Apps para la salud mental: ¿Un atentado contra la teoría terapéutica?

El aumento en los problemas de salud mental después de dos años de pandemia ha estado acompañado de todo tipo de herramientas tecnológicas para hacerles frente. Una app de terapia en el celular suena tentadora, pero estas opciones suponen tanto problemas éticos como clínicos.

Hay una tendencia creciente y consistente en las redes sociales de hablar sobre la importancia de la salud mental y del acceso a los servicios profesionales para procurarla. Ante el déficit de profesionales debidamente preparados y el estigma que acompaña la búsqueda de ayuda, el uso de aplicaciones digitales ha surgido como una opción accesible y cómoda para obtener apoyo terapéutico. Durante la pandemia, cuando estos problemas se agudizaron, el uso de estas herramientas se popularizó considerablemente.

En un texto anterior escribí sobre el uso de las aplicaciones digitales como una alternativa emergente para cubrir las deficiencias en los servicios de salud mental a nivel público y privado y señalé algunos de los riesgos de esto. En el contexto de la pandemia, el uso de dichas aplicaciones ha aumentado de una forma que parece irreversible. Es hora de preguntarse, ¿una aplicación puede considerarse como una alternativa viable a la terapia con un profesional?

Ilustración: Ricardo Figueroa
Ilustración: Ricardo Figueroa

Yana es una de estas aplicaciones que cuenta con mayor número de usuarios. Fue  desarrollada por la programadora Andrea Campos, originaria de Quintana Roo. En sus inicios, el dispositivo consistía básicamente en un chatbot: un sistema de inteligencia artificial que mantiene conversaciones con el usuario y que monitorea su estado emocional y es capaz de dar contención en momentos de crisis a través de instrucciones sencillas basadas en técnicas de respiración y relajación.

Una de las principales motivaciones de Campos para crear la aplicación era atajar las conductas evasivas que se suelen presentar con la depresión y la ansiedad, y que impiden a las personas acudir a recibir un tratamiento. Yanaesun acrónimo para You’re not alone (No estás solo) y, aunque la aplicación se desarrolló desde 2017, se relanzó la semana en la que se decretó el inicio de la Jornada de Sana Distancia en la Ciudad de México. Es decir, cuando inició el período de cuarentena por el covid-19. Actualmente la aplicación cuenta con alrededor de 5 millones de usuarios y es una de las tres aplicaciones con mayor número de descargas en México, España, Venezuela y Chile.

Campos ha hecho explícita su intención de alejar la aplicación del enfoque terapéutico, para llevarla hacia el wellness, un concepto que describe la búsqueda activa de un estilo de vida más allá de la salud física e incorpora el bienestar profesional, laboral, emocional y espiritual para que trabajen en armonía. Dado que mucha gente estaba utilizando la aplicación para manejar crisis derivadas de rupturas amorosas o pérdidas, no existía la necesidad de seguir usando la aplicación más allá de lo que duraba la crisis, aún si meses después los usuarios la volvían a descargar ante la presencia de un nuevo evento. Cada vez que un usuario logra superar una crisis, la aplicación pierde dinero.

Al considerar que la aplicación necesita que los usuarios la utilicen de manera recurrente para poder ser rentable, es fácil que se anteponga este modelo de negocio al bienestar genuino del paciente, lo que es muy cuestionable en términos éticos. Vender un concepto que está de moda, como el wellness, es problemático cuando las formas mediante las que supuestamente se alcanza este bienestar incluyen el consumo de una cantidad de servicios específicos que vacían la cartera sin atajar los problemas de fondo. Es por ello que el balance entre la rentabilidad y la apuesta terapéutica supone un reto en este nuevo mundo de las psicoapps.

Por otro lado, vale la pena preguntarse: ¿existe un punto en el que se pueda considerar que el trabajo de la terapia mediante una aplicación está “terminado”? ¿Cómo se puede fomentar un cambio significativo sin confundir el bienestar del usuario con la retención de un cliente? La aplicación PEACH (que se refiere a Personality Coach) pretende dar una respuesta a esto de manera responsable. Esta app funciona como una especie de pizarra en la que el usuario establece un objetivo que, en principio, le permitirá modificar algún rasgo de su personalidad que considere indeseable. La aplicación trabaja a partir de la teoría de los cinco rasgos de personalidad de Edward Diener y Richard E. Lucas de la Universidad de Utah: apertura (tendencia a apreciar nuevas ideas, conceptos, conductas o emociones); consciencia (tener cuidado, disciplina y seguir reglas); extroversión (ser sociable); disposición (estar de acuerdo con otros sobre imponer ideas propias) y neuroticismo (tendencia a experimentar emociones negativas y tener sensibilidad interpersonal). Ésta envía dos notificaciones al día al usuario para ejecutar su tarea, que puede ser algo concreto como entablar comunicación con una persona desconocida o manifestar desacuerdo sin alterarse.

La aplicación también alienta al usuario a informar de manera constante sobre sus progresos y, como en el caso de Yana, también es posible mantener conversaciones con un coach digital. Este coach puede hacer preguntas sobre las tareas en específico o indagar qué tan estresado está el usuario. El investigador Mathias Allemand, profesor de Psicología en la Universidad de Zurich y uno de los desarrolladores de la aplicación, sostiene que otras intervenciones como la terapia o el apoyo farmacológico suelen ser menos intensivas y su periodicidad es relativamente dispersa (una vez por semana regularmente), por lo que la accesibilidad y conveniencia de la aplicación la hacen una opción más atractiva para los usuarios. Sin embargo, como reconoce el propio Allemand, la adherencia a las indicaciones dadas por la app tiende a ser muy irregular, por lo que no se puede garantizar que los resultados sean efectivos.

Pero más allá de la constancia del usuario, una objeción a cualquier tecnología con fines similares es que los tratamientos psicoterapéuticos no pueden estar sujetos a un estándar. La teoría dicta que cada tratamiento debe considerar las necesidades y características específicas de cada paciente, tan variables e infinitas, que difícilmente existirá una aplicación lo suficientemente sofisticada que pueda considerarlas e integrarlas todas. Además, en la psicoterapia, cada encuentro con el paciente es único; al grado de que una técnica o tratamiento aplicado puede dejar de ser útil o funcional para el mismo paciente después de cierto tiempo.

Finalmente, estas aplicaciones no tienen como base la construcción de un “puente” entre paciente y terapeuta, que es lo que en última instancia permite el tratamiento. Esta “construcción” puede considerarse un trabajo “artesanal”, ya que sólo es posible en el contexto de un espacio terapéutico, sea un consultorio o una sala de reunión virtual. Como planteó en 1956 el psicoanalista Donald Winnicott, el “marco” es indispensable para que el verdadero yo de la personas pueda expresarse de modo que, fuera de la terapia, los riesgos de la vida como el dolor o el sufrimiento puedan experimentarse. Dicho “marco” o “encuadre” es un elemento terapéutico de enorme importancia que no depende del “saber” o de la “inteligencia” del terapeuta, sino de la confiabilidad y la afectividad que el terapeuta genera en el paciente. Depende de los objetos, el mobiliario o la iluminación del espacio en donde tiene lugar la terapia; el tono y la modulación de la voz del terapeuta, o la forma en la que se dan los intercambios verbales. Todo ello configura una red contenedora que impacta de forma vital en el tratamiento del paciente. Y esto es significativamente más potente que la contención que puede ofrecer un coach virtual.

Por otro lado, el psicoanalista Norberto Bleichmar afirma que los tratamientos, en su caso, psicoanalíticos, no se ocupan de curar enfermedades, sino de favorecer el crecimiento mental del individuo, un crecimiento que trae implícito el cambio en las estructuras de la personalidad. Quizá por ello los creadores de la aplicación PEACH conciben a su aplicación como una herramienta más del kit que el usuario y el terapeuta pueden utilizar para atender aspectos menos clínicos de la terapia, como el reforzamiento de hábitos de conducta y la psicoeducación, que es básicamente recibir información sobre temas relacionados a psicología por parte de un profesional o un medio con información verificada. El mismo creador de PEACH hace hincapié en el hecho de que no es la aplicación la que hace que la gente cambie ya que debe ser vista como un complemento, y nunca como un sustituto de la terapia convencional.

En estos tiempos de movilidad limitada, pero en los que la fragilidad emocional ha incrementado, una aplicación puede ser un valioso aliado en el arduo pero necesario camino al equilibrio y armonía mental. Sin embargo, ningún dispositivo o aplicación, por muy inteligente que sea un chatbot, podrá hacer frente por sí sola a tan abrumador pero estimulante reto. Por otro lado, el esquema bajo el cual se diseña una aplicación, así como su mantenimiento, requiere de un uso recurrente que es casi indistinguible del consumo que se haría indiscriminadamente de otros productos. El vínculo que existe entre salud y comercio evidentemente es parte de un debate más amplio y complejo, pero aquí la cuestión es priorizar y atender la demanda del paciente antes que imponer un estilo de vida y pensamiento que resulte tan costoso e inviable como la idea de llevar un terapeuta en el bolsillo.

 

Jorge Javier Negrete Camacho
Psicólogo Clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca Ancha, Cine Premiere y Forbes México.

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Publicado en: Salud mental