La sinestesia permite percibir la realidad de formas inimaginadas. Diferentes sentidos se conjuntan en un mismo acto perceptivo, dando lugar a experiencias muy variadas. Este texto nos explica qué es la sinestesia, cómo funciona y lo que se sabe de ella hasta ahora en términos neurológicos e incluso genéticos.

Hay personas que cuando leen la primera línea de Lolita de Vladimir Nabokov en una edición cualquiera, la ven en colores. El escritor Daniel Tammet, por ejemplo, percibe las palabras que empiezan con “L” de color azul: “Lolita, love of my life…”.

Tammet también tiene la capacidad para memorizar 20,000 cifras de pi. Pero más que una simple asimilación del orden de cada uno de los números que lo componen, los recuerda por el color, la forma y la textura dentro de la secuencia natural que ocupan. Sólo para tener una equivalencia, este texto contiene casi 6,500 caracteres, incluyendo los espacios —sólo un tercio de la combinación numérica que él se sabe—.

Además de Tammet, hay personas caminando en este planeta que ven la multiplicación de 5×2 de un color que asocian con el 7. Algunos leen a Antón Chéjov de color morado y otros para quienes los días de mayo son naranjas. También están los que ven a su pareja en verde, a Tchaikovsky lo escuchan en azul y el pollo de las enchiladas de mole poblano les parece rugoso.


Vassily Kandinsky, Composición 6, 1916.

 

Estas son situaciones que describen lo que viven las llamadas “personas sinestésicas”. Un atributo neurológico particular, les permite desencadenar experiencias secundaria de un estímulo sensorial inicial, como lo puede ser escuchar un sonido, detectar una forma o leer un número. El primer registro aceptado entre la comunidad científica de un caso sinestésico se remonta a 1812, cuando Georg Sachs describió su propia sinestesia en su tesis para obtener el título académico en medicina: en ella daba constancia de casos en los que percibía números y letras de colores. Sin embargo, las características generales de esta condición fueron descritas con detalle hace unos 100 años. Desde entonces se ha trabajado para discernir aquellos procesos perceptivos que podrían estar considerados dentro del espectro sinestésico.

Nabokov mismo era sinestésico y su percepción única del mundo se reflejó en su trabajo literario. Veía las letras en colores, lo que le hizo generar un arcoíris con sus obras: de hecho inventó la palabra kzspygv, que para él significaba justamente “arcoíris”, pues la podía ver en el espectro que va del rojo al violeta. Le gustaba especialmente el escritor Nikolái Gogol, pues consideraba que era el primer autor ruso que valoraba el color amarillo y violeta en su escritura.

Otro personaje sinestésico cuya condición impactó fuertemente en su trabajo fue Richard Feynman, físico reconocido por su investigación en electrodinámica cuántica, que veía las fórmulas matemáticas de colores. No lo sabemos, pero probablemente esta capacidad perceptiva, que le llevaba a preguntarse cómo era que sus alumnos veían las matemáticas de la física si no era a través de los colores, le ayudara de alguna manera a ser merecedor del premio Nobel en 1965.

Para los que no somos sinestésicos, comprender esta condición resulta complicado. El profesor de neurociencia de la Universidad de Sussex, Jamie Ward, nos propone un ejercicio: si vemos un número 5 de color verde, no podemos “apagar” ese color o cambiarlo por un rosa, por ejemplo. Pero en nuestra imaginación el número 5 podría tomar cualquier color posible. A quienes la presentan, la sinestesia les da la posibilidad de adquirir información de la naturaleza sin tener que hacer ese ejercicio activo de imaginación: las situaciones simplemente son así, la respuesta sensorial involucra dos sentidos pero sin que uno sustituya al otro —razón por la cual sabemos que la percepción de los sinestésicos no es una alucinación ni una ilusión—.

Al contrario de lo que quizás imaginaríamos, Tammet explica que esta condición no le es en lo absoluto incómoda sino que le permite acercarse al mundo más allá de su simple reconocimiento. Está convencido de que “diferentes formas de percibir crean diferentes formas de saber y de comprender”. Además, agrega, “nuestras percepciones personales son el corazón de cómo adquirimos conocimiento. Los juicios estéticos, en vez del razonamiento abstracto, guían y moldean el proceso por el cual llegamos a conocer lo que conocemos”.

Esta idea coincide con lo que discute el doctor Ward, quien considera que la sinestesia nos invita a reconsiderar el concepto de lo “normal”. Sin importar si se nació con la sinestesia, si se desarrolló a lo largo de la vida –a causa de un accidente, por ejemplo-, o si se carece de esta situación perceptiva secundaria, cada una de nuestras experiencias tienen un impacto cognitivo único. Hay estudiosos que incluso se aventuran a asegurar que todos los humanos nacemos con cierto grado de sinestesia, pero que vamos perdiendo conforme nuestro cerebro se desarrolla. En este sentido, los sinestésicos tienen el valor agregado —es decir, además de la condición perceptiva— de que su capacidad puede ser un modelo para la comprensión neurológica y fenomenológica.

Se ha buscado dar constancia de las causas de la sinestesia en términos neurológicos. La imagenología de cerebros sinestésicos ha mostrado diferencias estructurales y funcionales con respecto al de las personas que no presentan la condición, lo que podría dar evidencia de la existencia de más conexiones neuronales. Aunque dichas diferencias ocurren en regiones cerebrales que no procesan la información sensorial, sí están cerca de aquellas que efectivamente se encargan de la vista o del olfato, por ejemplo. Incluso hay quienes apoyan la hipótesis de que los cerebros sinestésicos carecen de una delimitación entre los distintos sentidos: de ahí que una palabra tenga un color, por ejemplo. Ante esta situación, el tema de las conexiones neuronales y su relación con la percepción está enmarcado en un debate que merece más evidencia.

Recientemente, también se han hecho estudios para comprender a la sinestesia desde la biología molecular, pues hasta ahora los mecanismos a este nivel son muy poco conocidos. En un intento por comenzar a llenar este vacío, un grupo de investigadores europeos trabajó con tres familias que cuentan con varios miembros sinestésicos y publicaron sus resultados a inicios de este año en la prestigiosa revista arbitrada de Proceedings of the National Academy of Sciences. Tan sólo en dos de ellas, la abuela, la madre y las tres hijas presentaban la condición. Esto es interesante porque, a grandes rasgos, se calcula que en el mundo hay 5 mujeres sinestésicas por cada hombre con la característica. De las familias analizadas en este estudio, todos los sinestésicos tienen la que se refiere al sonido-color, en donde un estímulo auditivo desencadena una percepción cromática.

El material genético de los integrantes de las familias fue secuenciado, con el propósito de hallar diferencias a este nivel. Concretamente, se analizó el exoma, que son los mensajes moleculares producidos a partir de la información contenida en el ADN. De esta manera, los científicos conocen las partes del material genético que tienen actividad y, por tanto, relevancia para las células.

Aunque los autores del trabajo mencionan que, por la heterogeneidad de la sinestesia, es difícil atribuir su causa a una sola región en el material genético, lograron identificar seis genes que podrían ser importantes para los sinestésicos de sonido-color. Cada uno de estos está implicado en la axogénesis: el proceso fisiológico por el cual las neuronas generan estructuras para conectarse entre sí e integrar distintas zonas del cerebro. Este resultado es interesante, porque provee de sustento molecular a la conexión neuronal pronunciada que vemos en el cerebro de los sinestésicos.

Otro resultado interesante es que los investigadores no encontraron convergencia entre sus datos genéticos y lo que hay reportado para personas con autismo también a nivel molecular. Esto es importante porque esta condición es, ocasionalmente, asociada con condiciones en el espectro autista, como el Síndrome de Asperger. El mismo Tammet se describe como “savant autista de alto rendimiento, con autoconciencia y dominio del lenguaje”. Sin embargo, los autores del estudio concluyen que cuando una persona presenta ambas condiciones, debe ser más una coincidencia biológica que una similitud de causas genéticas. También concluyen que las asociaciones experimentadas por estas personas son más consistentes durante la infancia, por lo que aquellas variantes genéticas causantes de su condición actúan en concierto con sus vivencias tempranas.

Finalmente, los autores del reciente estudio sostienen que la sinestesia, al ser una “anomalía no patológica de la integración sensorial”, es improbable que reduzca la supervivencia y reproducción de las personas que poseen esta habilidad. De hecho, la describen incluso como una “variación saludable en la integración sensorial”.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

Referencias:

Holabird, J. (2006) Vladimir Nabokov, alphabet in color. Ginko Press.

TED Talks (2011) Daniel Tammet: different ways of knowing. (Revisado el 21 de marzo de 2018).

Tilot, A. et al (2018) Rare variants in axonogenesis genes connect three families with sound-color synesthesia. PNAS

Ward, J. (2013) Synesthesia. Annual Review of Psychology. 64:49-75