La reflexión sobre cómo juzgar los cuerpos también pasa por el mercado. Naomi Wolf ve que la actividad laboral de las mujeres está asediada por estándares de belleza física que, empobrecen, fatigan y quitan tiempo. Un texto para empezar a pensar en cómo combatir esto.

Difícil encontrar a una mujer que, al mirarse al espejo, se sienta completamente satisfecha con su imagen. Ya lo decía Idea Vilariño:

Cuando compre un espejo para el baño
voy a verme la cara
voy a verme
pues qué otra manera hay decíme
qué otra manera de saber quién soy.

Cada vez que desprenda la cabeza
del fárrago de libros y de hojas
y que la lleve hueca atiborrada
y la deje en reposo allí un momento
la miraré a los ojos con un poco
de ansiedad de curiosidad de miedo
o sólo con cansancio con hastío
con la vieja amistad correspondiente
o atenta y seriamente mirarme
como esa extraña vez-mis once años-
y me diré mirá ahí estás
seguro
pensaré no me gusta o pensaré
que esa cara fue la única posible
y me diré esa soy yo ésa es Idea
y le sonreiré dándome ánimos.1

Menos difícil, sin embargo, será encontrar a una mujer que, inconforme con este fenómeno, busque cómo erradicarlo. Un excelente ejemplo de ello es la célebre teórica feminista, Naomi Wolf, quien desde hace un par de décadas explora la manera en que los estándares de belleza operan para oprimir y controlar a las mujeres, y encuentra términos para algunas de estas injusticias que en ocasiones no podemos siquiera nombrar.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

En su icónico libro El mito de la belleza (1990), Wolf desarrolló un concepto que, aunque ha pasado al olvido en el lenguaje de los distintos feminismos, quizás sea prudente retomar: el “requisito de la belleza profesional” y su acrónimo RBP. De acuerdo con la autora estadounidense, la necesaria inclusión de las mujeres en el mundo laboral estuvo acompañada de presiones exponenciales por verse de determinada forma. Ser considerada “bella” se convirtió en un requisito para participar de los espacios de trabajo. Para explicar el término con el que conceptualiza esta exigencia, Wolf recuerda la labor periodística con la que la feminista Gloria Steinem pasó a la historia en la década de los sesenta. Usando el nombre de “Marie Catherine Ochs”, se dirigió a las oficinas del Playboy Club en Nueva York con el objetivo de investigar lo que requería “convertirse en una conejita”. El resultado fue un texto sensacional titulado “A Bunny’s Tale” (1963) en el que Steinem describe todas las piruetas que tuvo que hacer para ser seleccionada: desde utilizar corsés que prácticamente le impedían respirar, hasta someterse a análisis de sangre y revisiones ginecológicas invasivas.

Wolf retoma la experiencia de Steinem para adentrarse en la historia real de Margarita St Cross, una mesera del Playboy Club que fue despedida por haber perdido “la imagen de conejita”. Cuando Margarita decidió demandar a Playboy, la Corte reconoció que los estándares de “casi perfección” podían exigirse en un lugar de trabajo y, de nos ser cumplidos, era posible despedir al responsable.2 St Cross, pues, perdió el caso. Y para añadirle injusticia al asunto: en ese momento los trabajadores hombres del Playboy Club no tenían que cumplir con ningún requerimiento físico.

El RBP al que Wolf se refiere surgió como una “parodia” de esa ley. Se tomó el lenguaje bien intencionado de la BFOQ para sugerir que “requisitos” tales como la “belleza” eran indispensables para realizar ciertos trabajos. “Un medio sin riesgos y sin problemas legales para aplicar la discriminación contra las mujeres”.3

En aquel entonces, las consecuencias del RBP fueron reales: realmente despidieron a Margarita St Cross y aunque ahora no es legalmente posible despedir a nadie con esos criterios, las consecuencias de asociar el estándar físico a ciertos trabajos sigue vigente. Como si se tratara de la tinta negra que expulsa un pulpo, los criterios sobre lo bello se expanden hacia los lados y a lo lejos, enturbiando toda el agua. Ha conquistado incluso el imaginario de las mujeres, que creen en verse de cierta manera para poder ser parte de la esfera laboral.

En el prólogo de la reedición de El mito de la belleza, realizado con el motivo del décimo aniversario del libro, la autora trae a la mesa el valor de diversas industrias asociadas con el mantenimiento de la “belleza” femenina. En 2001, la industria dietética está valuada en 32, 000 millones de dólares, la cosmética en 20, 000, la de cirugía plástica en 300 millones y la pornográfica en 70, 000 millones.4

¿Qué nos dice esto de las vidas de las mujeres? En Colombia, según la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco) e Inexmoda el total de las mujeres gastan, en promedio, 300, 000 dólares trimestrales en productos de maquillaje y belleza, es decir, alrededor de 1.2 millones al año. Por otro lado, en Estados Unidos un estudio del año 2016 reveló que las mujeres consideradas “atractivas” ganan 20% más que aquellas que no cumplen con esta definición. Un indicador que puede servir para el caso mexicano son los 20 mil casos de anorexia en mujeres que se registran al año. Un video de la revista Glamour, sencillo pero no por ello menos impactante, indica que las mujeres pasan tres años de su vida lavándose el pelo.

No tiene nada de malo maquillarse, ni querer pasar un año o diez acicalándose. El problema es cuando esto se vuelve el requisito para ser aceptada socialmente, para obtener o mantener un empleo. Si seguimos a Wolf, el RBP se alimenta de las inseguridades de las mujeres y las mantiene material y psicológicamente pobres. Es entonces cuando los rituales de “belleza” se vuelven condenables. Hace que las mujeres pierdan el tiempo, las fatiga y, lo peor de todo, les quita los momentos que podrían ser invertidos en cualquier tipo de activismo social o librepensamiento que les permita ser críticas del sistema.

Lamentablemente, el aporte conceptual de Wolf continúa siendo útil para describir la realidad cotidiana de muchas mujeres. Lo que nos da es un término puntual para nombrar la sujeción de los cuerpos femeninos y con ello, ojalá, más armas para resistir. Cada vez que se presencie una injusticia de esta índole —los tacones obligatorios, el maquillaje o la ropa en la que se se invierte sin quererlo, o el trato basado solamente en la apariencia—, el término será conjurado y sus palabras resonaran en cada esquina: “La ‘belleza’ es un sistema económico, como el estándar de oro. Como cualquier economía, está determinado por la política y en la edad moderna de occidente, es la última y mejor creencia que mantiene la dominancia masculina intacta”.5

Tal vez reconociendo y apropiándonos de términos como este, logremos ponernos en el camino de  reconocernos en el espejo. Hasta que llegue el día en que nos sentiremos cómodas con nuestros propios reflejos.

 

Rebeca Leal Singer
Cursa la maestría en Creación Literaria en The New School en Nueva York. Ha publicado en Algebra of Owls, Eleven and a Half Journal y Revista Melodrama.


1 Idea Vilarino, “Cuando compre un espejo para el baño”, A media Voz, Consultado el 4 de Agosto 2019.

2 Naomi Wolf, The beauty myth, Nueva York, Harper Perennial, 1991, p.32.

3 Ibid., p.39

4 Ibid., pp.17t

5 Ibid.