Los prejuicios sobre el cuerpo judío tuvieron enormes consecuencias en la marginalización de esta población. En el siglo XIX el “pie plano” impidió a miles de judíos, sobre todo al este de Europa, obtener una nacionalidad. Esta nota expone algunos de los mecanismos con los que los estereotipos crean realidades.

La historia familiar que Claudio Lomnitz cuenta en su reciente Nuestra América mezcla la biografía itinerante de sus integrantes con la rica y complicada historia del siglo XX europeo. El viaje de la familia Adler que empieza en Nova Suliza, la franja de asentamiento judío al oeste de Rusia, y que termina con su descendencia en México ve pasar la revolución rusa, las chispas del socialismo sudamericano, el nazismo y la creación del Estado de Israel. A todas las estampas del relato las atraviesa el antisemitismo punzante, sus variedades, complejidades y crueldad. Y también algunas de sus réplicas más acabadas.

Fotografía de Helen Simonsson, bajo licencia de Creative Commons.

Una de las fotografías que rescata Lomnitz para contar esta historia muestra a su abuelo Misha Adler de 12 años posando frente a la cámara con una vestimenta militar. Asistía a un Gymnasium judío cuya finalidad era educar a los jóvenes estudiantes tanto en lo intelectual como en lo físico. Esta institución en concreto se basaba en el movimiento sionista-socialista Hashomer Hatzair fundado en 1913 y se conectaba con la filosofía por un “judaísmo musculoso” del austro-húngaro Max Nordau quien, decidido a desbancar los prejuicios asociados a la “raza” judía, proponía entrenar a los miembros de la comunidad en el atletismo y la resistencia. La propuesta reaccionaba al viejo prejuicio del cuerpo judío débil y enfermizo.

La historia de la obsesión con las supuestas diferencias físicas de los judíos es larguísima y muy reveladora de la forma en que normalizamos los estereotipos. Ya desde el siglo XIII, explica Klaus Hoedl, la nariz judía era un marcador. Se asociaba con una forma de hablar particular que denotaba extranjería y sugería, además, feminidad. Más tarde, ciertas ideas sobre la estatura y el largo de los brazos también se volvieron evidencia de la “falta de masculinidad” de los judíos, lo cual se demostraba, a su vez, en la propensión que tenían a la histeria y otras enfermedades de los nervios.1

Que la composición física de los judíos fuera distinta explicaba que ciertas enfermedades se manifestaran con mayor recurrencia entre ellos y su descendencia. Padecían hemorroides, sífilis y diabetes –de hecho conocida en el siglo XIX como “la enfermedad judía”, producto de un sistema nervioso precario, pero en algunas versiones también asociado a la riqueza y cultura de los judíos–,2 pero sobre todo se les relacionaba con problemas para caminar: la claudicación intermitente les daba dolores en las piernas y el pie plano les imposibilitaba andar largas distancias.

Estas nociones sobre el pie plano, fundadas en una idea medieval que encontraba un parecido entre los judíos y el demonio con pies de cabra, fueron increíblemente determinantes para la comunidad judía europea. En principio los imposibilitaba a participar en los ejércitos, la piedra fundante del Estado moderno, lo que fácilmente devino en el argumento de que no podían ser ciudadanos en regla.

Esta lógica se perpetuó sobre todo en Europa oriental no sólo impidiendo a los judíos de esta zona participar de la expansión de los derechos ciudadanos, sino con consecuencias terribles al momento de querer salvaguardar su vida frente a la amenaza nazi y no poder viajar sencillamente por la carencia de un pasaporte.

Mientras tanto, y por el influjo de la Ilustración, en aquellos países que normalizaron a su población judía más temprano, el ejército jugó un rol importante. En el imperio austro-húngaro, en donde la debilidad de los pies judíos se había teorizado por lo menos desde los escritos etnográficos de Joseph Rohrer en 1804, la participación en el ejército se volvió imprescindible para el proceso de aculturación. En mi familia -como lo retoma Pablo Rodríguez en este ensayo- durante mucho tiempo se dijo que mi bisabuelo Bertand Woog Braunschweig nacido en Suiza pudo llegar a México gracias a la nacionalidad francesa que le otorgó este país tras su participación en el ejército durante la Primera guerra mundial. (En indagaciones recientes, empero, hemos descubierto que la nacionalidad en este caso parece haber tenido más que ver con la división territorial tras la Guerra franco-prusiana que con Suiza, que otorgó a los judíos plenos derechos en 1876).

Por otro lado, parece ser que entre los judíos efectivamente había cierta resistencia a participar en la milicia. Hoedl explica que el antisemitismo de los ejércitos y la dificultad de observar ciertos rituales religiosos en campaña hacía el panorama poco alentador. Se escondían en bosques y hubo quienes incluso se auto mutilaban las extremidades para no tener que participar. Esto llevó a que más tarde se diferenciara entre judíos ortodoxos que querían observar su religión, y los no ortodoxos, sin realmente combatir el prejuicio étnico.3

La medicina le hizo el juego a estas ideas y bajo su égida decimonónica se llevaron a cabo incontables estudios y experimentos para demostrar científicamente los problemas del cuerpo judío, muchas veces a manos de médicos judíos. Cuenta el historiador Sander Gilman que ha estudiado el tema largamente que, entre las ganas de encontrar una posible correctibilidad e influidos por la intuición y esperanza de que la diferencia no fuera genética sino producto de cuestiones sociales, la diferenciación entre “tipos de judíos” no tardó en llegar. Algunas de estas conclusiones exacerbaron la espiral discriminatoria entre askenazis. Así, entonces, los de Europa del este estaban definitivamente peor por su dependencia al tabaquismo.4

Una breve muestra del alcance que tiene nuestro miedo y obsesión con la diferencia.

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de Nexos en línea.


1 Klaus Hoedl, “Physical Characteristics of the Jews”, Journal of Jewish Studies, Central European University (1999-2001).

2 Arleen Marcia Tuchman, “Diabetes and race. A Historical Perspective”, American Journal of Public Health, (enero 2011).

3 Hoedl, op. cit.

4  Sander L. Gilman, “The jewish body: a footnote”, Bulletin of the History of Medicine, Vol. 64, No. 4 (invierno 1990), pp. 588-602.