En abril se celebra un enorme acontecimiento en la comprensión de la especie humana. La conmemoración del descubrimiento de la estructura del ADN es también el mes de aniversario luctuoso de quien registró por primera vez la forma helicoidal de la molécula y no fue reconocida por ello: Rosalind Franklin.

El mismo día que James Watson y Francis Crick publicaron en Nature el artículo que los haría acreedores del Nobel de Medicina o Fisiología en 1962, Rosalind Franklin y Maurice Wilkins hicieron lo propio, de manera independiente, en la misma edición. Mientras que el artículo de Watson y Crick, de tan sólo 482 palabras y poco más de una cuartilla de extensión describe la estructura del ADN, el de Franklin y Wilkins aporta la evidencia experimental que refuerza la descripción. El premio Nobel fue otorgado nueve años después sólo a los tres caballeros.

La distinción más prestigiosa del mundo científico cuenta con sus propias reglas. Éstas incluyen que el premio se puede otorgar simultáneamente a un máximo de tres personas y que los galardonados deben estar vivos al momento del anuncio. De ahí que Franklin no fuera merecedora: falleció pocos días antes de que se cumplieran cinco años de la publicación de uno de los artículos más famosos de la biología reciente, el 16 de abril de 1958. De todas formas, siempre existirá la duda de, si de haber estado viva, se lo hubieran otorgado a la única mujer del grupo.

Ilustración: Oldemar González

El contexto de lo que sucedió entre los cuatro científicos previo a la publicación de sus artículos, en 1953, da luz a la respuesta. Rosalind Franklin nació en 1920 en Londres. Su padre era poco partidario de que las mujeres asistieran a la universidad, pero a la edad de 15 años ella tenía claro que sería científica. Fueron las mujeres de su familia las que la apoyaron para que lograra obtener el grado de doctora de química física por Cambridge.

Fue durante una estancia en Francia a finales de los años cuarenta que aprendió la técnica de la cristalografía. Ésta se utiliza para conocer el orden de los átomos de las moléculas que se colocan expresamente dentro de estructuras sólidas o cristales. Dichas formas sólidas, que contienen a la molécula en cuestión, son bombardeadas con rayos de luz que permiten dilucidar el acomodo de las partículas que conforman al objeto de estudio. Un ejemplo humano equivalente sería el bombardeo de rayos de luz cuando nos asoleamos sobre un camastro. De la emisión de luz es posible obtener fotografías: ya sea si las imprimimos en nuestra Polaroid en un día al aire libre, o por algún tipo específico de rayo de luz en el laboratorio. Franklin se especializó específicamente en la cristalografía de rayos X.

A inicios de la década siguiente, en 1951, Rosalind volvió a Inglaterra, donde comenzó a trabajar en el King’s College de Londres. Se unió al equipo donde trabajaba Maurice Wilkins, quien para entonces ya llevaba algunos años enfocado en investigar la estructura del ADN. Originalmente, Franklin trabajaría en descifrar la estructura de proteínas y lípidos, pero fue su jefe, John Randall, quien decidió que se dedicaría al estudio de la molécula más importante de la vida, pues conocer su conformación, la gran incógnita del momento, daba valor académico al laboratorio.

El trabajo de Rosalind Franklin en el King’s College fue accidentado. Tanto ella como Wilkins tenían al ADN como objeto de estudio y, a pesar de que esto podía representar una suma de esfuerzos, los científicos tuvieron una serie de diferencias académicas que desembocaron en lo personal, por lo que les fue difícil compartir el desempeño de sus labores.

Franklin, junto con el estudiante de doctorado Raymond Gosling, trabajó de forma incansable en la cristalografía de rayos X del ADN. Ningún otro científico había podido obtener imágenes que permitieran dilucidar la estructura de la molécula de forma precisa. Fue la experiencia adquirida en los años en Francia y su perseverancia, lo que le permitieron modificar una y otra vez las variables de estudio hasta obtener resultados satisfactorios y promisorios. Una de las estrategias que utilizó fue la hidratación de la molécula, un movimiento que parecería trivial, pero que resultó muy hábil: si el ADN de las células se encuentra en contacto con moléculas de agua de manera natural, su conformación se verá modificada dependiendo de su relación con ellas —en presencia o ausencia—.

Gosling tomaba fotografías bajo la tutela de Franklin. Una a una, analizaron la conformación de lo que iba pareciendo una molécula conformada por dos hélices. Cuando obtuvieron la fotografía número 51, la forma parecía clara: dos hélices construidas por fosfatos en el exterior, y azúcares al interior, que se unen en pares siempre iguales y se acomodan a lo largo de forma azarosa.

El número de la fotografía más clara coincidía con el año en que Rosalind presentó sus resultados en el King’s College. Sin embargo, la conformación de la molécula hidratada y la que no estaba en contacto con moléculas de agua la hacía dudar. Fue a inicios del 53 cuando la evidencia la convenció de que sin importar el ambiente, la estructura de la molécula es helicoidal.

Era una carrera a contrarreloj: los laboratorios de todo el mundo trabajaban para lograr la descripción de la forma del ADN. Tanto Wilkins como Randall mantuvieron una relación cercana con Watson y Crick. En uno de los viajes de Watson a Londres, Wilkins le mostró la fotografía 51 que había tomado del escritorio de la científica sin su consentimiento.

El científico de origen estadounidense volvió a Cambridge con la información necesaria para reacomodar el modelo que él y su colega llevaban tiempo construyendo de manera errónea. Cuenta la leyenda que fue enThe Eagle, el pub frecuentado por Watson y Crick en Cambridge en donde éste último anunció que habían hallado el secreto de la vida.

La historia de la descripción de la estructura del ADN es injusta en muchos sentidos. Uno de los eventos más cargados de cinismo es que Watson y Crick nunca estuvieron realmente en contacto directo con una hebra de su objeto de estudio, a diferencia de Rosalind con las observaciones indirectas. Su artículo –aunque simple, claro y breve– carece de experimentos y está basado en especulaciones que se sustentan en los trabajos realizados por los científicos del King’s College. De hecho, en un artículo publicado en 1954, ambos autores mencionaron que sin la información de sus colegas hubieran sido incapaces de formular la estructura de la molécula. Pero en ningún momento le dieron crédito a Franklin.

Rosalind Franklin dejó el laboratorio en King’s College y continuó su trabajo científico en el Birkbeck College de la Universidad de Londres, donde maniobró con el virus del mosaico del tabaco y con el virus de la polio. Sin embargo, por la radiación recibida a causa de la manipulación de rayos X fue diagnosticada cáncer de ovario, falleciendo a la edad de 37 años.

Una década después de la muerte de la científica, Watson publicó un libro llamado La doble hélice: una reseña autobiográfica sobre el descubrimiento del ADN, en donde admitió haber revisado la información producida por Franklin. Cabe destacar que, a la fecha, Watson es conocido por hacer comentarios discriminatorios, lo que ha llevado a que instituciones como el Laboratorio Cold Spring Harbor le retiren las condecoraciones otorgadas o terminen su relación con el científico.

Es difícil juzgar los sucesos del pasado a la luz del presente, pero a la pregunta de si Rosalind Franklin merecía el Nobel la respuesta es definitivamente sí. El legado de la científica logró trascender y hoy en día es reconocida, junto con Marie Curie, como un ícono científico femenino. Este año, la Agencia Espacial Europea incluso nombró en su honor a un robot que explorará Marte.

Desde la creación de los premios Nobel en 1901, hasta la entrega más reciente en 2018 se les han dado 853 reconocimientos a hombres mientras que sólo 51 han ido a parar a las manos de mujeres —12 de ellos, por cierto, en la categoría a la que pertenece la descripción de la estructura del ADN, la de fisiología o medicina—. Aún queda mucho trabajo por hacer para que las científicas tengan las mismas posibilidades que sus pares hombres al momento de alcanzar puestos laborales competitivos y los reconocimientos que reflejen su esfuerzo y capacidad académica.

 

Sofía Flores
Maestra en comunicación de la ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

 

Referencias:

Ignotofsky, R. (2016) Women in science. 50 Fearless pioneers who changed the world. Ten Speed Press. Berkeley, EEUU.

Scitable. (2014) “Rosalind Franklin: a crucial contribution”, Nature Education, revisado en marzo, 2019.

Tobin, M. (2003) Three papers, three lessons. American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine, 167 (8).

Watson, J. D. & Crick, F. H. C. (1953) Molecular structure of Nucleic Acids. Nature, 171 (4356), 737-738.