Tanto en los departamentos de Estado para entender los comportamientos sexuales de ciertas etnias, como en las revistas populares para interpretar los sueños de sus lectores, el psicoanálisis se retomó en América Latina desde los más diversos ámbitos. Mariano Ruperthuz Honorato y Mariano Ben Plotkin lo relatan en una historia novedosa.

América Latina no existe en las historias generales del psicoanálisis.1 Pese a que recientemente se han realizado estudios serios sobre la recepción de Freud en nuestras tierras, vemos que buena parte de la historiografía sigue anclada en el eurocentrismo y no se da por enterada de la existencia de los estudios poscoloniales ni de la necesidad de historizar desde los márgenes. Para ubicar a América Latina en la historia global del psicoanálisis, Mariano Ruperthuz y Mariano Plotkin se dieron a la tarea de rastrear la correspondencia que sostuvo Sigmund Freud con latinoamericanos, buscaron los libros y artículos escritos por estos primeros freudianos y, además, revisaron la biblioteca personal de Freud ––tanto la que está en Londres como la que resguarda la Universidad de Columbia en Nueva York––, para localizar las publicaciones que llegaron a manos del padre del psicoanálisis desde América Latina.

Ilustración: Oliver Flores

Hay un interrogante que los autores de Estimado Doctor Freud. Una historia cultural del psicoanálisis en América Latina se esmeran por mantener a lo largo de su investigación: ¿cómo interpretaron el psicoanálisis los primeros lectores de Freud en América Latina y qué pensaba el ilustre vienés de sus muy lejanos corresponsales?

La búsqueda documental va de la mano con una exhaustiva revisión historiográfica en la que los autores dan cuenta de un sólido campo de reflexión académico en torno a los orígenes del psicoanálisis. Así, Ruperthuz y Plotkin rastrearon las primeras huellas de Freud en América Latina, juntaron el trabajo de los historiadores que han abordado el tema, y elaboraron un libro sobre los lectores de psicoanálisis que existieron antes de que aparecieran las instituciones. En consecuencia, todo aquel que considere que la historia del psicoanálisis depende única y exclusivamente de las instituciones, se aburrirá leyendo este erudito y magistral libro. Pero el estudio de estos dos autores es realmente pertinente para el contexto mexicano en el que hay un evidente interés por la historia del psicoanálisis, evidente en los recientes libros de Juan Capetillo, José Velasco, Juan Litmanovich, Fernando González, Miguel Sosa, Manuel Hernández, Rubén Gallo, amén de numerosos eventos y talleres que se han hecho recientemente.2

En un campo donde convergen psicoanalistas e historiadores emerge la inevitable pregunta de si es lo mismo el psicoanálisis para los psicoanalistas que para los historiadores. Si partimos de que este complejo objeto de estudio es una técnica clínica sobre el inconsciente, entonces sólo nos queda hacer una historia de las prácticas, y buscaremos historiar la forma en que el íntimo encuentro entre el analista y el analizado ha tenido lugar. Sin embargo, si seguimos la sugerencia de los autores y comenzamos a pensar el psicoanálisis como un fenómeno cultural, el objeto de investigación se abre, diversifica y complejiza. La invitación desde las primeras páginas es pensar el psicoanálisis como “un objeto múltiple que se va transformando y resemantizando a lo largo de su viaje a través de diversas fronteras culturales y que, en el camino, ha interactuado de diversas maneras con otras formas de pensamiento y prácticas con las que ha tenido que disputar un lugar” (p. 13).

Esta definición implica partir del innegable impacto que el psicoanálisis ha tenido en la cultura occidental (en algunas partes más que en otras), al punto de colonizar las subjetividades gracias a categorías con las cuales el sujeto se piensa a sí mismo, como inconsciente, represión, transferencia, narcisismo, etc. Además, como lo ha demostrado Eli Zaretzky, el psicoanálisis ha logrado permear campos como la literatura, las artes plásticas, el cine, las ciencias humanas y sociales, al grado de convertirse en un elemento intrínseco al sujeto moderno y a la cultura occidental.3 En consecuencia, el libro de Ruperthuz y Plotkin  aborda las formas en que el psicoanálisis se instaló en muy diversos nichos intelectuales latinoamericanos durante la primera mitad del siglo XX.

Los autores tienen una contundente frase en su introducción: “resulta paradójico que el psicoanálisis, que constituye una disciplina histórica por excelencia y comparte algunos métodos con la historiografía, siempre haya tenido dificultades para contar su propia historia” (p. 14). Esta dificultad obedece a la imposibilidad de desligarse de los rasgos decimonónicos y evolucionistas de Freud, como su germinal texto “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico” (1914), donde propone una historia en función de fieles y apostatas, cual eficaz y letal arma para legitimar y deslegitimar posturas. La propuesta de este libro, en lugar de desenvainar la espada y levantarla contra todos aquellos que no comprendieron las ideas del sabio vienés, es abordar las múltiples interpretaciones que médicos y escritores hicieron de aquella cosa novedosa e interesante llamada psicoanálisis. Como lo señalan los mismos autores, estamos frente a un “saber que desborda”; esto implica que sus alcances van muchos más allá de lo estrictamente clínico. Pero además de ir en contra de un esencialismo dogmático, el estudio es novedoso porque propone una perspectiva regional, lo cual va en contra de las historias nacionales (y nacionalistas) a las cuales la historiografía en general está acostumbrada. Comprender el desarrollo del psicoanálisis en contextos acotados a Estados-nación resulta en miradas miopes sobre este polisémico objeto. Como lo han desarrollado en trabajos anteriores en mismo Plotkin y Alejandro Dagfal,4 es necesario comprender el psicoanálisis en función de flujos de información y circulación de intelectuales a través de redes transnacionales. Así, este libro implica una doble transgresión: rompe barreras nacionales y asume el psicoanálisis como objeto cultural.

La recepción de Freud no ocurrió de la misma forma en los países latinoamericanos. Por ejemplo, en la década de 1930 ya existía un grupo sólido de difusores del psicoanálisis en Brasil; en Perú dicha tarea estuvo en manos de un solo hombre: Honorio Delgado, quien a finales de la misma década renunció a este saber y se concentró en las neurociencias; y en México, los psiquiatras leyeron a Freud, Janet y Adler en los años de la posrevolución en aras de consolidar un proyecto nacional a través de la higiene mental. En Perú y Brasil leyeron a Freud en alemán; así lo hicieron Juliano Moreira, un mulato hijo de una mujer esclava que se formó como médico y llegó a dirigir el Hospital Federal de Alienados desde 1903, u Honorio Delgado, quien leyó a Freud en alemán mientras atendía pacientes en el Asilo Víctor Larco Herrera de Lima.

Ruperthuz y Plotkin proponen que Freud fue leído desde la educación, el derecho penal, la higiene mental, la antropología, las vanguardias artísticas y la cultura popular, y nos ofrecen decenas de ejemplos de los cuales solo mencionaré algunos. En el contexto de proyectos nacionalistas, médicos vinculados con las élites políticas vieron el psicoanálisis como una herramienta para comprender mejor a sujetos de las clases marginales que debían ser educados, “civilizados” e integrados a la modernidad. Este saber ofrecía herramientas para poder comprender la mente de las razas negra e indígena, los niños y los criminales. En Brasil, donde existían “razas inferiores”, la élite intelectual usó el psicoanálisis para darle una nueva interpretación al comportamiento sexual de los negros, el cual fue visto como consecuencia de una personalidad “neuropática e histérica”, lo que movía el eje analítico de lo biológico a lo psíquico. Julio Porto Carrero, conocido como el “príncipe” del psicoanálisis, fue el gran protagonista de esta historia ya que vio en el pansexualismo freudiano una virtud que permitía comprender la sexualidad de los diferentes grupos étnicos y, en consecuencia, diseñar los mecanismos educativos a través de los cuales el Estado se encargaría de sublimar tales impulsos. Además de Porto Carrero, como lo muestran los autores del libro en cuestión, hubo un sólido grupo de médicos y antropólogos que usaron el psicoanálisis para reflexionar sobre la lógica de la cultura. En este mismo tenor, en Chile y Brasil se crearon departamentos de higiene mental dependientes de las instancias sanitarias en aras de hacer del psicoanálisis una herramienta para comprender las anormalidades psíquicas que podían atentar contra el proyecto de nación. Una muestra de ello es el médico y ensayista chileno Juan Marín, quien consideró que la higiene mental, la “ahijada del psicoanálisis”, era la herramienta para pensar un mundo sin neuróticos.

En el terreno jurídico también se leyó con optimismo a Freud. Raúl Carrancá y Trujillo fue el juez de Coyoacán que aplicó un muy extenso psicoanálisis silvestre a Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky. Además, fue el único mexicano que sostuvo una breve correspondencia con el célebre vienés. Otro espacio donde Freud estuvo presente fue en las revistas populares, donde circularon artículos en los que se analizaban los sueños enviados por los lectores para que fueran interpretados por “psicoanalistas”. Por ejemplo, en la revista argentina Idilio sostuvo una columna sobre psicoanálisis para interpretar sueños; sus autores eran Gino Germani y Enrique Butelman,quienes habían quedado desempleados por las políticas peronistas. La revista chilena Alejandra incluyó un consultorio sentimental a cargo de un “psicoanalista” argentino. En Brasil, Gastao Pereira Da Silva escribió radioteatros y novelas con contenido psicoanalítico. Mientras que el poeta peruano Alberto Hidalgo, con el seudónimo de Dr. Gómez Nerea publicó en Argentina Psicoanálisis al alcance de todos, una extensa obra de divulgación donde partía de casos clínicos “reales” para explicarle al lector de manera muy sencilla los fundamentos freudianos. Por su parte, en el marco de la literatura de vanguardia, el ecuatoriano Jorge Icaza escribió diversas obras donde el psicoanálisis estructuraba los personajes y los conceptos de Freud aparecían como referentes. En Brasil, durante la Semana del Arte de 1922, la vanguardia modernista también demostró su cercanía con Freud: a diferencia de los surrealistas, quienes se interesaron en la psicopatología, los modernistas brasileros se interesaron en lo primitivo para introducir cambios en la sociedad a partir del concepto de antropofagia “entendida como la deglución, digestión y excreción de elementos de la cultura europea trabajados por la cultura local” (p. 59), donde se ponía en cuestión la existencia de un “ello nativo”. Así, Plotkin y Ruperthuz nos muestran decenas de autores y publicaciones latinoamericanas que dan cuenta de la pluralidad de contextos desde los cuales se leyó a Freud, tanto en el marco de una lógica instrumental por parte del Estado, como también desde el arte vanguardista y las publicaciones de amplia circulación.

El libro le dedica un capítulo al peruano Honorio Delgado: el latinoamericano con quien Freud tuvo la relación más estrecha. Prueba de ello es la correspondencia que sostuvieron entre 1919 y 1934. El padre del psicoanálisis vio en Delgado la posibilidad de perpetuar el psicoanálisis en tierras lejanas y lo presentó con su círculo más cercano, razón por la cual Karl Abraham también estableció correspondencia con esta promesa del Perú. En 1915 se publicó la tesis de Delgado titulada. sencillamente, Psicoanálisis, y en 1918 salió a la luz la Revista de Psiquiatría y Disciplinas Conexas, donde aparecieron varios artículos sobre psicoanálisis y cuyos ejemplares llegaron a manos de Freud; posteriormente los trabajos de Delgado se publicaron en Imago y en Psychoanalytical Review. Delgado fue nada menos que el autor de la primera biografía de Freud en español publicada 1926, un texto comentado por el propio biografiado. Gracias a la correspondencia, Ruperthuz y Plotkin reconstruyen dos encuentros entre ambos. Resulta interesante que, pese al apoyo que Freud le dio explícitamente al médico peruano, éste se distanciara del psicoanálisis al punto de renegar de dicho saber en sus años de madurez. Como anécdota ilustrativa podemos mencionar que el primer libro que se publicó en México sobre Freud fue Freud a distancia (1955) de Oswaldo Robles, una acida crítica al psicoanálisis y su fundador, y el autor del prólogo no fue otro que Honorio Delgado.

Pensemos en una escena: don Sigmund, viejo y enfermo, en su exilio a Londres, optó por llevarse varios libros en portugués dedicados al psicoanálisis sin saber leer dicho idioma y, a la fecha, varios están todavía con las hojas pegadas. Freud era muy cálido y afectuoso con los brasileros que le escribían amables cartas y le enviaban ejemplares de sus libros. Según Ruperthuz y Plotkin, estos libros daban cuenta del impacto mundial del trabajo de Freud y tenerlos era una especie de trofeo. En ese sentido, estas tierras exóticas y lejanas no le eran ajenas. Más bien, eran la muestra clara de que después de tantas luchas, cual el Aníbal que tanto admiró, sus ideas habían llegado a los rincones más alejados del planeta.

Pero volvamos al melancólico valle del Anáhuac. Al terminar el libro nos damos cuenta del lugar marginal de nuestro país en el contexto latinoamericano. El abogado Carrancá y Trujillo recibió una carta de Freud y no hay más. No hubo un Delgado, un Afranio Peixoto, un Gregorio Berman u otro receptor y difusor activo del psicoanálisis en estas latitudes. Samuel Ramos escribió sobre la psicología del mexicano, pero más cercano a Adler y a  Jung que a nuestro gran Freud. Resulta curioso que en un país referente para la vanguardia intelectual y artística del mundo (Buñuel, Eisenstein y Breton, entre tantos, dan cuenta de ello) el psicoanálisis no estuviera presente en el panorama intelectual de la primera mitad del siglo XX. Se podría encontrar una explicación en la fuerza del positivismo, pero lo curioso es que el primer texto publicado sobre psicoanálisis fue escrito justamente por José Torres Orozco,5 a quien Antonio Caso llamó el último positivista. Este médico defendió el positivismo hasta su muerte prematura al grado de considerar afortunada a su natal Morelia porque escapaba de los alcances del antipositivismo. Los miembros de la generación del Ateneo, pese a que estaban claramente en contra del positivismo, no se acercaron al psicoanálisis. En la primera mitad del siglo XX ¿para qué servía Freud, teniendo a la Virgen de Guadalupe?

Ruperthuz y Plotkin señalan que la historiografía del psicoanálisis “ha enfatizado las “resistencias” con las que se ha encontrado el psicoanálisis en el proceso de difusión”, lo cual ha impedido ver “el éxito formidable que ha tenido para convertirse en pocos años en un sistema de ideas y creencias con alcance transnacional” (p. 15). Este libro es una invitación a ver el psicoanálisis como un fenómeno intelectual que ha nutrido a la cultura occidental; además, es justamente en la pluralidad de interpretaciones donde radica la riqueza de esa invención que inició allá en la decadencia del imperio austrohúngaro, y que hoy ha colonizado la subjetividad de millones alrededor del mundo.

 

Andrés Ríos Molina
Historiador. Investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM

El libro de Mariano Ruperthuz Honorato y Mariano Ben Plotkin, Estimado Doctor Freud. Una historia cultural del psicoanálisis en América Latina (Buenos Aires, Edhassa, 2017) se presentará el martes 9 de octubre a las 10am en el Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM. Aquí más información.


1 George Makari, Revolution in Mind. The Creation of Psychoanalysis. Nueva York, Harper, 2009. Peter Gay, Freud, a Life of Our Times, Nueva York, Anchor Books 1989. Elisabeth Roudinesco, Sigmund Freud. En su tiempo y en el nuestro, México, Debate, 2016.

2 Juan Litmanovich, Un monasterio en psicoanálisis, México, Paradiso, 2015. Fernando González, Crisis de fe: psicoanálisis en el monasterio de Santa María de la Resurrección, 1961-1968. México, Tusquets, 2011. José Velasco, La génesis social de la institución psicoanalítica en México, México, UAM-X, 2014. Juan Capetillo, La emergencia del psicoanálisis en México, México, Universidad Veracruzana, 2012. Ruben Gallo, Freud’s Mexico. Into de Wilds of Psychoanalysis, Boston, MIT Press, 2010. Miguel Sosa (ed), Freud y Lacan en México. El revés de una recepción. México: Emergente. Manuel Hernández. Lacan en México. México en Lacan, México, Ediciones Navarra, 2016.

3 Eli Zaretsky, Secretos del alma. Historia social y cultural del psicoanálisis, España, Editorial Siglo XXI, 2012.

4 Mariano Plotkin y Joy Damousi (Eds). 2009. The Transnational Unconscious. Essays in the History of Psychoanalysis and Transnationalism. Londres: Plagrave-Macmillan. Alejandro Dagfal, 2009. Entre París y Buenos Aires. La invención del psicólogo (1942-1966), Buenos Aires: Paidos.

5 José Torres Orozco, “Las doctrinas de Freud en la patología mental”, Revista México Moderno, II:1, 1922, p. 39-53.