En esta primera parte de un recuento de su carrera, la investigadora Zenobia Morrill delinea cómo confrontó a las estructuras opresivas de la psicología y encontró respuestas en otros marcos teóricos y terapéuticos.
Desde un punto de vista crítico, parece haber dos opiniones generales sobre la terapia conversacional, también conocida como psicoterapia.
Una opinión es que la psicoterapia está irremediablemente ligada al sistema de medicalización y coerción que caracteriza la hegemonía psiquiátrica. Dado que esta no puede desvincularse del modelo médico, la psicoterapia, como institución, mantiene el status quo al ubicar los problemas directamente en los individuos. Desde este punto de vista, el riesgo de que la psicoterapia sea dañina para el paciente es muy grande.
El otro punto de vista es que la psicoterapia ofrece una opción libre de medicamentos, que contrasta con intervenciones superficiales y centradas en la reducción de los síntomas. No sólo es el modo de tratamiento preferido por quienes buscan servicios de salud mental, sino que, desde este ángulo, la psicoterapia ofrece una relación de confianza y curación. De hecho, si la psicoterapia se ve como una relación de curación más que como un tratamiento curativo, entonces puede haber un espacio para esta forma de validación empoderadora y solidaria en los proyectos para repensar los sistemas sociales.
La psicoterapia es poderosa. Así como corre el riesgo de transmitir narrativas dañinas sobre el dolor y la angustia, pero es posible que la psicoterapia pueda subvertir estos discursos en busca de una auténtica curación y transformación.

Ilustración: Kathia Recio
Repensar las narrativas
Como mujer biracial y bicultural —blanca y morena; estadounidense y pakistaní; influida por el cristianismo y el islam—, enfrentar y repensar las narrativas y los sistemas opresivos para forjar caminos hacia adelante se ha convertido en mi modus operandi. Quizá la dicotomía más grande que encarno sea la derivada de los vínculos ancestrales con el colonizador y el colonizado.
Cuando tenía diez años, mi familia y yo conocimos por primera vez el sistema legal y de salud mental estadunidense. En ese momento, creí que los psicólogos estaban equipados con herramientas sofisticadas para descubrir y exponer la verdad sobre un problema para luego corregirlo. En cambio, me encontré con un proceso intimidante de interrogación y evaluación que no entendía cómo se suponía que me ayudaría.
Los informes presentados por los profesionales de la salud mental sonaban oscuros y francamente obvios. Los veredictos y los planes recomendados para mi familia eran poco prácticos. Nos encontramos desamparados y financieramente agotados, sin mayor información que un diagnóstico individual y algunas formulaciones psicológicas. “Depresión”. Entre otros diagnósticos, esa etiqueta descontextualizada se nos proporcionó a todos los miembros de mi familia, y con ella, la explicación de que nuestro sufrimiento se debía a desequilibrios químicos en el cerebro.
No fue sino hasta mucho más tarde que me sentí lo suficientemente capacitada para dar la vuelta a esta postura patologizante y cuestioné las deficiencias y limitaciones de los sistemas y marcos que pretendían ayudar a enfrentar el sufrimiento psíquico.
La angustia a través de diferentes lentes
“Se acabó todo menos la angustia”, decía mi padre, después de que cesara nuestra estrecha relación con el sistema legal y de salud mental. Esta forma de explicar la angustia también podría ser capturada por la noción de “un corazón que se hunde”, que sería el equivalente a una expresión nativa de la región del Punjab que se extiende a lo largo de la frontera entre Pakistán y la India.
Reflexionando sobre ello ahora, me siento afortunada de haber podido conjurar nuestras propias palabras y explicaciones sobre lo que nos ocurría. Con mi familia, fui coautora de historias que me permitieron honrar creativamente los múltiples significados de mi experiencia y validarlos. Las ideas sobre el dolor que mi familia aprendió a lo largo de los años nos ofrecían explicaciones mucho más ricas y encarnadas, fuera de los límites del lente médico, psicológico o patológico. Con el tiempo, me ayudaron a reparar las fracturas entre los binarios que parecían constituir mis experiencias.
En realidad, el sistema de salud mental nos había fallado. Los proveedores y las evaluaciones parecían pasar completamente por alto nuestro contexto específico, aquello que “había pasado”. O, mejor dicho, nos habían sacado del contexto en lo que parecían interacciones y evaluaciones mecanicistas que revelaban una lógica circular. La jerga para describir esto sólo parecía oscurecer el significado. En lugar de sentir que se habían presentado nuevas formas de avanzar, me sentí aún más encajonada en una situación en la que no pertenecía, incentivada a cuestionar mis sentimientos, a cambiarme a mí misma y ocultar lo que sentía como verdadero y real.
Luego: “estás haciendo lo mejor que puedes en una situación realmente difícil”. Esta respuesta no era lo que había previsto que diría mi terapeuta. Esperaba que me sugiriera reestructurar mis pensamientos o percibir las cosas de forma diferente. La “ayuda” que yo había recibido hasta entonces parecía orientarme hacia un proceso de adaptación al desempoderamiento. Y cuando alguien te ofrece un terreno en el que apoyarte, aunque esté fundado en la idea de que tú eres el problema, puede que te acomodes ahí, sólo para no seguir sintiéndote sin piso.
La respuesta de mi terapeuta en este momento importaba. Ella me había acompañado durante mi proceso y me había escuchado lo suficiente para entender qué estaba sucediendo, obviamente sus palabras tendrían un impacto en mí.. Reconocer que yo estaba haciendo lo que podía no fue especialmente novedoso ni poético, pero he aquí por qué despertó en mí la sensación de que la experiencia terapéutica podría ser diferente: en primer lugar, nombró el contexto. Reconoció que mi experiencia personal y todo lo que ocurría a mi alrededor estaban conectados. También validó mis experiencias en tanto reconoció que éstas tenían sentido dentro del contexto que habitaba. A un nivel mucho más profundo, su respuesta me indicó que quizás ella pensaba que yo era una buena persona y eso me desarmó después de haber interiorizado durante tanto tiempo que yo estaba mal de alguna manera.
Decir esto era algo básico para ella, pero requería de un grado de sintonía, de un agudo sentido del tiempo y de la entrega, y de una sólida base relacional en un momento en el que mi terreno se sentía como una gigantesca falla geológica. Entonces, imaginé un escenario alternativo en el nunca hubiera recibido el mensaje sobre mi deficiencia. ¿Y si hubiera descartado la idea de que el problema residía exclusivamente en mí, que mi corazón debía permanecer hundido como una condena?
Estas experiencias contradictorias con dos culturas de atención médica me llevaron a interesarme por la forma en que éstas podían responder y abordar —en lugar de reproducir— las condiciones y estructuras desordenadas que yo y tantos otros hemos interiorizado.
Culturas de la atención en las disciplinas “psi”
La pregunta sobre ¿cómo hacer que las relaciones y los procesos de cambio sirvan para contrarrestar las condiciones de opresión y desempoderamiento? Me alejó de la atención sanitaria mental convencional. Con la esperanza de imaginar y poner en práctica respuestas diferentes a la angustia, me propuse ser psicóloga.
Mi familia no entendía muy bien por qué quería hacer un doctorado en un campo que parecía beneficiarse de nuestro dolor. Para mí, era una oportunidad de estudiar los procesos de cambio con respecto a cómo las experiencias sociales e individuales están íntimamente conectadas; una oportunidad para considerar cómo podrían ser diferentes las cosas.
La psicología, la psiquiatría y la psicoterapia (es decir, las disciplinas “psi”) son poderosas porque producen y difunden conocimientos destinados a definir quién o qué es “sano” y “normal”. Estas ideas se abren paso en el discurso cotidiano. Yo, desde un principio, encontré problemático que las disciplinas “psi” presentaran estas ideas de forma acrítica, bajo el disfraz de la objetividad científica, sin reconocer realmente cómo se sitúa esta información en los contextos culturales y las diferentes ideologías. Así que cuando escuché a un profesor en mis estudios de posgrado declarar: “La opresión es la raíz de todos los trastornos de salud mental”, me pareció que el enfoque terapéutico parecía estar más en sintonía con lo que yo veía como las limitaciones y restricciones de la psicología del status quo. Esto, porque cuestiona la relación de la psicología con el poder.
Entonces, me desvié de la psicología clínica a la psicología del asesoramiento o terapéutica. Aunque me costó conectar con algunas prácticas de este campo que están orientadas, en gran medida, a delimitar los pensamientos, comportamientos y sentimientos normales de los “anormales”, encontré muchas promesas en la teoría de esta vertiente psi: el dictamen feminista de que lo personal es político; el pensamiento foucaultiano que examina el poder, el conocimiento y la locura; los estudiosos de la comunidad crítica; y el pensamiento humanista-existencial que tiene implicaciones para los proceso de psicoterapia, así como vínculos históricos con el movimiento antipsiquiátrico. En mis estudios formales de psicología, los eruditos decoloniales, como Frantz Fanon, ni siquiera habían sido mencionados.
Así, encontré una comunidad afín a mis inquietudes cuando comencé mis estudios de doctorado en la Universidad de Boston y empecé a escribir para Mad in America. Había muchos estudios y formas de pensar que no habían aparecido antes en mi educación, pero que salían a relucir en las discusiones con amigos, mentores y equipos. Constantemente nos encontrábamos con pruebas científicas que contrarrestaban las prácticas y los marcos de referencia dominantes en el campo de la salud mental.
Me empecé a hacer una idea más clara del modo en que se pasan por alto los contextos que enmarcan las experiencias de angustia. Los modelos “psi” dominantes no tienen en cuenta el modo en que el racismo, la pobreza y los factores geopolíticos influyen en el sufrimiento de las personas. En cambio, se centran exclusivamente en la bioquímica y los genes de los individuos, o incluso en factores intrapsíquicos descontextualizados, como los rasgos de personalidad.
Tuve la oportunidad, no sólo de desarrollar una visión a profundidad sobre cómo las respuestas actuales del sistema están fallando a las personas, sino también pude comprender cómo estos sistemas están coludidos por los intereses gremiales y los vínculos farmacéuticos: son neoliberales y neocoloniales por diseño. No se trata sólo del modelo médico, sino de cómo este modelo sostiene una visión muy específica de la angustia que justifica el estándar actual de atención. Situar el trastorno en el cuerpo de los individuos despolitiza la angustia: absuelve a los sistemas y a las estructuras injustas de la necesidad de cambiar y protege el modo en que están las cosas.
Aprendí que las decisiones en torno al tratamiento tienden a tomarse para proteger la responsabilidad de los médicos y priorizar lo que es bueno para el mercado, no necesariamente para impulsar lo que es mejor o trae mayores beneficios con respecto a la salud y el bienestar. Incluso, el enfoque de la salud tiende a estar dominado por un lente occidental que valora el neurorreduccionismo y las teorías biogenéticas de la causalidad, sin comprometerse significativamente con la filosofía y el pensamiento crítico, como en el caso del problema de la conciencia. Esta lente hace demasiado hincapié en la agencia individual y en una cultura de eficiencia y soluciones, al tiempo que se apropia indebidamente de cualquier modelo que desafíe su núcleo.
Sin embargo, las disciplinas “psi” no dejan de asociar su trabajo con una misión de justicia social. Confunden la intervención con la atención y el acceso con la equidad. Al hacerlo, estos enfoques dominantes aplanan la resistencia tal y como se manifiesta en el individuo, y patologizan diversos lenguajes de la angustia.La exportación acrítica de modelos occidentales se basa en el legado de la colonización.
Una y otra vez, me he encontrado con artículos de investigación que declaran la necesidad de un cambio de paradigma en el campo: es hora de repensar el diagnóstico, es hora de desarrollar nuevos modelos para el trauma racial y es hora de utilizar alternativas conceptuales. Por ejemplo, el sonado Marco de Significado de la Amenaza de Poder, que reconoce los determinantes socioestructurales y relacionales de la angustia.
Psicoterapia: “La intervención clínica es una prescripción cultural”
Cuando llevaba unos seis años de formación clínica me di cuenta de que las cuestiones macro en el campo de la psicoterapia se trasladaban a la propia terapia y moldeaban la manera en que las personas se entendían a sí mismas. A veces, cuando me reunía por primera vez con un cliente, éste pronunciaba frases como las siguientes:
“Mi último terapeuta me dijo que tenía una personalidad ansiosa”, “algo está mal en mi forma de pensar”; “Tal vez estaba exagerando, pero sentía que mi terapeuta desestimaba lo que yo creía que era real. Tiendo a catastrofizar”.
Me pareció que estaba asistiendo a la psicologización de la vida cotidiana. El lenguaje que utilizaban estos pacientes imitaba las teorías psicológicas que ponían en relieve los déficits de los individuos.
El filósofo Michel Foucault describió cómo el control del discurso equivale al control de la forma en que una persona se percibe y experimenta a sí misma y al mundo. Los discursos sociales y las dinámicas de poder perjudiciales tienen la capacidad de transmitirse y reinstalarse en la psicoterapia. Otra posibilidad es interrumpirlos y subvertirlos.
Sin embargo, descubrí que la psicoterapia casi nunca se describe como portadora de un potencial para perturbar el status quo. La mayoría de las veces se presenta simplemente como un tratamiento diseñado para reducir o erradicar los síntomas. Es una idea de la psicoterapia que la asemeja a un fármaco y que no coincide con la literatura de investigación del proceso psicoterapéutico que enfatiza la relación cliente-terapeuta, la empatía de los terapeutas, la comprensión contextualizada de la angustia y los recursos de los clientes como predictores de un cambio positivo y deseado.
La literatura de investigación también da cuenta a las formas en que la psicoterapia puede reproducir dinámicas de poder social dañinas. Por ejemplo, las personas marginadas en la sociedad tienen menos probabilidades de beneficiarse y más probabilidades de experimentar coerción, medicalización y criminalización cuando acceden al sistema de salud mental. En psicoterapia, esto se ha traducido en la experimentación de microagresiones, la desconfianza justificada hacia los clínicos, el abandono de la terapia y la expresión de una mayor insatisfacción con los servicios de psicoterapia.
El proceso de psicoterapia está guiado por supuestos teóricos y por la teoría psicológica. La medida en que las dinámicas de poder social y estructural han dado forma al conocimiento en la disciplina es la misma medida en que la psicoterapia puede reproducirlas a partir de violencias epistemológicas que deshumanizan a los individuos cuando en realidad existen otras interpretaciones sobre su situación que son igualmente viables y potencialmente mejores.
Los estudiosos del decolonialismo y los estudios africanos han descrito de forma similar el poder. Explican la capacidad que tiene este de definir la realidad, especialmente la realidad de lo que significa ser humano, y convencer al otro de que es verdadera, universal o natural. Si reconocemos que la psicoterapia es poderosa, debemos reconocer, como dijo el clínico Joseph Gone, que “la intervención clínica es una prescripción cultural”.
Al igual que la competencia estructural es clave para subvertir la violencia estructural, y la competencia conceptual necesaria para subvertir la violencia epistemológica, la pregunta es: ¿cómo se aplican estos conceptos a la psicoterapia? Si es que llegan a ser aplicados.
Zenobia Morrill
Investigadora posdoctoral en psicología en la Universidad de Yale. Estudia la psicología crítica y de la liberación, los procesos psicoterapéuticos y en general los problemas conceptuales y éticos en la psicología y la psiquiatría.
Este texto fue publicado originalmente en Mad in América. Esa es la razón por la cual las referencias de este texto pertenecen a este portal. Traducción de Eugenia Rodríguez.