¿Quién quiere ser puto?

Este Día del Orgullo LGBT+ que celebramos desde el encierro es una oportunidad para reflexionar sobre los prejuicios que todavía hoy mantienen a tanta gente “en el clóset” y con miedo a vivir su diferencia.

Lo único que lamento de ser gay es haberlo reprimido durante tanto tiempo. Entregué mi juventud a las personas que temía, cuando podría haber estado amando a alguien. No cometas ese error. La vida es demasiado corta.
—Armistead Maupin, Everything But the Coffee: Learning about America from Starbucks

 

Escribo en defensa y reconocimiento de las diferencias; sólo que esta vez, citando al gran escritor chileno Pedro Lemebel, “hablo por mi diferencia”.1

Junio es el Mes del orgullo, ese mes en el que (de no ser por una pandemia) las calles  se llenan de banderas de arcoíris  y los escaparates de tiendas gay friendly que pretenden celebrar el orgullo gay, el orgullo queer, desde el capitalismo,  son decoradas. Junio también es el mes en el que  se escuchan discusiones cíclicas e interminables de gente que siente la necesidad de autorizar una lucha ajena: “Si, que salgan a la calle, pero si quieren respeto, que no se encueren”.

Junio es el mes en que se reactualiza la lucha, en el que se vuelve a marchar por el reconocimiento, porque aún existen la homofobia y los crímenes de odio, porque medio siglo después de la primera marcha del orgullo gay, se sigue censurando y persiguiendo a quienes decidimos vivirnos de manera diferente.

Ilustración: Patricio Betteo

Salir del clóset hoy en día dista mucho de las experiencias terribles de las generaciones que nos antecedieron. Aunque desafortunadamente no en todos los casos, pareciera que cada vez hay más respeto y tolerancia hacia la diversidad. Las luchas, las marchas, han dado un lugar al reconocimiento y los derechos de la comunidad LGBT. Sin embargo, el hecho de salir del clóset no da cuenta de la travesía, física y psicológica, necesaria para poder pronunciarse, para poder pararte un día y decir “soy gay, soy diferente”.

Hace poco me reuní con un grupo de amigos de la infancia, de esos que me conocieron antes de salir del clóset. Cuando “bromeando” utilizaron la palabra “puto” recurriendo al “sabes que no es para ofender, así lo usamos todos los mexicanos y en el 99% de las veces no significa homosexual”, recordé una frase de José Ignacio Lanzagorta en su texto “No seas puto”: “cada vez que me gritaron ‘puto’ fue un clavo más que puse a la puerta del clóset”. Y es que el “problema” de ser “puto” radica en que invariablemente hay una parte de tu vida que se vive desde el encierro. Aún sin querer ofender, que me dijeran  puto de broma hizo que yo reprimiera más tiempo quien verdaderamente soy porque, ¿quién va a querer ser puto, con lo que eso representa para el 99% de los mexicanos y mexicanas?

Salir del clóset, poder nombrarse gay, lesbiana o trans a uno mismo no es cosa fácil y menos en un país homofóbico. “Puto” es la última palabra que escuchan muchos hombres y mujeres antes de ser asesinados o asesinadas por el odio. Crímenes de odio que nos recuerdan que, todavía hoy, el precio que se paga por pronunciarse diferente, por luchar por una identidad propia, es la propia vida.

Requiere saber sortear el dolor y la represión. Pasa por el luto de muchas pérdidas. Salir del clóset se trata de enfrentar la vergüenza y el miedo de ser distinto y lo que dejamos de hacer por esas razones. Aún contando con una familia que te acepta y muchos privilegios, la sensación de duelo permanece; no quiero imaginar lo difícil que es para quienes no encuentran apoyo en su familia, o para quienes viven con su agresor. Cuando te das cuenta de que vas a amar a personas de tu mismo sexo o que tu cuerpo no corresponde a tu identidad, la sensación difícilmente es bonita, en mi experiencia y por lo que he hablado con amigos y amigas de la comunidad LGBT, este “descubrimiento” en muchas ocasiones viene más bien acompañado de mucho miedo y enojo. Nadie te enseña que puedes ser distinto a los demás, nadie nos enseña a amar nuestras diferencias. Por el contrario, el aparato social se empeña en mantener el semblante el mayor tiempo posible haciendo que quienes se han descubierto distintos tengan que reprimir y lidiar desde la más profunda soledad con la esencia de quiénes son.

Leí el otro día en internet la denuncia de un “tiktokero” adolescente con miles de seguidores en todo el mundo: “Los estudiantes homosexuales en secundaria no tuvimos la oportunidad de encontrar un romance adolescente porque no teníamos opciones, recurrimos a aplicaciones que nos hicieron perder rápidamente nuestra inocencia, asustando nuestros años de juventud y guiándonos por un camino en el que sobrevaloramos las características materialistas y arriesgamos nuestras vidas y salud por conseguir momentos cortos e intensos de encuentros físicos”. Esta frase  exhibe la realidad de miles de mujeres y hombres que a causa de su orientación sexual tienen que sacrificar muchas experiencias, entre ellas las historias de amor propias de la adolescencia. Son muchas las personas que todavía hoy se mienten a diario por temor.

Las consecuencias psíquicas de la represión son muy variadas, pero apuntan a la dificultad de encontrar un lugar en donde no esté en juego la dignidad. Se atribuye a Göbbels, militante nazi encargado de la propaganda del partido, la frase que dice: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”; y es que escuchar mil veces lo que se dice de la disidencia sexual deja disponibles muy pocos espacios para la identificación. Necesitamos contar muchas más historias de “putos”, “maricas”, “lenchas” o trans que abran puertas. No sólo en el mes de junio, sino todo el año, tenemos que abocarnos a resignificar las vidas de aquellos y aquellas valientes que se atrevieron a vencer el miedo y pronunciarse desde lo diferente.

Este año en el que hemos tenido que encerrarnos a causa de un virus, veo más claramente que nunca que la homofobia se esparce con la misma rapidez con la que el coronavirus ha obligando a que muchas personas tengan que mantenerse en el encierro durante años. ¿Cuántas personas no habrán tenido que encerrarse toda una vida? Si este junio  hay un orgullo que celebrar, es el de poder nombrarte fuera del clóset y gritar que puedes ser quién quieras ser. Porque sin duda es motivo de orgullo atreverse a decir “soy diferente y puedo con lo que eso significa”.

 

Jonathan Silva
Psicoanalista y académico.


1 Intervención en un acto en septiembre de 1986, en Santiago de Chile. Véase: Pedro Lemebel, Loco Afán, Crónicas de sidario, Santiago: Lom Ediciones, 1997, pp. 83-90.

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4 comentarios en “¿Quién quiere ser puto?

  1. Me parece perfectamente posible y razonable que hayan personas que apoyen la causa lgtb, y que a la vez reprueben las excentricidades que ocurren en las marchas gay. De primera mano he visto a madres tener que taparle los ojos a sus hijos porque un individuo anda por ahi desnudo, con una bandera de muchos colores, y un pene postizo de medio metro. Aceptación, inclusión, sí, pero esas tonterías en vez de lograr apoyo para la causa, polarizan más a la sociedad.

  2. Gracias por dar significado a lo que tantas voces silencian y a lo que algunos oídos no logran escuchar. Realmente disfruté tu texto.

  3. Concuerdo con Luis, que los miembros de esta comunidad se dignifiquen y hagan lo que consideren mejor para sus vidas, está bien, aunque para mi gusto… dicha celebración se puede llevar a cabo desde el corazón y desde el alma, viviendo con respeto al otro y a uno mismo, estando felices, tranquilos y satisfechos. Desde luego que sale sobrando mostrar los glúteos de una manera grotesca, andar semi-desnud@s por la calle o disfrazados de cosas como mariposas o payasos que lejos de proyectar una imagen de respeto, quedan como bufones, ridículos e inclusive hieren las sensibilidades de algunas personas (y esto último no por homofobia, simplemente por ética). Sería el mismo agravio si hubiese una marcha de heterosexuales vestidos así y manifestando comportamientos sexuales que son dignos de la alcoba, no de la calle… en fin, yo abogo por el respeto para todos, mujeres, hombres, transexuales, musulmanes, liberales, conservadores, animales, espacios públicos. Pero como decía Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz y en dichas marchas del orgullo, no siento que esta sea una consigna prioritaria.
    Un saludo!

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