La violencia en México no sólo deja cuerpos mutilados a diario, también tiene repercusiones en los afectos de las personas que la presencian indirectamente. Este ensayo reflexiona, desde el psicoanálisis, las consecuencias subjetivas de nuestra condición actual de violencia.

Decir que “México atraviesa una crisis de violencia y seguridad desde hace varios años” se ha vuelto un diagnóstico común. Justamente así inicia el apartado de violencia del informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), publicado en diciembre de 2015, en el cual se detallan con mucha claridad las causas y efectos de la violencia que padece nuestro país.1 Sin embargo, este informe se queda corto al momento de nombrar los posibles estragos subjetivos que la violencia también nos ha traído: esos que lastiman a toda la ciudadanía aunque el dolor no se sienta directamente en el cuerpo. La violencia también tiene su efecto en partes de nuestro ser que son inexplicables e innombrables. Lo traumático existe.

El dolor psíquico es un concepto sumamente complicado de definir en el psicoanálisis. Freud define a la “vivencia del dolor” como un quantum (cantidad) de estímulo que excede al aparato psíquico. En otras palabras, se trata de una emoción que la mente no puede elaborar, en tanto no puede representarla y darle sentido: como si el agua de un río se saliese de su cauce e inundara a todo un poblado sin que sus habitantes tuvieran cómo responder a la tragedia.2 Lo que sucede en México nos duele a todos pero, para lidiar con ello colectivamente, un primer problema sigue siendo que nos faltan las palabras adecuadas para definir lo que vemos: una enorme cantidad de cuerpos sin nombre que desbordan a la tierra y a nuestro sentir. Leemos a diario cómo se manifiesta la violencia, pero somos incapaces de responder al terror que nos da saber que un estudiante sea desollado vivo. Incluso tres años después.

En 1933, Einstein le hizo una pregunta a Freud por encargo de la Liga de las Naciones, un organismo internacional que se creó en el periodo de entreguerras con la tarea de mantener la paz –una especie de antecesora de la ONU–:

“¿Hay algún camino para evitar los estragos de la guerra?”.3

La respuesta de Freud es desalentadora. Su intención es desarmar la ilusión de que un aparato global tenga la capacidad de mantener la paz y señala la contradicción que existe en la idea de pacificar mediante la violencia de Estado [Gewalt]. Sin embargo, no toda posibilidad de paz es desdeñada por el autor, éste rescata la importancia de la cultura como el fundamento que tiene el ser humano para regular las pulsiones que lo llevan a querer destruir al otro.

La cultura es pensada como el límite que contiene a un escenario de autodestrucción, que opera transformando esa fuerza, reprimiendo su representación y frustrando su satisfacción.  Sin embargo, también es la causa de malestar; la represión imposibilita la satisfacción directa de la pulsión (destruir, violar, devorar), y la encausa en representaciones socialmente valoradas. Pero la representación no encubre toda la pulsión, dejando una gran insatisfacción, y el resto se transforma en síntomas. Por eso la cultura, como mecanismo, probó su fracaso muy poco tiempo después de que Freud lo anunciara, con la llegada de la Segunda Guerra Mundial.

Para responderle a Einstein, el psicoanalista retoma planteamientos de su articulo “De guerra y muerte”,4 en el que apunta que la muerte en general es algo insoldable para el ser humano, algo que no se puede nombrar porque produce un hueco continuo en el inconsciente, que puede ser pensado desde la noción de trauma.

De acuerdo con la tesis freudiana, es imposible evitar la guerra. Pero, ¿y sus estragos? Para responder hay que empezar por definir cuáles son los efectos subjetivos de exponerse continuamente a la violencia cruda.

Una posible respuesta está en un fenómeno clínico que el propio Freud nombró en un texto icónico para definir la pulsión de muerte: las neurosis traumáticas.5 Esta psicopatología se le atribuía a excombatientes que no podían superar la brutal experiencia de la Primera Guerra Mundial. Era una “enfermedad” nueva en 1920 y representaba una problemática social para Europa dado que aparecía en una gran cantidad de personas que compartían el hecho de haber dejado de ser productivas. Hay tres elementos que definen a este tipo de neurosis: la repetición, el terror y el trauma. Las personas que la padecían soñaban incesantemente con situaciones que desagarraban la tela del descanso y las hacían despertar con un terror renovado. Siguiendo a Freud, la incapacidad de mantener el sueño es producto de no poder tramitar psíquicamente algo (volviendo a la metáfora del río, podríamos explicar la tramitación como el trabajo de construir cauces para distribuir el flujo de agua y evitar la inundación). Con la imposibilidad de encausar la angustia algo queda fijado; una repetición, un loop, una escarificación que simplemente no puede cicatrizarse. El sujeto no deja de intentar asimilar lo intragable, la piel no deja de esforzarse por cerrar la herida, pero ya ha sido marcado por lo traumático. Como si fuera una maquinaria descompuesta a la que solamente le queda la capacidad de reproducir un sonido que se repite incesantemente, el tiempo se detiene en una nota que, al sonar, borra la posibilidad de emitir cualquier otro sonido. Lo traumático es como un ruido que no permite ponerse en palabras.

Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière son dos psicoanalistas franceses que retoman la noción freudiana de trauma para analizar fenómenos clínicos de pacientes cercanos a excombatientes. Ellos se esfuerzan por enmarcar el comportamiento patológico en el contexto histórico y social de sus pacientes.6 Se preguntan: ¿cómo es posible que ciertas personas tengan padecimientos psíquicos de soldados sin haber vivido una guerra? Su tesis es que la huella traumática está presente no sólo en las víctimas directas de la violencia, sino que éstas también contagian inconscientemente el dolor a sus relaciones. Por lo tanto, los hijos o allegados a excombatientes llevarían consigo una pugna quee n realidad no les pertenece. En este sentido, el dolor no impera un tiempo cronológico (en tanto que el trauma persiste como si la vivencia de terror fuera ese mismo día), sino que se transmite en tanto se construyen lazos; el loop ruidoso resuena en un entramado social de manera inconsciente, toca otros cuerpos, pero sin que se deje inscribir en una narración clara.

Para estos autores, la locura de las guerras es como un derrumbe del tiempo, como si un hueco emergiera en lo colectivo en un momento determinado. Se agujera toda experiencia previa y posterior, los discursos y la narrativa. La escena trágica se comparte, deja huella en la memoria, infecta la experiencia singular. Por eso el sufrimiento se perpetúa.

La CIDH define a los crímenes de derechos humanos que presenciamos en las guerras, como tratos crueles e in-humanos. El prefijo de negación nos lleva a otro termino freudiano asociado a lo traumático, el no-yo, acuñado para explicar la constitución subjetiva.7 Para que se instituya la ilusión de un yo unificado, un “yo soy”, es forzoso que el aparto psíquico expulse las marcas de las vivencias dolorosas de su ser, creando una barrera entre lo que es y no es el yo.

En tiempos de violencia, la realidad psíquica se parte en dos, se levanta un muro que delimita lo bueno, lo familiar, lo igual y lo cotidiano, de  lo ajeno, lo incierto, lo ominoso, lo diferente y lo malo. Esta dicotomía puede extrapolarse a pensar que existen personas arrojadas a un plano ominoso, que no merecen tener un trato digno por ser quienes son y aquellos que sí. Se construye una barrera que posibilita que haya quienes que pueden ser violentados, ultrajados, reprimidos, encarcelados. Lo relevante de esta noción es que explica la forma en que la violencia se posibilita y se justifica porque existe la diferencia.

Si retomamos a Eric Laurent8 (otro psicoanalista que amplia el termino de trauma para hablar de fenómenos sociales), la violencia y el trauma trascienden la barrera que existe entre el exterior y el interior; éstos se sienten como una  fuerza extranjera que daña lo más íntimo, aunque su origen esté en más insoldable del ser. La construcción de la diferencia entre lo propio y lo ajeno es una defensa para soportar lo traumático, un intento de negar y proyectar aquello propio del yo que genera sufrimiento.

Esto resuena con la forma de actuar del gobierno mexicano: éste niega consecutivamente que haya violaciones a los derechos humanos,9 quiere que las víctimas sean nuestra ajenidad, cuando el conflicto de la violencia y la guerra contra el narcotráfico está en lo mas íntimo de la política mexicana actual. Aquellos muertos: ¿quiénes son en realidad?, ¿qué pasó con ellos?, ¿qué significan para nosotros?

Quizás la violencia no permita decantarse en palabras, pero no deja de insistir en buscar una representación mental. Su efecto es un vacío pulsante que borra la garantía de historiar lo sucedido. La violencia causa trauma. Si seguimos la lógica del psicoanálisis, para resarcir los estragos de la guerra será necesario forzar el silencio a que devenga la palabra en todos los sentidos: recordar los crímenes, construir procesos de justicia, dar sentido al dolor y nombrar a quienes fueron tratados como ajenidad: los desplazados, los desaparecidos, los asesinados, y los cadáveres que siguen sin tener nombre. Nombrar el horror es intentar construir un proceso comunitario, es lo que posibilita encausar la crueldad y edificar un nuevo lazo social. Sólo así podremos empezar a zurcir la herida.

Diego Safa Valenzuela. Psicoanalista por  la Universidad de Buenos Aires. Actualmente estudia la maestría en Violencia y Subjetividad en el Colegio de Saberes.


1 Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) (31 diciembre 2015). Situación de Derechos Humanos en México. OEA.

2 Freud, S. (2012 [1895, 1950]). Proyecto de una psicología para neurólogos en Obras Completas. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.

3 Freud, S., y Einstein, A. (2004 [1933-1932]). ¿Por qué la guerra?. En Obras Completas. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.  Pág. 183

4 Freud, S. (2012 [1915]). De guerra y muerte. Temas de actualidad. En obras completas (Vol. 14). Buenos Aires: Amorrortu.

5 Freud, S. (2003 [1920]). Más allá del principio de placer. En obras completas. (Vol. 18). Buenos Aires: Amorrotu.

6 Davoine, F., y  Gaudillière, J.-M. (2013). Historia y trauma: la locura de las guerras. Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica. Pág. 30.

7 Freud, S. (2012 [1915]). Pulsión y sus destinos en Obras Completas. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.

8 Laurent, E. (2002, Junio/Julio). El revés del trauma. Virtualia, 6.
IX Freud, S. (2004 [1930]). El malestar en la cultura. En obras completas. (Vol. 21) Buenos Aires: Amorrortu.

9 Claramente la violación a derechos humanos excede la problemática tratada en este escrito.