Este fin de semana se celebra la primera movilización por el derecho al cuidado digno en la Ciudad de México. Cuidadores exigen apoyo, capacitación, derechos económicos y sociales. Este ensayo redefine lo que implica cuidar: vivir según los ritmos de alguien más.

No recuerdo con claridad la primera vez que cuidé, pero tengo la certeza de que fue cuando era muy niña. Quizá me encargaron vigilar a mi hermana pequeña o me pidieron que le sirviera la comida a mi padre. Tal vez comencé, sin saberlo, cuidándome a mí misma bajo esa idea lacaniana de que el yo que se refleja se vuelve el otro y, sólo entonces, se protege; aunque a la fecha el autocuidado ha sido lo más complicado de aprender.1

Eso tiene la actividad de cuidar: abarca mucho y a muchos, incluido uno mismo. Atiende diferentes necesidades y sus requerimientos son complejos y particulares. Múltiples discusiones académicas buscan identificar qué es cuidar y qué implica el trabajo de cuidados.2 Porque si bien nuestra vida depende completamente de éste, lo pensamos y comprendemos muy poco. En lo que coinciden las discusiones, sin embargo, es en que el tema es a la vez amplio e invisibilizado. Con frecuencia se entremezclan cariño y obligación, y es principalmente a las mujeres a quienes se nos impone cuidar. A este trabajo se le ha empujado a los márgenes de lo privado y ahí permanece como obligación femenina, como característica anímica y como inversión temporal.

No todo cuidado es igual, pero todo cuidado es indispensable para sostener la vida. Yo he cuidado de distintas formas y a personas muy diversas. Pero no puedo ni recordar cuándo comenzó y, sobre todo, cuánto tomó de mí.

Ilustración: Patricio Betteo

El trabajo de cuidado más definitorio que he tenido ha sido cuidar de mi hermana. Ella enfermó hace más de una década, mucho tiempo después, al borde de la ventana del hospital que habíamos habitado varios años y desde donde yo veía hacia afuera escribí, en un trozo de papel prestado de la central de enfermería:

He envejecido cuidando al borde de una cama en la que no reposo.

Eso pasa, el tiempo pasa.

Pero acá el tiempo sigue su propio ritmo. Uno diferente.

Guiado a veces por la frecuencia cardiaca, otras por el paso agitado de las enfermeras, el goteo de las máquinas, de la sangre que a veces se desborda, de los médicos abruptos o de los dolores lentos. Cuando se siente dolor —aunque no sea el propio— es cuando el tiempo pasa más despacio, hasta casi detenerse o a veces lo contrario, avanza mucho más rápido, tanto que hace difícil notarlo.

La equivalencia del tiempo

Un minuto con dolor extremo podría ser un año afuera, casi lo mismo pasa con las horas quirófano: se vuelven años, se multiplican y alargan. Al menos si una espera afuera.

En ocasiones, el tiempo expone el efecto contrario, una visita de doctor puede durar unos infructuosos segundos (así el doctor examine el cuerpo por minutos) y la duda se perpetúa por lo que parecieran años; también un buen día rápidamente se transforma en meses internadas. Junto a las camas, o dentro de las paredes de hospital, el tiempo cronológico juega con los ritmos y los límites —quizá es otro tiempo. Una se levanta, cuida, respira y anochece. A veces, tampoco te permite recordar si comiste o no, si dormiste o no, si está oscuro o no.

Pasa sin que se note; a veces se detiene, otras amaneces años después cuidando.

Había cuidado muchos años y sólo me percataba, porque ya no podía hacerlo más.

Arnoldo Kraus escribió que si cuidar “se hace por amor lacera. Si se hace por obligación hiere”.3 No estoy segura de que las mujeres podamos advertir con tanta facilidad si es obligación o amor o, en su caso, las diferencias entre uno y otro. Al menos yo comencé a cuidar por amor y sucedió lo esperado,4 me mimeticé en las paredes de hospital, en las pastillas a tomar, en las sábanas cansadas, en la enferma. Y no me percaté de que yo era otro cuerpo, hasta que fue por demás obvio. Alimentar cuando el otro necesita comer, dormir cuando el otro está cansado -sin importar si es de día o de noche-, sentir como siente el otro para prever un deterioro. Cuidar es habitar un tiempo ajeno.

La enfermedad envuelve y marea. Cuando es grave, catastrófica, o el dolor es crónico, sanar no es un puerto visible en los términos que supone nuestro imaginario. Todo se mueve y de repente la cartografía resulta ininteligible y la realidad difícil de transitar.

Aunado a ello, la enfermedad en sí misma siempre parece pertenecer a un tiempo que no es el adecuado: enfermó muy joven, o decayó pronto. El curso que toma a veces es muy rápido, indetenible y en otras ocasiones letárgico; se marca en los cuerpos y suele estar sujeto a un sentido de incorrección vinculado a quién decae o cuándo sucede. Un ritmo injusto. “No le debió pasar.” Cuidar enfermedades graves es un desfase constante para los involucrados, que impone la sensación de que no se cuida bien; se cuida mal, no se cuida tan bien como se debería o sencillamente cualquier esfuerzo es insuficiente. Nadie nos enseñó a cuidar. Además, la tensión permanente entre quien cuida y quien es cuidado, por los gustos, necesidades, expectativas y deseos, no se resuelve por más que se ponga el cuerpo y el esfuerzo.

No creo que exista persona que quede intocada ante el cuidar. Y quien ha sido  cuidado tampoco lo puede esconder.

El tiempo del cuidado y el tiempo de la enfermedad se mezclan; en conjunto son un centrifugado que te mueve o te paraliza, a veces ambas y a gran velocidad. Es el tiempo de cada enfermedad, de cada enfermo, de quien cuida al enfermo. Cuerpos que habitan un momento distinto.

La ausencia de sistemas de apoyo hacen de ese habitar el tiempo de otros cuerpos aún más pesado y más intenso. El cuidado se desarrolla en un espacio donde el dolor y el tiempo se confrontan y construyen en los cuerpos, una y otra vez. 

No recuerdo cuando comencé a cuidar, pero en cierto sentido no importa.

Cuidar a veces conlleva perderse.

 

Alejandra Donají Núñez
Politóloga y cofundadora de Transversal. Ha publicado en Animal Político, con el Seminario de Sociología General y Jurídica de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y con la Red Iberoamericana de Expertos en la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad.


1 Alusión al Estadio del Espejo de Jacques Lacan, donde [la niña] se reconoce a sí misma como totalidad en la imagen que se presenta en el espejo, que a su vez, es tensión alienante porque la imagen se presenta como externa.

2 Entre otros: Brígida García (El Colegio de México), Cecilia Fraga (Red de cuidados), Edith Pacheco (El Colegio de México), Fernando Filgueira, (Centro de informaciones y estudios del Uruguay), Hilda Rodríguez Loredo (UNAM), Karina Betthyany (Universidad de la República, Uruguay), Mauricio Rodríguez (El Colegio de México), Mónica E. Orozco Corona, y Ximena Andión (ILSB).

3 Arnoldo Kraus, Morir antes de Morir, el tiempo antes del Alzheimer, Penguin Random House, México 2015, pág. 183

4 Esperado: Término médico desesperanzador, que hace a uno sentir ignorante por no haberlo previsto. Deviene de no explicar los diagnósticos, los tratamientos ni los procedimientos.