La cantante Billie Eilish ha sido arremetida con críticas y burlas por los movimientos involuntarios que le provoca el síndrome de Tourette. Su forma de lidiar con esto combate simultáneamente los estereotipos y la fetichización del mundo del espectáculo.

Y una arenga final: no queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen.
—Néstor Perlongher

Billie Eilish había decidido no hacerlo público, pero entre sus millones de seguidores y fanáticos comenzaron a recopilar momentos en los que su cuerpo desobedece, cobra vida propia y afloran unos pequeños tics y gestos extraños. Son apenas unos segundos en los que a la cantante se le gira la cabeza, las manos se le aplauden, los ojos se le mueven, se le tuerce la boca. Una, otra y otra compilación en YouTube de cada uno de estos momentos hasta que Billie tuvo que hacer un pronunciamiento, vía Instagram, sobre estas desarticuladas gesticulaciones. “Me gustaría aclarar esto para que todos dejen de actuar como tontos”. En el breve comunicado  “revela” que a los 12 años de edad fue diagnosticada con síndrome de Tourette.

Si digo que “la cabeza se le mueve” y “las manos se le aplauden” es porque es así. Los movimientos característicos del síndrome son involuntarios, las personas que viven con esta condición neurológica no pueden controlarlos. “(Créanme, tenerlos [los tics] es todo un tipo de miseria)”, dice en un paréntesis la propia Eilish, y conmina a los internautas a preguntar en lugar de mofarse. Lo cierto es que aunque ella no habría querido decirlo y, de hecho, ha intentado contener los tics con ciertas estrategias, su cuerpo desobediente se revela a sí mismo, se muestra tal como es: atravesado por Tourette, tomado durante unos segundos. Pero Billie Eilish no pierde en esta fragmentación, sino que una elocuencia extraña acontece.

Ilustración: Kathia Recio

Me explico: Eilish ha dicho que prefería mantener la información privada para que no pensáramos en Tourette cada vez que la viéramos. Me resulta imposible verla como un “síndrome de Tourette” que canta; su sensualidad, su desparpajo, su predilección por la ropa oversized para evitar la cosificación e hipersexualización, la tosquedad de sus movimientos cuando baila, hacen que sus tics se integren al conjunto con absoluta naturalidad. Las rupturas se articulan: la ropa, las uñas, los tenis, la danza, la voz. No es ella, sino aquellos que no logran ver la línea que se forma con sus grietas, los que señalan las rupturas quienes necesitan ver a una Billie Eilish “normal” y una “con Tourette”. Buscan obsesivamente tics en sus videos, quieren ver el síndrome como manda el estereotipo, el fetiche, con los lentes de la morbosidad tan socorridos en estos tiempos: separan tics  del cuerpo que los encarna como el vendedor de Biblias en el relato “La buena gente del campo”, de Flannery O’Connor.

Entiendo de su comunicado que no la ofenden las burlas, quizá le duelen. Billie ha dicho en entrevistas que su estética responde a una necesidad personal de protegerse y resguardar su intimidad. No quiere que se sepa todo sobre ella, ni que su cuerpo sea sometido a fiscalización alguna; el Tourette y sus manifestaciones físicas son su intimidad. Mientras el cuerpo la traiciona, la turba internauta necesita “compila” la evidencia.

Cada quien decide cómo vive sus condiciones y qué hacer o no con ellas. Las compilaciones, finalmente, violaron la intimidad de Billie Eilish, rompieron el pacto, la cuarta pared de la persona que Billie Eilish ha creado para sortear el mundo del espectáculo y la expusieron a una desnudez de otro tipo, a la intemperie. Parece una contradicción, y quizá lo sea, que los evidentes tics sean parte del mundo íntimo que ella no quiere exponer, pero también es otra cosa.

Billie Eilish quiere distraer al ojo público de sus viciadas costumbres de señalar, juzgar, fetichizar, curar, condescender… a lo Perlongher, no quiere ni espera nada de esto, y sin embargo, suscita un deseo desobediente, alternativo. Un deseo sin asunciones, sin a prioris. Lo que provoca en quien la ve y escucha da cuenta de ello. Y a la vez, creo que busca alejarse del mórbido sentimentalismo que termina por consumir hasta los huesos a la “ídola”, “a la celebridad”.

Su respuesta me resulta, en este sentido, igual de inteligente: “No voy a entrar en detalles, pero si quieren saber más, soy un libro abierto”. Con las armas al descubierto: si se quieren educar en vivir con Tourette, allí está ella, el ser humano Billie Eilish, y establece así el horizonte de posibilidad de un deseo responsable. Un deseo pasado por el caute spinoziano, un deseo que cuide. No va a entregarnos sus tics como juguete sexual, como Santo Grial  para devorar, no será un personaje de O’Connor, no vivirá a través de la conmoción fetichista de su condición neurológica; el deseo no habrá de satisfacerse en el alimento mórbido de la masa compiladora. Si es posible desterritorializar la alienación que el deseo produce, allí está Billie Eilish, en ese cuadrante, con todas sus contradicciones a cuestas: es un icono de la moda que usa la moda para protegerse de la mirada alienante del espectáculo. Su Tourette es tan evidente y tan íntimo.

La defensa que hace Billie Eilish de su condición y sus manifestaciones como parte de su intimidad, su necesidad de mantenerla en buen resguardo y evitar que sea un producto mercantilizable e intercambiable de conmoción, me parece la actitud más desafiante posible en su universo. Quizá la reivindico porque los dueños del espectáculo están esperando lanzarla a los leones, en el Circo Romano de la fama que devora a sus pequeños dioses.

 

Isaura Leonardo
Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Ha colaborado en Crítica, Periódico de Poesía, Horizontal, entre otros medios. Coedita el sitio Jerónimo.