De locura y genio mal distribuidos: los Fitzgerald

Detrás de la  manoseada idea que vincula la genialidad a la locura hay una infinidad de prejuicios de género. La historia de Scott y Zelda Fitzgerald es un ejemplo paradigmático.

Del matrimonio entre Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) y Zelda Sayre (1900-1948) llegó a decirse que “el señor Fitzgerald es un novelista y la señora Fitzgerald es un adornito”. Se conocieron durante un baile en un club campestre en 1918. Él tenía veintiún años, era subteniente de la novena división de infantería y estaba apostado en Camp Sheridan, en las afueras de Montgomery, Alabama. Ella, de dieciocho años, era la hija de un juez de la Suprema Corte de ese estado sureño. Zelda se autodefinía como “independiente —valiente— que no pensaba en nadie más” y “soñadora, una sensualista”; también llegó a declarar que “no tenía ningún sentimiento de inferioridad, ni timidez, ni dudas, ni principios morales”.1 Buscaba romper con el papel tradicional que se esperaba de las mujeres sureñas en ese entonces. Y el mismísimo F. Scott le puso el sobrenombre de “la primera flapper” por desafiar las convenciones sociales de la época. Se enamoraron.

F. Scott se obsesionó con ella. Plasmó los inicios de esta intensa relación en su primera novela: A este lado del paraíso, publicada en 1920. Los protagonistas son Amory Blaine, espejo de la desorientación de la generación perdida, y Rosalind Connage, una mujer frívola y cruel: “Rosalind todavía no ha encontrado el hombre que la domine […] trata a los hombres de manera terrible. Abusa de ellos y rompe con ellos y falta a las citas y les bosteza en la cara…, y ellos vuelven por más.” Ella, “una especie de vampiro”, rompe con él para casarse con un hombre rico y, entonces, Amory (hijo de un alcohólico) comienza a beber sin control alguno. La novela tuvo un gran éxito y, gracias a las regalías, el autor pudo casarse con Zelda. Se mudaron juntos a la ciudad de Nueva York donde causaron sensación como pareja. Dorothy Parker dijo que “lucían como si acabaran de salir del sol”. El sueño duró poco. Su estilo de vida se caracterizaba por los excesos y ambos eran famosos también por sus juergas: Zelda era “aún más extravagante. El dinero se le iba como agua. Se dirigían hacia la catástrofe”. La dinámica entre ambos parecía ser una profecía autocumplida (el personaje de Rosalind le dijo a su madre que ella y Amery tenían “una historia de amor insensata […] pero no es inane)”. 

Frances “Scottie” Fitzgerald, hija del matrimonio, nació el 26 de octubre de 1921, y F. Scott publicó Hermosos y malditos (1922), al año siguiente. “Me parece que en una página reconocí una parte de un viejo diario mío que desapareció misteriosamente poco después de mi matrimonio, y, también, trozos de cartas que, aunque considerablemente editadas, me suenan vagamente familiares”, escribió Zelda en una reseña sobre este libro en el New York Tribune. “El plagio comienza en casa”. A la sombra de su marido, cuya novela más famosa es lectura obligatoria en un gran porcentaje de escuelas estadunidenses, Zelda ha sido retratada como la “esposa loca” que hizo todo lo posible para obstaculizar el trabajo de F. Scott.

En 1924 partieron hacia París, Francia, donde se integraron a la comunidad modernista liderada por Gertrude Stein. La relación entre Zelda y F. Scott se hizo cada vez más destructiva hasta el punto en el que ella experimentó una sobredosis de somníferos. Ernest Hemingway, otro bebedor empedernido, acusó al alcohol de interferir con la escritura de F. Scott y, en París era una fiesta2 (1964, publicado póstumamente), tachó a Zelda de “loca”:

Zelda estaba celosa del trabajo de Scott, y cuando llegamos a conocerles bien, nos dimos cuenta de que la situación se ajustaba a un esquema regularmente repetido. Scott tomaba la resolución de no embarcarse para las juergas de borrachera que iban a durar toda la noche, y de hacer cada día un poco de ejercicio y trabajar con regularidad. Se ponía a trabajar, y en cuanto se había calentado y el trabajo marchaba bien, allí estaba Zelda quejándose de lo mucho que se aburría, y arrastrándole a otra borrachera. Se peleaban y luego hacían las paces, y él sudaba su alcohol en largas caminatas conmigo, y resolvía que aquella vez sí que se ponía a trabajar de veras, y, en efecto, se ponía y el trabajo se le daba bien. Y vuelta a empezar…

El Premio Nobel le dijo a F. Scott: “Lo único que quiere Zelda es destrozarte”.

Zelda, que llevaba unos años pintando, decidió retomar el ballet a los veintisiete años. No tuvo mucho éxito. Su propia hija, en 1974, escribió sobre las pinturas de Zelda: “Fue la desgracia de mi madre nacer con la habilidad de escribir, bailar y pintar y luego nunca haber adquirido la disciplina para hacer que su talento trabajara a favor y no en contra de ella”.3 Debido al colapso mental y físico, Zelda fue internada en un hospital psiquiátrico a las afueras de París. Era abril de 1930. Le diagnosticaron esquizofrenia y fue trasladada a Suiza. En una carta fechada en septiembre de ese año, Zelda le escribió a F. Scott desde la clínica Pranguins ubicada en Nyon, Suiza: “No te importó. Así que seguí y seguí, bailando sola, y, pase lo que pase, todavía sé en mi corazón que es un juego sucio y sin Dios; que el amor es amargo […] y que el resto es para los mendigos emocionales de la Tierra”.4

La familia retornó a Estados Unidos en 1931. F. Scott se marchó a Hollywood para probar suerte como guionista y Zelda fue hospitalizada nuevamente en 1932. Recibió tratamiento psiquiátrico en hospitales como el Johns Hopkins en Baltimore, Maryland, donde, como parte de su recuperación, escribía dos horas diarias. Así surge Resérvame el vals (1932). En esta autoficción, Alabama Begg (alter ego de Zelda) está casada con David Knight (vivo retrato de F. Scott): “Estar cerca de él con su rostro en el espacio entre su oreja y su rígido cuello militar era como ser iniciado en las reservas subterráneas de una tienda de telas finas que exudaba la delicadeza de los cambrics y el lino y el lujo encuadernado en balas”.5 Ella persigue el sueño de ser prima ballerina. Casi lo logra pero sufre un accidente haciendo el solo de Fausto en Nápoles, Italia, lo que hace que la familia regrese a los Estados Unidos, donde Alabama y David viven el ocaso de su vida en pareja: “Se sentaron en la agradable penumbra de la tarde, mirándose el uno al otro a través de los restos de la fiesta: los vasos de plata, la bandeja de plata, las huellas de muchos perfumes”.6

Como la ficción afectaba sus vidas y sus vidas inspiraron ficciones propias, F. Scott escribió sin saberlo la contraparte de Resérvame el vals (puesto que Zelda envió su novela al editor sin que su marido se enterara). En Suave es la noche, publicado en 1934, el escritor explora la relación entre el psicoanalista Dick Diver y su esposa Nicole, una de sus pacientes. Considerado como el libro más autobiográfico de F. Scott Fitzgerald, contiene escenas en las que Zelda se transfigura como Nicole:

—No pasa nada. Es una esquizoide. Es decir, una excéntrica permanente. Eso no puede cambiarse.

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pues lo que he dicho: una excéntrica.

—¿Y cómo se puede saber si algo es una excentricidad o una locura?

—Nadie está loco. Nicole es feliz y se encuentra como nueva. No hay nada que temer.

En el epílogo de la relación con Zelda, F. Scott escribió en uno de sus cuadernos de notas: “Abandoné mi capacidad de esperanza en los pequeños caminos que conducían a los sanatorios”.

La deuda que él tenía con Zelda, quien murió a los 47 años en un incendio, era inmensa: ella fue una de las mujeres que inspiró el arquetipo de la “muchacha de oro” en su escritura. Este personaje es recurrente en la obra de F. Scott y aparece personificado en cuentos escritos y publicados en 1920 como “El palacio de hielo”, protagonizado por la jovencísima Sally Carrol Happer con “el pelo cortado a lo bob, de color maíz, con una gorra para el sol atestada de rosas”, y “Berenice se corta el pelo”, donde Marjorie Harvey, prima de la ingenua y “más bien sosa” Berenice, encarna la sofisticación con su “cara de hada y una labia deslumbrante y desconcertante” que “era ya merecidamente famosa por haber conseguido dar cinco volteretas seguidas en el baile de New Haven”. La recurrente “muchacha de oro” no sólo está basada en Zelda. También en la socialité Ginevra King, con quien F. Scott tuvo un romance adolescente que no prosperó porque “los chicos pobres no deberían pensar en casarse con chicas ricas”. Ginevra aparece en la historia corta Sueños de invierno (1922), que refleja la decadencia del sueño estadounidense y fue el primer borrador detrás El gran Gatsby (1925). Judy Jones, la mujer que persigue Dexter Green, “brillaba a través de su marco delicado con una especie de incandescencia” y de “belleza arrebatadora”. Este es el germen de Daisy Buchanan, uno de los personajes más memorables de El gran Gatsby que, “en lo alto del blanco palacio”, era “la hija del rey, la muchacha de oro”.

Desde sus años universitarios en Princeton, F. Scott tenía problemas con el alcohol y, con el paso de los años, su adicción empeoró: “Se puede escribir una historia corta en la botella, pero para una novela necesitas la velocidad mental que te permita mantener todo el patrón dentro de tu cabeza y sacrificar sin piedad los espectáculos secundarios… Daría cualquier cosa por no haber escrito la tercera parte de Suave es la noche completamente bajo [el efecto de] estimulantes”. El alcohol marcó la escritura y la vida de F. Scott, quien “sintió que era deber del hombre disfrutar de la bebida y que, como escritor, tenía derecho a dramatizar y autodramatizar el poder de la bebida”. Solía presentarse como uno de los “alcohólicos más notorios”, o “F. Scott Fitzgerald, el renombrado alcohólico”. En una de sus notas, F. Scott se autodefinió como: “Borracho a los veinte, fracasado a los treinta, muerto a los cuarenta. Borracho a los veintiuno, humano a los treinta y uno, maduro a los cuarenta y uno, muerto a los cincuenta y uno”. En realidad, Fitzgerald murió a los cuarenta y un años de edad.

La tumba de los Fitzgerald tiene grabado el siguiente epitafio: “Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.” Esta es la línea final de El gran Gatsby, a la que su propio autor denominó como “la mejor novela de los Estados Unidos de América”. Lo cierto es que no hubiera podido escribirla sin tener a Zelda a su lado, pero ella sigue sin obtener el reconocimiento que merecería, entre otras cosas, por su patologización, permeada de prejuicios de género.

Zelda hizo de su arte “un reflejo visual de la mezcla de inteligencia intensa y picardía sin complejos”, que poseía. Y, sin embargo, nunca pudo desarrollar su potencial. Publicó una serie de cuentos con el nombre de F. Scott puesto que a él le pagaban más. “Aguantaba más la bebida que Scott”, pero mientras en él el consumo de sustancias era celebrado como fuente de inspiración, a ella le mereció el mote de loca, como la calificó Hemingway. Los dos, trastornados e inestables, encarnaron los locos años veinte, pero gracias a los prejuicios, la enfermedad de él se recuerda como competencia creativa mientras que, la de ella, es una mera ambición desmedida.

 

Karen Villeda
Escritora y editora. Autora de Anna y Hans, (Fondo de Cultura Económica, 2021). En su página web POETronica dialoga con poesía y multimedia.

 

Bibliografía

Fitzgerald, F. S. A este lado del paraíso, traducción de Juan Benet Goitia, Alianza Editorial, 1984.

Fitzgerald, F. S. El Crack-Up. Capitán Swing, 2012.

Fitzgerald, F. S. Hermosos y malditos, traducción de José Luis López Muñoz. Debolsillo, 2005.

Fitzgerald, F. S. Flaperas y filósofos. Ediciones Godot, 2019.

Fitzgerald, F. S. On Booze. New Directions, 2011.

Fitzgerald, F. S. Suave es la noche, traducción de Rafael Ruiz de la Cuesta. Alfaguara, 1990.

Fitzgerald, F. S. Sueños de invierno, ilustrado por José Antonio López Martín. Ediciones Traspiés, 2016.

Fitzgerald, F. S., y Fitzgerald, Z. Dear Scott, Dearest Zelda: The Love Letters of F. Scott and Zelda Fitzgerald. St. Martin’s Press, 2002.

Fitzgerald, Z. Save Me the Waltz. Simon and Schuster, 2013.

Kurth, P. y otros. Zelda, an Illustrated Life: The Private World of Zelda Fitzgerald. Harry N. Abrams, 1996.

Hemingway, E. París era una fiesta. Penguin Random House Grupo Editorial, 2020.

Milford, N. Zelda: A Biography. HarperCollins, 2013.

Podnieks, E., y O’Reilly, A. (editoras). Textual Mothers/Maternal Texts: Motherhood in Contemporary Women’s Literatures. Wilfrid Laurier University Press, 2010.


1 Milford, N. Zelda: A Biography. HarperCollins, 2013. Todas las traducciones son mías.

2 Hemingway, E. París era una fiesta. Penguin Random House Grupo Editorial, 2020.

3 Podnieks, E., y O’Reilly, A. . Textual Mothers/Maternal Texts: Motherhood in Contemporary Women’s Literatures. Wilfrid Laurier University Press, 2010, p. 346.

4 Fitzgerald, F. S., y Fitzgerald, Z. Dear Scott, Dearest Zelda: The Love Letters of F. Scott and Zelda Fitzgerald. St. Martin’s Press, 2002,  p. 73.

5 Fitzgerald, Z. Save Me the Waltz. Simon and Schuster, 2013.

6 Ídem.

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Publicado en: Salud mental