España acaba de celebrar por primera vez el Día del Orgullo Loco, el pasado 20 de mayo. La historia de esta movilización es larga y se ha desatado en las más distintas latitudes. Sus demandas se repiten una y otra vez. ¿Qué piden los locos?

“La primavera también se brota”, dice un cartel casero escrito con letras rojas y enmarcadas por dibujos de tréboles. Otro asevera que “La libertad es terapéutica” y uno más recuerda que “La enfermedad mental es un constructo social”. Los portadores de estos mensajes posan sonrientes junto a las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza a caballo. Esta foto fue publicada hace un par de días en la cuenta de Twitter Orgullo Loco Madrid, con el comentario: “Compartiendo protestas con Don Quijote, nuestro referente simbólico. ¡Que viva la lucha loca!”.


Ilustración: Víctor Solís

La imagen está entre cientos que se suman tras la primera celebración en España de una protesta organizada por quienes han experimentado los diagnósticos, métodos y -también- los abusos de la psiquiatría. El Día del Orgullo Loco se celebró el 20 de mayo en diversas ciudades españolas con el objetivo de visibilizar y reivindicar a este “colectivo históricamente desempoderado” con marchas, discusiones y actividades culturales. Madrid, Cataluña, Euskadi, Galicia, Valencia, Andalucía, Extremadura y Asturias, provincia en donde se reconoce que empezó el movimiento del Orgullo Loco español, festejaron la posibilidad de unión de las mentes consideradas “otras”, el rechazo a la locura como un término peyorativo y los cuestionamientos a la epistemología de la psiquiatría moderna que muy seguido navega entre la incomprensión y el abuso.

A pesar de ser un movimiento variado, con expresión en muchas latitudes que por lo tanto implican sistemas de salud distintos y con actores que incluso difieren en sus formas de definirse –se dicen consumidores [de servicios de salud mental], supervivientes [de esos mismos servicios] o sencillamente ex-pacientes–, “Mad Pride” lleva décadas en el panorama político relacionado con la salud mental.

La historia de cómo nació y se popularizó este movimiento en tantos lugares del mundo no es lineal y se parece más a una serie de brotes de descontento aquí y allá. Se asume que la primera movilización como tal tuvo lugar en Toronto en 1993, resultado de la negativa del barrio de Parkdale de darle habitación a personas que acababan de obtener el alta hospitalaria en instituciones psiquiátricas.  Uno de los participantes, Geoffrey Reaume, recuerda como una característica fundamental de esa protesta las disputas sobre cómo definirse. Terminó llamándose “Psychiatric Survivor Pride Day” porque “la palabra superviviente [demostraba] que había orgullo en nuestra historia de sobrevivir la discriminación y el abuso dentro y fuera del sistema psiquiátrico, defender nuestros derechos y logros personales y colectivos, y [hacer notar] que los supervivientes de la psiquiatría son mucho más que una etiqueta diagnóstica”.

Aunque las movilizaciones anuales se interrumpieron varias veces, desde 2002 este evento se celebra durante toda una semana en julio para coincidir con la conmemoración de la toma de la Bastilla el 14 de julio.

En la versión inglesa, los pacientes Mark Roberts, Simon Barnett, Robert Dellar y Pete Shaughnessy fueron los que definieron sus protestas como un movimiento de mad pride y más tarde vieron aparecer la denominación en Italia, Canadá, la India y Nueva Zelanda. “No era algo que controláramos, sino que construyó su propio momentum”, recuerdan en una entrevista para Vice en 2016. Dicen que el movimiento que atrajo a personas descontentas con el servicio de salud mental estuvo activo de 1999 a 2012. Sin embargo, las condiciones que según Dellar motivaron la organización, están lejos de haber sido superadas: el estigma, los prejuicios que relacionan a los diagnósticos psiquiátricos con la violencia, el poder de las farmacéuticas y un sistema que permite la coerción. Lo comprueba la existencia de Mad Pride en muchas ciudades británicas.

En la experiencia española, lo mismo que en Toronto, en Inglaterra y en otros lugares que ha reportado la prensa -desde Salvador en Brasil, hasta Moscú-, se adivina un objetivo común entre los participantes del Orgullo Loco, y es que aquellos que presentan los síntomas que la psiquiatría ha calificado como patológicos, sean los protagonistas y voceros de su propia experiencia. Nadie más. A esto se suma la decepción con los límites que impone la explicación biologicista de la mente y sobre todo la recurrencia con la que –en aras del “tratamiento” de lo que está mal– se les obliga a tomar medicamentos, se les encierra y aísla contra su voluntad. De hecho, la versión española del movimiento reconoce como detonantes de las protestas de mayo la muerte de dos personas internadas e inmovilizadas producto de sus “síntomas psiquiátricos” : una en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica del Complejo Hospitalario de A Coruña el 28 de febrero del año pasado y la otra un par de meses después, el 24 de abril, en el Hospital Central Universitario de Asturias, en Oviedo. 

En este sentido, el uso del término “locura” busca tener los mismos efectos de reapropiación identitaria que tuvo la palabra queer para el movimiento LGTB. Y, como decía el manifiesto que se leyó el 20 de mayo en Sevilla: “dignificar la locura” es un “paso previo para reivindicar un cambio en la forma en que se afronta la salud mental en España”.

Finalmente, si seguimos al académico Bradley Lewis, la articulación política de esta serie de descontentos se remonta por lo menos a la década de los setenta en Estados Unidos con inspiración en la obra de psiquiatras y psicólogos críticos (o antipsiquiatras, en algunos de los casos) como Erving Goffman, Thomas Szasz, R.D. Laing, entre otros. Personajes como Leonard Roy Frank, víctima directa de shocks de insulina y eléctricos para tratar su esquizofrenia paranoide se dedicaron a organizar grupos de concientización. El suyo, fundado en 1972, se llamó Network Against Psychiatric Assault y se mantiene activo hasta la fecha. Muy cerca de su fundación surgieron también el Insane Liberation Front de Portland (1970) y the Mental Patient’s Liberation Project en Nueva York (1971).

Este tipo de organizaciones poco a poco fueron canalizando el descontento de los pacientes en demandas de grupos de apoyo mutuo así como en su involucramiento en las decisiones de los servicios de salud. El episodio de una protesta de ayuno en 2003 en la que participaron seis personas en Pasadena, California, que se oponían a la concepción de los problemas de salud mental como un asunto biológico y por lo tanto irresoluble, parece haber quedado lejos de las preocupaciones actuales de los pacientes estadounidenses.1

Sin embargo, las ciudades españolas acaban de protestar al unísono y están buscando organizarse y definir acciones concretas. El año pasado, en Osijek, Croacia, se abrió por primera vez un asilo para que sus habitantes pudieran participar sin restricciones en la comunidad y el ejemplo de La Borde en Francia se mantiene. La reivindicación urge a seguir rastreando y anotando todas y cada una de estas victorias.

 

Ana Sofía Rodríguez Everaert


1 Bradley Lewis, “A mad fight: Psychiatry and Disability Activism”, The Disability Studies Reader, Nueva York, Routledge, 2017, pp. 102-118.