente a la forma de nuestros cuerpos, y se dejaría de lado el papel defensor de nuestras hormonas. Lo mismo sucede con la influenza: los niveles de estrógenos podrían estar implicados en la infección diferencial por el virus causante, pero este campo todavía debe ser explorado a profundidad.

Pasemos de la vejiga al corazón, pues la enfermedad coronaria también es sufrida por las mujeres más que por los hombres. Aunque en Estados Unidos los padecimientos del corazón son la primera causa de muerte tanto para hombres como para mujeres, es más probable que ellas fallezcan después de un infarto por meras razones biológicas.

Pero también es verdad que nuestra atención médica es distinta. En un estudio realizado en Australia para conocer si en el desempeño de los médicos existe una discrepancia hacia pacientes con una historia de enfermedades coronarias, los resultados mostraron que es menos frecuente que las mujeres sean analizadas para conocer el factor de riesgo que tienen de desarrollar el padecimiento, y que además son menos propensas a ser prescritas con medicamentos para bajar los niveles de colesterol o controlar la hipertensión. Incluso entre las mujeres hay distinciones: las menores de 45 años son insuficientemente prescritas en comparación de las mayores de esta edad. 

Así, pues, todo parecería indicar que las mujeres nos enfermamos distinto. Presentamos entre un 20% y 70% más de probabilidad de desarrollar cáncer de pulmón, a pesar de si fumamos la misma cantidad de cigarros que los hombres. En el caso de las infecciones de transmisión sexual, las mujeres las vivimos distinto a ellos tanto en susceptibilidad, como en síntomas, e incluso en complicaciones a largo plazo. Un hecho que parece contradictorio pues en general los hombres son más susceptibles a contraer y presentar mayor prevalencia y severidad de infecciones por parásitos, hongos, bacterias y virus. Otros ejemplos de enfermedades que nos afectan distinto son la osteoartritis —más a las mujeres que a los hombres—, los derrames cerebrales —aunque muchos de los factores de riesgo son similares para ambos, algunos son únicos para ellas, como el embarazo o las terapias de remplazo hormonal—, y las enfermedades mentales —más probabilidad de afectarlas a ellas que a ellos—.

Por otro lado, también es verdad que las mujeres nos curamos distinto. Los medicamentos tienen respuestas diferentes, porque nuestros cromosomas sexuales tienen efecto en nuestra fisonomía y metabolismo. Por ejemplo, las moléculas lipofílicas de los medicamentos, esas que se unen con los lípidos en nuestro cuerpo, tienen una mayor distribución a lo largo de nuestros volúmenes femeninos debido a que contamos con un mayor contenido de grasa corporal que los hombres. Esto significa que un medicamento con este componente lipofílico actuará distinto en un individuo con cromosomas XX a uno con cromosomas XY. Algo similar ocurre con el medicamento Zolpidem, utilizado como sedante: se ha visto que la misma dosis tiene un efecto duplicado en las mujeres del que tiene en los hombres dadas las diferencias entre nuestros metabolismos.

Seguir en la discusión sobre las “diferencias” entre hombres y mujeres es necio e impide que hagamos las preguntas correctas. El debate está más bien en permitir o no que las organizaciones o compañías para el cuidado de la salud pasen por alto nuestras diferencias del sexo biológico al ofrecernos servicios de salud.

Algunas farmacéuticas continúan asumiendo que los cuerpos humanos se comportan de manera similar, sin distinción del sexo ni de ningún otro tipo. Al mismo tiempo, sin embargo,  conciben a las mujeres como sujetos costosos para realizar pruebas piloto de medicamentos dada nuestra oscilación hormonal. Así es como ha resultado que los hombres, mejor si son caucásicos, sean  la “norma” de lo que representa una población. Tan sólo un ejemplo rápido: poblaciones distintas a las caucásicas como las latino descendientes, responden distinto a los medicamentos anticoagulantes, y esto sólo se debe a que la fórmula de los que están en el mercado no se ha adaptado a distintos grupos.

A escala celular y molecular de lo humano, las diferencias sexuales sí contribuyen a que haya discrepancias en los estados de la enfermedad, la prevalencia, el diagnóstico, la severidad de un padecimiento y los resultados de ensayos clínicos que hay entre hombres y mujeres. Ante esta situación, existen organizaciones de salud que han puesto su disposición en la búsqueda de una mejoría explícita para las mujeres. En 1990, los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos crearon la Oficina de Investigación en la Salud de la Mujer (ORWH) con el objetivo de aumentar el volumen de la investigación en aquellas áreas que afectan a las mujeres, así como identificar los vacíos de información, y crear una agenda nacional de investigación sobre la  salud de la mujer. O la Oficina de Salud de la Mujer (OWH) creada por la FDA en 1994 por mandato del Congreso estadounidense  con el propósito de proteger y mejorar la salud de las mujeres mediante políticas y conocimiento científico, así como trabajar para que ellas formen parte de los exámenes clínicos —la creación de esta oficina es especialmente relevante si consideramos el dato de la FDA de 1977 mencionado al inicio—.

Cuando ponemos la variación biológica entre hombres y mujeres en perspectiva a la gran diversidad humana y de todos los organismos que han existido, existen y existirán, éstas se vuelven banales a pesar de cómo las hemos significado en lo cultural. Lo que debemos hacer es trabajar por reforzar aquellas investigaciones que exploren nuestras distinciones biológicas, al tiempo que apoyar los esfuerzos que trabajan por cubrir las necesidades de salud de hombres y mujeres, siempre apelando por decisiones que eleven la calidad de la prevención, el diagnóstico, y los tratamientos de salud entre todas las personas, basadas en evidencia.

Este es un recordatorio más de que las mujeres hemos vivido en un mundo en el que los hombres trabajan para los hombres. Recordemos que tan sólo en la primavera de este año se canceló una caminata espacial en la Estación Espacial Internacional considerada histórica porque se haría únicamente por astronautas femeninas. Como sus trajes tenían el tamaño de un hombre más grande que ellas, su vida y la integridad de la maniobra estaba en peligro.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

Referencias:

Ingersoll, M. (2017) “Sex differences shape the response to infectious diseases”, PloS Pathogens, 13(2): e1006688.

Lee, C.M.Y., et al. (2019) “Sex disparities in the management of coronary heart disease in general practices in Australia”, Heart, 0, 1-7.doi: 10.1136/heartjnl-2019-315134

Liu, K. A. & Dipietro Mager, N. A. (2015) “Women’s involvement in clinical trials: historical perspective and future implications”, Pharmacy Practice, 14 (1): 708. doi: 10.18549/PharmPract.2016.01.708

NIH (2016) “What health issues or conditions affect women differently than men?”. Revisado en septiembre, 2019.

Weitering, H. (2019) “Astronauts won’t make the 1st all female spacewalk after all, NASA says”, Space.com. Revisado en septiembre, 2019.