En esta segunda parte de un recuento de su carrera, la investigadora Zenobia Morrill relata su concepción de una psicoterapia que escape de la cultura “regida por valores de independencia, neoliberalismo y hedonismo”. Este modelo basado en el empoderamiento surge de teorías anteriores. Morrill las recuerda y explica su aplicación.

Ilustración: Kathia Recio
Una vez que me familiaricé con los escollos de la psicoterapia convencional, quise repensar cómo aprovechar el poder de la psicoterapia para perturbar el status quo y ofrecer una curación genuina y una transformación deseada.
Para ser claros, la psicoterapia está mal equipada para atender los determinantes sociopolíticos de las vidas de los individuos. No es un sustituto del necesario cambio material y estructural. En ese sentido, posicionar las intervenciones a nivel individual como la solución a todos los problemas es un error. Sin embargo, también es cierto que muchas personas optan por los servicios de psicoterapia o se ven empujadas a ellos. El concepto de que las relaciones pueden ser un lugar para explorar y atender, en lugar de “arreglar”, el malestar no es nada nuevo. Pero tal vez una psicoterapia que aborde el dolor individual y el cambio social como procesos interconectados —como procesos que se informan mutuamente— podría ofrecer una alternativa a la psicoterapia que sirve como instrumento para ajustar a los individuos a un orden social injusto. Quizás las relaciones podrían ser un espacio para cultivar y replantear formas diferentes.
Las “alternativas” siempre han existido
En una entrevista en Mad in America sobre la colonialidad y el movimiento de la Salud Mental Global, la doctora China Mills señaló que siempre han existido “alternativas” para atender la salud mental. Pensé en el concepto ghanés de sankofa, o, en inglés, “to go back and get it” [regresar al pasado para entender]. El concepto representa el regreso a las propias raíces. A partir de eso me pregunté qué formas diferentes de hacer psicoterapia se habían suprimido y negado.
Cuando se trató de desafiar la medicalización y el concepto del terapeuta como experto, empecé a explorar las orientaciones de la psicoterapia humanista-existencial porque se basaban en el respeto a la dignidad humana y en la premisa de que cada persona es la experta de sus experiencias. Para reconocer la influencia del poder y los sistemas sociales en el bienestar individual, busqué la sabiduría de la teoría de la psicoterapia feminista-multicultural. Me interesaba explorar la integración de las orientaciones Humanista-Existencial y Feminista-Multicultural a través de una lente crítica. A través de esto, me propuse ir más allá de la deconstrucción de los daños de la psicoterapia y llamar nuestra atención sobre estos enfoques marginados pero que pueden revelar un potencial emancipador.
Para mi investigación de tesis doctoral entrevisté a catorce psicoterapeutas eminentes que se distinguían en la práctica humanista-existencial (HE), la práctica feminista-multicultural (FM), o ambas. Habían ejercido durante al menos quince años, escrito libros, supervisado a psicoterapeutas en formación, desempeñado funciones de liderazgo e impartido cursos sobre estos enfoques. Casi la mitad de los participantes habían aparecido en una serie de videos de expertos para demostrar la aplicación clínica de la teoría. Trece de ellos participantes me dieron permiso para revelar su identidad.
Apliqué enfoques críticos y constructivistas para analizar lo que compartieron conmigo sobre cómo lidiar con el poder en la psicoterapia. Mi directora de tesis, supervisora y brillante mentora, Heidi Levitt, es una destacada académica en la investigación cualitativa en este campo. Ella fue mi guía en este esfuerzo.
El contenido de las catorce entrevistas me sirvió como fuente de datos. Al tratarse de un estudio cualitativo, los resultados no pretendían ser generales ni buscaban comprender a una población. Más bien, los datos de las entrevistas eran descripciones profundas y minuciosas destinadas a contribuir teóricamente en la comprensión de las formas de abordar el poder de manera responsable en la psicoterapia. Dejé de recopilar datos cuando la adición de nuevos hallazgos ya no aportaba ideas únicas.
Tal y como yo lo veía, estos hallazgos podían servir para repolitizar las teorías HE y FM y reclamar los aspectos que pudieran haber sido suprimidos, diluidos y cooptados. Consideré que tenía el potencial de contribuir a un movimiento más amplio para repensar fundamentalmente la teoría psicológica y su aplicación práctica. Con una comprensión enriquecida de estas perspectivas, también podemos estar mejor posicionados para reconocer los escollos de su aplicación. Los estudiosos de la psicología llevan mucho tiempo explorando la fructífera compatibilidad entre los enfoques de la HE y la MF; por lo tanto, las entrevistas también fueron útiles para construir una versión nueva y revitalizada de una psicoterapia emancipadora.
Lecciones aprendidas: lidiar con el poder en la práctica clínica
Eminentes terapeutas del humanismo-existencial y la práctica feminista-multicultural han creído que un auténtico proceso de curación es también un proceso de liberación. Los terapeutas de la práctica feminista-multicultural que participaron en mi investigación —incluyendo, entre otros, a Beverly Greene, Laura Brown, Judith Jordan y Maureen Walker— subrayan que la psicoterapia debería ser un proceso fundamentalmente descolonizador. Por lo tanto, los terapeutas de la FM utilizaron su poder para empoderar a los clientes de su terapia, confiando en las evaluaciones de éstos sobre sí mismos y apoyándolos en reclamar el poder que se les ha negado.
Por su parte, los terapeutas que siguen el enfoque humanista-existencial —entre ellos Arthur Bohart, Leslie Greenberg, Jeanne Watson, Nathaniel Granger y Kirk Schneider— hicieron hincapié en que el cliente es el experto de su propia experiencia y necesidades. Así, utilizaron su formación profesional para facilitar un proceso en el que el cliente participa de forma auténtica y sólida y se conecta con su experiencia en el momento.
La liberación en este sentido implica que el terapeuta se asegure de no imponer valores culturales hegemónicos dentro de la psicoterapia. Los terapeutas del HE apoyaron a los clientes de la terapia para reconocer y dar sentido a sus experiencias y a las formas en que partes de sí mismos pueden haber sido fragmentadas y rechazadas por relaciones dañinas con ciertas personas y la sociedad. En general, los terapeutas HE y FM, así como los que se identificaron como ambos (por ejemplo, Theopia Jackson, Lillian Comas-Díaz, Melba Vasquez y Louis Hoffman), creen que el empoderamiento es el objetivo de la psicoterapia.
En un contexto occidental, el empoderamiento se interpreta a veces como resultado de un énfasis excesivo en el individuo. Se fomenta una actitud de “mente sobre materia”, que apoya la idea de personas autosuficientes que simplemente deben superar sus luchas. Sin embargo, los terapeutas que entrevisté reconocieron que este énfasis corría el riesgo de situar el problema en la persona, por lo que, en su práctica, trabajaron activamente para desafiar este enfoque que además potencia el mercado capitalista y las formas de pensar occidentales (por ejemplo: las dicotomías occidentales y la filosofía racionalista) como superiores.
Esta conciencia de la imposición significó que se apartaran del modelo médico en su práctica clínica. Se abstuvieron de etiquetar y categorizar a los clientes. El empoderamiento, para ellos, significa que el objetivo no se centraba exclusivamente en reducir o erradicar la angustia, sino en conceptualizar la angustia como algo significativo, o como una resistencia.
Por lo tanto, estos eminentes terapeutas no creen que el empoderamiento implique las llamadas prescripciones “expertas”. De hecho, una parte crucial del empoderamiento para ellos significa utilizar su proximidad al campo para desmitificar cómo funcionan los sistemas (por ejemplo, los seguros, los requisitos de diagnóstico, los límites de las sesiones). Al considerar al cliente como el experto de su experiencia, los terapeutas apoyan las capacidades creativas de los clientes para interpretar y dar sentido a su vida. De ese modo, hacen hincapié en que ellos no dan poder a los clientes, sino que son los propios clientes los que hacen que la terapia funcione para ellos.
Los terapeutas participantes afirmaron que, históricamente, se ha pasado por alto el papel del cliente en la terapia. Sin embargo, los clientes están interpretando al analista. Por lo tanto, los psicoterapeutas con los que hablé pretenden reconocer y centrar íntimamente los procesos de quienes atendían. También consideraron la relación psicoterapéutica como un lugar poderoso desde el que se esfuerzan por apoyar el aprovechamiento de los recursos y sabiduría (contextuales, ancestrales, etc.) de sus clientes para llegar a nuevos significados y acciones deseadas. Por lo tanto, una psicoterapia de empoderamiento va más allá de la auto-superación o del aprovechamiento de los recursos contenidos en un yo desenredado. El proceso del individuo puede revelar lo que se necesita para transformar las estructuras sociales y contextuales.
Algunos de los terapeutas que entrevisté hicieron hincapié en que los procesos de “conciencia crítica” o “toma de conciencia” es parte integral del empoderamiento. Ellos apoyan a los clientes para desarrollar la claridad sobre cómo las relaciones, los sistemas y las estructuras sociales han influido en ellos. El poder interior tiene que ver con un yo en contexto. Además, señalaron que cuando los clientes podían aclarar las variables que limitaban su prosperidad, pueden sentirse listos para reclamar su historia y decidir lo que, entonces, desean hacer.
Es importante destacar que, en las entrevistas, los terapeutas que practican los enfoques HE y FM creen que los terapeutas deben comprender la dinámica del poder para poder manejarla de forma responsable. No deben limitarse a absolver o negar que se les percibe como “profesionales”, personas con proximidad a los marcos dominantes e influencia dentro de esos sistemas. Además, los terapeutas deben explorar su propio poder cultural, que les es conferido a través de sus identidades.
Destacaron también la formación filosófica y experimental como crucial para reflexionar honestamente sobre sí mismos, su cultura y el campo de la salud mental. Una formación adecuada en estas áreas podría reforzar una auténtica humildad para aceptar diferentes formas de conocimiento, especialmente cuando se trata de escuchar la experiencia derivada de la vida.
A través de estos enfoques, se anima a los terapeutas en formación a comprender lo que su posición podría simbolizar para los clientes y lo que eso podría significar para su relación. Tendrían que considerar su interés personal (y el de su campo) o su propensión a promover ideas específicas sobre lo que es correcto, natural o universal. En la sesión, la navegación responsable del poder es compleja. Resulta tentador creer que un terapeuta puede limitarse a decirle a alguien las formas en que ha sido desempoderado o lo qué debe hacer para resistir la opresión. Pero al hacerlo se presupone que el terapeuta es el que más sabe.
Los distinguidos terapeutas con los que hablé destacan que el empoderamiento rara vez se produce por aquello que dicen los terapeutas en la sesión y que se debe más bien a la capacidad de facilitar la exploración y la explicación de los clientes de forma significativa. Las experiencias de los clientes cuentan la historia.
La toma de conciencia no es la creencia de que, de alguna manera, el terapeuta sabe lo que el cliente debería saber. Es más bien la apreciación y el respeto profundos de que sólo el cliente puede saberlo realmente. Sin embargo, en algún momento de su viaje, su conexión con esto ha sido arrebatada. Así, la labor del terapeuta es acompañar la exploración fenomenológica del cliente, o la exploración de su experiencia vivida, hacia la reconexión y la recuperación. Un proceso para iluminar el cambio colectivo.
Ante todo, desde los enfoques humanista-existencial y feminista-multicultural la terapia se considera una relación. Los terapeutas ponen en riesgo el proceso si deciden ocultar su propia participación, por ejemplo, escondiéndose tras una fachada de profesionalidad. En una cultura regida por valores de independencia, neoliberalismo y hedonismo, anclar la curación en la relación es contracultural. El proceso de la terapia pone en práctica una forma diferente de hacer y experimentar que es co-creada y contiene en su interior modelos de lo que puede ser transferido a otros contextos.
Como parte de la navegación de las dinámicas de poder para acompañar y apoyar la exploración crítica de los clientes, los terapeutas de HE y FM me explicaron que: Primero, estructuraron el poder compartido, la coparticipación y proporcionaron un sólido consentimiento informado al inicio y a lo largo del proceso de psicoterapia; segundo, proporcionaron una validación genuina para cultivar una seguridad radical; tercero, invitaron hábilmente a los clientes a comprometer su experiencia y reflejaron los significados de los clientes tal y como los entendían; y, por último, utilizaron la exploración fenomenológica equilibrada con la indagación crítica para permitir la comprensión de las experiencias y las limitaciones para la prosperidad de los clientes con el fin de revelar potencialmente nuevas posibilidades.
Escollos, limitaciones institucionales y despolitización
Los enfoques terapéuticos humanista-existencial y feminista-multicultural se desarrollaron durante el movimiento por los derechos civiles en EE. UU. y convergieron en su enfoque de la dignidad humana, la resistencia a la opresión y los derechos humanos básicos para todas las personas. En su libro On Personal Power, el líder de la psicología humanista Carl Rogers describió el potencial revolucionario del enfoque centrado en la persona. Rogers alineó su trabajo con el educador radical brasileño Paolo Freire. Al mismo tiempo pero en diferentes lugares, ambos propusieron modelos de psicoterapia y educación, respectivamente, que empoderan a las personas y desafían la cultura y las instituciones occidentales.
Aunque se han reconocido las raíces liberadoras de los enfoques terapéuticos del HE y el FM, la despolitización de estas terapias ha dado lugar a llamados para que se vuelva a centrar la atención en el poder, sobre todo en la erudición feminista y multicultural o en la erudición basada en la conciliación de estas dos aproximaciones terapéuticas.
Un ejemplo de esta despolitización fue descrito por los participantes de las terapias HE que entrevisté y que me explicaron cómo el concepto de autorrealización se ha malversado para pasar por alto los aspectos comunitarios. Se ha aplicado como un objetivo para potenciar el “yo”, de forma egoísta o limitada cuando la autorrealización debería implicar la exploración empoderadora de la experiencia vivida, misma que genera una respuesta a uno mismo y a los demás de forma paralela. El empoderamiento se considera un efecto dominó. La teórica relacional-cultural Judith Jordan hace hincapié en que el objetivo es empoderar a los clientes para que éstos empoden a otros y así sucesivamente. En última instancia, los terapeutas de HE y FM utilizan su poder para aliarse hábilmente con la exploración de la experiencia vivida de los clientes.
Al igual que la aplicación errónea de la teoría humanista-existencial —de la autorrealización—, los enfoques clínicos del feminismo-multicultural se han adoptado como interpretaciones reductoras de la identidad que refuerzan los estereotipos, sin abordar de forma significativa las dinámicas de poder social. La terapeuta de Beverly Greene dice qué las instituciones podrían estar invirtiendo en el mantenimiento de la dinámica del poder social, dentro y fuera de la psicoterapia, a través de la proliferación de enfoques reductivos y recuerda:
[Los psicólogos] forman parte de una institución que se dedica a validar el statu quo social. Y básicamente hubo personas de la disciplina que eran muy poderosas… tomaron el fanatismo social y lo envolvieron con acentos psicológicos.
A las personas que aprenden esta disciplina les corresponde pensar en lo que se les dice. ¿Y quién lo cuenta?…. Hay un proverbio que dice: “Mientras el cazador escriba la historia, el león nunca será el héroe”.
Una parte importante de mis pláticas con estos terapeutas fue sobre sus recuerdos de las formas en que habían experimentado la supresión y la privación de derechos dentro del campo porque su enfoque desafiaba la idea dominante de la salud mental. Los procesos de contratación, promoción y titularidad, así como las revisiones de las becas y la investigación, estaban orientados a apoyar las terapias manualizadas que convergían con los valores y objetivos culturales dominantes. En las entrevistas, los terapeutas describieron las actividades que emprendieron para resistirse a los enfoques dominantes y establecer la solidaridad.
Si el campo de la psicoterapia humanista-existencial y feminista-multicultural se tomara en serio, se desafiaría la esencia misma de la Asociación Americana de Psicología. Sería necesario un cambio de paradigma.
Una psicoterapia de liberación
A partir de mis hallazgos en estas conversaciones, me inspiré para construir modelos de psicoterapia liberadora. Desarrollé un modelo de Psicoterapia de Liberación basado en la fusión de la teoría del HE y el FM que sirve también para complementar el trabajo de Lillian Comas-Díaz, Janis Bohan, Glenda Russell y otros académicos que han abogado durante mucho tiempo por un cambio en la forma de ver y practicar la psicoterapia. También me basé en el contexto más amplio de las Psicologías de la Liberación, derivadas del trabajo de Ignacio Martín-Baró y de las psicologías comunitarias latinas e indígenas.
El modelo de Psicoterapia de Liberación que he planteado aclara cómo se puede navegar responsablemente por la dinámica del poder dentro de la psicoterapia y se centra en (a) el poder en las experiencias vividas por los clientes; (b) la interdependencia y el poder de la relación; (c) que el poder de los expertos y la dinámica del poder cultural se cruzan; (d) un marco crítico-ecológico; y (e) resultados liberadores.
Desarrollé doce principios de práctica para articular la forma en que un modelo de Psicoterapia de Liberación podría diferir de la práctica habitual. Por ejemplo, una guía sobre cómo anclar un proceso exploratorio, pero de toma de conciencia, que está culturalmente situado y honra lo que los clientes determinan como importante para ellos. Este modelo cuestiona aún más la evaluación basada en la remisión de los síntomas y fomenta el reconocimiento de las innumerables y diversas formas en que las personas expresan su empoderamiento dentro del proceso de psicoterapia y en actividades tales como el activismo
Este modelo no sólo se basa en un proyecto de recuperación de conceptos suprimidos de la teoría de la humanista-existencial y del feminismo-multicultural, sino que centra los conceptos de la psicología de la liberación que fructifican y aclaran la fusión de estos enfoques.
Adopción genuina de un camino diferente
Espero seguir refinando y desarrollando este modelo a medida que continúe con la práctica clínica y la investigación. Me preocupa la forma en que éste pueda ser cooptado, como lo han sido tantos. Por ello, me parece importante tener claras las limitaciones inherentes a la psicoterapia. Como institución en sí misma, la práctica clínica debe ir más allá para abordar la opresión sistémica. La psicoterapia es un sistema que se estructura alrededor de un marco interpersonal y una intervención a nivel individual. Por lo tanto, es especialmente susceptible de mantener un enfoque en los individuos y en lo que el individuo, no la práctica, podría hacer de manera diferente. Esto elimina no sólo la culpabilidad de los sistemas, incluidos los de salud mental, sino que anima a los individuos a adaptarse simplemente a las circunstancias.
Inspirada por el trabajo de la investigadora indígena Jillian Fish, recientemente he estado desarrollando algunas de las conclusiones que surgieron de mi investigación. El examen del poder es una forma de conectar la psicoterapia con contextos sociales más amplios. Sin embargo, parte de lo que este estudio me permitió ver con más claridad fue que el contexto social está dentro del individuo, pues el contexto es lo que constituye la experiencia.
Fish ha propuesto un modelo que capta más sucintamente esta relación recursiva. Critica el modelo ecológico tradicional de la psicología, que sitúa a la persona en medio de círculos concéntricos que representan contextos sucesivamente macro e invierte el modelo ecológico tradicional. Coloca los aspectos sociales, relacionales y temporales, como el tiempo y la cultura, dentro de la persona. Creo que para que la Psicoterapia de la Liberación sea genuinamente adoptada, este tipo de conceptualización en psicología y psicoterapia es crucial.
A menudo pienso en el dicho “investigar es buscar”. Mis experiencias en el mundo han sido coloreadas por las costumbres sociales y las relaciones que cincelaron, aplanaron y trataron de erradicar lo que podría existir entre los binarios o fuera de los marcos restrictivos. Desde un punto de vista psicoanalítico, el trauma se describe como aquello que una persona no puede integrar y procesar: una herida. Sin embargo, sentí que lo que me costaba integrar eran las cosas de mí misma que el mundo me mostraba que no estaba preparado para procesar, integrar o simbolizar. No se trataba simplemente de mi propia deficiencia de procesamiento cognitivo. Más bien, mi herida se volvió la vía para contemplar un proceso más amplio de mutilación colectiva que nos ha obligado a renunciar a diferentes formas posibles de vivir y ser.
Como es lógico, desarrollé una aversión a las explicaciones sobre las experiencias humanas que ahogan la creatividad, la resistencia y la notable profundidad y amplitud de la diversidad humana. Por lo tanto, mi trabajo clínico y de investigación se orienta hacia la humildad y no hacia la adopción acrítica de cualquier solución singular que pretenda ser el único camino. Este proyecto relata cómo he intentado volver atrás y conseguirlo, resistirme a las explicaciones reductoras y fusionar perspectivas aparentemente incompatibles.
Una psicoterapia para la liberación no consiste en descubrir quiénes somos realmente. Se trata de una excavación en las formas en que nuestro dolor, nuestras esperanzas, nuestras tensiones y nuestras fantasías son un reflejo de todo aquello con lo que estamos entrelazados y, entonces, utilizar esto para informar la emancipación colectiva.
Zenobia Morrill
Investigadora posdoctoral en psicología en la Universidad de Yale. Estudia la psicología crítica y de la liberación, los procesos psicoterapéuticos y en general los problemas conceptuales y éticos en la psicología y la psiquiatría.
Este texto fue publicado originalmente en Mad in América. Esa es la razón por la cual las referencias de este texto pertenecen a este portal. Traducción de Eugenia Rodríguez.
los que vamos a terapia no somos CLIENTES … somos Pacientes