Se ha renovado un debate sobre la relación entre la genética y la inteligencia que puede ser peligroso. Este texto revisa los argumentos y estudios científicos recientes dedicados a los factores biológicos que informan la inteligencia. Pone el foco en las respuestas que nos da la epigenética para entender que el medio ambiente sigue siendo la variable más importante en el desarrollo individual.

A medida que entre la sociedad se desatan más debates sobre escuela, la entrada a la universidad y la inteligencia artificial, ha vuelto a ponerse en cuestión si nuestra inteligencia es innata o adquirida. En un artículo publicado en abril de 2018 en Les Echos, el cirujano y empresario Laurent Alexandre explica que no podemos negar que existe una "diferencia de habilidades innata" y que "la cultura escolar y familiar no tienen mucho peso en comparación con el peso decisivo de la genética".

Un editorial firmado por 20 investigadores, incluido Jacques Testart, padre de un bebé de probeta, apareció simultáneamente en Le Monde para denunciar lo que ellos llaman "las fake news genéticas". Finalmente, el genetista Axel Kahn también se manifestó recordando la historia de esta noción, que llevó al "racismo, el darwinismo social, la eugenesia" por lo que propuso una visión que se base en argumentos científicos.

En este debate altamente político, ¿cómo entender los argumentos científicos que se enfrentan en ambos lados?

Ilustración: Patricio Betteo

Las estadísticas sobre la genética de las poblaciones no dicen nada sobre la inteligencia de un individuo

Según Lawrence Alexander, "el ADN determina más del 50% de nuestra inteligencia." Para sustentar sus afirmaciones, cita los "trabajos llevados a cabo por varios equipos, incluyendo el de Robert Plomin del King’s College de Londres". Para saber exactamente lo que dice Robert Plomin, lo mejor es referirse directamente a su revisión de la literatura al respecto publicada en enero de 2018 en Nature Reviews Genetics. Según el científico, la heredabilidad de la inteligencia se estima entre el 20 y 50% (menos de las cifras dadas por Lawrence Alexander). Pero este cálculo no significa que el peso de la genética en nuestra inteligencia sea de 20 a 50% y el del medio ambiente de entre 50 y 80%.

Ilustremos el razonamiento a través de casos extremos. Un niño con buenas predisposiciones genéticas, pero colocado en un ambiente sin educación (un niño criado en la selva, por ejemplo) fracasará en la mayoría de nuestras pruebas de inteligencia, porque no ha aprendido a contar, leer, escribir… El peso del entorno será de 100%. Al contrario, en el caso de una enfermedad que causa una discapacidad intelectual grave, el peso de la genética puede estar cerca de  un 100% (como en el caso de las enfermedades relacionadas con un único gen tendrá un efecto importante).

La heredabilidad es una medida estadística que explica las diferencias entre individuos dentro de una población producto de las diferencias genéticas entre estos individuos. Es una proporción válida desde el punto de vista de una población que, sin embargo, no nos dice nada sobre genética de un individuo que se toma de forma aislada.

La heredabilidad tampoco es una relación causal. De hecho, este cálculo no tiene en cuenta la exposición a un mismo entorno. Otro artículo del equipo del Dr. Robert Plomin, publicado en Nature Human Behavior en abril de 2018, analiza el peso de la genética en función de la sociedad en la que vive el individuo. El peso de la genética en el éxito escolar y el logro profesional es el doble de grande hoy en Estonia de lo que era antes de la caída de la URSS. Los autores enfatizan que el peso de la genética no es fijo, sino que se ve influido por el tipo de sociedad en que el individuo evoluciona, con un mayor impacto de la genética si el modelo social es más meritocrático.

En El imperio de los genes, Historia de la sociobiología, el filósofo canadiense Jacques G. Ruelland nos recuerda que, de acuerdo con las leyes de la teoría de la evolución de Darwin, "no podemos juzgar la calidad de un patrimonio genético sólo en relación a un entorno biológico y social que establece criterios de normalidad que siempre son variables. "

El comportamiento humano es más complejo que IQ o una molécula de ADN

Todos los estudios citados para sostener el impacto de la genética en la inteligencia humana son preliminares y, en opinión de sus autores, tienen limitaciones.

Primero, las medidas de inteligencia se basan en pruebas ampliamente discutidas. Las famosas pruebas de IQ (cociente/coeficiente intelectual) son, de entrada, una aproximación de ciertas características intelectuales; no tienen en cuenta, por ejemplo, la cognición social (la inteligencia en relación con los demás). La película Rain Man que cuenta la historia real de una persona con autismo de alto nivel, es un ejemplo perfecto de cómo una persona puede tener habilidades de memorización increíbles pero fracasar en las relaciones humanas. Por otro lado, dado el tiempo requerido para realizar estas pruebas de IQ, la mayoría de los estudios científicos actuales utilizan sólo una pequeña cantidad de pruebas, la mayoría de las veces son pruebas verbales que tienen una fuerte conexión con la cultura de un individuo. Luego, estas pruebas se transforman estadísticamente para obtener otra puntuación (el factor G). Éste representa un desafío para los investigadores que usan diferentes pruebas según el estudio, pero que se ven obligados a reunirlas en los análisis genéticos amplios.

En segundo lugar, el peso de la genética se determina mediante el estudio de un cierto tipo de variable: los polimorfismos, los cuales corresponden a variables frecuentes en la población pero que, si se toman individualmente, tienen un efecto muy débil en la inteligencia. De este modo, los investigadores agrupan el efecto de estas miles de variables en las puntuaciones poligénicas. Sin embargo, estos puntajes se obtienen principalmente en poblaciones europeas, lo que resulta en un sesgo cuando se comparan varias poblaciones. Y lo que es más, las puntuaciones poligénicas agrupan estas variantes de acuerdo con modelos estadísticos aditivos. No tienen en cuenta los efectos de la sustitución, las interacciones entre los genes o las variantes raras en la población. Estas puntuaciones poligénicas pueden, por lo tanto, ser culpables de la existencia de otros factores genéticos que tendrán un efecto –beneficioso o perjudicial– mucho más importante. Las puntuaciones poligénicas actuales explican menos del 4% de la varianza de la inteligencia humana. Estamos lejos del 50% sostenido por Laurent Alexandre.

Es innegable que los factores genéticos intervengan en la cognición humana. Pero muchos factores ambientales entran en juego para que la vulnerabilidad genética o la protección del individuo salgan a la luz. Las ideas actuales, por lo tanto, están mucho más allá de una visión genética reductiva y dejan espacio a un modelo de interacción entre genes y medio ambiente. Hoy está claro que el entorno, incluidos ciertos comportamientos de los padres, pueden “activar” o “desactivar” un gen (aumentar o disminuir su expresión como ARN mensajero).1

Se dice que estos mecanismos son epigenéticos (literalmente, “por encima” de la genética) y corresponden a la modificación de genes sin mutaciones en el ADN. Su transmisión a través de las generaciones también parece posible: los niños heredan un tipo de memoria molecular correspondiente al entorno en el que vivían sus padres. Por lo tanto, los factores biológicos relacionados con la inteligencia no solo son genéticos y parecen depender en gran medida del medio ambiente.

Los genes no codifican un destino sino una potencialidad

Este deseo de reducir la inteligencia a la genética refleja una concepción fijista del Hombre, mientras que la biología debe imaginarse como una potencialidad que se realiza sólo en relación con el medio ambiente. De hecho, es imposible explicar una característica esencial del ser humano —la adaptabilidad—, si consideramos que nuestra biología es fija. El hombre es una entidad reactiva cuyo cerebro, incluso en la edad adulta, es modificable. “Como cualquier organismo vivo, el ser humano está programado genéticamente, pero está programado para aprender”, escribió François Jacob, Premio Nobel de Medicina en su libro Le jeu des possibles. “Los genes no codifican un destino”, dice también Axel Kahn.

Este recurrente debate sobre lo congénito y lo adquirido, sobre el peso de la biología y el medio ambiente en la inteligencia y los comportamientos humanos debe ser superado hoy, en particular por el advenimiento de la epigenética. Rechazar este adelanto es arriesgarse a resucitar los debates que llevaron a los extravíos del siglo XX.

En el último párrafo de su texto, Robert Plomin también advierte sobre las implicaciones éticas de este tipo de investigaciones.

“Los problemas de discriminación y estigmatización han acompañado las investigaciones sobre la genética de la inteligencia desde el principio, principalmente porque los descubrimientos en este campo han servido para justificar las medidas que sirvieron a las ideologías sociopolíticas”.

Ante este debate, debemos tener en cuenta que la instrumentalización de la ciencia con fines políticos siempre es sospechosa. El uso de cifras definitivas y "ostentosas", el reduccionismo, las opiniones definidas a menudo ocultan una realidad mucho más compleja que debe reconocerse para permitir un debate en condiciones democráticas. Nunca olvidemos que, como médicos, investigadores, científicos, nuestra misión es informar honestamente al debate público sin difundir visiones falsas o simplistas.

Más que nunca, la medicina necesita la contribución de la genética para lograr grandes avances —incluso en enfermedades neuropsiquiátricas—, para mejorar la comprensión de las discapacidades intelectuales y permitir una emancipación progresiva del ser humano. Esperemos que este regreso de un debate arcaico no incremente la desconfianza que se le tiene a la genética.

 

Boris Chaumette
Psiquiatra y neurobiólogo de la Universidad de McGill.

Este artículo apareció originalmente en francés en The Conversation. Traducción de Eugenia Rodríguez.


1 Ácido ribonucleico que se encuentra en las células y transmite la información genética del núcleo al citoplasma. [Nota del traductor]