Los efectos que tiene la música en nuestro cerebro se han revelado un escenario ideal para investigar los movimientos y sistemas de percepción en nuestra materia gris. ¿De dónde viene nuestro gusto natural por el ritmo?, ¿por qué una melodía suscita recuerdos?, ¿cómo se doma cerebrelmente un instrumento?

La música, como el lenguaje, es una actividad compleja que parece haber acompañado a los homínidos desde que nos organizamos en sociedades, evolucionando con nosotros a través del tiempo y dejando huella en nuestra arquitectura cerebral. La forma en que los recién nacidos y lactantes responden a la música nos muestra que nuestros cerebros nacen tan preparados para procesar la música como lo están para procesar el lenguaje. Por esto y más, la relación entre la música y el cerebro ha suscitado el interés de psicólogos, neurólogos, científicos y músicos a través de la historia.

Ilustración: Adrián Pérez

Dentro de las exploraciones científicas de la práctica artística, el estudio del funcionamiento cerebral detrás de la percepción y producción musical ha sido uno de los campos más prolijos. En los últimos años, con el desarrollo de técnicas que permiten observar la actividad cerebral en tiempo real (el electroencefalograma, la resonancia magnética funcional), ha habido un auge en la investigación de los correlatos cerebrales de la experiencia musical. Estos estudios han revelado que esta experiencia depende de múltiples sistemas en el cerebro: los circuitos que analizan las relaciones entre sonidos, los que procesan el ritmo y la temporalidad, los que calculan de dónde viene el sonido, los que asocian las melodías con la memoria autobiográfica, los que activan nuestras emociones y generan en nosotros el placer asociado a la música que amamos, entre muchos otros. En resumen, la música genera en nuestro sistema nervioso una experiencia integral en nuestro sistema nervioso que incluye los órganos de los sentidos, nuestros sistemas de percepción, memoria, acción y movimiento organizados en ambos hemisferios.

Originalmente una práctica ritual de la que todos participaban en mayor o menor medida, la cultura humana transformó la música en una práctica especializada, que, al desarrollarse, genera cambios medibles en la actividad de nuestros cerebros. Esto ha abierto la puerta a estudiar, analizando la actividad cerebral de músicos expertos, la llamada plasticidad cerebral: esa capacidad de nuestro sistema nervioso de modificarse y reorganizarse a través del entrenamiento para encarnar nuevos aprendizajes. La enorme variedad de la práctica musical provee a los investigadores con una amplia ventana para estudiar y comparar las diversas formas en que se modifican, con el aprendizaje, los sistemas de percepción y movimiento del cerebro.

La universalidad de la música nos ofrece una plataforma para estudiar diversas funciones del cerebro, desde la atención, percepción y memoria hasta los cambios de conectividad y estructura en los cerebros de los músicos. Hoy en día, mientas crece el interés por desarrollar prácticas terapéuticas basadas en la música, resulta esencial divulgar la neurociencia de la música. Comenzando por la forma en que nuestro sistema nervioso procesa los sonidos, pasando por las áreas cerebrales involucradas en la experiencia musical y concluyendo con los cambios que tienen lugar gracias al entrenamiento en el cerebro de los músicos, este episodio de SINAPSIS explora también fenómenos interesantes como los recuerdos autobiográficos evocados por música y la ciencia de la imaginación musical. Estas son, pues, algunas claves útiles para navegar el vasto mundo de la neurociencia cognitiva de la música.

 

Fernanda Pérez-Gay Juárez
Médica por la UNAM, Doctora en Neurociencias por la Universidad de McGill. Investigadora en neurociencia cognitiva y divulgadora de la ciencia, sus artículos científicos han sido publicados en revistas indexadas y sus relatos y textos de divulgación en medios mexicanos y canadienses.