El activismo de quienes han sido diagnosticados con etiquetas psiquiátricas ha creado un movimiento reconocible en varias partes del mundo. La autora recupera las experiencias de España y Chile, según las narra Javier Erro, para plantear ideas y preguntas sobre estos movimientos en primera persona.
El derecho a hablar en primera persona no ha estado bien distribuido en la modernidad. Para todos aquellos colectivos que no son de hombres blancos y burgueses, la posibilidad de autodefinirse ha llevado más tiempo e incluso ha sufrido retrocesos. Es el caso de las mujeres, los pobres, las personas de color, y también las personas con sufrimiento psíquico. Hoy es fundamental establecer desde dónde se habla, por qué, para qué y hacerlo siempre con una postura política vigilante de no usurpar experiencias y espacios que no le pertenecen a uno. Como se dice en el feminismo: se trata de situarse claramente, de exponer el lugar concreto desde el que se habla y de estar dispuesta a recibir todos los comentarios y críticas en respuesta a lo que se dice.

Ilustración: Estelí Meza
Esta es la propuesta que enmarca el libro Pájaros en la cabeza. Activismo en salud mental desde España y Chile (Virus, 2021), de Javier Erro. Y también la mía, pues escribo este comentario como feminista que se dedica a la sociología de la salud y la discapacidad psíquica. Quiero comenzar exponiendo que este es un libro informativo y formativo: lo primero, porque reconstruye la historia de estos movimientos en ambos países desde su emergencia tras las dictaduras en cada país; lo segundo, porque plantea reflexiones fundamentales en torno al activismo en primera persona, el paradigma biomédico de la salud mental y su noción individualizante de enfermedad mental, las condiciones de los servicios de salud, las deficiencias de los tratamientos ofrecidos por los profesionales psi y la emergencia de la voz de las personas que experimentan sufrimiento psíquico. El texto rehúye los lugares comunes y las salidas fáciles para centrarse en las tensiones que se producen entre la sociedad y las personas, las respuestas institucionalizadas y la autogestión, la ayuda comunitaria y la responsabilidad propia, la familia como lugar de cuidado pero también de autoritarismo o la medicina como práctica terapéutica y al mismo tiempo como justificación de la violencia. El autor evita las dicotomías, las críticas totalizadoras y las respuestas románticas, y en su lugar nos plantea preguntas que debemos hacernos una y otra vez, llegando a conclusiones que sólo pueden ser temporales pues están ligadas a contextos históricos y culturales específicos.
En este libro, Javier Erro, psicólogo y activista social, aborda los activismos en primera persona en el campo de la discapacidad psicosocial en España y Chile. Parte de la noción de “cultura de la salud mental”, definida como conjunto de ideas y prácticas hegemónicas sobre la salud y enfermedad mental, para ahondar en las características específicas que ésta ha adquirido en el neoliberalismo. Un breve recuento histórico de la emergencia y desarrollo de la psiquiatría explica cómo esta rama de la medicina expande su monopolio sobre el fenómeno del sufrimiento psíquico, así como la construcción del concepto de enfermedad mental biologicista, la noción del enfermo mental y el predominio de tratamientos medicamentosos. Frente a ello, nos cuenta el autor, aparecieron posicionamientos críticos —como la antipsiquiatría, la psicología comunitaria, la contrapsicología— en el contexto de las dictaduras española y chilena. La aportación fundamental del texto es la recuperación de las voces de los activistas en primera persona y su relevancia en el movimiento contemporáneo. Mediante entrevistas, el autor reconstruye sus experiencias, acciones políticas y prácticas autogestivas, y de ayuda mutua dirigidas a la despatologización de sus experiencias.
Entre las reflexiones que me parecen más relevantes está aquella sobre el rol del lenguaje como un sistema que permite la opresión pero que también hace posible construir formas de liberación. Los colectivos que no cuentan con sus propios conceptos para definirse suelen ser explicados por otros, de ahí la importancia de los activismos en primera persona. La construcción de un lenguaje propio que permite autodefinirse es un trabajo arduo; en su comienzo los activismos suelen tomar prestado de otros movimientos sociales pasando luego a construir sus propios conceptos.
Las dificultades y grandes logros del recorrido que propone el libro son también parte de la historia del activismo por la salud mental en primera persona en España y Chile. Tal como nos muestra Erro, construir este lenguaje ha implicado mucho esfuerzo: contar con nuevos conceptos que expliquen mejor lo que se vive, generar espacios en donde las palabras realmente tengan resonancia y construir el autoestima para poder elegir, de entre todas las palabras, aquellas que más convencen al colectivo. Hablar con voz propia es un ejercicio dificilísimo que obliga romper con las hegemonías de cuerdismo, sexismo, clasismo, racismo, entre otras. Esto se expresa en las entrevistas a mujeres y hombres activistas que aparecen en el texto. Al mismo tiempo, los testimonios en primera persona muestran lo que se comparte, pero también las diferencias; ello nos obliga a descartar la idea de que todas las personas con discapacidad psicosocial sean iguales o que pueden ser totalmente definidas a través de sus diagnósticos. Reconocer la multiplicidad de las voces implica retos, pues hace al activismo más complicado, pero también mucho más rico.
Además del lenguaje, el autor hace énfasis en otras dimensiones sociales que producen el sufrimiento emocional. La falta de empleo, de perspectivas o de apoyos son caldos de cultivo que influyen en la aparición de discapacidades psicosociales; pero, como nos recuerda Erro, el hecho de que estas presiones se experimenten de manera personal enmascara su naturaleza colectiva y crea un concepto de enfermedad mental biologicista cuyo tratamiento está centrado en el individuo y su mejoría. Se vuelve entonces muy complicado ver el peso de lo colectivo. Como cuentan los entrevistados, esto resulta en el aislamiento, la soledad, la sensación de fracaso y de incomprensión.
A su vez, la individualización permite el uso de la violencia. Esta aparece de muchas maneras: violencia al no escuchar cuando se expresa que los tratamientos no producen mejoría, cuando se reducen todas las expresiones de una persona a un diagnóstico, cuando se cortan de tajo todas las posibilidades de vida profesional, sentimental y familiar. Y, de manera aún más directa, la violencia ejercida como parte de un “tratamiento”: medicamentos excesivos, restricciones físicas, internamientos y esterilizaciones forzadas. Los dispositivos médico-psiquiátricos actúan sobre cada individuo particular, lo cual supone una relación profundamente inequitativa de poder. En el contexto de las dictaduras de España y Chile, si bien estos regímenes se ensañaron con miles, fue posible ejercer mayor violencia con los grupos a quienes históricamente se les ha negado el derecho a decidir.
No sorprende que, en un libro sobre activismo para la salud mental, el tema de la violencia tenga un papel central. Pero lo que sí es importante destacar del libro de Erro es el reconocimiento que se hace a la violencia de género como condición específica que vivimos las mujeres y que incide fuertemente en el sufrimiento psíquico que tanto se le ha achacado a nuestras hormonas. El peso de las violencias simbólicas, económicas, físicas, sexuales y del trauma que producen es reconocido en este libro, tal como lo expresan los testimonios que afirman que “no es lo mismo ser loco que loca”. En las mujeres se reúnen dos formas de convertirse en objeto del poder. No es que se trate de una competencia de quién ha sufrido más, sino de entender las formas particulares que presionan a las personas al sufrimiento psíquico y de construir alternativas y grupos en donde éstas se puedan expresar. Al género tendremos que sumar reflexiones sobre cómo afectan la raza, la etnia, la clase, entre otras.
Las similitudes que se establecen entre las luchas de las mujeres y los activismos alrededor de la salud mental son muy sugerentes, pues son colectivos a los que sistemáticamente se les niega la inteligencia y el derecho a decidir sobre sus propias vidas. Además, compartimos en nuestros movimientos ideas sobre la importancia del apoyo solidario, de las emociones, del cuidado y el autocuidado como formas de hacer política. El “feminismo loco” plantea un lugar potente para una crítica profunda a las formas actuales, desarticuladas y deshumanizantes, de la organización social. Pero también, retomando la experiencia del feminismo radical —y aquí vale la pena volver a leer el artículo “La tiranía de la falta de estructuras”, de la feminista estadounidense Jo Freeman—, es necesario hacer hincapié en algunos elementos planteados en los testimonios y remarcados por el autor; específicamente, el agotamiento al que puede llevar el trabajo en los grupos de apoyo y el actuar político que acapara la vida entera y exige demasiadas acciones, sumado al cuidado de los demás activistas. De ahí la tensión que existe en los movimientos sociales entre la horizontalidad total y la creación de ciertas normas y andamiajes que faciliten el activismo.
Las organizaciones en lucha siempre tienen que navegar entre las ventajas que implica la institucionalización y el peligro de perder su carácter crítico. Por ello, en el activismo alrededor de la salud mental es vital la propuesta contenida en el concepto de apoyo mutuo, mismo que plantea la construcción de personas que son cuidadas, pero también cuidadoras. Las experiencias plasmadas en este libro con respecto a cómo superar el individualismo y pensar en colectivo abren un reto, pues llaman a estar con los demás al mismo tiempo que se establecen límites y reglas que permitan el descanso y el cuidado propio. Este es un problema fundamental para evitar que se desarticulen los activismos, situación que suele ocurrir con frecuencia.
Quiero terminar con dos ideas fundamentales, la primera es la de “politizar el dolor”, aportación de una de las personas entrevistadas por el autor. Son tres palabras poderosas que juntas dan cuenta de un proyecto en el que las personas se hacen cargo de sus propias situaciones, pero reconocen en ellas la influencia de lo social y, por tanto, el derecho a exigir condiciones de vida y de trato igualitarias. La segunda aparece en las conclusiones. Javier Erro nos recuerda que parte del sufrimiento psíquico puede no tener una explicación. Al final, la experiencia de la vida es demasiado profunda como para ser comprendida en su totalidad y las personas tenemos derecho a decidir a qué queremos dar significado. En ello el autor encuentra un espacio importante para la construcción de la libertad, que es, a final de cuentas, el objetivo más importante de este libro.
Teresa Ordorika
Socióloga. Investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM