Los talentos excepcionales han sido siempre motivo de intriga y estudio, de envidia y juicio. Como exponentes de aquello que está entre lo valioso y lo anormal, aquellos que tienen capacidades pasmosas para apreciar y generar sonidos ocupan un lugar especial. Desde ver colores en la música hasta calcular frecuencias en aleteos de insectos, este texto recuerda el trabajo del neurólogo Oliver Sacks alrededor de la musicofilia en un esfuerzo por expandir nuestro concepto de normalidad.

En la escena aparece su padre al piano, interpretando una pieza musical. El señor Samuel Sacks se entregaba a la música con los ojos cerrados, mientras en su rostro se dibujaba una expresión soñadora. “Siempre decía que oía mejor la música cuando tenía los ojos cerrados”, cuenta su hijo, pues sólo bloqueando las sensaciones visuales era capaz zambullirse en el mundo auditivo.

Oliver Sacks (1933-2015), aclamado neurólogo inglés, recuerda esta escena de su infancia y se plantea la siguiente cuestión: si los niños que crecen en un ambiente lingüístico pobre, tienden a presentar problemas del habla, ¿será que aquellos que crecen rodeados de música pueden desarrollar un talento especial en relación a su capacidad de percibirla y reproducirla? La respuesta está en su libro Musicofilia (Anagrama, 2009), y se construye con el estudio de casos de personas que tienen “capacidades especiales” asociadas a la música.

“La propensión a la música, esta ‘musicofilia’, surge en nuestra infancia, se manifiesta y es fundamental en todas las culturas, […] probablemente se remonta a nuestros comienzos como especie”, dice Sacks en su prólogo. El propósito de la música para la especie humana es claro: el baile, los rituales, el entretenimiento y la cohesión social. Pero la música, para Sacks, trasciende a la evolución humana y en realidad es palpable en las historias de vida de cada uno de los humanos de este planeta: en los sonidos que percibimos cuando estuvimos dentro del cuerpo de nuestras madres y que comenzaron a formar nuestra capacidad auditiva, o en aquella música que, por su tono o ritmo, asociamos con un poder terapéutico o de relajación. La música es relevante incluso por su ausencia, como es el caso de personas con sordera y los procesos que desata: la capacidad para transformar las vibraciones en texturas, por ejemplo.

En Musicofilia, el neurólogo narra las historias de personas que se le cruzaron en el camino y que le permitieron construir su concepto de sobre la musicalidad y las manifestaciones “excepcionales” que puede tener: desde sus padres –ambos amantes de la música–, hasta los pacientes que lo buscaron para tratar variadas condiciones auditivas anormales. Los recuerdos de su infancia son el hilo conductor de la obra, que se mezcla transversalmente con la evidencia científica disponible hasta la primera década del siglo XXI sobre las distintas capacidades de percepción musical. Se trata de un ejercicio sobre cómo podemos entender las habilidades diferentes tanto de manera individual como socialmente. Más allá de la ciencia y su comunicación efectiva, Sacks se preocupa por considerar las particularidades en aquello que consideramos fuera de lo común.

La variedad de condiciones es inmensa: hay individuos que no atendió pero que estudia indirectamente, como el compositor estadounidense Michael Torke, quien es lo que se denomina un “cinestésico” y que puede, literalmente, “ver las piezas musicales de color azul”; o sus pacientes como Samuel S. que sufría de afasia –la incapacidad o dificultad para comunicarse a través del habla– pero que era capaz de expresarse cantando; George, al que describe con “un impulso, energía, dedicación, un amor apasionado por la música, pero carece de una competencia neurológica básica: su ‘oído’ es deficiente”; Cordelia, que tiene un oído perfecto, pero que “nunca podrá distinguir la música buena de la mala, porque sufre de una profunda deficiencia (aunque no se dé cuenta) en su sensibilidad y gusto musical”; y finalmente Jon S., quien escuchaba melodías en el momento exacto en que sufría ataques convulsivos.

La relevancia de la música es la vida del ser humano se revela increíble. Cuántos dedos necesitaremos para contar a los humanos que se han despertado con una melodía en la punta de la lengua sin tener claro de dónde vino (si no, pregúntenle a Paul McCartney, quien cuenta que recibió a Yesterday producto de una epifanía según cuenta Sacks, entre otras anécdotas). Se antoja hacer un banco de datos de todos los niños prodigio que, más que una torta bajo el brazo, vienen con una batuta; de pedirle a Pantone Inc. que publique un catálogo de colores nuevos inventados por los cinestésicos estudiados cada año. Y quizás organizar una reunión internacional en la que los chefs más famosos del mundo se congreguen para acercarse a los sabores que percibe alguien al interpretar el Adagio en sol menor de Albinoni. Incluso podríamos echar mano de la ayuda de algún entomólogo, como Olavi Sotavalta, experto en los sonidos de los insectos en el vuelo y que tenía la capacidad inaudita de calcular la frecuencia exacta de sus aleteos con sólo escucharlos.

Además de describir a un grupo de personas con una afinidad musical pasmosa, el libro de Sacks navega por la intriga y la sorpresa del supuesto de que los humanos seamos una especie tanto lingüística como musical. Destaca que la complejidad en la generación y percepción de la música existe prácticamente en todos nosotros, sobre quienes la música “ejerce un enorme poder, lo pretendamos o no, y nos consideremos o no personas especialmente ‘musicales’”, dice Sacks. Nuestra especie tiene más de una región cerebral asociada a la musicalidad, lo que ha permitido que nuestro gusto por los sonidos melódicos se derive de conductas más bien “primitivas”: como que nuestra madre nos arrulle de bebés.

Las experiencias de sus pacientes y la evidencia científica son una muestra: ya sea resultado del proceso evolutivo o porque nuestro cerebro es particular. Sobre el primer caso, Sacks explica que “incluso las personas que padecen sordera profunda podrían tener una musicalidad innata. Los sordos a menudo aman la música, y son muy sensibles al ritmo, que sienten en forma de vibraciones, no de sonidos”. En el segundo caso, el psiquiatra y neurólogo menciona que se ha visto que el cuerpo calloso, “la gran comisura que conecta a los dos hemisferios cerebrales, es más grande en los músicos profesionales, y que una parte del córtex auditivo, el plano temporal, posee un ensanchamiento asimétrico en los músicos que tienen tono absoluto”.

Sabemos que se ha descrito como prodigios a aquellos con capacidades extraordinarias para la interpretación musical y a quienes el adiestramiento en la música les ha dado habilidades insólitas. Pero Saks nos recuerda que las capacidades musicales poco comunes también han estado asociadas a juicios sobre la inferioridad que en la actualidad hemos comenzado a repensar. Es el caso de los denominados savant.

Sacks sostiene que desde 1887 este nombre ha categorizado a personas consideradas “débiles mentales [pero] que poseían ‘facultades’ especiales y a veces extraordinarias” entre las que se incluye el cálculo, la mecánica, la composición, interpretación y capacidad para recordar la música. Sacks dice que se ha demostrado que más del 10% de las personas con autismo poseen talentos de savant. Fue en 1999 cuando Allan Snyder y D. J. Mitchell, dos estudiosos de la mente, en lugar de cuestionar cuál era la razón detrás de los talentos savant, preguntaron por qué no todos desarrollamos sus habilidades musicales. Junto con varios psiquiatras, tomaron esta pregunta –un poco tautológica: si son poco comunes es justamente porque no todos los tienen–, como base para distintos trabajos de investigación. Aunque sus resultados son modestos, han logrado demostrar que “quizá un 30% de los adultos ‘normales’ poseerían potenciales de savant latentes o reprimidos, que podrían liberarse en mayor o menor medida con técnicas especializadas”, como menciona Sacks.

Las habilidades de los savant se desarrollan sólo gracias a un trabajo constante, “a veces estimulados por el placer de ejercitar un talento especial”, dice Sacks. Son capaces de crear con aquello que les queda al alcance. Es el caso de los ciegos, que crean el mundo a través del tacto y el sonido, tal como lo hizo Maria Theresia von Paradis: compositora ciega, amiga de Mozart, el cual incluso le dedicó un concierto como reconocimiento a sus habilidades. A los 18 años, María logró recobrar un poco la visión gracias a un tratamiento médico, pero parece ser que esto redujo su capacidad musical. La interrupción del tratamiento significó perder la poca capacidad visual que había adquirido pero también recuperar sus habilidades melódicas.

Una de las lecciones del libro de Musicofilia es que da nombre a personas con las que convivimos todos los días. Probablemente no los reconozcamos, porque en muchas ocasiones ellos tampoco se reconocen. Sacks cuenta, por ejemplo, que sus personajes a veces reconocían sus capacidades musicales sólo hasta que pisaban el consultorio o cuando alguien más se las señalaba. Otros llegan a acostumbrarse a tener musicofilias repentinas, como quienes escuchan música durante un ataque convulsivo. Unos más, como los savants, logran sacar el mayor provecho de sus talentos en las condiciones correctas. Pero en todos los casos están ahí retando a los límites de lo que consideramos típico o normal.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

 

Referencias:

Montagu, J. (2017) How music and instruments began: a brief overview of the origin and entire development of music, from its earliest stages. En Frontiers in Sociology, Evolutionary sociology and biosociology. Consultado el 14 de noviembre de 2017. 

Sacks, O. (2015) Musicofilia. Barcelona. Editorial Anagrama.