Un repaso de la primera aparición literaria de lo que ahora denominamos hipertimesia: la enfermedad de recordarlo todo.

“La memoria es el infierno”

Luis Cardoza y Aragón, El río: novelas de caballería

El mal de Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa que está íntimamente asociada con la tercera edad, consiste en pérdidas de la memoria y el sentido de la orientación. Según diversas estimaciones y estadísticas, constituye el 70% de los casos de demencia en el mundo1 y, en la era de la tecnología, acostumbrados a depositar la memoria personal en soportes externos (ordenadores, dispositivos móviles, la nube misma), parece observarse una tendencia a la alza.2

Aunque menos conocida por el bajo índice de afectados, la enfermedad del olvido tiene su contraparte, su antípoda: la hipertimesia. De reciente descripción en la ciencia médica, este padecimiento se caracteriza por la inusual capacidad que poseen ciertos individuos de recordar episodios biográficos e históricos determinados con absoluta precisión.3 Ellos tienen presente, aun sin proponérselo, qué comieron en cualquier día de su adolescencia o cuáles fueron las noticias que ocuparon las primeras planas de los diarios nacionales o internacionales en cualquier fecha pasada.

Ilustración: Jonathan Rosas

La hipertimesia tiende a aparecer con el transcurso de los años y, contrario a lo que podría pensarse en un principio, es altamente incapacitante. En un estudio de 2006, hasta la fecha uno de los más completos en la materia, se lee: “Sorprende que una memoria superior no necesariamente facilite otros aspectos de la vida diaria y de hecho, en el caso de AJ —sujeto de experimentación—, su memoria no fue de ninguna utilidad en la escuela, pues pasaba demasiado tiempo recolectando el pasado en lugar de orientar su presente y su futuro”.4

Ahora bien, antes del 2001 que fue cuando se documentó a conciencia el primer caso de hipertimesia (Jill Price de 34 años de edad), la literatura, que con frecuencia se adelanta a las demás asignaturas, ya había recuperado ese cuadro clínico en calidad de línea argumental.5 A mediados de 1942 Jorge Luis Borges escribió un cuento, que se volvió un clásico, que es sumamente ilustrativo para mostrar de qué se trata la enfermedad de recordarlo todo: “Funes el memorioso”.

Éste relata la historia de Ireneo Funes, un joven uruguayo que a los 19 años sufre un aparatoso accidente que le cambia la vida por completo y para siempre. Cierto día, Funes cae de un caballo, se golpea la nuca contra una piedra y, por obra y gracia del impacto, desarrolla una memoria privilegiada. Dueño de una capacidad mnemotécnica asombrosa, no hay suceso o fenómeno que ocurra a su alrededor que Funes sea capaz de olvidar; lo recuerda absolutamente todo. Esta característica, lejos de ser una virtud o un superpoder, representa justo lo opuesto: un tormento inimaginable, un dolor existencial terrible. Cuando un viejo conocido (que hace las veces de narrador) lo visita para pedirle de regreso dos libros que son de su propiedad, entra en su habitación y lo encuentra acostado en un camastro. Ahí, envuelto por una atmósfera de tristeza y de nostalgia, Funes pasa sus días con la mirada fija, volteando perpetuamente hacia una higuera. Desde aquella desafortunada contingencia ecuestre, Funes no puede caminar pero, a decir verdad, tampoco quiere enterarse de nada más de lo que sabe ahora y, por ende, intenta mantenerse al margen de cualquier experiencia que amenace con generar otro recuerdo innecesario en el interior de su cabeza. “Más recuerdos tengo yo solo —declara el joven prodigio— que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo.”6

Si el médico de Jill Price, el doctor en neurobiología James L. McGaugh, no se hubiera ceñido a las reglas denominativas de su gremio que mandan atender los lexemas del griego clásico, esta enfermedad podría haberse llamado el síndrome de Ireneo Funes. Lo mismo el personaje literario que la mujer de carne y hueso manifiestan síntomas extraordinarios: la descontrolada acumulación de datos en la mente, el anegamiento involuntario de información que no pueden procesar. (¡Una memoria, aunque sea inmensa, resulta inoperante si es caótica y si no se ordena de manera conveniente!)

El cerebro humano suele simplificar los datos que recibe, acostumbra reducir la talla de la información que alberga. Piénsese en la famosa serie de Fibonacci. Enunciada por Leonardo de Pisa alrededor del siglo XIII, ésta empieza con un 0 y con un 1 y, a partir del tercer elemento, que también es un 1, revela un patrón de conducta que continúa hasta el infinito: cada nuevo número que se le añade a la cadena es, en realidad, el total de la adición de los dos números que le preceden de inmediato.

De acuerdo con esta lógica, éstos son los primeros dieciséis eslabones de la sucesión de Fibonacci: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144, 233, 377, 610…

La altura que llega a alcanzar esta sucesión de guarismos provoca vértigo, ¿cierto? Frente a un crecimiento exponencial semejante, el cerebro humano hace lo posible, metafórica y literalmente, por mantener los pies en la tierra. Sus alter ego, las inteligencias artificiales, han desarrollado los llamados algoritmos de recursividad para emular su procedimiento. Así pues, en un lenguaje de programación, el algoritmo de recursividad idóneo para resolver la sucesión de Fibonacci es el siguiente:

Definir Fibonacci (n):
Si n = 0:
Regresa a 0
Si n = 1:
Regresa a 1
Si no
Regresa a (Fibonacci (n – 1) + Fibonacci (n – 2))

La n es una variable que simboliza, no el valor real de un número, sino su posición en la serie de Fibonacci. Por ejemplo, si alguien busca el elemento 10, se estará refiriendo, más bien, al número 55.7 Este algoritmo de recursividad permite que en lugar de paralizarse por el exceso de información (como lo haría un cerebro humano enfermo de hipertimesia), la inteligencia artificial avance paso por paso, abrevie el problema y dé, en tan sólo unos segundos, con el resultado.8

El cerebro de Funes el memorioso, un presagio del de Jill Price y a la vez un modelo a escala mayor, está imposibilitado, desde el día que su caballo se encabritó y lo tumbó de espaldas, para realizar tareas de descomposición y de simplificación básicas y elementales. Paciente preclaro de hipertimesia, de ese extraño síndrome que debería de llevar su nombre y su apellido, con el pesar de un hombre cuya cabeza se infla como una bolsa de plástico, le confiesa a su visita: “Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras”.9

 

Francisco Gallardo Negrete
Doctorante en Humanidades, con énfasis en Teoría Literaria, en la UAM-I. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario Alfonso Reyes 2015.


1 Organización Panamericana de la Salud, Organización Mundial de la Salud y Alzheimer’s Disease International, Demencia: una prioridad de salud pública, Washington, Autores, 2013, p. 7.

2 Cfr. Alzheimer’s Disease International, Informe mundial sobre el Alzheimer 2018. La investigación de vanguardia sobre la demencia: nuevas fronteras, Londres, Autor, 2018, pp. 32-39.

3 Daniela Zeibig, “Una memoria superior”, Mente y cerebro, núm. 62, septiembre-octubre de 2013, pp. 58-62.

4 Elizabeth S. Parker, Larry Cahill and James L. McGaugh, “A Case of Unusual Autobiographical Remembering”, Neurocase, núm. 12, 2006, p. 48 (35-49).

5 Zeibig, “Una memoria superior”, op. cit., p. 58.

6 Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”, Artificios, Madrid, Alianza Editorial (Alianza Cien), 1994, p. 14 (7-18).

7 Véase “Construir máquinas que piensan”, La computación Turing. Pensando en máquinas que piensan, Navarra, National Geographic, 2016, pp. 99-121.

8 Si cierto programador le ofrece un número ordinal, esta inteligencia artificial, en vez de enmarañarse en cálculos sobreabundantes, sabrá que n se consigue sumando los dos números inmediatos anteriores y, en consecuencia, le regresará un número cardinal. Así, se dice: Fibonacci de 10 = 55; Fibonacci de 11 = 89; Fibonacci de 12 = 144; Fibonacci de 13 = 233; etcétera.

9 Borges, “Funes el memorioso”, op. cit., p. 14.