Se ha extendido la idea de que en el mundo estamos cada vez peor de ánimo. Tanto, que las tasas de suicidio aumentan sin que las podamos parar. Nada parecería poner en evidencia la desesperación de los individuos como querer quitarse la vida, pero tampoco hay mejor indicador del fracaso de una sociedad que no saber contener y acompañar a sus miembros en la angustia. ¿Estamos realmente en un momento de muertes autoinfligidas sin precedentes?¿qué lo explica?

Una serie de textos y estudios recientes quieren avanzar en la comprensión de este fenómeno. Muy distintos unos de otros, sostienen la hipótesis sobre la multicausalidad del suicidio. Sin embargo, el estado de la cuestión que dibujan alberga en sí cosas insuficientes como contradictorias. Un ejemplo de esto es que los índices de depresión están aumentando —lo mismo que los índices de suicidio—, y aunque las mujeres duplican la cantidad de hombres diagnosticados, ellas se matan tres veces menos que los hombres. Y esto sucede cuando hay más medicamentos psiquiátricos que nunca. Las limitantes para hablar del suicidio ya se han discutido antes en este mismo espacio, sin embargo un repaso de los argumentos más recientes en torno a esta problemática pueden el panorama. Quizás lo que nos está previniendo de llegar a conclusiones más sintonizadas es buscar en los lugares incorrectos.

Ilustración: Kathia Recio

No es la violencia

Es obvio suponer que contextos de violencia crónica lleven a la desesperación. Un texto publicado hace poco en The Conversation recuerda la delicada situación de Ciudad Juárez, Chihuahua. En esta ciudad que se columpia entre homicidios que decrecen y vuelven a subir desde hace ocho años que inició la llamada “Guerra contra el narcotráfico”, la tasa de homicidios ha ido aumentando incluso en sus mejores momentos, lo mismo que la de suicidios. La autora, Ana Cecilia Frafán, no duda en describir lo segundo como una “crisis de salud mental” que afecta a todo el estado. En 2017, el número de suicidios en Cd. Juárez fue de 8.9 por cada 100 mil habitantes, aunque ya desde 2015, el total de suicidios en Chihuahua era de 12.3: más del doble de la media nacional.

¿Las razones? Según las fuentes que recaba la autora, entre las causas de esto, podemos suponer el miedo, la paranoia, el estrés postraumático y en general “la exposición crónica a eventos traumáticos [que] causa el tipo de sufrimiento mental que lleva a la conducta suicida”. No quiere aseverar que esto necesariamente sea producto de la violencia en la que está sumida el estado, pero dice que las cifras coinciden con lo que sabemos de otros lugares en situación de conflicto, como Colombia y Afganistán.

Pero la hipótesis no se sostiene cuando ponemos la mirada en casos tan cercanos como lo son algunos países centroamericanos. El Salvador, que en 2016 tuvo una tasa de 81 homicidios por cada 100 mil habitantes —es decir, muchísimos más que México—,  ese mismo año presentó 13.7 suicidios por cada 100 mil habitantes, según datos de la OMS. Honduras que estuvo un poco por debajo de su vecino ese año, con 59 homicidios por cada 100 mil habitantes, tuvo sólo 2.9 suicidios por cada 100 mil habitantes.

¿Qué decir de Finlandia, con un homicidio por cada 100 mil habitantes en 2016, pero cuyo índice de suicidios fue de 14.2? O de Siria, que está sumida en una auténtica guerra civil desde 2011 y su tasa de muertes autoinfligidas no pasa de 1.9. La violencia sin duda tiene efectos en las sociedades que la padecen, pero no queda claro que lleve a sus integrantes al suicidio.

No es la adolescencia

Otra de las variables que se estudia con insistencia en el suicidio —sobre todo cuando las tasas se alteran dramáticamente— es la edad. Las mediciones más recientes muestran que ésta es la segunda causa de muerte en personas entre 15 y 29 años de edad en el mundo. Aunque se reconoce que la cifra varía de cultura a cultura, y que depende en gran medida de los medios que se tenga a disposición (el método más recurrido en la India para consumar el suicidio son los pesticidas, por ejemplo, por lo que se está discutiendo abiertamente prohibirlos), se ha llegado a una suerte de consenso sobre la vulnerabilidad que implican la adolescencia y la adultez temprana. Sin embargo, cuestiones como el uso del internet, que la Universidad de Oxford concluyó en algún momento que era un aliciente para el suicidio, hoy son debatidas —resulta que la hiperexposicón a los medios no es necesariamente negativa: los jóvenes encuentran redes de apoyo entre sus contactos digitales, por ejemplo—.

No es difícil imaginar que la duda existencial y la impulsividad tan características de la adolescencia se relacionen con el suicidio. También entendemos que la angustia económica que implica la edad adulta esté detrás de la muerte autoinflingida de tantos. Pero aún no sabemos cómo explicar que el suicidio también se manifiesta en la infancia. A propósito, un cortometraje publicado en Aeon retrata este margen de lo increíble. En un pueblo cubano situado en el extremo opuesto a la Habana, un chico de 12 años que se quitó la vida parece confirmar una epidemia (y una antigua). El cineasta Jayisha Patel recorre sutilmente las historias de los habitantes de esta pequeña localidad que es todo lo contrario a lo que asociamos con el suicidio: una comunidad rural, precaria pero que lejos de la miseria, con actividades vecinales y religiosas constantes. La historia no aventura explicaciones, se limita a mostrar la imposibilidad de racionalizar un acto tan prematuro.

No es la depresión… pero tal vez sí sean los antidepresivos

Finalmente, la depresión, que se ha vuelto recurrente en nuestra discusión pública, parece la responsable ganadora. Con datos como los de un reciente reportaje de Newsweek que señalan que la depresión será “la primera causa de discapacidad en México” en dos años, no es raro que se le atribuya el aumento en las tasas de suicidio. Pero esta causalidad supone varios problemas y contradice otros intentos de explicación.

Por ejemplo, un minucioso artículo publicado en julio por el Conacyt cita “estudios realizados por investigadores de España y México [que] estiman que 80 por ciento de los suicidios consumados presenta un cuadro depresivo”, por lo que concluye que la prevención del suicidio debería de ser responsabilidad de los primeros niveles de salud, una meta que no se cumple, dicen, porque se enfrenta a incontables trabas presupuestarias. Ciertamente la angustia y el sufrimiento de las personas que se identifican con el diagnóstico de la depresión puede llevarlos a considerar el suicidio (y en muchos casos a concluirlo). Sin embargo, el problema de explicar el suicidio como una cuestión de salud pública —como la consecuencia natural de una enfermedad llamada “depresión”— le quita el foco a las condiciones sociales que el propio estudio cita: “el ritmo de vida, la presión social y la burocratización han llevado a un aumento de los trastornos de ansiedad” y no esclarece la relación entre estos contextos y las víctimas del suicidio. Tampoco se explica la diferencia brutal que existe en cómo experimentan el suicidio los géneros, o por qué en México los principales grupos demográficos afectados son la juventud temprana y la vejez. Si la depresión fuera una “enfermedad” como cualquier otra —como “el cáncer o a la diabetes” como la describe el texto de Newsweek—, entonces ¿cómo es que la muerte por depresión se manifiesta de forma tan desigual entre sus víctimas? Y si la depresión está afectando al mundo entero y a los países en vías de desarrollo aún más, ¿qué explica la tasa del 14 suicidios por cada 100 mil habitantes en Finlandia?

La relación entre lo que se describe como “depresión” y el suicidio está lejos de ser concluyente y es peligroso asociarlas a rajatabla, sobre todo cuando la investigación “de punta” alrededor de las “enfermedades mentales” está buscando genes. Va a resultar que no hay nada que la sociedad pueda hacer por aquellos dispuestos genéticamente a matarse. Pero hay algo que complejiza aún más la relación entre estas dos cosas, y es que los tratamientos para la depresión parecerían aumentar el riesgo suicida entre quienes se someten a ellos. La ironía.

Esto es lo que concluye un reciente reportaje muy extenso escrito por el periodista Robert Whitaker en la plataforma de la que es fundador, Mad in America. Suicide in the age of Prozac” se pregunta por el aumento en las tasas de suicidio en Estados Unidos en una era en la que la atención a la salud mental y la disponibilidad de los tratamientos están a la orden del día. “Quizás nuestro acercamiento social a la prevención del suicidio debe cambiar”, dice.

Revisa las cifras desde 1987, el año en que se aprobó el uso del antidepresivo más conocido: el Prozac suponiendo en que esta revolución en el mundo de la medicina tendría que haber contribuido a la reducción de muertes por suicidio, pero no ha sido así. Si bien son muchos los factores que contribuyen a la muerte autoinflingida en Estados Unidos, el primero y más reconocible está relacionado con las tasas de desempleo y el segundo con el acceso a las armas. La siguiente parada en el texto de Whitaker es, pues, en el 2000: ¿qué explica que estos factores de riesgo se hayan mantenido igual entre el 2000 y el 2016, pero la tasa de suicidio haya aumentado en un 30% durante esos años? “Es en este periodo que los programas de prevención de suicidio se empezaron a volver regulares. Estas campañas motivan a la gente a buscar tratamiento y han contribuido a que se incremente la prescripción de antidepresivos”.

Para el periodista esta no puede ser una casualidad. Su artículo abre la posibilidad de pensar al sistema de salud mental como lo conocemos hoy como un auténtico aliciente para el suicidio. De hecho, el riesgo de suicidarse que corre una persona que ha sido hospitalizada por cuestiones de salud mental es 44% mayor que el de alguien que nunca ha estado en una institución psiquiátrica. Pero no es la primera vez que los estudiosos de la salud mental se hacen estas preguntas. El autor cita otros dos estudios muy reveladores y llevados a cabo en otras latitudes. El primero fue realizado por un grupo de investigadores australianos en 2004, en el que revisaron las tasas de suicidio de cien países antes y después de la implementación de políticas públicas y legislación asociada a la salud mental y vieron una relación entre el aumento de suicidio y la expansión de este tipo de programas. Un segundo estudio, realizado en 2013 por investigadores en Dinamarca, también encontró que los países con mejores servicios psiquiátricos tienen mayores tasas de suicidio en general. Algo que por fin explicaría lo que pasa en Finlandia.

La hipótesis de Whitaker no resuelve la interrogante de si las personas que han muerto a causa del suicidio en efecto estaban “deprimidas”, según las palabras de la American Psychiatric Association. Lo que sí sugiere, es que quizás nos estemos equivocando en cómo entendemos y atajamos este estado emocional.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.