La reflexión sobre el propio cuerpo implica también pensar en todo aquello que de éste nos resulta extraño: sea por accidente, por degeneración o para salvar la propia vida. Este texto recorre las ideas que de esto tienen los filósofos Jean-Luc Nancy y Catherine Malabou.

A principios de los noventa, en medio de la que sería una larga batalla contra el cáncer, el filósofo francés Jean-Luc Nancy (1940) fue sometido a un trasplante de corazón. Recibió de un extraño al que nunca conoció un órgano diez años más joven que el suyo con el que supuestamente podría continuar su vida. Tiempo después de la intervención Nancy publica L’Intrus (El intruso), un ensayo en el que medita sobre su experiencia, guiado por una pregunta tan aparentemente simple como fundamental: ¿Quién soy “yo” si (sobre)vivo a través del corazón de otro?

Ilustración: Oldemar González

La aventura, como Nancy la llama en más de una ocasión, no tiene principio. O al menos no uno que él pueda localizar. La única causa medianamente lógica de la que puede tirar es un palpitar diferente, unos quiebres en el ritmo de las pulsaciones. Nada más. El momento inaugural de la escisión que termina por volver obsoleto su corazón es ilocalizable. Después de esas tímidas primeras llamadas de atención, la aventura adquiere un rostro: el del intruso. Un extraño que se introduce en su cuerpo a la fuerza, sin “derecho de entrada” ni de “residencia”. Perturba su intimidad sin previo aviso, sometiendo a debate la reputación del órgano con mayor peso en el mapa corporal. No hay que olvidar, apunta Nancy, que el corazón es el tejido encargado de bombear la sangre y mantener vivo al organismo, pero, por encima de la descripción biológica, es también el sostén de una compleja cartografía sentimental que a lo largo de la historia ha imaginado que en ese músculo fibroso reside algo de lo que algunos llaman esencia y los más espirituales, alma.

Para Nancy el mayor problema de la intervención no reside en la ardua recuperación física que sobreviene una operación de este calibre, y que él debe de sortear de manera casi simultánea con el desarrollo de un complicado linfoma, sino en el ajuste de cuentas consigo mismo. El trasplante significa el inicio de un episodio biográfico en el que  no se reconoce como la misma persona. “No es que me hayan abierto, hendido, para cambiarme el corazón. Es que la hendidura no puede volver a cerrarse.  (Cada radiografía lo muestra, el esternón se cose con ganchos de hilos de acero retorcidos). Estoy abierto cerrado”. La mirada que regresa el espejo parece pertenecer a la de alguien más. La relación del filósofo consigo mismo “se convierte en un problema, una dificultad o una opacidad: se da a través del mal o del miedo, ya no hay nada inmediato, y las mediaciones cansan.”

El  tema de la mediación le permite a Nancy pasar de la mera anécdota a la reflexión filosófica: busca comprender la brecha que se abre entre su “yo” y su cuerpo. La ráfaga de preguntas no se hace esperar. ¿Cómo mediar con un cuerpo que se mantiene vivo gracias a un intruso? ¿Cómo acoger al corazón de otro dentro de mí? ¿Cómo dar sentido a una existencia cuya unidad reside en la división, en la discordia de dos cuerpos que no son uno mismo? Fiel al estilo huidizo, caso esquivo que permea toda su obra, Nancy se resiste a dar respuestas definitivas. No hay un punto final en la experiencia de extrañamiento permanente e irreversible que vive desde su trasplante. La vida, dice el filósofo, tendrá que residir ya no en los órganos ni en la razón que intenta dotarlos de un significado particular, sino en la mediación entre ambos. Relación inestable y voluble entre un cuerpo y un “yo” que no siempre son una misma persona. El intruso, concluirá Nancy, “no es otro que yo mismo”, ese “intruso en el mundo tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno.”

De la experiencia radical de la alteridad, de la hendidura entre el sujeto, el cuerpo y la identidad versa también uno de los últimos textos traducidos al español de la filósofa francesa Catherine Malabou (1959), Ontologie de l’accident: Essai sur la plasticité destructrice (Ontología del accidente. Ensayos sobre la plasticidad destructiva). Un trabajo breve, como el de Nancy, que también nace de una experiencia personal. Se trata del desarrollo de la enfermedad del Alzheimer que sufre la abuela de Malabou y que lleva a la filósofa a reflexionar en torno a diversos “accidentes”, como ella los llama, que incluyen la pérdida de la propia memoria, los trastornos afectivos de pacientes afectados por lesiones cerebrales, así como las cicatrices emocionales y físicas causadas por desastres naturales o catástrofes políticas. Malabou, como Nancy, insiste en problematizar la idea del sujeto comúnmente asumida como una entidad fija e inmutable, por un lado y por el otro, lucha por concederle un lugar intelectual a quienes por razones azarosas e inexplicables han sufrido una transformación identitaria intempestiva e irreversible.

Si se sigue el orden habitual de las cosas, afirma Malabou, una vida se desarrolla como el curso de un río. Las mutaciones corporales y psíquicas que se dan a lo largo del tiempo se integran al desenvolvimiento natural de una biografía. Son meras variaciones graduales que permiten reforzar los pilares de una identidad. Aquello que llamamos “yo” difícilmente se altera durante las metamorfosis. Sólo en situaciones excepcionales, en accidentes desprovistos de toda significación, “el camino se divide y una persona nueva, sin precedentes, llega a vivir con la persona anterior, hasta finalmente ocupar toda la habitación.” El personaje irreconocible que nace de esa violenta desgarradura no viene de ningún pasado, apunta la filósofa, no es el inconsciente freudiano, ni un conflicto infantil no resuelto. Se trata de un quiebre impetuoso en la identidad, sin referentes, que inaugura un estado de emergencia profundo y definitivo. Un impacto avasallador que destruye los lazos que atan al sujeto a sí mismo y a los demás.

Para Malabou, como también a su modo para Nancy, todos podemos perder la identidad, aunque sea por accidente. En el instante menos pensado, sugiere Malabou, podemos “convertirnos en otra persona, en un absoluto otro, alguien que nunca se reconciliará consigo mismo de nuevo, alguien que será esta forma de nosotros sin redención o expiación, sin últimos deseos, esta maldita forma, fuera del tiempo.” Entre los varios ejemplos estudiados en el texto me interesa el del escritor catalán Antoni Casas Ros quien sufrió un accidente automovilístico que le desfiguró la cara a los veinte años. Como el autor lo relata en su novela El teorema de Almodóvar (2008), las causas del evento son casi estúpidas: un pájaro distrae su mirada. Inmediatamente después pierde el control del coche y se estampa. Su compañero, sentado en el asiento del copiloto, muere en el acto. Él sobrevive, aunque una parte suya fallece en ese instante. Antoni pierde su rostro y con él la oportunidad de llevar una vida normal. El catalán cuenta que ni la cirugía reconstructiva más avanzada a la que ha sido sometido en múltiples ocasiones ha logrado desvanecer el “rostro cubista” que se apropió de su fisonomía después del choque. “Soy una fotografía borrosa, una que podría recordar a una cara”, dice el escritor que en contadas veces se deja ver en público, portando siempre un pasamontañas. “El único otro que existe en esta circunstancia -señala Malabou- es ser otro para el yo”. Un extraño para uno mismo. O un intruso.

Si Nancy aborda la pregunta por la vida desde la relación del “yo” y el cuerpo problematizando la mediación entre estas esferas, Malabou lo hace desde la idea de la plasticidad de la identidad. En su acepción más sencilla, dice la filósofa, la palabra plasticidad refiere a una capacidad doble de dar y de recibir forma, como al momento de moldear una figura en arcilla.

En el arte, la ciencia y la medicina, la doble capacidad de donación y recepción de la plasticidad se piensa casi siempre como un fenómeno positivo. La identidad de un artista le concede una forma particular a su creación. También se dice que las instituciones educativas esculpen algunos de los rasgos identitarios en los individuos que forman parte de ellas. Incluso en términos más materiales, la cirugía estética transforma la fisionomía de un cuerpo para brindar salud o placer. No obstante, dice Malabou, existe una tercera acepción de la palabra que exige pensar la plasticidad  negativamente, como un evento más cercano al material explosivo que a la plastilina. Es ahí donde la filósofa localiza los casos de accidentes como el Alzheimer, la afasia y la desfiguración facial, entre otros. Identidades cuya forma es violentamente destruida por un evento ajeno a sí mismas. Según Malabou pensar en esta dimensión de la plasticidad permite renunciar al tradicional binarismo de tintes esencialistas que distingue entre lo normal y lo patológico. Meditar en torno a eso que llamamos “yo” como algo fundamentalmente plástico, no sólo en términos positivos, sino también en su compleja negatividad es esencial para una comprensión plural y transformadora de esos otros cuerpos, de esas otras biografías que fortuitamente y sin explicación han dejado de ser quienes habían sido.

En El intruso y en Ontología del accidente subyace una pregunta compartida: ¿Cómo ser “yo” cuando “otro” se ha instalado en mí? ¿Cómo sortear el movimiento frenético de disociación entre mi “yo”, supuestamente estable, continuo, transparente, y el “otro”, que se ha asentado a la fuerza en el propio cuerpo? Las respuestas de Nancy y Malabou  recuerdan que la frontera entre el “yo” y el “no-yo” es mucho más porosa de lo que se suele pensar. El trabajo por venir es el de colocarnos en ese borde inestable y pensar, desde ahí, a los cuerpos trasgredidos y accidentados que por mucho tiempo han sido excluidos de nuestro paisaje social.

 

Ainhoa Suárez
Estudia el doctorado en Filosofía en la Universidad de Kingston.

Bibliografía
Casas, Ros Antoni, El teorema de Almodóvar, trad. Javier Albiñana (Barcelona: Seix Barral, 2008).
Malabou, Catherine, Ontología del accidente. Ensayos sobre la plasticidad destructiva, trad. Cristóbal Durán (Santiago de Chile: Pólvora Editorial, 2018).
Nancy, Jean-Luc, El intruso, trad. Margarita Martínez (Buenos Aires: Amorrortu, 2006).