Hay talentos excepcionales que se manifiestan en nuestros órganos y nos distinguen de las máquinas. Las capacidad de hablar decenas de lenguas es uno de ellos. A continuación un recorrido por esta habilidad –o disfunción, según se le vea– y algunos de sus protagonistas en la historia.
El caballero japonés no hablaba inglés o, muy sabiamente, fingió que no lo hablaba […]
—¡Ja! Ahhh. ¿En selio? —preguntaba una y otra vez—. ¡Ja! Ahhh. ¿En selio?
—Soy norteamericano, maldita sea. Usted: ¡japo! Yo: ¡norteamericano! ¿Entiende?
—¡Ja! Ahhh. ¿En selio? —preguntaba el caballero japonés, haciendo una reverencia e inspirando hondo—. ¡Ja! Ahhh. ¿En selio?
Los dos parecían destinados a seguir así por los siglos de los siglos.
—William Gerhardie, Los políglotas
Si Google Translate sustentara un examen de lengua extranjera, una prueba similar al TOEFL inglés, al DaF alemán o al DELF francés, probablemente obtendría una calificación por debajo de la media. No conforme con el bilingüismo, que es un fenómeno mayoritario a nivel global —en efecto, casi todo el mundo comprende, parcial o plenamente, dos lenguas, la materna y una secundaria—, este programa de traducción automática (machine translation) contempla y aspira a dominar 103 idiomas diferentes, comenzando con el afrikáans, hasta llegar al zulú, ambos de origen sudafricano. Su ambición, que en realidad es la ambición de los programadores, es la misma que desde el cese de la construcción de la torre de Babel ha motivado a un puñado de personajes históricos cuyo denominador común es, en apariencia, un hiperdesarrollo en el hemisferio izquierdo del cerebro.

Ilustración: Oldemar González
En su Historia natural, por ejemplo, Plinio el Viejo refiere que en el siglo I a. C., durante el apogeo del poderoso Reino del Ponto y en vísperas de la expansión imperial romana, Mitrídates VI, nombrado con frecuencia Mitrídates Eupator, se vio obligado a aprender más de una veintena de idiomas distintos. De acuerdo con el testimonio de Plinio el Viejo, Mitrídates Eupator debía gobernar un extenso territorio plurilingüe, y por eso, “rey de veintidós pueblos, impartía leyes en otras tantas lenguas, y en cada una de ellas se dirigía sin intérpretes al pueblo reunido en asamblea”.
En el año 340 de nuestra era, Ulfilas —que podría traducirse del gótico al castellano como “la pequeña cría del lobo”— se convirtió en obispo de la nutrida secta de los arrianos. Era godo; pertenecía, en otras palabras, a uno de los pueblos germánicos que, hacia los siglos III y IV, migraron desde la Europa Septentrional hasta la Central y la Austral con el único fin de asediar los territorios de Roma. Decidido a convertir a su pueblo al cristianismo, Ulfilas se vio en la necesidad de inventar un sistema de escritura que le posibilitara llevar a cabo las traducciones requeridas: el alfabeto ulfilano. Una vez salvado este escollo, él trasladó la Biblia, menos los libros de Los Reyes, al gótico, a la sazón un idioma primitivo y rudimentario, hoy día una lengua muerta. En una pequeña biografía sobre su persona, Jorge Luis Borges afirma: “Además de la lengua gótica, Ulfilas dominaba el latín y el griego.” Otros estudiosos de su vida han dicho que Ulfilas fue una especie de híbrido entre Moisés y Martín Lutero, porque “no sólo sacó a los godos de la tierra de sus opresores, sino que también, contra toda adversidad, les entregó la Biblia en su lengua materna”.
Todavía en el siglo IV, Jerónimo de Estridón, por orden y disposición del papa Dámaso I, acumuló un robusto compendio bibliográfico con los profusos documentos de la tradición judeocristiana que circulaban en tres idiomas de la Antigüedad clásica, a saber: hebreo, griego y arameo. Luego de una cansina y agotadora revisión de sus contenidos, realizó una cuidadosa criba y tradujo ese selecto corpus al latín. Como su versión estaba dirigida al gran público, a las enormes masas populares, la denominó Vulgata, cuyo significado textual es “obra divulgada”. Gracias a sus incontables horas de estudio y a sus viajes recurrentes, Jerónimo había concebido una suerte de teoría de la traducción que quedó de manifiesto en su trabajo. En su “Carta a Panmaquio, sobre el arte del bien traducir”, Jerónimo se apropia del precepto de un antiguo poeta latino, Horacio, y anota: “No trates de verter, escrupuloso intérprete, palabra por palabra.”
En el siglo XIII, dentro del territorio de la España Medieval, coexistían y convivían estrechamente tres pueblos: el árabe, el judío y el cristiano. Tiempo atrás, los árabes se habían convertido en el referente cultural de Europa; a la vanguardia del conocimiento, habían traducido a su lengua materna, procedentes del griego y del latín clásicos, las obras filosóficas y científicas más importantes de la Antigüedad. Los judíos, por su parte, habían hecho las veces de intermediarios y habían importado dichas traducciones, que mostraban una calidad sobresaliente, a la Península Ibérica. Entonces Alfonso X, al que apodaban “El Sabio”, convencido de la imperiosa necesidad de tender puentes culturales entre las tres civilizaciones aludidas, congregó a la reputada Escuela de Traductores de Toledo, donde esos textos árabes y hebreos comenzaron a escribirse en latín medieval y, más tarde, en español vernáculo. Inevitable y afortunado efecto del contacto inmediato, Alfonso X “El Sabio” acabó por convertirse en maestro de aquellas lenguas que se arremolinaban diariamente a su alrededor.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, Giuseppe Gasparo Mezzofanti, cardenal que prestó sus servicios a la Iglesia católica tanto en Bolonia como en Roma, aprendió al dedillo más de cuarenta idiomas diferentes. Sus biógrafos, quienes lo consideran el mayor políglota de la historia, hacen hincapié en la curiosa simpleza y en la segura eficacia de su método de estudio: leer el Nuevo Testamento en cada una de las traducciones que la lingüística moderna, gracias a los análisis del protoindoeuropeo y de las lenguas orientales, había hecho posible.
Hoy día una persona monolingüe escribe Bromance, pide su traspaso al castellano y Google Translate enmudece. Invierte las lenguas fuente y terminal, teclea “antier” y el traductor automático se torna redundante: the day before yesterday. Por lo demás, hay idiomas que, debido a sus naturales desemejanza y polarización, aumentan el grado de dificultad de este ejercicio: algunos se escriben en sentido inverso, de derecha a izquierda, como el hebreo y el árabe; otros emplean ideogramas, extrañas combinaciones de escritura tradicional e imagen mental, a la usanza del chino mandarín; unos más se encuentran catalogados en el rubro de las “lenguas aisladas”, como el euskera batúa o el húngaro, porque no sostienen vínculos de parentesco lingüístico y porque manifiestan una clara renuencia a los estudios comparativos.
Algunas investigaciones sostienen que la lengua madre, asentada alrededor de los cuatro años de edad, ocupa un espacio determinado en el área cerebral y que, por ende, la segunda lengua (o la tercera, o la cuarta o la quinta…) se ve confinada dentro de límites más estrechos. Es altamente improbable, sin embargo, que ésta o cualquier otra explicación de raigambre anatómica o histológica sea aplicable a las mentes de silicio.
Lo cierto es que, aún hoy día, igualar la habilidad verbal —que raya con la glosolalia o, como se le conoce en el campo de la teología, con el don de lenguas— de quien posee múltiples y sólidas conexiones neuronales o sinapsis en el giro frontal siniestro del cerebro por medios artificiales es una meta que se vislumbra, sin despreciar o infravalorar los sorprendentes e innegables adelantos de la tecnología, muy distante, en la lejanía. Quizá la respuesta se encuentre, más que en la descripción de la funcionalidad del cerebro, en la de su disfuncionalidad tal cual sugieren algunos estudios que han tratado, en los últimos años, los temas de la afasia y de su recuperación en personas plurilingües.
Francisco Gallardo Negrete
Doctorante en Humanidades, con énfasis en Teoría Literaria, en la UAM-I. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario Alfonso Reyes en 2015.