Los psicodélicos llevan milenios acompañando a la humanidad; y durante un par de décadas del siglo XX su importancia cultural y científica en el mundo occidental fue innegable. La estigmatización y prohibición, sin embargo, detuvo su estudio hasta hace algunos años en que se ha podido comprobar la utilidad que tienen estas sustancias en trastornos psicóticos y del ánimo. Este texto explica qué son los psicodélicos y expone la necesidad de establecer nuevas políticas para su uso.

Quien está al sol y cierra los ojos 
al principio no sabe qué es el sol 
y piensa muchas cosas llenas de calor. 
Mas abre los ojos y ve el sol 
y no puede ya pensar en nada

—Fernando Pessoa

En la célebre distopía de Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932), existe una sustancia llamada “soma” que al ser ingerida evoca una sensación “eufórica, narcótica, agradablemente alucinante”.1 Esta droga, inspirada en una sustancia consumida por los brahmanes en el periodo védico de la India, mantiene la estabilidad social en la novela a través de la felicidad inmediata de sus personajes. Con décadas de anticipación, Aldous Huxley presagió los efectos en el estado de ánimo de una sustancia cuyo estudio formal él mismo impulsaría: los psicodélicos.

El consumo de sustancias psicoactivas es tan antiguo como el ser humano.2 Durante milenios, sus efectos han asombrado al hombre y le han servido de molde para construir civilizaciones. Se estima que las plantas psicoactivas han sido utilizadas durante ceremonias rituales durante más de 10,000 años.3 En Norteamérica, por ejemplo, se han encontrado esculturas y templos en forma de hongo que revelan el culto a sus efectos alucinógenos (el nombre náhuatl de los hongos psilocibos es teonanácatl que significa carne de los dioses).

El caso más conocido es el de los Wixárikas o Huicholes, un grupo étnico de tradiciones precolombinas que habitan en el centro oeste de México, mayoritariamente en los estados de Nayarit, Jalisco y Durango. Dentro de la tradición huichol, el Hikuri o Peyote (cactus psicoactivo que crece en el desierto) juega un rol fundamental en su cosmovisión y es considerado como uno de los cuatro grandes hermanos (junto con el maíz, el águila y el ciervo). Este cactus puebla la mayoría de sus leyendas, es consumido en ceremonias espirituales y es el componente básico de su cosmogonía. No es de sorprender que sus atuendos tradicionales y sus artesanías estén compuestos por colores vivos y fractales, influencia directa de las alucinaciones producidas por el peyote.

A finales del siglo XIX, la ciencia occidental redescubrió los efectos de los psicodélicos. Humphry Davy fue el primero en introducir las propiedades sedantes y euforizantes del óxido nítrico. Muy pronto, la clase alta británica comenzó a utilizarlo como droga recreacional con el nombre de gas de la risa. En 1897, la mescalina (sustancia psicoactiva del Peyote) fue identificada por Arthur Heffter y en 1918 fue sintetizada por otro químico alemán, Ernst Späth.4 Sería Arthur Hoffman, uno de los más grandes científicos del siglo pasado, el que, con su descubrimiento, cambiaría el estudio de los psicodélicos y gran parte de cultura contemporánea. En 1938 sintetizó una sustancia llamada dietilamida de ácido lisérgico (LSD) pero no fue hasta 1943 que, accidentalmente, descubrió sus efectos. Trabajaba en su laboratorio cuando, sin saberlo, se intoxicó con el compuesto. Mientras regresaba a su casa en bicicleta comenzó a sentir que, aunque “pedaleaba y pedaleaba, el tiempo parecía permanecer inmóvil”. Ya en casa, percibió “un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos”,5 los efectos del LSD.

Conforme más científicos se abocaron al estudio de los psicodélicos, los investigadores probaron las sustancias en sus pacientes y amigos. Esto permitió que antropólogos, psiquiatras, escritores y filósofos experimentaran sus efectos y depositaran su interés en esta nueva forma de alterar el estado de conciencia.6 Las manifestaciones características, como la distorsión de la percepción, alucinaciones visuales, éxtasis y la sensación de incorporeidad y unión con el mundo,7 le otorgaron a los psicodélicos una reputación de droga mística.

Con la publicación de Las puertas de la percepción (Aldous Huxley, 1953), basado en un poema de William Blake (“El matrimonio del cielo y del infierno”, 1790) y las experiencias de Huxley con la mescalina, la cultura juvenil se sumergió en una idolatría hacia estos compuestos. Pronto la música y el arte se vieron influenciados, a tal punto que la mítica banda de rock estadounidense, The Doors, tomó su nombre del título de Huxley. Estas drogas formaron parte de los movimientos contraculturales de la época, representando los ideales antibélicos y antimperialistas de los jóvenes de los años sesenta.

En ese momento más de 40,000 pacientes habían tomado LSD y se habían publicado más de 1,000 artículos científicos.8 Sin embargo, el gobierno estadounidense reconoció a los psicodélicos como drogas de abuso y en 1967 se prohibió cualquier estudio científico con estas sustancias.9 No fue sino hasta la década de 1990, con el advenimiento de nuevos estudios de neuroimagen, que la investigación clínica con psicodélicos recobró importancia.10

Hoja de papel secante con LSD.

La palabra psicodélico viene del griego psyche (mente, alma) y delos (manifiesto), lo que se traduce como “el manifiesto de la mente”. Fue acuñada por Humphrey Osmond (psiquiatra que trabajó con Huxley) y se refiere a cualquier sustancia que, a dosis bajas, produzca cambios en la percepción, estado de ánimo y pensamiento sin afectar la memoria o las capacidades intelectuales de quien la consume.

Componen un grupo heterogéneo difícil de clasificar, ya sea por su estructura o mecanismo de acción, pero básicamente se dividen en dos vertientes: los alucinógenos clásicos y los alucinógenos no clásicos (o anestésicos disociativos). El primer grupo lo componen la psilocibina (hongos alucinógenos), DMT (Ayahuasca), mescalina (peyote), MDMA (éxtasis o tachas), dietilamida de ácido lisérgico (LSD), entre otros. Por otro lado, los alucinógenos no clásicos son representados en su mayoría por la ketamina (un poderoso anestésico utilizado en cirugías).11

Ambos grupos poseen mecanismos y efectos distintos (los alucinógenos clásicos se unen a receptores de serotonina mientras los no clásicos a receptores NMDA) aunque el resultado es el mismo: aumento del glutamato en la región prefrontal del cerebro. El glutamato (ácido glutámico) es la principal molécula (neurotransmisor) excitatoria en el cerebro. Está presente en más del 80% de las conexiones entre neuronas (sinapsis neuronales) e interviene en tareas complejas como la percepción de estímulos, ordenes motoras, la memoria, el aprendizaje, la atención y el razonamiento. Por otra parte, la corteza prefrontal es una de las áreas evolutivamente más desarrolladas del cerebro, a tal grado de ser considerada como la región que nos diferencia de otros animales.12 Está involucrada en los pensamientos complejos como la toma de decisiones, establecimiento de juicios acerca del bien y el mal, expresión de la personalidad y comportamiento social. Su mal funcionamiento se relaciona con enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia, la depresión y el trastorno obsesivo compulsivo.

La corteza prefrontal medial, junto con la corteza cingulada posterior, forma parte de la red neuronal por defecto (RND); un conjunto de regiones cerebrales responsables de la actividad neuronal mientras la mente está en reposo. Investigaciones apuntan que la RND lleva a cabo procesos meta-cognoscitivos, es decir, esta red está activa cuando la mente deambula, reflexiona acerca de uno mismo o se “sueña despierto”. La adecuada conexión entre estas regiones parece esencial para mantener el estado de consciencia durante la vigilia y a la vez, parece restringir otros posibles estadios cerebrales, lo que limita el tipo de experiencias conscientes.13 Las drogas psicodélicas irrumpen en el funcionamiento de esta red y permiten que salgan a la superficie patrones más amplios de actividad cerebral.14 Además, distintas vías intracelulares activadas por los psicodélicos resultan en la expresión de proteínas (factores de crecimiento) que controlan la capacidad regenerativa de las conexiones neuronales cuando hay algún daño (plasticidad cerebral).

En general, las drogas psicodélicas no sólo han demostrado ser un modelo de estudio para trastornos psicóticos, sino que también pueden ser una herramienta terapéutica para los desórdenes del estado de ánimo (desordenes afectivos). Por ejemplo, los individuos con depresión mayor muestran una disminución en la actividad de la corteza prefrontal y sus conexiones con otras áreas del cerebro. El tratamiento con antidepresivos clásicos vuelve a la normalidad la actividad de estas regiones cerebrales, pero tardan de 2 a 3 semanas en mostrar sus efectos. Esta ventana entre el inicio del medicamento y sus efectos es potencialmente peligrosa, especialmente en individuos con pensamientos suicidas. Estudios muestran que psicodélicos como la ketamina disminuyen considerablemente las escalas de depresión tan solo tres horas posteriores a su administración y mantiene su efecto por más de 72 horas.15 Esto podría ser crucial en personas cuyo riesgo de suicidio sea alto y puede combinarse con antidepresivos tradicionales. De la misma manera, la administración de psicodélicos parece disminuir los síntomas del Trastorno Obsesivo Compulsivo tan sólo unas horas después de su administración.

Imagen tomada de: Mainstream

Una de las consideraciones más importantes con respecto a estas drogas, es su probable efecto dañino en individuos sanos. Sin embargo, estudios sugieren que las personas sin problemas de salud mental pueden beneficiarse con el uso de estos medicamentos.16  Un estudio poblacional de más de 21,000 participantes17 demostró que no hay una asociación significativa entre el uso de psicodélicos y el aumento de enfermedades mentales. Incluso, el seguimiento a los participantes en un estudio con psicodélicos reveló que aquellos que habían ingerido la sustancia continuaban mostrando efectos positivos aún 25 años después de consumirla.18 Del mismo modo, otros investigadores (Griffiths et al., 2008) han encontrado que los participantes a los que se administró la droga psicodélica tuvieron “una experiencia de vida mística y significativa”, la cual prevaleció aún después de un año.

Cabe destacar que las drogas psicodélicas no son completamente inocuas y se han reportado posibles efectos adversos como ataques de pánico, comportamiento peligroso, exacerbación de síntomas psiquiátricos y adicción. Algunos estudios poblacionales sugieren que el uso crónico y desmesurado de sustancias como el LSD puede relacionarse a trastornos de la personalidad y se recomienda que sujetos sanos con una historia familiar de enfermedades psiquiátricas eviten su consumo. Del mismo modo, una revisión sistemática sobre el uso de la ketamina para el tratamiento de la depresión sugiere que no se han reportado adecuadamente sus efectos adversos ni se han hecho seguimientos a largo plazo de la mayoría de los pacientes, por lo que la eficacia y el perfil de seguridad de la ketamina es incierto.19 Además, el incremento de su uso como droga entre los jóvenes del Reino Unido ha reabierto el debate sobre su categorización.20

El uso recreacional de sustancias psicoactivas está restringido en la mayoría de los países, así como su uso con fines de investigación. Por esta razón, no ha sido posible realizar un estudio clínico controlado sobre los efectos de los psicodélicos a largo plazo.

El consenso científico actual señala que las drogas psicodélicas, administradas bajo supervisión y a dosis adecuadas, mantienen un perfil seguro.21 Pese a esto, su uso en dosis inapropiadas, la combinación con otras drogas, un ambiente inseguro, o la impureza de drogas ilegales puede relacionarse con complicaciones. La prohibición de las drogas psicodélicas parece el resultado “de la sensacionalización mediática, la falta de información y una base cultural, por lo que su prohibición difícilmente se justifica como una medida de salud pública” (Krebs, 2015).

Una nueva política sobre su uso es necesaria, no solo para facilitar el tratamiento de trastornos mentales sino para generar un espacio de discusión e investigación. Desde los orígenes remotos de las religiones hasta los nuevos tratamientos para enfermedades mentales, las drogas psicodélicas continúan moldeando nuestras sociedades, y también arrojan pistas sobre el funcionamiento del cerebro humano. Sólo una mirada objetiva puede conducirnos a resolver el misterio que se alberga detrás las puertas de la percepción.

 

Mario de la Piedra
Médico cirujano. Cursa la maestría de Neurociencias en la Universidad de Bremen, Alemania.


1 Huxley, A. Un mundo feliz. 3° ed. Grupo Editorial Tauro, 1978

2 Hofmann, A. & Schultes, R. E. Plants of the Gods. McGraw-Hill Book Company, Maidenhead, UK (1979)

3 Merlin, M D. Archaeological Evidence for the Tradition of Psychoactive Plant Use in the Old World. Economic Botany57 (3): 295–323 (2003)

4 Holmstedt, B and G Liljestrand (eds). Readings in Pharmacology. New York: Macmillan. (1963)

5 McCandless, D. “Dr Albert Hofmann: The father of LSD”. Independent U.K. 2006. Recuperado de internet el 31/01/2018.

6 Hofmann, A. “Meeting with Aldous Huxley”, trans. by Ott, J in LSD: My Problem Child (see Cerletti, above), pp. 177-182. (1980)

7 Vollenweider, F., Kometer, M., The neurobiology of psychedelic drugs: implications for the treatment of mood disorders. Nature Reviews Neuroscience 11, 624-651(2010)

8 University of Cambridge, Department of History and Philosophy of Science. The Medical History of Psychedelic Drugs. 2007-04-30 04:14.55

9 Lee, M A and B Shlain. Acid Dreams: The Complete Social History of LSD: The CIA, The Sixties, And Beyond. New York: Grove (1985)

10 Randerson, J. “Lancet calls for LSD in labs”, The Guardian, (2006)

11 Vollenweider, F., Kometer, M., The neurobiology of psychedelic drugs: implications for the treatment of mood disorders. Nature Reviews Neuroscience 11, 624-651(2010)

12 Rubia, F. La corteza prefrontal, órgano de la civilización, Revista de Occidente 275, 88-97 (2004).

13 Carhart-Harris RL, Leech R, Hellyer PJ, et al. The entropic brain: a theory of conscious states informed by neuroimaging research with psychedelic drugs. Frontiers in Human Neuroscience. 2014;8:20.

14 Tagliazucchi, et al. Enhanced Repertoire of Brain Dynamical States During the Psychedelic Experience. Human Brain Mapping Vol. 35 (2014)

15 Berman, R. M. et al. Antidepressant effects of ketamine in depressed patients. Biol. Psychiatry 47, 351–354 (2000).

16 Elsey, J. Psychedelic drug use in healthy individuals: A review of benefits, costs, and implications for drug policy. Drug Science, Policy and Law. Volume 3: 1-11. (2017)

17 Krebs TS, Johansen P-Ø. Psychedelics and Mental Health: A Population Study. Lu L, ed. PLoS ONE. 2013;8(8)

18 Doblin, et al. Pahnke´s “Good Friday Experiment”: a long-term follow up and methodological critique. The Journal of Transpersonal Psychology, 1991. Vol 23, No. 1. (1991).

19 Short, B. et al. Side-effects associated with ketamine use in depression: A systematic review. Lancet Psychiatry; 5(1):66-78 (2018)

20 Travis, A. “Special K, the horse pill taking over from ecstasy among clubbers”. The Guardian. 2005. Consultado en internet.

21 Johansen, P., Krebs, T.S. Psychedelics not linked to mental health problems or suicidal behavior: A population study. Journal of Pharmacology. 1-10 (2915)