Cada vez se habla más de la soledad como un problema de salud pública mundial. Entre investigaciones para encontrar los efectos de la soledad en la salud física y una pastilla para curar este sentimiento, la discusión es muy sintomática de nuestra era.

En un mundo que crece incansablemente, a 250 personas por minuto y que mantiene a la humanidad conectada a través de un simple dispositivo móvil, hablar de soledad parece una contradicción. Y sin embargo, todos alguna vez nos hemos sentido solos y las cifras indican que esto va en aumento.

Ilustración: David Peón

Como si la soledad no fuera lo suficientemente absurda para los individuos de una especie social por naturaleza, aquellos que se identifican con esta condición llevan las de perder: la evidencia muestra que un individuo solitario tiende a hacer que los demás deseen compartir menos tiempo con él. Sumado a esto, se ha asociado la soledad con una mayor incidencia de enfermedades cardiovasculares, alcoholismo, suicidio, un sistema inmune comprometido, padecimientos relacionados con el estrés y mayor riesgo de desarrollar demencia en la edad adulta.

La lógica sería que a más edad, tuviéramos a más conocidos acumulados en el camino y, por lo tanto, un círculo social extenso. Pero el panorama no mejora conforme nos volvemos mayores. Al menos en el Reino Unido, una región particularmente abocada a discutir y atajar los problemas de salud mental de su población, una de cada cuatro personas mayores de 65 años se identifica con dicho estado. Pero esto también afecta a la juventud: un estudio conducido por la BBC en 2018 mostró que el 40% de jóvenes entre 16 y 24 años se identifica con la soledad.

Aunque ha sido entendida como el estado de estar solo, la soledad tiene múltiples acepciones. Una de las más útiles para entender la complejidad de este estado es que se trata de la percepción de estar solo y aislado. A pesar de que estemos rodeados de personas este estado mental se asocia con relaciones sociales deficientes, las cuales se traducen en sentimientos subjetivos negativos.

Una de las muchas preguntas que se hicieron un par de investigadores basados en Estados Unidos fue si el privarnos de dormir hace que nos sintamos solos y que seamos menos sociales, un fenómeno del que se conoce poco.

Hubiera sido irónico que los investigadores en cuestión pertenecieran a alguna universidad de la “ciudad que nunca duerme”, Nueva York. Sin embargo, desde su ubicación en California, los autores de este trabajo publicado en 2018 en Nature Communications -la versión de libre acceso de la revista Nature- demostraron que, tanto la falta de sueño, como una reducción en la calidad del mismo, llevan a que los individuos se retraigan de la sociedad y sean solitarios. Es decir que si en general dormimos poco preferimos alejarnos de las personas; incluso tras una única noche de vigilia. Esto probablemente se deba a que pocas horas de sueño llevan a que nuestro cerebro se muestre hipersensible a las personas, lo que dispara una señal de repulsión.

Por otro lado, el aislamiento no siempre surge del individuo en cuestión. Los investigadores observaron que cuando identificamos falta de sueño en alguien lo interpretamos como una persona solitaria y preferimos no socializar con ellos incluso sin que sepamos de viva voz que efectivamente no tuvieron una buena noche.

Además de proponer que más adelante se analice la relación entre la soledad y el sueño en las personas mayores, los investigadores también invitan a la comunidad científica a analizar si presentar un estado solitario en los primeros años de vida podría ser un predictor de que el estado se perpetúe en la adolescencia.

En años recientes y gracias al poder tecnológico que permite analizar un gran volumen de muestras genéticas provenientes de muchas personas en Reino Unido, se han conducido estudios que han demostrado que hay un componente hereditario en la soledad. Hay regiones en el ADN relacionadas con dicho estado y con la depresión que también se han asociado con la obesidad. Es decir que la soledad acarrea problemas de salud pero aún hay que investigarlos.

De la descripción y el estudio vendrá el cuidado. Los psicólogos y psiquiatras ya hablan de que la soledad merece recibir un reconocimiento clínico, tal como lo tienen la depresión o la ansiedad. De hecho, un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago se encuentran probando la eficacia de tratar con un medicamento, la pregnenolona –una hormona que aumenta la generación de neuronas en el hipocampo– a las personas solitarias, atajando específicamente la ansiedad que les causa la vida social. Algunos ya lo llaman “la píldora contra la soledad” y, aunque el estudio aún se encuentra en fase de análisis, de resultar positivo seguramente reafirmará su mote.

La búsqueda por “curar” la soledad no es nueva. En los últimos veinte años se han planteado estrategias que hacen uso de la oxitocina, la hormona liberada por las madres al amamantar, con el propósito de generar sensaciones de lazo. Cabe destacar que, si bien la oxitocina ha dado resultados, hay un acalorado debate que distingue un desorden psicosocial de rachas difíciles, normales, en nuestra vida. De ahí también la relevancia de una nomenclatura clínica para su diagnóstico y tratamiento.

Otra alternativa propuesta para atajar los efectos de la soledad ha sido la meditación. Además de que se ha visto que un ejercicio constante de meditación genera cambios a nivel de procesos celulares que abonan al mantenimiento de la salud, esta práctica tiene como propósito alcanzar una conciencia plena, también llamada estado de mindfulness. La idea es enfocar el total de la atención al presente, en lo que sentimos y hacemos al estar solos y acompañados. Algunos estudiosos han probado esta técnica en personas identificadas con la soledad, y después de sesiones establecidas en cierto periodo de tiempo, se ha visto que los individuos intervenidos transforman su percepción de vida social por una más conciliadora.

Lo interesante de la meditación es que finalmente se trata una actividad personal e individual. Por mucho que estemos en un grupo, rodeados de personas, la experiencia es solitaria. Si lo vemos con realismo: aun en un mundo con más de 7 mil millones de personas en el planeta, siempre podemos estar solos. Probablemente, más que sabernos solos, lo relevante sea cómo lidiamos con esta percepción.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

 

Referencias:

Clyde, D. (2018), “The genetics of loneliness”, Nature Reviews Genetics, 19, 532-533.

Entis, L. (2019, “Scientists are working on a pill for loneliness”, The Guardian. (Revisado febrero 2019)

Heath Hearn, J. & Finnlay, K. (2018), “Internet-delivered mindfulness for people with depression and chronic pain followinf spinal cord injury: a randomized controlled feasibility trial”. Spinal Cord, 56, 750-761.

Simon, E. & Walker, M. (2018), “Sleep loss causes social withdrawal and loneliness”. Nature communications, 9, 3146.

Simmons-Carnegie Mellon, A. (2019), “Mindfulness training app cuts loneliness and isolation”, Futurity. [En línea] (Revisado febrero 2019).

Tiwari, S. (2013), “Loneliness: a disease?”, Indian Journal of Psychiatry, 55(4), 320-322.