Estamos casi seguros de que existe una relación entre nuestro sistema digestivo y el ánimo. Esto ha llevado a algunos estudiosos a investigar los beneficios que existen detrás de cierto tipo de dietas, sugiriendo que el salmón o la dieta mediterránea nos pueden salvar de la depresión, por ejemplo. A continuación, lo que sabemos y lo que no de la relación entre nuestro estado anímico y lo que nos servimos en el plato.

Hace unos días, a mi mamá le diagnosticaron una infección en el sistema digestivo. Después de varias semanas de malestares y de diversos diagnósticos desatinados, un tercer médico tuvo un momento de lucidez. “Tienes amibiasis”, le dijo. Los estudios pertinentes mostraron que efectivamente alojaba en sus intestinos a estos protistas. Una vez comenzado el tratamiento, durante una sobremesa casual me explicó que había visto en internet que las personas con amibiasis pueden llegar a experimentar depresión. “No lo sé”, le contesté, “pero no me parece descabellado”.

El conocimiento popular nos ha enseñado que existe una relación entre nuestro estado de ánimo y lo que ocurre en el sistema digestivo. El estrés se puede convertir en una, varias o hasta ninguna visita diaria al baño para desahogar los intestinos. El enojo nos provoca un nudo en el estómago, el enamoramiento nos lo llena de mariposas y los nervios nos atacan con calambres en la zona abdominal. Estas situaciones han hecho que los investigadores exploren seriamente si en efecto hay una conexión entre el sistema digestivo y la mente.


Ilustración: Guillermo Préstegui

Virus y bacterias en el ánimo

Una posible línea explicativa es la que compromete a la microbiota, un concepto que implica al conjunto de microorganismos (virus, bacterias y hongos) que habitan en nuestro cuerpo, específicamente las partes que están en contacto directo con el aire: la piel, los órganos reproductivos, el sistema respiratorio y el sistema digestivo. De forma reciente, la microbiota ha comenzado a ganar terreno causal al momento de discernir entre la digestión de un bebé que nació por canal vaginal y uno por cesárea; también entre el perfil inmune de una persona con que tiene una microbiota característica de las ciudades, en comparación de una que vive en el campo. Incluso se manifiesta en la distinción entre personas sanas versus las que tienen cáncer, diabetes, obesidad o un trastorno mental.

Tal como lo dijo mi mamá, la depresión sí ha sido asociada con lo que ocurre en el sistema digestivo. Al menos entre ratones se ha visto que cuando están limpios de microbios, presentan cambios cerebrales idénticos a los que están asociados con la depresión. Pero también se ve lo contrario: una desregulación en la ecología de la microbiota —conocida como disbiosis intestinal— podría provocar el el trastorno de ánimo. Por ejemplo, la concentración elevada de un grupo de proteínas que promueven la inflamación y que son típicas en en el trastorno depresivo mayor podría ser resultado de las interacciones con una microbiota fuera de balance. Aparte de la depresión, varios trabajos que retoma un artículo publicado por distintos investigadores irlandeses en el 2016 han demostrado que la microbiota también tiene implicaciones en la esquizofrenia y autismo.

La duda, sin embargo, es si el desequilibrio de la microbiota causa el trastorno, o si el trastorno provoca desarreglos en la ecología de los microorganismos. La respuesta parece apuntar a que se trata de un sistema que se retroalimenta: una variable causa y fomenta a la otra. Sin embargo, muchos de los trabajos en este tema se han desarrollado en modelos animales -sobre todo por las implicaciones éticas-, y son contados los trabajos con metodologías robustas en humanos.

Otra rama de estudios que ha establecido una probable conexión entre la salud mental y nuestro sistema digestivo tiene que ver con la alimentación. Aunque en su gran mayoría la evidencia científica también se sostiene a través de estudios en animales no humanos, la generalidad demuestra que una dieta rica en alimentos vegetales y frutales, así como leguminosas, granos integrales y proteína magra (como la soya o el pescado) está asociada con un menor riesgo a desarrollar depresión. Por otro lado, la ingesta de comida procesada y de productos azucarados pueden aumentar la probabilidad de padecer este trastorno del ánimo. Incluso se ha visto que el hábito alimenticio y su relación con la depresión son independientes de la situación socioeconómica o el nivel educativo de la persona que la experimenta —un rasgo importante a considerar pues lo intuitivo sería pensar que a mayor grado académico o mejor poder adquisitivo, los individuos aseguran una mejor alimentación—.

Dieta: ¿mejor tratamiento que la terapia?

Partiendo de esta evidencia alimentaria podríamos cuestionar si una modificación en la dieta de pacientes diagnosticados con depresión tiene efectos terapéuticos. Lamentablemente, la cantidad de información al respecto con la que contamos hasta ahora es insuficiente para responder esta pregunta. Por eso, en un intento por engrosar la literatura, un grupo de investigadores australianos contestó literalmente la pregunta de “Si mejoro mi alimentación, ¿mi salud mental se restablecerá?”. Su hipótesis consistió en que un apoyo alimenticio estructurado, con base en el modelo de la dieta mediterránea, podría ser más efectivo en la reducción de la severidad de la sintomatología depresiva que un grupo de apoyo social.

Para esto, pusieron en marcha el primer ensayo controlado y aleatorizado en el tema de la alimentación y los trastornos mentales. Esto significa que los investigadores reunieron a un grupo de personas diagnosticadas con depresión y azarosamente las colocaron en dos grupos distintos: las que durante 12 semanas recibieron asesoría alimenticia y las que en el mismo periodo obtuvieron apoyo social —es decir, los participantes hablaban con un especialista sobre temas como deportes, música o noticias—. Si los pacientes no querían charlar, en su lugar realizaban juegos de mesa. El propósito era mantenerlos entretenidos y positivos.

Para evitar el efecto placebo y cualquier posible sesgo, los participantes desconocieron durante el estudio el tipo de terapia que recibieron los demás. También fueron parcialmente informados sobre la hipótesis del estudio, se les pidió que solamente tuvieran contacto directo con sus nutriólogos o acompañantes de la actividad social, y todas las sesiones de absolutamente todos los participantes tuvieron la misma duración. Fue sólo hasta el final del experimento, 12 semanas después, que a todos los participantes se les ofreció el apoyo nutricional.

Al final del trabajo sólo 56 personas completaron la actividad, a pesar de que se reclutaron a 166. Un dato revelador es que quienes estuvieron bajo la dieta fueron los que más lo terminaron. El análisis de los resultados demostró que el grupo con el apoyo dietario tuvo una mejoría a comparación del equipo que recibió la intervención social, de acuerdo con lo mostrado por la escala de MADRS (Montgomery-Åsberg Depression Rating Scale, un cuestionario utilizado para medir la severidad de un episodio depresivo), así como la del Hospital Anxiety and Depression Scale.

Sin embargo, los resultados deben tomarse con cuidado, porque cuando se comparó a los dos grupos en los criterios de bienestar y de autoeficacia (entendida como la confianza personal para completar objetivos planteados), que propone la escala de Profile of Mood States, POMS, los resultados mostraron que no existía distinción entre ambos.

Asimismo, se observó que el grupo con apoyo alimenticio mejoró su ingesta de granos integrales, de fruta, aceite de oliva, lácteos, legumbres y pescado. Por otro lado, el grupo de apoyo social no presentó cambio alguno en su alimentación. Ninguno de los dos presentó cambios en su índice de masa corporal ni en su actividad física, pues la dieta consistía en el cambio hacia la ingesta ad libitum de alimentos saludables, y no en una restricción calórica.

El trabajo, publicado a principios de 2017, muestra evidencia preliminar de que este tipo de estrategias pueden ser eficaces para el tratamiento de episodios depresivos mayores. Además, como argumentan los autores, puede ser una estrategia accesible y fructífera en otros sentidos, porque mientras que una dieta poco saludable tiene un costo semanal de 138 dólares australianos (recordemos que el estudio se hizo en ese país), una alimentación balanceada puede tener un costo de 112 dólares.

En general, este es un estudio que suma a la evidencia científica al desarrollo de estrategias contra la depresión. No obstante, su validez debe evaluarse a la luz de varios puntos. Uno, como ya se dijo, es que en algunas escalas se detectaron diferencias en el ánimo de los grupos en cuestión, pero para otras esto no fue así. También, los autores reconocen que trabajaron con un grupo pequeño de personas lo cual limita las conclusiones dada la poca representatividad. Además, existen muchos otros factores biológicos asociados con la depresión que entrarían en juego: la ya mencionada microbiota, el estrés oxidativo —entendido como la relación que existe entre la producción de moléculas llamadas especie reactiva de oxígeno, causantes de daño celular, y la capacidad del organismo para reparar el deterioro causado por éstas—, la inflamación tisular y la plasticidad cerebral.

Más aún, este trabajo se realizó únicamente con población australiana, un factor que suma a la poca representatividad de la muestra: se necesitaría replicar el estudio en otras partes del mundo, con otras poblaciones, otras dietas, y otros presupuestos. Por ejemplo, los autores mencionan que sólo el 5.6% de la población adulta de Australia come una proporción saludable de frutas y verduras, una proporción que debe ser distinta en personas que habitan otras regiones del planeta. ¿Será que una población con una dieta saludable tiene un índice más bajo del trastorno depresivo? ¿Qué pasa, en términos de trastorno depresivo cuando hay desnutrición y obesidad?

Es claro que un buen estudio es aquel que, además de la evidencia que pueda arrojar, abre la posibilidad de más preguntas. Sin embargo, este es un tema que debe ser tratado con cautela: una búsqueda en Google con noticias que indiquen la relación entre la dieta y la depresión arroja notas en donde se tratan como concluyentes algunos datos —como que la dieta mediterránea es la mejor para todos los seres humanos, o como que la dieta por sí sola puede ser suficiente para el tratamiento de la depresión— que necesitan ser considerados a profundidad y enriquecidos con mayor evidencia científica. Mientras más trabajos se realicen a un mayor número de personas de distintas coordenadas del planeta estaremos más cerca de concretar tratamientos médicos. Sin duda, este es un gran avance pues se trata de un estudio que analiza humanos y lo hace a través de una estrategia realista: la alimentación saludable.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

Referencias:

Jacka, F. N. et al (2017) A randomised controlled trial of dietary improvement for adults with major depression (the “SMILES” trial). BMC Medicine. 15:23.

Rogers, G. B. et al (2016) From gut dysbiosis to altered brain function and mental illness: mechanisms and pathways. Molecular psychiatry. 21(6): 738-748.

Sherwin, E. et al (2016) May the force be with you: the light and dark side of the microbiota-gut-brain axis in neuropsychiatry. CNS drugs. 30(11): 1019-1041.

Tello, M (2018) “Diet and depression”. Harvard Health Publishing. En línea. (Revisado el 11 de mayo de 2018).