En la década 1960, un movimiento de médicos provenientes de grupos minoritarios en Estados Unidos buscó desafiar las ideas racistas de la Psicología y transformar a la disciplina en una herramienta de cambio social.
Justo cuando creía haber superado el racismo y la desigualdad, la sociedad norteamericana ha sido testigo de un resurgimiento de grupos supremacistas blancos y, paralelamente, de campañas de denuncia sobre las prácticas de discriminación, estigmatización, violencia y encarcelamiento deliberado en contra de las minorías en Estados Unidos. Muchos aseguran que las tensiones raciales de los últimos cuatro años han sido generadas por la retórica de Donald Trump en contra de una larga lista de grupos étnicos pero, aunque es verdad que la administración de Trump ha normalizado los discursos de odio contra las poblaciones de color, la amplia recepción y apoyo a sus políticas refleja que las ideas sobre la superioridad racial han permanecido latentes, pero silenciadas.
Frente a esto, los historiadores han estudiado cuáles fueron los mecanismos que preservaron el pensamiento racial norteamericano de manera disimulada y, por tanto, indiscutida. Entre las conclusiones más frecuentes en los estudios sobre la raza en Estados Unidos está que las ciencias de la salud mental han jugado un papel muy importante en la fabricación de jerarquías raciales.1 Esto es porque, a través de discursos sobre el “buen comportamiento” e investigaciones sobre la inteligencia, los psicólogos y otros trabajadores de la salud mental han validado e incluso internalizado el estereotipo de que las minorías tienden a la criminalidad, la violencia, y la deficiencia intelectual, reflejando así su supuesta inferioridad racial.
Durante los años sesenta, activistas afroamericanos, chicanos, puertorriqueños, asiáticos e indígenas llevaron a cabo campañas de denuncia sobre el mal uso de la Psicología, así como también surgieron movimientos de resistencia dentro de la disciplina misma. Mediante asociaciones étnicas y proyectos de investigación científica, estos activistas refutaron las teorías psicológicas sobre los grupos minoritarios y, a su vez, incorporaron ideologías revolucionarias a los discursos científicos. Si las ciencias de la salud mental perpetuaban el racismo, entonces éstas también podían confrontarlos. Si la Psicología tenía el poder de estigmatizar la protesta, ésta también tenía el poder de reivindicar a los grupos de protesta minoritarios.

Ilustración: Kathia Recio
La Psicología como herramienta política
La Psicología en Estados Unidos tiene una historia problemática. Esta disciplina surgió a principios del siglo XX, a raíz de una campaña eugenésica que buscaba perfeccionar la calidad racial a través de la regulación reproductiva de sujetos considerados como racialmente inferiores. Eugenistas como Henry Goddard (quien es considerado como el padre de la Psicología), creían que la calidad racial del individuo se reflejaba a través de su inteligencia, misma que podía ser cuantificada en pruebas psicométricas como la Binet-Simon. Por ello, desde la introducción del primer test psicológico en 1908 hasta la década de los sesenta, el gobierno norteamericano financió testeos masivos y estudios estadísticos que comparaban los niveles de inteligencia de cada grupo racial y confirmaban la supuesta inferioridad racial de los grupos minoritarios, especialmente el afroamericano, mexicano, e indígena. Argumentando ser una ciencia exacta y objetiva, la Psicología se erigió como uno de los pilares más importantes del proyecto racial norteamericano. Por una parte, las pruebas psicométricas y los estudios sobre la inteligencia ofrecieron una justificación científica a las prácticas de segregación, institucionalización indefinida, discriminación laboral, estigmatización, e incluso esterilizaciones forzadas. Por otra parte, los ideales de salud mental funcionaron como discursos que promovían la conformidad y la adaptación del individuo al orden social.2
Sin embargo, las revoluciones culturales y sociales ocurridas en los años sesenta en Estados Unidos alteraron el estatus y la credibilidad de las ciencias de la salud mental. En respuesta a los estallidos sociales por la igualdad racial, las movilizaciones estudiantiles en protesta por la guerra de Vietnam y las políticas coloniales norteamericanos, así como la lucha feminista y LGBTQ, el gobierno estadunidense aumentó la inversión destinada a la investigación psicológica. Mientras el gobierno esperaba que la Psicología descifrara el comportamiento de las nuevas generaciones y ofreciera estrategias para apaciguar las expresiones de protesta, activistas de grupos sociales marginados respondieron con denuncias públicas sobre el mal uso de las herramientas psicológicas y la complicidad de la disciplina con el racismo norteamericano.3
Dichas confrontaciones fueron amplificadas después de que el líder afroamericano Martin Luther King asistiera a la Convención Anual de la Asociación Americana de Psicología en 1967 para leer un discurso sobre la responsabilidad de la disciplina con la revolución social. Frente a un público de 5 mil miembros de la AAP, King recalcó que, en vez de denunciar los efectos nocivos del racismo y de la violencia del Estado, los científicos se habían enfocado en criminalizar, patologizar la protesta popular y, al mismo tiempo, promover la normalización de estructuras sociales desiguales. Explicó que:
…hay cosas en esta sociedad, cosas en este mundo, con las que nunca nos deberíamos conformar. Hay algunas cosas a las que siempre nos tendríamos que desajustar si es que somos personas de buena voluntad. No deberíamos conformarnos nunca con la discriminación y segregación racial. No deberíamos conformarnos nunca con el fanatismo religioso. No deberíamos adaptarnos a las condiciones económicas donde se les roba a muchos, para darle lujos a unos pocos. No nos deberíamos adaptar nunca a la locura de la militarización y a los efectos de la violencia física.”4
Ante las caras de asombro de su audiencia, King concluyó con un llamado a las minorías para tomar control de la disciplina, y llevar a cabo estudios psicológicos sobre las poblaciones de color, desde la perspectiva propia de los grupos minoritarios. Sólo así, decía King, la disciplina podría convertirse en un poderoso medio de resistencia y lucha por la igualdad y la tolerancia.
Salud mental para el cambio social
Durante dos años, la AAP trató de contener los pronunciamientos en contra de la disciplina de la Psicología. Por ejemplo, durante la Convención Anual de 1969, el presidente de la AAP leyó un discurso en el que argumentaba que la obligación única de los psicólogos era comunicar sus conocimientos sobre la mente y el comportamiento, pero que “…no hay nada en la definición de la Psicología que dedique nuestra ciencia a la solución de problemas sociales”.5 Estos intentos, no obstante, fueron insuficientes debido a que el discurso de King y la movilización popular ya habían radicalizado a los grupos minoritarios.
A partir de 1968, profesores y estudiantes (tanto afroamericanos, como chicanos, asiáticos e indígenas) formaron asociaciones de Psicología, organizaron protestas, y crearon revistas en donde publicaban manifiestos exigiendo la democratización de los programas educativos y la revisión de los estudios psicológicos sobre las poblaciones de color.6 Debido a la presión ejercida por los estudiantes y por la opinión pública, las universidades fueron cediendo e inaugurando departamentos de Minority Psychology (“Psicología de las minorías”) los cuales quedaron completamente a cargo de psicólogos de color. Inmediatamente, los activistas convirtieron a la disciplina en un espacio de debate político que buscaba involucrar la labor científica con la misión de los estallidos sociales a través de las siguientes interrogantes: ¿Cómo revertir seis décadas de racismo científico y cómo convertir a la Psicología en una ciencia de cambio social? Tomando en cuenta que la disciplina se originó dentro de un proyecto de limpieza racial, ¿qué tipo de prácticas y teorías psicológicas podrían descalificar las jerarquías raciales y, a su vez, promover el multiculturalismo, la igualdad y la tolerancia?
Psicólogos tales como el mexicoestadunidense Amado Padilla, el afroamericano Joseph White, el sinoestadunidense Derald W. Sue, o la psicóloga de ascendencia indígena delaware Carolyn Attneave, rebatieron científicamente la idea de que los grupos minoritarios tuvieran una tendencia natural hacia la criminalidad, al abuso de drogas, el alcoholismo o la deficiencia intelectual. En la mayoría de los casos, argumentaban, dichos malestares sociales eran síntomas o mecanismos de defensa ante la opresión del racismo, y la desigualdad de la sociedad norteamericana. Por ello, dado que el contexto estadunidense era generalmente hostil con los grupos minoritarios, la solución no era responsabilidad única del sujeto, sino que era un deber colectivo. En ese sentido, el rol de la investigación científica era evaluar los problemas sistémicos que orillaban a la inestabilidad emocional y proponer estrategias de cambio que pudieran ser aplicadas tanto en el consultorio, como en programas comunitarios, o proyectos educativos.
Para revertir el racismo dentro de la Psicología, estos psicólogos promovieron el estudio de ideologías políticas consideradas como revolucionarias, tales como el marxismo, el decolonialismo de Frantz Fanon y Paulo Freire, el black power, el Chicanismo, o incluso el indigenismo mexicano. A partir de estas lecturas, se buscaba rescatar los valores que pudieran contrarrestaban el pensamiento racial norteamericano y evaluar el impacto que podrían tener dichas ideologías si se aplicaban al comportamiento individual. Por lo tanto, los psicólogos seleccionaban a un grupo de individuos, les inculcaban un conjunto de valores como la solidaridad, la oposición a la desigualdad, el orgullo étnico, y el compañerismo al tiempo que los motivaban a aplicarlos en la vida cotidiana. Tal y como se acostumbraba en los experimentos sociales de aquella época, a lo largo del experimento, los psicólogos iban monitoreando la evolución de los estados de ánimo, la autoestima, o los cambios en el rendimiento escolar.
Aun cuando este tipo de investigaciones fueran muy comunes en aquella época, el proyecto de Psicología de las minorías fue sumamente controversial. El hecho de mezclar abiertamente asuntos de salud mental con agendas políticas fue visto como una transgresión a los principios de neutralidad y cientificidad de la Psicología y, sobre todo, como una forma de adoctrinamiento político. Sin embargo, el activismo científico dejó un legado muy importante. De entrada, en un periodo de diez años, estos activistas lograron diversificar completamente el campo de la Psicología y con ello crear una mayor conciencia sobre las connotaciones políticas del conocimiento psicológico. Al promover discursos revolucionarios como caminos legítimos hacia la salud mental, estos psicólogos validaron la protesta popular, que en ese entonces era severamente estigmatizada. Pero quizás el legado más importante fuera iniciar un debate científico en torno a los principios éticos de las ciencias de las prácticas de la salud y su relación con los cambios culturales.
En el contexto actual estadunidense en el que se estigmatiza a las protestas contra el racismo, por ejemplo del Black Lives Matter, estas historias nos recuerdan la importancia de la salud mental tanto para el bienestar individual como el colectivo, así como también los usos políticos del lenguaje científico y su potencial para confrontar discursos tradicionales latentes que refuerzan la desigualdad.
Ximena Lopez Carrillo
Historiadora. Doctoranda en la Universidad de Stony Brook, Nueva York y receptora de la beca Joyce Turner para investigaciones sobre la raza, clase, género, sexualidad y etnicidad en Estados Unidos.
1 Por ejemplo, Jonathan M. Metzl, The Protest Psychosis. How Schizophrenia Became a Black Disease. Boston: Beacon Press, 2009.
2 En el año 2015, la historiadora Ana Minna Stern publicó el libro Eugenic Nation: Faults and Frontiers of Better Breeding in Modern America, considerado como uno de los estudios más importantes sobre el proyecto eugenésico y su relación con la psicología.
3 Según la historiadora Ellen Herman, en los años sesenta Estados Unidos era la capital mundial de la Psicología por tener el mayor número de programas de licenciatura y posgrado, por acreditar al mayor número de psicólogos per capita y por contar con la inversión más alta en investigaciones psicológicas. En su libro, Herman argumenta que el gobierno federal ha sido el principal promotor de la Psicología, pues a través la investigación científica, los psicólogos han tratado de desarrollar métodos de predicción del comportamiento colectivo para así guiar las políticas públicas y las relaciones diplomáticas. Ellen Herman, The Romance of American Psychology: Political Culture in the Age of Experts. Berkeley and Los Angeles: University of California Press, 1995.
4 Martin Luther King, “The Role of the Behavioral Scientists in the Civil Rights Movement,” en Journal of Social Issues XXIV, no. 1 (1968): 1-12.
5 George Miller, “Psychology as a Means of Promoting Human Welfare,” en American Psychologists, XXIV. No. 12. (1969): 1063-1075.
6 Asociación de Estudiantes de Psicología Negros, la Asociación de Psicólogos por la Raza (Chicanos), la Asociación Asiático Americana de Psicología, la Sociedad de Psicólogos Indígenas, y la Asociación de Mujeres en la Psicología.