En esta era, nuestros cuerpos y mentes están sometidos a un presente interminable que impide imaginar cualquier escapatoria. Este texto reflexiona sobre la importancia de reactivar la imaginación colectiva tomando como muestra una serie de relatos creados por niños con diagnósticos psiquiátricos.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

“Lo que me gusta de estas historias es que aquí puedo ganarle al monstruo”*
—Abraham, 6 años

Hoy sólo tenemos lugar para el presente. Un tiempo que, sin embargo, es más inabarcable que el pasado y más enigmático que el futuro. La necesidad de satisfacer e incluso de exceder todas los caprichos del presente absorbe una abrumadora cantidad de recursos materiales, lo mismo que cuerpos e intelectos. La crisis es evidente, pero como dice el escritor inglés George Monbiot en su libro Out of the Wreckage (2016), un elemento esencial para enfrentarla es crear narrativas alternativas, algo que impide el sometimiento al presente.

Una víctima trágica de esta esclavitud son los niños: la era que vivimos tilda de de irracionales e inútiles los cuentos de hadas, la mitología, la poesía y la fantasía. Las narraciones de la actualidad están encriptadas, escritas con números y cálculos, su relevancia está dictada por la cantidad de riqueza material que puedan generar. Gráficas, proyecciones y análisis financieros, sin ficción y con exceso de racionalidad asfixian la imaginación. Y la creación de otros relatos que pertenece sobre todo a nuestros niños está en riesgo. Salvarlos a ellos y a su forma de ver el mundo es salvarnos a todos, pues parece que se nos ha olvidado que imaginar nos da la capacidad de manipular el tiempo, de pensar alternativas, salidas, fugas o escapes de lo que es intolerable.

Un ejercicio con niños usuarios de los servicios de salud mental infantil en la Ciudad de México ofrece una muestra del impacto que tiene una narración libre —el cuento,  el relato o la anécdota inventada— en la forma en que entendemos nuestros “problemas”. Los relatos que estos niños crean desde la libertad de la imaginación plantean potenciales soluciones a lo que los aqueja. Éstas no son inmediatas ni necesariamente están ancladas en la realidad, y aun así representan una forma de pensar que puede ser resolutiva.

“Era un niño que vivía solo. Cuidaba de un castillo muy grande. Los reyes ya no vivían”*
—Santiago, 8 años

La historia de nuestra era ya se ha contado. Lo hizo el cineasta Pier Paolo Pasolini en Cartas Luteranas (1976), el relato de una serie de misivas cuyo destinatario parece ser quien sea que esté dispuesto a leerlas, en cualquier momento después de haber sido escritas. El mensaje de Pasolini es tan pesimista como esperanzador. En sus cartas se habla de una culpa moralheredada para todas las generaciones futuras y la condena a repetirla. ¿Cómo es que repetimos la atrocidad y el horror? Eliminando la memoria y anulando la capacidad de imaginar.

Un obstáculo importante para reactivar nuestras salidas narrativas yace en la necesidad, no de cambiar el mundo, sino de conservarlo. Vivimos en una prisión confortable: la de los dispositivos tecnológicos cuya función actual se asimila a la película Wall E (2008) de Andrew Stanton. Dispositivos diseñados para tratar de satisfacer la mayor cantidad de necesidades posibles, minando de forma considerable habilidades cognitivas como el pensamiento creativo y  perpetuando el sedentarismo.

Con la pantalla como único mediador frente al mundo los humanos nos miramos cada vez menos y recibimos de forma pasiva todos los estímulos audiovisuales que nos permiten alimentarnos, vestirnos y entretenernos con la facilidad de un botón. La realidad ya no puede construirse, sino que se encuentra perpetuamente mediada. Dicha mediación crea una sola visión de las cosas –la propia– en la que no hay buenos ni malos, verdad ni mentira y donde ni siquiera se puede distinguir la realidad misma. A la realidad la mataron, como afirmó Jean Baudrillard, y ahora sólo se administra su muerte.

Ella veía todos los días su celular, hasta que un día, su celular se la tragó”*
—Camila, 12 años

Dicha administración implica manejar lo técnico, eliminar todo aquello que huela a “humanístico” y privarnos del derecho a ser frágiles, como dice el filósofo Santiago Alba Rico. Inducir la ilusión de que sobreviviremos a la destrucción de todo y de toda condición de supervivencia.

“Él quería dejar de ser niño para que ya no lo regañaran ni le gritaran. Él quería regañar y gritarle a otros”*
—César, 7 años

Al mismo tiempo, como los humanoides de Wall E, con la tecnología mantenemos un estado de infancia, en un mal sentido: ya no nos educan nuestros antecesores sino los dispositivos y se crea una prisión complaciente de la que es cada vez más necesario imaginar una salida. La preocupación de los poderosos del mundo es un presente efímero, enlutado por la muerte de lo real. Nuestra tarea, pues, es formar nuevos narradores, educarlos en la narrativa más que en la pedagogía, de modo que puedan imaginar un desenlace al nudo que hemos prolongado y ser capaces de iniciar un nuevo relato.

¿Qué condiciones de supervivencia puede ofrecer un relato? En el prólogo de Leer con niños el propio Alba Rico dice que “las grandes novelas, relatos y  poemas, dan respuestas a preguntas que aún no hemos hecho, que todavía no hemos encontrado”. Un buen relato, además de proporcionar conocimientos seguros, nos ofrece un instrumento de precisión, cada vez más necesario en un mundo impreciso, interminable y borroso que necesita ser repetido, o más bien relatado para poder ser medido.

“Me gustan las historias por que todos terminan felices. No sé cómo, pero felices”*
—Danae, 10 años

El relato representa uno de los primeros contactos con nuestra sensibilidad, apelando simultáneamente a nuestros afectos e intelectos. La combinación de conmoción y pensamiento requiere de habilidades particulares que pueden hallarse si se permite el derecho de ser frágiles. Las demandas del mundo actual parecen encaminarse a sepultar dicha fragilidad, curtirla hasta transformarla en una dura coraza que sea lo suficientemente resistente para transitar las condiciones hostiles, austeras y decadentes de un mundo dominado por solteros como los concibe Alba Ricohombres que pueden o no ser casados o con hijos, pero que sólo consideran sus necesidades– que niegan la capacidad de narrar, minimizando su potencial y afirmando que no tiene ninguna utilidad. Para ellos, narrar representa una “pérdida de tiempo”. No se dan cuenta del hecho de que quizá narrar sea la mejor forma de extender el tiempo.

Para los mórbidamente tiernos obesos de Wall E el tiempo se consume en la perpetuidad o la brevedad, el tiempo ya no tiene una duración real. Alba Rico dice que el relato funge como el primer reloj de los niños. Ahora, en el vértigo del progreso, el tiempo se ha acelerado a tal punto que parece estar detenido. Rechacemos el progreso y abracemos la duración usando el arsenal de la imaginación. Cuando un niño comienza un relato, le ofrecemos la posibilidad de que el reloj siga avanzando.

 

Jorge Javier Negrete Camacho
Psicólogo Clínico. Actualmente estudia Antropología Social en la UAM. Ha colaborado en Butaca Ancha, Cine Premiere y Forbes México.


* Fragmentos de relatos e historias cortas de niños, usuarios de los Servicios de Salud Mental de la Ciudad de México del Centro de Salud Mixcoac.