Una y otra vez vemos a nuestros políticos posar al momento de hacer donaciones en fechas emblemáticas, como el Día Internacional de las Personas con Discapacidad que se celebra cada año el 3 de diciembre. Pero, ¿nos hemos preguntados si estas acciones realmente contribuyen en algo a la vida de las PcD? ¿De qué idea de discapacidad parten las donaciones? ¿Por lo menos sirven las sillas de ruedas o los aparatos auditivos que se entregan?

La fórmula se repite una y otra vez, año tras año. Es como si fuera un guión que debe seguirse tal cual para cumplir con un solo propósito: el de aparentar. La infalible fórmula lleva estos elementos: una efeméride (coloque aquí cualquier fecha relacionada con el tema de discapacidad, mujeres y niños), un día “especial” que debe conmemorarse, recordarse y celebrarse en un evento organizado por las dependencias a cargo de la asistencia social, y finalmente, quien reciba el donativo. Éste no puede faltar. Los municipios, gobiernos estatales y el gobierno federal harán todo para que las personas de las colonias más alejadas estén en el evento. Las encontrarán en la lista de programas de asistencia social, llegarán porque una vecina que a su vez coordina el comité del partido se enteró de que tal dependencia o tal diputado donará sillas de ruedas.


Fotografías: Priscila Hernández Flores

 

El protocolo para aparentar no estaría completo sin prensa que tome las fotografías de la donación. Sin flash no hay prueba de que el político o funcionario sonríe. Si usted ve con detalle, encontrará que el gesto incluye una ligera mueca de lástima al momento de entregar la prótesis o la silla de ruedas. Finalmente, para cumplir con el propósito, se necesitan reporteros que, sin ningún tipo de filtro, repitan el discurso que da el político; que no hagan preguntas cuestionando el uso del recurso público, ni mucho menos la calidad de lo que se dona.

Con esos elementos —más un par de testimonios desgarradores sobre cómo era la vida sin silla de ruedas o cómo fue escuchar de nuevo a partir del aparato auditivo entregado—, se completa la fórmula de la donación para simular que las problemáticas de las personas con discapacidad se atienden, que esta esta población le importa a nuestros gobernantes. Siempre habrá aplausos y algunas veces hasta lágrimas. Todo esto refuerza el asistencialismo y la idea de que la caridad es la única forma de atención posible a las personas con discapacidad.

Aunque es tema aparte analizar por qué el altruismo y la caridad sostienen y perpetúan un modelo económico desigual, hay que reconocer que el altruismo entre particulares en principio es válido. Pero los funcionarios públicos presentan como donativo lo que en realidad se compró con recursos públicos y, en lugar de garantizar derechos, “donan”: objetos, centros terapéuticos, su tiempo.

En la política mexicana, la caridad es una maquinaria perfecta, una rueda que gira porque hay unos –los que están en la escala de lo “normal” y  en  condiciones de “dar”–, que usan a los otros –a las personas en desventaja–, para obtener exposición y  cobertura que los proyecta como seres sensibles y empáticos a las necesidades de los demás. Y por eso,  como buenos gobernantes en apariencia.

La fórmula se repite en Chiapas, en Guerrero, en Jalisco, en Oaxaca, en Chihuahua, en Michoacán, en todo el país. Basta hacer un análisis de las páginas oficiales del  Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) para ver que esta es una constante. Angélica Rivera incluso inició su gestión como presidenta del DIF donando prótesis y sillas de ruedas.1 Los políticos saben que esta práctica les garantizará reflectores y algo de simpatía a pesar de que vaya en contra de los compromisos de México para garantizar los derechos de las personas con discapacidad, como se comprometió a hacerlo al momento de firmar y ratificar la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).2

Si la autoridad, esa que debería de garantizar derechos, hace todo lo contrario, entonces los que replican el mensaje, la prensa, escribirá la nota refiriéndose a los sujetos de la donación como personas que “padecen una discapacidad”.3 Así, evento tras evento, se refuerza el asistencialismo desde distintos frentes. El problema con este paradigma, es que entiende a esta población como un conjunto de individuos que sólo son merecedores de lástima y de ayuda, contrario al modelo social que se centra la garantía y el acceso a los derechos. Ni más ni menos: derechos por el simple hecho de ser una persona, un ser humano.

Intentar cambiar este paradigma asistencialista no ha sido sencillo. Son décadas de  imaginar, abordar y acercarse a la discapacidad de esta forma. Como lo explica Brenda Montes Betancourt,  experta en el tema y activista que integró el Informe Sombra presentado por México ante la ONU en el 2011,4 es fundamental revertir el modelo asistencialista que está arraigado en la atención a las personas con discapacidad y que implica lo siguiente:

“Cuando las organizaciones llevan a cabo un trabajo asistencialista ligado a la caridad de los gobernantes, es como si pidieran favores. Sin embargo, cuando el argumento es que el acceso a ciertos servicios es obligación del Estado, estás exigiendo, y la exigibilidad es parte de los derechos humanos. No se trata que quieran o no quieran dártelos, es un derecho y parte de una corresponsabilidad, tanto del Estado como de la sociedad civil. Si la sociedad civil no lo exige, el Estado no lo otorga”.

Por otro lado, los donativos de muletas, de sillas de ruedas y de aparatos auditivos son el máximo ejemplo de algo más profundo: el imaginario arraigado en el modelo médico de la discapacidad  que está enfocado en la rehabilitación y que pretende “normalizar” a la persona, para que ésta “se integre” (sí, ese término impreciso que tanto se ha discutido en los foros sobre discapacidad porque no es lo mismo integración que inclusión) sin que se note o se vea su diferencia.

Los funcionarios públicos, que deberían comenzar por cambiar la prácticas asistencialistas, las refuerzan y utilizan como una práctica para ganar espacio mediático y lograr la simpatía de quien no entiende los problemas con este modelo. Este octubre de 2017, Javier Corral, gobernador de Chihuahua,  inauguró  una campaña de donación de auxiliares auditivos en el Centro de Rehabilitación Integral Física (CRIF) en Ciudad Juárez con un evento público.5 Ese mismo día, el mandatario inauguró el Taller de Prótesis. En el discurso, la presidenta del DIF del estado, Cinthia Aideé Chavira, dijo que el taller en realidad estaba siendo reinaugurado porque, si bien se abrió durante el gobierno de César  Duarte, éste nunca funcionó.

El Gobernador Javier Corral acusó al  ex gobernador Duarte  de haber desmantelado el taller de prótesis. Sin embargo, cuando le cuestioné directamente al primero si emprendería una acción penal por esta omisión simplemente evadió la respuesta y,  desesperado, salió de la entrevista como quedó registrado en esta transmisión en vivo de Periscope. En este caso, en el cual el gobernador en principio estaba corrigiendo un problema anterior, en realidad termina por repetir los mismos vicios. El evento  de reinauguración sólo fue una actividad para las fotos, imposible de cuestionar.

¿Cómo hacer frente a esa fórmula de la apariencia? Lo más difícil en la tarea es que las mismas personas con discapacidad, ante la falta de información, asumen que los donativos son lo único a lo que pueden aspirar. Las organizaciones civiles también suelen participar de estos eventos, incluso los organizan, porque tampoco han transitado del todo hacia el modelo social, es decir, centrado en los derechos de las personas.

Alguien seguro se preguntará: ¿Cómo negarle a las personas la oportunidad de recibir una silla de ruedas o un aparato auditivo gratuito? El problema no es que se les provea de éstos, sino que son hechos aislados y con fines cuestionables: no son parte de un programa o plan de atención integral y que considere los derechos de las personas con discapacidad, son sólo paliativos que, más que pensar en la persona, están centrados en la ganancia política.

Por otro lado, gran parte de esos donativos son entregados sin siquiera tomar en cuenta el perfil de las personas. No se realizan planes para detectar las necesidades reales, se dona por inercia. Cada estado, cada municipio, tiene entregas anuales y, aún cuando en México existe el Programa Nacional para el Desarrollo e Inclusión de las personas con discapacidad 2014-2018,6 estos artículos se compran en mayoreo sin considerar cada necesidad en específico. Esto es algo que ha denunciado Santiago Velázquez, activista y persona con discapacidad, fundador de la Asociación “Vida independiente” que ofrece capacitación a personas con discapacidad motora sobre el manejo de sillas de ruedas, y rehabilitación física y emocional.7

Él es una de las pocas personas que he escuchado cuestionar abiertamente la donación masiva de sillas de ruedas ortopédicas, que generan afectaciones como escaras y deformaciones en la columna vertebral.  “La silla de ruedas es como tus zapatos”, dice una y otra vez este activista. “Si el zapato no es de calidad, terminará por afectar  la calidad de vida.

“Es el grito  más fuerte que pego frente a ellos, los políticos es: ¡No te das cuenta que te estás llevando varias vidas de por medio!”, sentencia Santiago Velázquez que como persona con discapacidad sabe de la necesidad de usar una silla de rueda eficiente, y no como las que seguramente veremos repartirse en este Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Otra vez habrá fotos, otra vez habrá donación, otra vez se repetirá la infalible fórmula de donar para aparentar.

 

Priscila Hernández
Periodista especializada en la cobertura de derechos humanos con énfasis en temas de discapacidad. Premio Internacional de Periodismo Rey de España 2009.


1 http://bit.ly/2i9aTze

2 http://bit.ly/2zVTrJw

3 http://bit.ly/2i9NMV6

4 http://bit.ly/2A4pgzj

5 http://bit.ly/2zHV35N

6 http://bit.ly/2kbDl7A

7 http://vidaindependientemexico.com