Crónica de las nuevas normalidades: de la viruela al SARS-CoV2

Nuestro territorio ha visto una sucesión de “nuevas normalidades” tras la embestida de diversas epidemias, desde la llegada de los españoles hasta nuestros días.

Al principio es fácil dar fin a todo; después, no.
Muchas veces hace la enfermedad su mismo remedio.
—Baltasar Gracián, El arte de la prudencia

Mesoamérica, la región geográfica que se extiende del paralelo 10.° N al 22.° N, conoció la experiencia de las pandemias hasta hace relativamente poco. Pero a partir del siglo XVI, sus habitantes padecieron en unos cuantos decenios las grandes enfermedades colectivas que tanto los asiáticos como los europeos habían contraído y combatido a lo largo de miles de años. Esta tendencia, que afectó sucesivamente a los indígenas, a los novohispanos y a los mexicanos con diferentes intensidades, dio pie a prácticas inéditas de asepsia, higiene y profilaxis que fueron incorporadas a la vida cotidiana.

De acuerdo con fray Gerónimo de Mendieta, integrante de la orden de los hermanos menores, la primera pandemia que azotó el Valle de México fue de viruela. En Historia eclesiástica indiana, Mendieta refiere que el transmisor fue “cierto negro que vino en uno de los navíos del capitán Pánfilo de Narváez”, alrededor de 1520. Ahora bien, algunas estadísticas afirman que la viruela acabó con el 70 % de la población indígena y, según Mendieta, ese elevado índice de mortandad se debió a “la costumbre que ellos tienen de bañarse a menudo, sanos y enfermos, en baños calientes, con lo cual se les inflama más la sangre, y así morían infinitos por todas partes”.

Ilustración: Oldemar González

La segunda pandemia en esta zona tuvo lugar tan sólo once años más tarde, es decir, en 1531. Esta vez tocó el turno del sarampión, otra enfermedad febril y exantemática. Mendieta narra que los indígenas, a sabiendas de la gravedad de los antecedentes inmediatos, “[pusieron] mucha diligencia y se tuvo aviso de que no entrasen en los baños, y se dieron otros remedios que les fueron de provecho”. Las medidas de prevención lograron acotar las cifras de contagios y de defunciones y, por ende, en contraposición a la de viruela, que habían llamado huey zahuatl (la gran lepra), los indígenas la denominaron tepiton zahuatl (la pequeña lepra).

Las siguiente pandemia tuvo lugar en 1545 y nuevamente en 1564. Mendieta explica que “aquélla fue de pujamiento de sangre [esto es, hemorrágica], y juntamente calenturas, y era tanta la sangre, que [a los indígenas] les reventaba por las narices”. El fraile franciscano no le da nombre al padecimiento, pero Fernando Ocaranza Carmona, autor de Historia de la medicina en México, se inclina a creer que se trató de disentería pútrida, cuya causa nosológica son las amibas, y la cual habría sido curada, en un horizonte hipotético, con el consumo de la planta ipecacuana y con la oportuna aplicación de sanguijuelas en el ano.

Mendieta relata “que murió grandísima suma de gente por todas partes, y fue de pujamiento de sangre, como las demás, y daba en tabardillo”, y habla de los periodos de enfermedad en 1588, 1595 y 1596, “mezclada de sarampión, paperas y tabardillo”. Sólo algunas de estas enfermedade no fueron importadas de tierras lejanas. La fiebre amarilla, también conocida como vómito negro, apareció, en opinión de diversos historiadores de la medicina, en las costas del Golfo de México. Pero como dice Francisco Peña Trejo, “fue la llegada de los europeos lo que reforzó la acción mortífera del virus amarillo ofreciéndole un elemento predilecto para tomar enseguida esa propagación gigantesca empezada desde el siglo XVI”.

Así pues, la fiebre amarilla, que se adquiere por la picadura de un mosquito negro con motas blancas (Aedes aegypti), hizo de las suyas, con brotes recurrentes, en los siglos XVII, XVIII y XIX. Avanzado este período tricentenario, tal cual asevera Lucas de Tornos y Usaque, las personas se habituaron, en las comarcas endémicas, a dormir al amparo de una malla de mosquitero y sólo después de haber encendido un sahumerio con propiedades repelentes. En 1894, justo a la mitad de la tercera administración consecutiva de Porfirio Díaz, la reformulación del Código Sanitario coadyuvó al control de esta enfermedad (gracias, entre varias medidas más, a la promoción y a la concientización a propósito de los beneficios de avenar el agua estancada), así como también de la peste negra o peste bubónica —el mal que había asolado a Europa hacia 1346, en el ocaso de la Baja Edad Media— y de un puñado de infecciones análogas.

En las centurias dieciochesca y decimonónica, el tifus, que en las lenguas uto-aztecas se conoce con la voz matlazahuatl, produjo terribles catástrofes epidemiológicas. Según Cayetano Cabrera y Quintero, éste se desató en un obraje lanar, en Talcopan o Tacuba. El hacinamiento y la mala higiene de los talleres, donde trabajaban indígenas y mulatos, estimulaban la proliferación de pulgas y de piojos infectados. Guiadas por la intuición más que por la certeza, las autoridades sanitarias diseñaron estrategias de efectos, si no definitivos, sí parciales. Una de éstas fue la descentralización de las instalaciones en las que se ofrecían servicios de salud y funerarios; como indica América Molina, de ahí en adelante los hospitales y los cementerios se reubicaron allende las fronteras de la metrópoli. En las postrimerías del siglo XIX, una vez identificados los vectores de transmisión (véase “Historia de la parasitología”, de Emilio Weiss), las clases altas y las bajas adoptaron indistintamente el empleo de lendreras, peines con cerdas contiguas y estrechisimas para retirar los piojos y sus larvas del cuero cabelludo y del vello del pubis.

En 1918 y 1919, la gripe española ocasionó la muerte de muchos jóvenes mexicanos. John Womack calcula que fueron, aproximadamente, 400 000. La visión clínica se había vuelto más sofisticada desde las investigaciones de Louis Pasteur —a nivel denominativo, habían caído en desuso los nombres genéricos “miasma”, “emanación” y “efluvio” y, a manera de relevo, se habían popularizado los tecnicismos “germen”, “microbio” y “bacteria” (Claudia Agostoni dixit)— y, en concordancia con este avance notorio, con este palmario progreso, la comunidad científica acometió una empresa dual: por un lado, persuadir a los usuarios del peligro latente de abordar el transporte público y, por otro, convencer a los concesionarios —en especial a los del tranvía y a los del ferrocarril— de la imperiosa necesidad de desinfectar sus vagones.

A mediados y a finales del siglo pasado, México registró distintas alertas sanitarias: verbigracia, una de poliomielitis, en 1950, y una más de cólera, en 1991. Algunos estudios indican que la disponibilidad y la aplicación de una vacuna altamente eficaz coadyuvaron a que el número de casos de la primera se redujera, desde 1990, a cero. La segunda, por su parte, fue apaciguada, de acuerdo con Jaime Sepúlveda, José Luis Valdespino y Lourdes García-García, con la cloración del agua, con la prohibición del uso de aguas residuales para el riego y con la construcción de letrinas en los ámbitos rural y comunitario. Hoy día, en respuesta al auge de enfermedades similares a la fiebre amarilla —la malaria, el dengue, el chikungunya, el Zika, etcétera—, los gobiernos federal, estatales y municipales se esfuerzan por contrarrestar, con base en el empleo de potentes insecticidas, la reproducción y el esparcimiento del mosquito responsable (Aedes albopictus).

Ahora bien, la influenza porcina de 2009 inauguró la serie de influenzas pandémicas que han caracterizado al siglo XXI. Su agente patógeno, el virus A/(H1N1)pdm09, surgió en la frontera que separa a México de los Estados Unidos de América; por eso ha sido llamada, de forma ocasional e imprecisa, “influenza mexicana”. Entonces el país contaba con una gran reserva de antivirales —avalados para uso humano y de comprobada solvencia— y bastó, a juicio de diversos investigadores, con la instrucción y con la observancia de un breve período de aislamiento.

La explosión demográfica y los cambios ambiental, social y económico de la actualidad han estrechado el contacto de la población humana con la fauna silvestre, un factor de riesgo si de nuevas enfermedades se trata. Al igual que el SARS y que el MERS (coronavirus que pasaron de huéspedes animales a humanos), es probable que el SARS-CoV2 o covid-19 sea producto de un contagio cruzado: existe la hipótesis de que ingresó, originalmente, en el organismo de un mamífero parecido al armadillo, el pangolín, y que saltó, al cabo de un tiempo, de una especie a otra. A la luz de lo expuesto, es muy difícil prever dónde iniciarán las próximas pandemias. Mientras el VIH, el Ébola y el Zika aparecieron en África occidental, el MERS lo hizo en Medio Oriente y el SARS-CoV y el SARS-CoV2, en el sur y en el centro de China.

Por el momento, frente a nuestros aún limitados conocimientos del SARS-CoV2 —su luenga fase de incubación o su extraordinaria capacidad de contagio—,  podemos suponer que la utilización de gel desinfectante, de los tapabocas y de las caretas de acetato se mantendrán un tiempo. Y que los rituales de salutación y de despedida (los besos en los carrillos, los abrazos y los apretones de manos) sufrirán modificaciones. A mediano y a largo plazo, dependiendo del éxito de las investigaciones virológica, inmunológica y farmacológica, quizá se emprenderán campañas de vacunación masiva o se instalarán unidades especiales de diagnóstico y de monitoreo en espacios de alta vulnerabilidad (asilos, casas de refugio, etcétera).

Protagonistas de las pandemias contemporáneas, los virus mutan por naturaleza y este carácter proteico reactualiza incesantemente la atávica lucha del ser humano por la supervivencia. En vista de que han aumentado su presencia en derredor del orbe, conviene tener en mente dos cosas: que no importa la frecuencia de las pandemias, sino su impacto real, y que de lo que se trata es, en última instancia, de inclinar la balanza a nuestro favor, transitando hoy como ayer, de la manera más racional y más ordenada posible, hacia las “nuevas normalidades”, sean éstas cuales fueren.

 

Rodrigo Velázquez-Moctezuma
Doctor en Inmunología y Enfermedades Infecciosas por la Universidad de Copenhague. Investigador en el Hospital Universitario de Hvidovre. Divulgador científico.

Francisco Gallardo Negrete
Doctorante en Humanidades, con énfasis en Teoría Literaria, en la UAM-I. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario Alfonso Reyes en 2015.

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