Las fisonomías diferentes necesitan ser nombradas para encontrar un lugar en este mundo que tiende a segregar todo lo que atenta contra el canon. Este es un llamado a que las personas con rostros atípicos se unan en un ejercicio de politización común.
¿Has caminado por la calle y visto a una persona que tenía un rostro notablemente distinto? Tú lo seguiste por unos segundos y te diste cuenta de la persecución que significaba, entonces cortaste la mirada y regresaste a tu andar usual. Su cara resaltaba por una razón que cargaba sobre sí misma: era un rostro no-rostro.
Yo tengo un no-rostro, es decir, una cara atípica. Un no-rostro, a diferencia de lo que se puede intuir, no describe una cara “antiestética” o “fea”. Un ejemplo de esa intuición primaria es que se use la palabra “deformidad” como sinónimo de la fealdad. Pero son dos cosas distintas. Un no-rostro se refiere a una cara que no cumple con los requisitos para serlo, un rostro que no cabe dentro de lo que se enseña en los dibujos lúdicos sobre qué es una frente, una boca, que son unos cachetes, unos párpados o, en mi caso, una nariz.
¿Y por qué no los cumple? Porque existe un acuerdo social que establece ciertos parámetros para los rostros y cuerpos, basados en su corrección y consumo. Parte de un régimen de clasificación de la belleza y la normatividad que no se queda en la mera apreciación estética, sino que tiene consecuencias materiales. El reconocimiento y las oportunidades laborales se distribuye con bastante sesgo a las personas con cuerpos y caras canónicas, lo que contribuye al ciclo de la segregación social que enfrentan las personas que no alcanzan a cubrir esas expectativas corpóreas.

Ilustración: Jonathan Rosas
Apenas existen menciones sobre nosotros. Los padres no enseñan a los hijos a esperar realidades corpóreas ni mentales distintas a las que vienen por default en los humanos. Las caricaturas y las películas que consumimos tampoco muestran personas que se vean cómo nosotros, y, cuándo lo hacen, usualmente son personas con discapacidades intelectuales, psicosociales. Otras veces son incluso los villanos.
A mi familia le tocó verme nacer y existir cómo pequeña humana desde el principio con un no-rostro y a pesar de que supongo que no les era indiferente, nunca hubo una mención sobre el asunto. Mis primos, por ejemplo –que eran niños de edades muy cercanas a la mía- tampoco hablaban de eso, ni en los momentos más violentos de nuestra socialización infantil. Eso, que me permitió desarrollarme de una manera más “usual”, definitivamente hizo más potente el golpe que viví cuándo empecé a asistir a la escuela. Los niños de la escuela me evitaban a toda costa, se reían de mí a lo lejos, si les hablaba corrían y mientras todo eso ocurría la maestra con cara de preocupación se acercaba a mí y estaba a mi lado todos los días, cuidándome de los niños más violentos, poniéndome a trabajar en equipo con los más amables, sentándome cerca de su escritorio.
Ya entonces podía reconocer claramente la razón. En cada época de mi vida la regla se volvió una: la segregación provocada por la falta de personas que estaban dispuestas a arriesgar su propia posición social a cambio de relacionarse conmigo.
El otro lado de la moneda, la condescendencia, es un poco más compleja de abordar. Las buenas intenciones se vuelven caricaturización, simplificación y deshumanización. Existe una actitud de pre aprobación a cualquier cosa que la persona con un no-rostro se “atreva” a hacer. En mi caso, maquillarme, por ejemplo; en repetidas ocasiones fue aplaudida mi “valentía” para maquillarme y buscar caber en el corsé del canon femenino. Éste actuar de aplauso es irónico, pues supone que, antes de ese cambio correctivo que es el maquillaje, me encontraba en una situación preocupante, vulnerable. Estas expresiones de preocupación y tristeza traen consigo el mensaje de que no ser canónico o normativo es una sentencia en sí misma.
Consecuencias políticas de la diferencia
Las personas como yo no tenemos representación en el ámbito legislativo. No encontramos menciones en la demarcación académica; tampoco hay especial interés institucional por nuestra situación. Parte de la razón está en la aparente “normalidad” con la que podemos desarrollarnos en la sociedad, normalidad que nosotros mismos buscamos reflejar. Somos sujetos capaces de estudiar, de desempeñar un empleo, de ser autosuficientes. Y, sin embargo, no somos personas leídas cómo sujetos dentro de la expectativa normativa de los cuerpos.
En el ámbito comunitario no existe una “organización activa de no-rostros”. No nos hemos encontrado cómo sujetos con necesidades sociales clasificables y por tanto, se dificulta la creación de imaginarios de mundos más adecuados para existir desde nuestra disidencia facial.
La experiencia de otros cuerpos no normados nos da qué pensar. Desde los cuerpos racializados que son empujados a una realidad social distinta, una realidad llena de desventajas lo mismo en lo material que en lo privado, hasta los cuerpos con sobrepeso, que se enfrentan a la segregación sistemática. Los no-rostro experimentamos una realidad social muy parecida a la de las agencias que menciono, y es por eso que necesitamos una clasificación, un nombramiento colectivo, que nos permita preguntarnos por las consecuencias de nuestras experiencias compartidas y exigir en los espacios que habitamos.
Tardé mucho en preguntarme por las consecuencias de este sistema para mi vida política. Cuando aún era niña veía lo más fundamental: era un sujeto merecedor de escrutinios despectivos, pensaba que no merecía el mismo respeto ni el mismo trato que los demás. El mandato a seguir era esforzarme mucho más para poder generar conexiones sociales. Mi tarea era buscar la excepcionalidad positiva de mi persona para pertenecer y merecer un lugar en la comunidad, pues mi valor inicial era menor.
Sigo sin identificar las problemáticas políticas concretas de nuestra agencia corpórea. Pero sé que la falta de representación humana y realista de nuestra vivencialidad, la falta de menciones sobre nuestra existencia, se ha traducido en la falta de organización. No podemos pronunciarnos porque no hay dónde, no hay cómo y por esa misma razón es difícil identificar lo político de nuestra vida privada y personal.
Es verdad que en los productos de la hiperconectividad y la sobreproducción de comunicación he encontrado, uno que otro vídeo de personas cómo yo hablando de sus vivencias y sentires. Personas que no caen en estigmatizaciones y tampoco permiten a un tercero ser reduccionista con su existencia, ni prestar su no-rostro cómo utilería para un personaje. Este fue el primer destello de la posibilidad de un diálogo de iguales.
A lo largo de mi camino por el entendimiento de mis sentires relacionados con mi realidad corpórea entendí que, para sobrevivir un mundo que no esperaba ni procesaba mi existencia, tenía que resignificarla.
Entre el odio y el enojo hacia los sistemas de segregación y fragmentación social fui comprendiendo que estos sistemas que permean los cuerpos, las castas en las que pueden asignarse y las clases sociales a los que están destinados. Encontré la necesidad de crear una estética adecuada para encontrar canónico mi propio-rostro, sentirlo mío, mía la identidad, mía la vida mutilada, mía la reacción que genera mi cara en las caras ajenas, mío el amor a mi historia, mío el reconocimiento en el espejo, mío el odio y el asco, míos los filtros de Instagram que no detectan el propio-rostro. También mío el odio y el asco, mío el altibajo, mía la decisión de no “corregir” mi cara aunque tuviera la oportunidad. Mía la estética que nació del dolor y la necesidad de escapar. Y mías las relaciones honestas con gente sin prejuicios, sin estigmas violentos.
Espero que pronto encontremos cómo nombrar nuestros cuerpos y rostros, que sus significados se hagan más grandes, más complejos y más visibles. Que nuestros propios-rostros se encuentren y propongamos mundos en donde no haya que cumplir requerimientos para el trato digno. Adueñarnos de nuestros rostros y reconocernos cómo agentes de esta realidad corpórea es el primer paso individual para crear puentes colectivos.
Guadalupe Alitzel Ortiz Gayosso
Activista y bordadora.
Excelente y aleccionadora reflexion. Felicito a la autora y le agradezco.
¡Muchas gracias por leerme!
Me alegra mucho que te hayan resonado mis palabras 😊