La declaración de una pandemia global necesariamente implica que los Estados tomen decisiones para proteger a sus habitantes. Sin embargo, a veces las mejor intencionadas pueden tener repercusiones inesperadas.
Algunas autoridades europeas han tomado medidas drásticas para contener la propagación de COVID-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus. Esto ha incluido imponer restricciones a la circulación en Italia.
Las diferencias en la forma en que los gobiernos están reaccionando se han hecho evidentes, con algunos políticos enfatizando la necesidad de una respuesta proporcionada, o lo que la canciller alemana Angela Merkel llamó “mesur y sensatez” (“Maß und Mitte”). El primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, ha hablado sobre la “necesidad de lograr un equilibrio” (“need to strike a balance”) al decidir si hay medidas que sean demasiado drásticas. Mientras que Estados Unidos impuso una prohibición de viajar a todos los extranjeros que han estado en Europa continental, el canciller de la hacienda del Reino Unido, Rishi Sunak, señaló la falta de evidencia para pensar que “las intervenciones como el cierre de fronteras o prohibir los viajes tendrán un efecto material en la propagación de las infecciones”.
Lo que constituye, y no constituye, una sobrerreacción es cuestión de qué tan grave es la amenaza para la salud pública, los beneficios esperados de cualquier contramedida propuesta contra los costos probables y los riesgos de desplazamiento de tales medidas. A medida que los gobiernos llegan a la respuesta correcta, deben ser conscientes de sus propios prejuicios y de que podrían reaccionar de forma exagerada a las presiones equivocadas frente a la amenaza que representa el COVID-19.

Ilustración: Estelí Meza
En las políticas públicas, la sobrerreacción puede presentarse de diferentes formas. Las medidas podrían, por ejemplo, debilitarse a sí mismas en el cumplimiento de sus objetivos previstos. La decisión de poner en cuarentena a grandes partes del norte de Italia se filtró a los medios de comunicación, lo que significó que muchas personas huyeron de la región, potencialmente propagando el virus más rápido. Del mismo modo, la decisión de cerrar todas las escuelas podría dejar a los parientes de edad avanzada —las personas que son más susceptibles al virus— a cargo de proporcionar cuidado infantil de emergencia.
Otras medidas pueden crear riesgos para la salud pública en otros lugares. Es probable que el cierre de escuelas a gran escala lleve a cuidadores, enfermeras y médicos a quedarse en casa para cuidar a sus hijos en lugar de trabajar en hospitales.
Los esfuerzos para tratar el virus también pueden causar “daños colaterales” más allá de la salud pública. Cancelar vuelos y eventos públicos tiene repercusiones económicas, después de todo. Además, se puede esperar que las grandes pérdidas para la cartera pública se traduzcan en recortes de gastos. El Instituto de Investigación de Políticas Públicas de Reino Unido (IPPR por sus siglas en inglés) calculó que 130,000 personas más murieron entre 2012-17 debido a las medidas de austeridad del gobierno implementadas como parte de los intentos de recuperación tras el colapso financiero de 2008. Existe la posibilidad de que vuelva a ocurrir lo mismo.
También deberíamos considerar si algunas medidas contra el coronavirus son tan perjudiciales para la cohesión social y los valores que no deberían tomarse, incluso si ayudarán a frenar el contagio. Por ejemplo, dirigirse a ciertos grupos con medidas coercitivas por su origen étnico o nacionalidad, pedirles a los ciudadanos que informen sobre los que consideran infectados, o exigir que las personas se sometan a la supervisión de todos sus movimientos y contactos sociales (como en China) podría considerarse como algo fuera de límites para una democracia liberal respetuosa de los derechos humanos.
Evitar la reacción sobre-exagerada
Entonces, ¿cómo se puede reducir el riesgo de sobrerreaccionar? Es útil estar atento y, si es necesario, protegerse contra los incentivos y mecanismos políticos subyacentes en juego.
Los llamados a la acción contra una epidemia inminente pueden crear un poderoso incentivo para organizar una respuesta contundente pero mal calibrada por parte de los políticos. Están bajo presión para tranquilizar a un público asustado diciendo que “se hará todo lo posible para detener el virus”.
Este es particularmente el caso cuando las autoridades públicas se sienten vulnerables a ser acusadas por no reaccionar. Las medidas drásticas que se exhiben en China pueden estar relacionadas, al menos estar en parte, con críticas que dicen que la respuesta pública fue lenta al principio. Los hospitales en la región de Lombardía en Italia, ahora bajo cuarentena, estaban siendo investigados por perder muchas oportunidades para evaluar a un paciente super-spreader [individuo “súper contagioso”]. Los encargados de la toma de decisiones necesitan un cierto grado de autoconciencia sobre estos sesgos de motivación para determinar qué presiones políticas deben ser resistidas en lugar de actuadas.
Es muy fácil seguir las plantillas existentes en tiempos de crisis, pero eso puede significar confiar en suposiciones obsoletas sobre cómo puede evolucionar una amenaza.
Una revisión de la pandemia de gripe porcina (H1N1) de 2009 descubrió que ciertas autoridades estatales exageraron en algunos aspectos siguiendo las decisiones de la OMS de intensificar sus advertencias. La propia revisión del Reino Unido señaló problemas en el uso oficial de escenarios de “peores casos razonables” de decenas de miles de muertes. La toma de decisiones y la comunicación en ese momento fueron el resultado de una década de planificación pandémica, basada principalmente en una amenaza similar a la gripe aviar A (H5N1) que apareció en 1997 en Hong Kong. Pero la gripe porcina de 2009 resultó ser bastante diferente. Era mucho más contagiosa pero mucho menos peligrosa que la gripe aviar, que tiene una tasa de mortalidad del 60%. De hecho, fue más leve que muchas hebras de gripe estacional.
Todavía hay cierta incertidumbre sobre la posible tasa de mortalidad de este nuevo coronavirus: para Europa la mayoría de las estimaciones varían entre el 1-2%, en su mayoría aquellas con condiciones existentes. Esto es varias veces mayor que la gripe estacional, que es de alrededor del 0.2%, pero que aún mata a miles cada año sin que se describa como un “virus mortal”. El Covid-19 también parece ser más contagioso que la gripe estacional.
Las autoridades y los ciudadanos tienen la responsabilidad de proteger a los más vulnerables y de “aplanar la curva de infección” para proteger los sistemas de salud y ganar más tiempo para la investigación de vacunas y tratamientos. Pero esto no significa que cualquier medida para frenar la enfermedad esté justificada o sea proporcionada.
Lo importante para evitar tanto la no reacción como la sobrerreacción es que los responsables de las tomas de decisiones deben probar constantemente sus supuestos subyacentes con los mejores consejos y las pruebas disponibles más actualizadas. Deben evitar tomar decisiones enclaustradas y recurrir a expertos de áreas relevantes más allá de la salud. Si es necesario, deben hacer correcciones tanto internas como públicas. Nunca es fácil para las burocracias cuestionar y apartarse de los planes, procedimientos y protocolos existentes en situaciones de rápido movimiento. Tampoco es fácil para los políticos y expertos cambiar sus consejos públicos anteriores y contrarrestar las percepciones erróneas en los medios y el público. Pero el costo de no hacerlo es alto. No es demasiado tarde para que los tomadores de decisiones europeos [y del resto del mundo] tengan en cuenta algunas de estas lecciones.
Christoph Meyer
Profesor de Política europea e internacional en King’s College London.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
Traducción de Eugenia Rodríguez.